martes, 13 de septiembre de 2016

La penosa muerte del rey Felipe II.

Extracto del artículo de Carlos Fisas sobre Felipe II. Historias de Reyes y Reinas.


Felipe no quiere abandonar las riendas del Estado. Hasta el último momento cuidará de los más mínimos detalles, y cuando sus manos ya no tengan ni fuerza ni forma para escribir, hará firmar a su hijo no sin antes haber leído el texto por lo que faltase o por lo que sobrase.

Y aún va y viene de Madrid a El Escorial, de Madrid a Toledo. Y en Madrid pasa su último invierno cargado de dolores, de angustias y de miserias, creyendo todos que va a morir de un momento a otro. Todos menos él, que quiere morir en San Lorenzo. Y cuando, próximo ya el otro verano, empieza a hablar de marchar de nuevo, los médicos se lo prohíben y Cristóbal de Moura, de rodillas, le ruega que no lo haga.

Pero la voluntad de Felipe es lo único que lo mantiene en pie y el 30 de junio de 1598 emprende la marcha hacia El Escorial, más larga que ninguna, más penosa que todas juntas.
Siete días de camino en el interior de una silla de manos, creyendo todos que va a morir a cada paso.

El 6 de julio llegaron al monasterio. Felipe se sintió mejor y el día de santa Magdalena quiso que lo llevaran a ver todos los rincones de su monasterio. Felipe, el arrepentido, escogió el día de la santa arrepentida para despedirse de aquellos lugares tan queridos.
Como siempre que se cansaba, por la noche tuvo fiebre; pero esta vez aquella fiebre significaba el comienzo del trance final. Y en su lecho de muerte daría comienzo —entre otros muchos recuentos— al recuento de sus enfermedades.

La muerte de Felipe II fue terrible. Fiebres intermitentes le afligieron sin descanso. El, que siempre había sido tan limpio, se podría en su cama. Las llagas invadieron su cuerpo y llegó un momento en que ya no pudo cambiar de postura. La limpieza de las llagas era cada vez más difícil y dolorosa para el enfermo, que llegó a exclamar: "¡Protesto que moriré en el tormento y dígolo para que se entienda!".


Algunos autores afirman que esta inmovilidad acentuó la podredumbre de las heridas, incluso Robert Watson asegura que la materia de las úlceras de Felipe II era tan purulenta y nauseabunda que llegó a criar gusanos.

Hoy día no se descarta la posibilidad de que, efectivamente, una mosca pudiera haber depositado sus huevos entre la repugnante mezcla de pus y excrementos que envolvían al Rey Prudente.

Su fortaleza era increíble, utilizando su fe para sacar fuerzas de flaqueza. Su habitación estaba llena de pared a pared de imágenes religiosas y crucifijos. Regularmente rociaba agua bendita sobre su cuerpo. Comulgó por última vez el 8 de septiembre, ya que los médicos se lo prohibieron a partir de ese momento por miedo a ahogarse al tragar la hostia. Al no poder sostener un libro contaba con lectores que le hacían sus últimos días más agradables. Diez días antes de morir entró en una crisis que le duró cinco días. Cuando volvió en sí, hizo entrar en su cámara a la infanta Isabel, a quien dio el anillo de su madre recomendándole que nunca se separara de él, y a Felipe, el heredero de la Corona, haciéndole entrega de un legajo con las instrucciones sobre los asuntos de gobierno.

A los treinta y cinco días de cama trataron de administrarle un caldo de ave con azúcar, que le produjo intolerables cámaras, para cuya evacuación, no pudiendo fácilmente servirse de los vasos de la cama por su inmovilidad, por más que se practicaron aberturas en el colchón, no era fácil limpiar por completo la yacija y tenían que moverle con toallas torcidas, con gran cuidado, pero aún así no era fácil evitar el hedor y las inmundicias en que tenía que estar. El doctor Marañón cree que durante este tiempo, dado el estado de semi-inconsciencia del enfermo, pudo padecer anosmia, por lo que no percibiría el mal olor.

El cronista Sepúlveda cuenta que Felipe II mandó fabricar su ataúd con los restos de la quilla de un barco desguazado, cuya madera era incorrupta, y pidió que le enterrasen con un hábito de tela holandesa empapada en bálsamo. También dispuso que la caja de su ataúd fuera de cinc y que "se construyera bien apretada para evitar todo mal olor".


Por fin, en la madrugada del 12 al 13 de septiembre, entró en mortal paroxismo. Antes del amanecer volvió en sí y exclamó: "¡Ya es hora!". Le dieron entonces la cruz y los cirios con los que habían muerto doña Isabel de Portugal y el emperador Carlos. Ya no volvió a pronunciar palabra alguna. Murió con la misma gravedad, seriedad, mesura y compostura que tanto guardó en vida. A las cinco de la madrugada del domingo 13 de septiembre de 1598 fallecía en El Escorial el monarca más poderoso de la tierra, aquel en el que sus dominios nunca se ponía el sol. Tenía 71 años y su agonía duró 53 días.

lunes, 27 de junio de 2016

¡Vivan las caenas!

    ¡Vivan las caenas! es un lema acuñado por los absolutistas españoles en 1814 cuando, en la vuelta del destierro de Fernando VII, se escenificó un recibimiento popular en el que se desengancharon los caballos de su carroza, que fueron sustituidos por personas del pueblo que tiraron de ella.


    En Madrid, el 11 de mayo de 1814 un gentío se lanza a la calle, aclama a D. Fernando VII y asalta la sede de las Cortes al conocer el decreto que abole la Constitución de 1812 y restablece el absolutismo. El carruaje de Fernando VII se detiene. Un grupo de personas desengancha a los caballos de las cadenas necesarias para empujar la carroza real y empiezan a tirar ellos mismos de la caravana. Su gesto es acompañado de un grito: ¡Vivan las caenas! Es el cántico que se reproducirá en la entrada de Fernando VII en las ciudades españolas en 1814. El pueblo recibe con fervor la vuelta del absolutismo encarnada en la figura del "Deseado". Celebran que el Rey haya derogado la Constitución de Cádiz. El episodio del carruaje pudo tener lugar anteriormente en Valencia. Se pretendía justificar con ello la decisión del rey de ignorar la Constitución de 1812 y el resto de la obra legislativa de las Cortes de Cádiz, gobernando como rey absoluto, como le proponían los firmantes del Manifiesto de los Persas (12 de abril).

    En otras ocasiones se combinaba el grito con otros de contenido parecido: ¡Muera la libertad y vivan las caenas! ¡Viva el rey absoluto y vivan las caenas! etc.

lunes, 18 de agosto de 2014

Los príncipes Fernando y Diego Félix de Austria.


    Fernando de Austria (4 de diciembre de 1571–18 de octubre de 1578) fue un príncipe de Asturias, hijo mayor de los reyes Felipe II de España y Ana de Austria.

    El 31 de mayo de 1573 fue jurado como príncipe de Asturias en el monasterio de San Jerónimo, ya que el título había quedado vacante con la muerte de su medio hermano Carlos de Habsburgo fallecido en 1568. Sin embargo, Fernando falleció a la edad de 6 años, convirtiéndose en el nuevo príncipe de Asturias su hermano Diego.


    Diego Félix de Austria (15 de agosto de 1575 – 21 de noviembre de1582) fue un Príncipe de Asturias, tercer hijo varón del matrimonio formado por Felipe II y su cuarta esposa, Ana de Austria, pero el sexto hijo para el monarca.

    Para el día de su nacimiento aún no pasaban dos meses de la muerte de su hermano Carlos Lorenzo. Cuando contaba con tan solo 3 años falleció Fernando, el mayor de sus hermanos varones, lo que le convirtió en Príncipe de Asturias, heredero de la Monarquía Hispánica. El ascenso de su padre al trono portugués en el año 1580 le convirtió también en el heredero del trono luso y de su imperio colonial.


    Al igual que al príncipe Fernando, a Don Diego le sorprendió la muerte a muy temprana edad, cuando tan sólo contaba con 7 años de edad. El título pasaría al siguiente de sus hermanos, el infante Don Felipe, futuro Felipe III de España. Sus restos mortales reposan junto a los de su hermano mayor el príncipe Fernando en el Monasterio de El Escorial.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Ideales victorianos.

    ¿Cuáles son los ideales de esta era? El primero, quizás el más perceptible, es el ideal de progreso. Progreso científico (Darwin), progreso económico (Stuart Mill y librecambistas de Manchester), progreso social (a pesar de las lacras de miseria de la nueva sociedad industrial), progreso tecnológico (ferrocarril, industria textil del norte de Inglaterra). Nada tan palpable en la era victoriana como el progreso.


    La segunda característica que se advierte en la literatura de la época victoriana es un cierto espíritu didáctico (la filosofía de Carlyle) y moralista (la novelística de Dickens). Hay tener en cuenta que, junto a la revolución industrial, se ha ido produciendo en Inglaterra una revolución social que hacía que millares de personas, hasta entonces analfabetas, accedieran a la cultura de la letra impresa. El escritor se sentía “educador” de estas masas proletarias y de clase media. Se explica así el auge del melodrama y las novelas por entregas para satisfacer exiguas necesidades culturales de estas clases sociales.

    Otro de los ideales de la era victoriana era, sin duda el espíritu de descubrimiento y aventura. Los viajes de Livingstone y Stanley apasionaban al público inglés, que seguía sus aventuras por el corazón de Africa con entusiasmo.

    También es propio de la era victoriana un cierto espíritu religioso, incluso místico, que trataba de hermanar los grandes descubrimientos científicos y técnicos con una nueva fé en Dios.

    Quizás la característica esencial de la era victoriana sea su sentido práctico —utilitarismo; en cierto modo el capitalismo actual es una vertiente de entonces—, su búsqueda de la realización personal y colectiva, su sentido de lo que los ingleses llaman el fulfilment o el accomplishment.

    He dejado adrede para el final un ideal de la época victoriana que a menudo se olvida y -más a menudo aún- se ignora. Esta nueva sociedad inglesa tan aparentemente abocada al trabajo, a la moral y a las buenas costumbres, inventa el juego, en todos los sentidos y direcciones que este término abarca. Desde el backgammon y los juegos de casino, las charadas y juegos de salón, hasta los deportes de campo, como el rugby, el tenis, el cricket y el fútbol. Sin olvidar el croquet, que es una mezcla de juego de salón y de campo. Naturalmente, algunos de estos juegos eran ya conocidos antes de la era victoriana, pero es sin duda esta sociedad la que los practica y pone de moda, difundiéndolos por todo el orbe terráqueo. Sin temor a la exageración, podíamos hablar de la aparición de un «homo ludens», es decir, de un hombre que, fundamentalmente, se realiza jugando.

Prostitución.


    La doble moral sexual es propia de la era victoriana. La reina mandó alargar los manteles de palacio para que cubrieran las patas de la mesa en su totalidad ya que, decía, podían incitar a los hombres al recordar las piernas de una mujer. Sin embargo, paralelamente a las estrictas costumbres de la época se desarrollaba un mundo sexual subterráneo donde proliferaban el adulterio y la prostitución.

    La prostitución era una actividad muy frecuente en la Inglaterra del siglo XIX. Tan sólo en Londres se calcula que había unas 2.000 prostitutas en los barrios bajos de la ciudad. Generalmente éstas eran mujeres que hacían la calle por unas pocas monedas y que procedían de las más diversas nacionalidades. Londres era una capital terriblemente pujante y era un destino muy popular en los flujos migratorios.

    Las prostitutas poblaban los bares y las calles de Whitechapel, uno de los barrios más pobres del East End. Pero también se encontraban cerca de teatros y establecimientos de ocio masculino, desde burdeles hasta locales donde los hombres bebían y disfrutaban de espectáculos eróticos que muchas veces estaban protagonizados por menores de edad. La prostitución homosexual también existía, aunque lógicamente el secretismo en torno a ella era mayor.

    Las enfermedades sexuales fueron muy corrientes en la época, como lo fue también la tuberculosis.


    La irrupción de Jack el Destripador en el verano de 1888 fue devastadora para las prostitutas de Londres. La histeria se apoderó no sólo de Londres sino del país entero que leía las noticias en los periódicos con estupor e indignación de que ni toda la policía de la ciudad pudiera detener a un solo hombre. El asesinato de prostitutas era algo corriente entonces. Se registraban muchos acuchillamientos y también muchos suicidios de mujeres que rajaban su garganta con un cuchillo (entonces era una forma de suicidio corriente) pero el modus operandi del asesino sorprendió a los más insensibles. El asesino nunca fue encontrado.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Jean Patou.

    Modisto y diseñador francés, nacido en Normandía en 1880 y desaparecido prematuramente en 1936.


    Nacido en una familia de curtidores, su tío tenía una empresa peletera en la que empezó a trabajar en 1907. Cinco años más tarde abrió una pequeña tienda de confección en París, la Maison Perry, en la que empezó a diseñar sus colecciones. La guerra interrumpió esta prometedora carrera; luchó como capitán de infantería y, en 1915, tomó parte en la batalla de Dardanelos, con el cuerpo de elite de los zuavos. Esta experiencia le marcó para el resto de su vida pues el joven despreocupado y alegre que era, tuvo oportunidad de conocer el miedo y el horror de la guerra.

    En 1919 volvió a París y reanudó su negocio, esta vez con su propio nombre. Abordó su actividad de modisto desde una nueva perspectiva: adaptar la moda a los nuevos tiempos que se vivían. Así pues, se convirtió en un empresario consciente de que para hacer triunfar su negocio había que arriesgar. Sabía que había perdido muchas de sus antiguas clientes, parte de las cuales se habían puesto en manos de Coco Chanel, atraídas por las renovadoras ideas de la francesa. Tomó entonces la decisión de dejar a su rival la clientela más moderna, mientras él optaba por atraerse a la alta sociedad. Para ello contrató a un equipo de colaboradores extraordinarios, que supieron transmitir el cambiante espíritu de los años veinte y convirtieron su moda en el símbolo del período de entreguerras. En su siguiente colección presentó vestidos de estilo pastoril, con faldas acampanadas, muchas veces bordadas al estilo ruso.


    Patou se caracterizó por su simplicidad en las líneas y los colores, un estilo deportivo y sencillo que pronto triunfó en los Estados Unidos y en las elegantes villas de Montecarlo, Biarritz o Deauville. La clave de su diseño era la sencillez, que se resumía en el talle natural y la silueta simple. Él fue el creador de los suéters a rayas blancas y azules combinados con faldas plisadas y del nuevo estilo de traje de baño; también fue el primero en comprender la importancia de los accesorios, a los que él denominaba "futesas", y en firmar éstos con su anagrama artístico, de tal forma que sus modelos y complementos fueran siempre reconocibles. Empresario, como se dijo antes, a quien no le importaba arriesgar, hizo desfilar en 1924 a seis maniquíes norteamericanas en alta costura, algo impensable en aquel tiempo, pues la morfología de americanas y europeas era diferente. En 1929 presentó la línea princesa, vestidos rectos sin corte a la cintura, lo que daba la impresión de que ésta se hallaba a la altura de las caderas.


    Fue también un apasionado amante, que hizo de sus pasiones femeninas sus modelos y embajadoras. Una de ellas fue la tenista Suzanne Lenglen, quien lució sus modelos dentro y fuera de la pista. Causó sensación entre el público femenino cuando se presentó en la pista de tenis de Wimbledon con una falda blanca plisada hasta la rodilla y un cárdigan sin mangas, un modelo que hoy día continúa siendo de plena actualidad.

    No es de extrañar, por tanto, que cuando el modisto decidiera crear sus propios perfumes, allá por el año 1925, los nombres de éstas evocaran las tres etapas del amor: Amour-amourQue sais-je? y Adieu sagesse; asimismo, estos tres perfumes estaban pensados especialmente para los tres tipos de mujer: Amour-amour era una fragancia embriagante pensada para las pasionales mujeres morenas, Que sais-je? fue una composición floral destinada a las rubias, y Adieu sagesse, con notas fuertemente especiadas, destinado a las sensuales pelirrojas.


    Él fue el primero en lanzar un perfume unisex, Le sien, pensado para hombres, pero también para las mujeres modernas de la época, que jugaban al golf, fumaban y conducían automóviles. Sin embargo, Patou no estaba todavía contento; deseaba una creación única, una especie de buque insignia de su firma, como lo había sido el nº 5 para Chanel. Así, junto a su amiga y consejera Elsa Maxwell y su perfumista Henry Almeras, se aplicaron en lograr un aroma único e inimitable que fue, por fin, un compuesto de esencias de rosa y jazmín, cuyo elevado precio lo convertía en prácticamente invendible. La aparición del suntuoso Joy, en 1930, es un hecho sin precedentes en la historia de la perfumería. El diseñador Jean Patou decide burlarse de la historia buscando el antídoto contra la morosidad. En plena crisis, le pide a Henri Almeras, perfumista de la casa: " Olvídate de que estamos bajo presión, de que nuestro volumen de negocios ha bajado en muchos clientes y ya no son lo suficientemente ricos como para comprar. Te doy libertad para elegir los elementos más bonitos… ". Y su nariz casó la rosa con el jazmín, dos flores tradicionalmente separadas y dobló la concentración en ingredientes naturales.


    Para conseguir 30 ml esta preciada fragancia se necesitan 10.600 flores de jazmín y 28 docenas de rosas. Jean Patou, segundo consumidor mundial de jazmín natural, poseía sus propios campos de flores en Grasse. El frasco estaba diseñado por Louis Süe, inspirado en una pitillera de jade antigua, basado en el concepto de cantidad de oro. Era de cristal Baccarat, tallado y pulido a mano, decorado de oro fino y con doble cocción. Para terminar, se rellenaba a mano y se sellaba.

    Ésta fue, sin embargo, la carta que jugó Patou que, amante del peligro como era, decidió arriesgar con una clientela adinerada que podía permitirse este lujo en medio de la crisis que sacudía el mundo. Bautizó su perfume Joy y lo sacó a la venta con el siguiente eslogan: "Joy, el perfume más caro del mundo".

    Animado por este éxito, continuó lanzando al mercado nuevos aromas, siempre bajo la idea del símbolo: en 1935 creó Normandie para el lanzamiento del famoso barco; Vacances llegó un año después, en 1936, para conmemorar los primeros despidos pagados a raíz de la crisis, Colony en 1938, cuando en vísperas de la guerra europea todo el mundo deseaba huir a ultramar, a cualquier parte que no fuera el continente, L'Heure attendue en 1946 para celebrar la liberación del país tras la guerra y Caline en 1964.

    Desde 1919 hasta su muerte, Patou fue un gigante del mundo de la moda, tanto en alta costura como en confección. Patou murió prematuramente en 1936. Su hermana Madeleine y su esposo Raymond Barbas continuaron la Casa Patou. Su casa continuó abierta tras su muerte, dirigida por miembros de su familia y con los diseñadores Marc Boham, Karl Lagerfeld, Pipart y Lacroix. La última colección de moda producida por la Casa de la etiqueta Patou fue en 1987, cuando el negocio de la alta costura cerrada tras la salida de Lacroix para abrir su propia casa. Tras el cierre de la empresa de alta costura de la empresa no ha dejado de producir fragancias bajo la marca Jean Patou.


Fuentes: MCN Biografías, Doctissimo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Madeleine Vionnet.

    Madeleine Vionnet  fue una innovadora diseñadora de alta costura francesa muy influyente en la historia de la moda, ya que se le atribuyen importantes aportaciones. Rivalizó en talento con Coco Chanel y para muchos es la gran revolucionaria de la moda de principios de siglo XX.


    Nacida en el seno de una familia modesta, tuvo que dejar la escuela a los 12 años. Aprendió corte y confección y trabajó durante un tiempo en París. Con 16 años se trasladó a Inglaterra, donde con 20 años asumió la dirección del taller de la modista Kate Reilly, quien surtía a la familia real inglesa. En 1900, de vuelta en París, entró a trabajar en la reputada casa de moda de las Soeurs Callot, famosas creadoras de alta costura, reconocidas sobre todo por el refinamiento de sus modelos, donde se convirtió en mano derecha de Marie Callot, la responsable de la faceta artística del negocio: “Gracias a ellas he podido hacer Rolls Royce. Sin ellas hubiese hecho Fords” (Vionnet). En 1906, fue contratada por Jacques Doucet para renovar la imagen de su casa de costura, y Vionnet la revolucionó proponiendo unos vestidos simples que liberaban el cuerpo, concebidos para llevar sin corsét y presentados con las modelos descalzas, que atrajeron especialmente a las actrices del momento, como Eve Lavallière, Réjane y Lantelme.


    Más tarde fundó la Maison Vionnet en 1912 en la que comenzaría a aplicar medidas revolucionarias en la época, asumidas en adelante como conocimientos básicos de costura, perdurando hasta nuestros días, como es el cortes al bies, es decir cortar la tela de forma diagonal en vez de al hilo para que se adhiera y adapte mucho más a la forma del cuerpo. Esta visionaria incluso obtendría la patente de esta forma de cortar para protegerla. Fue considerada una arquitecta entre las modistas, debido a su dedicación y al estudio del corte y la silueta. Madeleine Vionnet se vería obligada a cerrar su casa dos años después con el comienzo de la Primera Guerra Mundial, reabriendo una vez acabada, en 1918.


    Madeleine Vionnet es recordada por su intrépida mente creativa y su impecable sentido de la elegancia, cualidades que le ayudaban a establecer el equilibrio para alcanzar siempre un resultado sofisticado y perfecto. También es considerada como una de las grandes defensoras de la liberación de la silueta femenina, adaptando las telas al cuerpo y dándole un vuelco al corte al bies, creando hermosos drapeados que hasta hoy nadie ha conseguido superar. Su vestido de noche color marfil (1935) se considera una obra maestra, cuya caída perfecta se debe a una única costura, lo que para su creadora constituía el objetivo más elevado. Es posible que la habilidad de Madeleine Vionnet para crear estos cortes a partir de formas simples como cuadrados o triángulos, se debiera a su pasión por la geometría. Además adaptó, a la silueta femenina, las prendas de sastrería masculina. Firme defensora de que los vestidos debían dejar traslucir la personalidad de quien los portara.


    El caracter intemporal y de permanente belleza del trabajo de Vionnet se basa en 4 pilares del Arte: la proporcion; Vionnet se inspiraba en las simetrías de Jay Hambidge (1867-1924, pintor estadounidense, estudiante minucioso del arte clásico); el balance, que tiene que ver con teorías de la antiguedad como la “sección de oro” (número  descubierto en la antigüedad, no como  “unidad” sino como relación o proporción entre partes de un cuerpo o entre cuerpos); el movimiento, que estaba representado con el corte al bies, haciendo énfasis en la idea de que el vestido es una segunda piel en movimiento; y la verdad, una simplicidad arquetípica, inspirada en los griegos (chiton/peplos). Vionnet fue considerada la Euclides de la moda, por su precisión milimétrica; una rigurosa geometría dominaba sus creaciones, concibiendo los vestidos a partir de la repetición de figuras como cuadrados, triángulos, rectángulos o círculos. Bajo una aparente simplicidad, cada modelo conllevaba una estudiada estructura. Nada rompía la línea, ni cierres ni botones, y la mayoría se pasaban por la cabeza, como si de un jersey se tratara.


    Hizo uso de los drapeados y del corte al bies, que hasta entonces solo era utilizado en cuellos. Utilizó tejidos sutiles, como el crespón de seda, la muselina, el terciopelo o el satén. En 1918, su proveedor, creó especialmente para ella un tejido único compuesto por seda y acetato, una de las primeras fibras sintéticas.

    El estilo de Vionnet, (culto a la belleza de un cuerpo libre) se caracterizó por ser de una modernidad nunca vista hasta entonces; basándose en el drapeado del peplos griego -presente en su logo-, que dejaba en libertad al cuerpo y que, al mismo tiempo, realzaba sus curvas naturales: “Me he aplicado a liberar, como para la mujer, el tejido de las trabas que se le imponían. He intentado darle un equilibrio tal que el movimiento no desplazara las líneas, sino que las magnificara” (Vionnet). Un estilo purista que llegaría a su máximo apogeo en los años treinta del siglo XX, cuando las curvas  de la mujer  volvieron a estar presentes en la moda, pasado el momento garconne y rectangular de los años veinte.


    Madeleine Vionnet estudió el cuerpo de la mujer a manera de la Medicina, para de ese modo preservar su belleza natural y obligar al vestido a adaptarse a la silueta: “He intentado siempre ser el médico de la línea, y, en tanto que médico, hubiese querido imponer a mis clientes el respeto por su cuerpo, la práctica de ejercicio y una higiene rigurosa” (Vionnet). Los colores que usaba eran clásicos, siendo su preferido el blanco en todos sus matices. Además, la diseñadora procuró no recargar excesivamente sus creaciones, utilizando como adornos bordados, rosas o nudos estilizados. Enemiga de la moda por ser efímera, Vionnet se dedicó a una búsqueda constante de la coherencia entre el cuerpo y el vestido, lo que le llevó a innovar en las técnicas del corte, y el bies fue su marca de identificación. No lo inventó, pero llegó a dominar la técnica como nadie. Hasta entonces, el bies sólo se había utilizado en cuellos, bajos de mangas o adornos, y ella tuvo la idea de extenderlo a todo el vestido.  Apasionada como era de la técnica y de la inventiva, también investigó otras cualidades del tejido como la caída, el reflejo de la luz y la combinación de las dos caras -mate y brillante-. Preocupada por las copias, registró sus creaciones. Cada vestido salido de sus talleres llevaba su firma, un número de orden especial y su huella digital; e hizo álbumes de copyright, fotografiándolos de frente, perfil y espalda con un número.


    Pero Vionnet no fue sólo una creadora vanguardista, sino también una empresaria vanguardista. Las trabajadoras de Vionnet disfrutaron de unas condiciones que la ley no impondría hasta más tarde. Avanzada a su tiempo en lo que a mejoras sociales se refiere, sus trabajadoras la apodaron la Grande Patronne, se ocupó de su formación, creó una enfermería, implantó las vacaciones pagadas -la única en su época -, propuso estancias al aire libre, fundó una mutual, concedía permisos de maternidad, e incluso quiso que algunas de sus empleadas participaran en la empresa. Además en sus talleres todo estaba previsto para el confort, con luz natural omnipresente en todas las dependencias, y sillas (lo que permitía apoyar la espalda) en vez de los tradicionales taburetes.

    En 1939, coincidiendo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, se retiró, cerrando sus talleres porque estaba cansada. Más tarde donaría a su amigo, el historiador François Boucher, sus fondos de documentación (modelos conservados, álbumes, biblioteca, libros de cuentas, toiles), con los que en 1986 pudo crearse del Musée de la Mode et du Textile de París.


    Madeleine Vionnet murió en 1975, a los 99 años, pero su legado estaba destinado a influir la moda contemporánea. Sin dibujos preparatorios, creaba sus prendas directamente sobre un maniquí en miniatura que más tarde ampliaba en escala al tamaño real.  Se inspiraba en las formas geométricas del cuadrado, el rectángulo y el círculo, que luego doblaba, fruncía, etc para crear las texturas y formas. Su ideal no tenía costuras, ni botones, ni broches…ni corset. Fue una  suprema escultora que convertía la tela en la forma más pura de arte. Tal vez el discreto segundo plano que esta creadora ocupa entre los grandes nombres de la moda, sea el último signo de la genuina elegancia que atraviesa toda su obra.

    La casa continúa viva gracias a que en 2008, Matteo Marzotto propietario de Valentino, y Gianni Castiglioni, la adquirieron y emprendieron el proyecto de recrear la herencia de Vionnet. Actualmente Rodolfo Plagialunga es su director creativo.


Fuentes: Wikipedia, Marie Claire, Diario de los Andes.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Jeanne Lanvin.

    Jeanne-Marie Lanvin (París, 1 de enero de 1867 – 6 de julio de 1946) fue una estilista y diseñadora de moda francesa. Considerada una de las grandes damas de la alta costura francesa, su estilo se caracterizó por su sencillez y por el empleo de suaves colores matizados, lo que dota a sus creaciones de una suerte de intemporalidad, y permite que estén, aún en nuestros días, en plena vigencia. Fundó la más antigua casa de moda parisina todavía en activo, la casa Lanvin.


    Jeanne Lanvin era la mayor de once hermanos de una familia humilde. Era hija de Bernard-Constant Lanvin, y Sophie Blanche Desyahes. Su abuelo Firmin Lanvin, que era tipógrafo, ayudó al escritor Victor Hugo a huir de París durante el golpe de estado del 2 de diciembre de 1851. Jeanne comenzó a trabajar a la edad de 13 años en la tienda de sombreros de “Madame Félix” en la Rue du Faubourg Saint-Honoré de París. Jeanne demuestra un gran interés desde el principio, pues ve en su aprendizaje la única vía de escape de un destino de miseria. Su valía es reconocida pronto, y enseguida es ascendida de ayudante a primera encargada en la producción de sombreros del taller. Y es aquí donde comienza a dejar volar su imaginación: corta, dobla, mezcla colores, añade plumas, cintas, flores... hasta fabricar delicadas creaciones que hicieron las delicias de las parisinas.

    A continuación entró en la sombrerería “Cordeau” que la envió a Barcelona, pero en 1885, a su regreso a París con 18 años, crea su propia sombrerería en la Rue du Fauborg, patrocinada por una cliente que ve un futuro prometedor en Jeanne, con el lujo incluido de una bicicleta para repartir sus encargos, reparto que efectuaba ella misma. Dos años más tarde, la empresa recién nacida ya da trabajo a sus hermanos pequeños. Frente a lo que suele ser habitual en el mundo de la moda, Jeanne rinde un verdadero culto a su familia, donde encuentra felicidad y fuerza para seguir adelante. La empresa sigue creciendo paso a paso, en la edad de oro del sombrero, cuando no se era nadie si se salía sin sombrero de casa.


    Como los actuales coolhunters, acude con su hermana a una carrera de caballos, para ver cuales eran las tendencias, y conoce allí al que sería su marido, el conde Di Pietro, casándose con él, un 20 de febrero de 1896. En 1903 se separaron cuando su hija Marguerite, llamada “Marie-Blanche” tenía la edad de seis años. Inspirada en su hija, Jeanne diseñó una colección infantil. Es esta niña, la que consigue, indirectamente, que Lanvin dé el paso de fabricar sombreros a diseñar colecciones enteras. La niña pasaba el día en el taller con su madre y las clientes quedaban maravilladas con los vestidos que lucía (diseñados por Lanvin). Animada por estas clientes, decide comenzar a diseñar y vender una línea para niños, de manera que Jeanne, volcada en el trabajo desde su fracaso matrimonial, se convirtió sin quererlo en creadora de moda infantil. Sus modelos, sueltos y de alegres colores, eran diametralmente opuestos a las miniaturas para adultos con que se vestía a los niños de la época, lo cual explica en parte el éxito obtenido. Dicha línea creció pronto a otra para jóvenes y esta a una para mujeres, y de ahí a vestir a toda la familia fue sólo un paso. Puede decirse que fue una de las primeras diseñadoras en segmentar el mercado y crear vestidos específicos para las jóvenes, pues consideraba que no debían llevar los mismos trajes que sus madres. Controlaba cada vestido que salía de su atellier, si no era de su gusto, lo echaba atrás, si estaba conforme, lo firmaba con una gruesa pluma azul.

    Desde 1901 apareció en el Anuario de la moda francesa, que reunía a los creadores. En 1907 se casó de nuevo, esta vez con Xavier Melet, un periodista que luego sería cónsul de Francia en el Reino Unido, con el cual Jeanne tuvo oportunidad de recorrer el mundo en numerosos viajes. En una de sus visitas a un museo italiano quedó extasiada ante el azul de una tela de Fra Angélico, y decidió convertir aquel tono en el color emblemático de su casa de modas, el "azul Lanvin". En 1909, la casa Lanvin, se convirtió en miembro de la Cámara sindical de alta costura (Chambre Syndicale de la Haute Couture).


    Cada día que pasaba se corría la voz sobre el pequeño atellier de Lanvin, donde se producían creaciones de un gusto infinito, que hicieron crecer su fama. Paso a paso, la trabajadora Lanvin de forma silenciosa, diseñaba, cosía, vendía, exportaba... de forma puntual e incansable creando piezas con un estilo indiscutible y un lujo calculado. Durante la I Guerra Mundial apenas paraliza su producción, si bien es cierto que como señal de respeto, sólo emplea tejidos "menos nobles", y colores "menos alegres". Lanvin tiende a atenuar los contornos, simplificar los volúmenes y las líneas, a desechar los motivos demasiado complejos. Su estilo, es un estilo ligero, fluido, exquisito, que concentra la esencia misma de la feminidad eliminando, poco a poco, cualquier artificio. Introdujo en la moda un nuevo tema: la juventud, pues con sus patrones sencillos e inocentes y sus colores vivos daba a las mujeres de cualquier edad un aspecto femenino y romántico.

    Es la primera diseñadora que crea un logotipo para su marca. Creado a partir de una fotografía tomada en un baile de disfraces en 1917, en ella se puede observar a una madre y su hija con las manos entrelazadas. Este logotipo aúna las dos pasiones de la diseñadora, la ropa y su hija.


    Siguiendo estos patrones creó, poco antes de la Primera Guerra Mundial, sus famosas robes de style, un tipo de vestido basado en modelos del siglo XVIII que se ha convertido en un clásico de la moda. En sí no era más que un vaporoso vestido tobillero, entallado y con falda ligeramente acampanada. El secreto de su permanencia -siguió llevándose hasta bien pasada la década de los años veinte- radica en que el concepto inicial supo adaptarse conforme transcurría el tiempos, claro exponente de lo cual es el hecho de que del recargamiento inicial de lazos y flores, propio de la belle époque, las robes de style se estamparan finalmente con motivos geométricos, merced a la influencia del cubismo. Al iniciarse la Primera Guerra Mundial creó un vestido camisero que marcará la línea de los años veinte, pues, en su sobriedad, se adecuaba perfectamente con el austero espíritu de posguerra. Otra de sus creaciones más famosas fue el conocido como "traje bretón de Lanvin", que consistía en una falda ligeramente fruncida y chaquetilla corta, con un gran cuello blanco sobre el que se abría un lazo rojo, todo ello completado con un sombrerito de paja. Siempre con un ojo puesto en el pasado, Lanvin se inspiró en la década victoriana para diseñar románticas prendas a las que, sin embargo, dio un toque de modernidad al dotarlas de bellos bordados (es de mencionar que su colección "Riviera", lanzada en el año 1921, incluía bordados aztecas, lo que fue absolutamente novedoso en la época). Otra de sus especialidades fueron los vestidos de noche de líneas orientales.

    Lanvin apreciaba enormemente los colores, su colección fetiche era el azul Lanvin, el rosa Polignac en honor a su hija y el verde Velázquez. Para conservar la exclusividad de sus colores, fundó su propio taller de tintados en Nanterre en 1923. A pesar de su amor por los colores, Jeanne se aficionó particularmente al negro, que consideraba como el color representante del “chic ultime” y que ella usó durante toda su vida.


    A partir de 1925, Jeanne Lanvin se lanzó al diseño de moda masculina y a la creación de perfumes. En dos años nacieron catorce aromas, entre los cuales cabe destacar IriséKara-Djenoun y Géranium d'Espagne (llamados así en recuerdo de sendos viajes a Egipto y a España), Chypre y Mon peché (Mi pecado). A pesar del éxito de público cosechado con estas creaciones, en buena medida debido al joven y talentoso perfumista André Fraysse, quien había ingresado en la Sociedad de Perfumes Lanvin en 1925, el mismo año que se lanzó Mi pecado, Jeanne no quedó demasiado satisfecha de los resultados; quería conseguir "una obra maestra" que pensaba dedicar a su hija. Así nació en 1927 Arpège (Arpegio), un sublime aroma floral de cuyo frasco se encargó el escultor Armand Rateau, quien creó la célebre bola negra de cristal que Paul Iribe decoró luego con oro, símbolo perfecto del Art déco, que fue otro de los emblemas de la casa Lanvin. La joven, apasionada de la música y del canto, cuando probó el perfume dijo que parecía un arpegio (arpège en francés). En 1926, Jeanne Lanvin es condecorada como Chevalier de la Légion d'Honneur (Caballero de la Legión de Honor).

    Tras la muerte de Jeanne en 1946, numerosos diseñadores continuaron desarrollando durante años artículos de moda para la casa Lanvin, incluyendo a su hija Marie-Blanche, que fue propietaria de la casa hasta su muerte en 1958, junto al modisto español Antonio Canovas del Castillo. Otros diseñadores han sido Giorgio Armani (1989) y Claude Montana (1990). Maryll Lanvin fue el último miembro de la familia en diseñar para la casa hasta el año 1989. El diseñador israelí americano, Alber Elbaz, es el encargado de la dirección creativa de la firma en la actualidad.


    Con el tiempo, los propietarios de la casa Lanvin han variado en diversas ocasiones. Hasta finales de los años 1980, la compañía fue propiedad de la familia, concretamente de Bernard Lanvin (sobrino-nieto de Jeanne) y su esposa Maryll. A principios de 1989, las necesidades económicas obligaron a Bernard a vender el 34% de las acciones al Midland Bank londinense. A mediados de ese año, el banco aumentó su participación hasta el 40%, retirando de su cargo de diseñadora a Maryll Lanvin. Su sucesor fue Claude Montana, aunque aún tuvo menos éxito. En 1990, Orcofi, miembro de la familia Louis Vuitton tomó el control del grupo y el fabricante de cosméticos L’Oreal compró el 50% del grupo que estaba fuertemente endeudado por la suma de 500 millones de francos. Hasta 1996 L’Oreal compró poco a poco todas las participaciones de Orcofi. En 1993 se renunció a la alta costura y la casa Lanvin se limita principalmente a las licencias comerciales y los perfumes.

    Jeanne Lanvin era una mujer reservada, poco habladora, son sus vestidos los que hablan por ella.


Fuentes: Wikipedia, Shopaholic, Estilo y Moda, MCN Biografías.