viernes, 6 de noviembre de 2026

Dolor que causa un ausente

 

Estudio sobre la reina Mercedes




Presentación:

Recuerdo el momento exacto en que Mercedes entró en mi vida. No fue en un libro de texto, ni en una lección de clase. Fue en el parpadeo hipnótico de la televisión, en aquel zumbido blanco y negro de los años ochenta que todo lo envolvía de una magia accidental. De repente, una melodía: ¿Dónde vas, Alfonso XII, ¿dónde vas triste de ti? Y un rostro, el de Paquita Rico, que se fijaba para siempre en mi memoria como la encarnación de una pena dulce y lejana. Yo era un niño, y aquella tristeza me resultaba a la vez incomprensible y profundamente familiar. Era la primera vez que la Historia me hablaba no de hazañas, sino de una pérdida. No me exigía admiración; me pedía, simplemente, que me quedara quieto y escuchara.

Con los años, esa melodía se reveló como un hilo invisible. Me llevó, primero, a los versos de una copla que las niñas tarareaban en la puerta del colegio de las Hermanas de la Cruz, un romance anónimo que había viajado de abuelas a nietas. Después, me condujo a Sevilla, a poner la mano sobre los muros cálidos de San Telmo, imaginando a una niña de rizos oscuros entre los naranjos. Finalmente, me enfrentó al mármol liso y frío de su tumba en la Almudena. En cada una de estas estaciones, yo no buscaba datos, ni fechas, ni la compleja madeja política de la Restauración. Buscaba, sin saberlo del todo, el rastro de una emoción. La emoción que había sobrevivido intacta a los archivos, a los tratados y a los discursos oficiales.

Esta serie de artículos nace de esa búsqueda. No es, por tanto, una biografía al uso. Es el intento de entender por qué la vida brevísima de una reina que apenas reinó cinco meses en 1878 —María de las Mercedes de Orleans— resuena con tanta fuerza en el presente. Por qué su historia, un simple destello en la crónica nacional, se ha convertido en un lugar persistente de nuestra memoria sentimental.

Por eso, la conexión que propongo aquí no es la de un historiador con su objeto de estudio, ni la de un admirador con un ícono. Es algo más profundo y raro: la complicidad. Complicidad con lo efímero. Con el amor que estalla contra lo establecido y se ve truncado. Con la belleza que duele precisamente porque es fugaz. Al adentrarme en su vida, no he encontrado a una soberana, sino a una compañera de viaje a través del tiempo. Una joven que, desde el esplendor y la tragedia del siglo XIX, me recuerda que los reyes también lloran, que el destino es implacable incluso en los palacios, y que la huella más duradera a menudo no es la del cetro, sino la del suspiro.

Pedrete Trigos

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