En el Cádiz de la década de 1820, una ciudad aún resonante con los ecos del liberalismo de las Cortes y agitada por las convulsiones políticas del reinado de Fernando VII, un grupo de mujeres comenzó a redefinir silenciosamente los límites de lo posible. La Junta de Damas de Cádiz, formalmente constituida el 8 de marzo de 1827 como la Quinta Clase de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, no fue un mero apéndice benéfico. Fue un experimento social singular donde mujeres de la nobleza y la alta burguesía negociaron, desde los márgenes del sistema, un espacio de acción pública, autoridad administrativa e identidad colectiva. En un siglo que construyó ideológicamente el "ángel del hogar" como destino femenino, estas gaditanas utilizaron precisamente los valores asociados a la maternidad —el cuidado, la educación, la caridad— para salir de ese hogar y gestionar escuelas, reformar instituciones y dirigir informes a las máximas autoridades. Su historia es la de una resistencia práctica, una forma de ensanchar la esfera femenina sin declarar una guerra frontal contra los cimientos patriarcales de la sociedad decimonónica, pero socavándolos con cada inspección escolar y cada memoria técnica presentada.
Los cimientos: Guerra, epidemia y un modelo ilustrado
La singularidad de la Junta de Cádiz radica en sus raíces inmediatas, forjadas no en la tranquilidad de un salón, sino en la emergencia de la guerra y la enfermedad. Su antecedente directo fue la Sociedad Patriótica de Señoras de Fernando VII, activa en el Cádiz sitiado durante la Guerra de la Independencia (1811-1814). Presidida por la marquesa de Villafranca, María Tomasa Palafox, esta organización demostró la capacidad de gestión de las mujeres de élite, recaudando fondos, organizando la confección de vestuario para las tropas y estableciendo redes de colaboración que trascendían lo meramente asistencial. Esta experiencia resultó fundacional.
Poco después, en 1819, una devastadora epidemia de fiebre amarilla asoló la ciudad. Un grupo de estas mismas señoras se organizó nuevamente para atender a las enfermas en el Hospital de Mujeres, adquiriendo un conocimiento directo y doloroso de las carencias sanitarias y sociales de la población. Estos dos episodios —la movilización patriótica y la respuesta humanitaria— les proporcionaron una experiencia organizativa y una legitimidad pública que fueron la base sobre la que se construiría la Junta formal años después. No partían de cero: su modelo institucional lo tomaban de la Junta de Damas de Honor y Mérito de Madrid, creada en 1787 como solución al debate sobre la admisión de mujeres en las Sociedades Económicas. Sin embargo, las gaditanas aportaron una impronta marcada por la urgencia y el pragmatismo aprendido en la crisis.
Una institución con dos pilares: La Escuela y la Casa de Expósitos
La Junta de Damas de Cádiz, una vez constituida, concentró sus esfuerzos en dos ámbitos que eran socialmente aceptables como extensión del rol doméstico femenino, pero que ejerció con una ambición transformadora: la educación de las niñas pobres y la protección de la infancia abandonada.
En 1827, el mismo año de su fundación, establecieron una Escuela Gratuita de Niñas. El plan de estudios, aunque limitado por los estándares actuales, era revolucionario para las hijas de las clases humildes. Junto a las "labores propias de su sexo" como la costura y el bordado —destinadas a garantizarles un oficio—, se enseñaba lectura, escritura, doctrina cristiana y aritmética básica. La escuela fue un éxito inmediato, superando todas las previsiones de matrícula y obligando a un traslado a un local más amplio. Su impacto fue tal que el Ayuntamiento, reconociendo la eficacia de la gestión femenina, terminó por financiar tres escuelas municipales adicionales para niñas y dos para párvulos, poniéndolas bajo la tutela e inspección de la Junta de Damas. Este fue un hito crucial: mujeres que inspeccionaban y dirigían un servicio público, presentando informes y exigiendo mejoras a las autoridades municipales.
El segundo pilar fue la Casa de Expósitos, de la que la Junta se hizo cargo por Real Orden en 1829. Este establecimiento, conocido antes de su llegada como "la mansión de la muerte" por su espeluznante tasa de mortalidad infantil, se transformó bajo su dirección. Introdujeron protocolos sanitarios modernos: separaron a los niños enfermos de los sanos para evitar contagios, dotaron al centro de supervisión médica constante y revolucionaron el sistema de nodrizas. No solo las supervisaban dentro de la institución, sino que enviaban a las propias damas a inspeccionar los hogares de las "amas de cría externas" en los distintos barrios de Cádiz y de localidades de la provincia como San Fernando o Algeciras. La marquesa de Casa-Laiglesia en el barrio del Rosario o la marquesa de Casa Rábago en el barrio de La Viña se convirtieron en una presencia habitual, transgrediendo así la geografía social asignada a su clase y género.
El liderazgo prolongado: María Josefa Fernández de Rábago
La historia de la Junta está indisolublemente ligada a la de su presidenta fundadora, María Josefa Fernández de Rábago y O'Ryan, II marquesa de Casa Rábago. Su mandato, que se extendió desde 1827 hasta su muerte en 1861, fue uno de los más prolongados y determinantes en el asociacionismo femenino español del siglo XIX. Su figura encarna las paradojas y los logros de este movimiento.
Nacida en una familia de la élite comercial gaditana con conexiones transatlánticas, heredó el título y una considerable fortuna inmobiliaria. Su activismo comenzó, como el de sus compañeras, durante la Guerra de la Independencia en la Sociedad de Señoras de Fernando VII, donde su madre ejerció como vicepresidenta. Al frente de la Junta, combinó una piedad tradicional con un pragmatismo administrativo excepcional. Gestionó presupuestos, negoció con el Ayuntamiento y la Sociedad Económica matriz, y mantuvo una extensa red epistolar con otras mujeres ilustradas, como la duquesa de Osuna. Su liderazgo no fue el de una rebelde que rechazaba su mundo, sino el de una mujer que utilizó los recursos de su privilegiada posición (económico, social, cultural) para crear un ámbito de utilidad pública y, en el proceso, de autonomía femenina. A su muerte, en un gesto simbólico de su vida entera, dispuso que su féretro fuese acompañado por niños de la Casa de Expósitos.
Legado y contradicciones: La emancipación dentro del marco
La trayectoria de la Junta de Damas de Cádiz culmina con su emancipación institucional. En 1858, tras un conflicto con la Sociedad Económica matriz, lograron separarse y constituirse como la Real Junta de Damas de Cádiz, nombre que consolidaron tras la visita de la reina Isabel II en 1862. Este paso formalizaba una independencia real que ya ejercían desde hacía tiempo.
Su legado es profundo pero matizado. Fueron precursoras fundamentales del asociacionismo femenino y de la profesionalización de la beneficencia pública. Sus informes y su modelo de gestión influyeron en leyes como la de Beneficencia de 1849 y sentaron las bases para que otras mujeres pensaran en la acción social como un campo de desarrollo propio. Sin embargo, es importante reconocer sus límites históricos. Su acción no cuestionaba el orden social de clases; al contrario, partía de una visión paternalista donde la dama ilustrada guiaba y educaba a la pobre. Tampoco pretendía una igualdad política o jurídica para todas las mujeres. Su lucha fue, sobre todo, por un espacio de agencia y competencia dentro de un sistema que las relegaba.
En definitiva, la Junta de Damas de Cádiz no escribió manifiestos feministas radicales, pero construyó escuelas que alfabetizaron a centenares de niñas. No derribó el patriarcado, pero demostró que las mujeres podían administrar instituciones complejas y presentar cuentas al Estado. Su historia es la de una fisura que se abre lentamente en el muro de las convenciones del siglo XIX. Desde esa fisura, estas mujeres no solo ofrecieron caridad, sino que, sobre todo, se ofrecieron a sí mismas un nuevo papel en la historia: el de agentes con voz, capacidad y una incipiente identidad colectiva que anunciaba los cambios por venir. Su mayor triunfo fue, quizás, convertir la virtud doméstica en una herramienta para habitar el mundo.
Pedrete Trigos


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