viernes, 9 de octubre de 2026

Antonio Susillo: El genio trágico de la escultura sevillana

 

Hay figuras cuya vida parece escrita por el mismísimo destino para convertirse en leyenda. Antonio Susillo Fernández fue una de ellas. Escultor genial, mecenazgo real, una muerte trágica y un milagro tan dulce como la miel... Su historia tiene todos los ingredientes de una novela decimonónica. Hoy, en nuestro blog, vamos a adentrarnos en la vida y obra de quien está considerado el máximo exponente de la escultura sevillana del último cuarto del siglo XIX.

De las calles de la Alameda a los palacios de la nobleza

Nacido en el número 11 de la calle Renovada, en el popular barrio de la Alameda de Hércules, el pequeño Antonio era hijo de un tonelero y el segundo de cinco hermanos. Nada hacía presagiar que aquel niño, que jugaba modelando figuritas de barro en las calles de Sevilla, se convertiría en el escultor más importante de su tiempo.

Su talento innato, sin embargo, no pasó desapercibido. La leyenda —aunque con matices, como veremos— cuenta que la infanta Luisa Fernanda, duquesa de Montpensier, lo descubrió mientras jugaba y modelaba figuras de barro. Asombrada por su destreza, lo tomó bajo su protección. Fue el comienzo de una relación que marcaría para siempre la vida y obra del escultor.

Gracias al mecenazgo de los duques —y al apoyo de otros protectores como el pintor José de la Vega—, Susillo pudo ampliar su formación en el extranjero. Estudió en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de París entre 1883 y 1884, y residió en Roma entre 1885 y 1887. Allí bebió de las fuentes del arte europeo, nutriendo un estilo que supo combinar el último romanticismo con un realismo penetrante y lleno de profundidad psicológica.

El gran encargo: la Galería de los Sevillanos Ilustres

Fue en 1895 cuando los duques de Montpensier le encargaron su obra más ambiciosa: la Galería de los Doce Sevillanos Ilustres para coronar la fachada del Palacio de San Telmo. Doce esculturas que representan a personajes históricos vinculados a la ciudad: Velázquez, Murillo, Bartolomé de las Casas, Miguel de Mañara, Arias Montano o Martínez Montañés, entre otros.

Por cada una de estas figuras, Susillo recibió 2.500 pesetas. No era una fortuna, pero sí un reconocimiento al talento de un artista que había logrado hacerse un hueco en la élite cultural de la época. Hoy, estas esculturas siguen siendo uno de los legados artísticos más visibles del mecenazgo de los Montpensier en Sevilla.

Pero su producción no se limitó a este encargo. Obras como el Monumento a Velázquez en la plaza del Duque de la Victoria, el Monumento a Daoiz en la plaza de la Gavidia, El Grito de Independencia o Las Flores de San Francisco —su última obra, modelada en barro cocido en 1896— completan una producción artística tan amplia como variada.

El trágico final: el mito del Cristo de las Mieles

La muerte de Antonio Susillo es, quizás, el capítulo más oscuro y fascinante de su biografía. El 22 de diciembre de 1896, con apenas 41 años, el escultor se quitó la vida. Pero, ¿por qué?

La leyenda popular, durante décadas, sostuvo que el motivo había sido un error garrafal en su última obra: el Cristo de las Mieles, la escultura que corona su tumba en el Cementerio de San Fernando. Según se contaba, Susillo había esculpido las piernas del crucificado al revés, y la desesperación por semejante fallo le había llevado al suicidio.

Pero la historia documentada nos ofrece una versión muy diferente. Cuando encontraron su chaqueta, en ella había cartas de despedida que revelaban una profunda crisis personal y económica. "Me mato porque me he convencido de que mi carrera es insuficiente para ganarse la vida", escribió. No fue un error artístico, sino una depresión y un agotamiento vital lo que lo llevó a tomar esa trágica decisión.

¿Un milagro?... o una colmena

La leyenda del Cristo de las Mieles, sin embargo, tiene una segunda parte que le da nombre. Se dice que, tras su entierro, los visitantes del cementerio comenzaron a observar un prodigio: de la boca de la imagen brotaba un líquido dulce y dorado: miel. El asombro fue tal que, según la tradición, la Iglesia llegó a enviar una comisión al Vaticano para investigar el posible milagro.

La explicación, como suele ocurrir, era mucho más terrenal. Susillo, para aligerar el peso de la escultura de bronce, la había dejado hueca por dentro. Un enjambre de abejas encontró ese hueco y construyó allí su colmena. Con el calor del verano sevillano, la miel se derretía y filtraba por la boca de la imagen. No fue un milagro, sino la sabia obra de la naturaleza.

El gesto final de la infanta

Hay un último episodio que cierra el círculo entre Susillo y sus protectores. Cuando el escultor se suicidó, la Iglesia se opuso a que recibiera sepultura cristiana en el cementerio municipal, dado que el suicidio estaba penado canónicamente.

Cuenta la tradición que fue la propia infanta Luisa Fernanda quien intercedió ante el Cardenal, logrando con sus lágrimas que se le permitiera enterrar a Susillo a los pies de su obra, el Cristo de las Mieles, en el Cementerio de San Fernando. Sus restos descansan allí, bajo la escultura que él mismo creó, en un gesto que la leyenda quiso sellar con la emoción de la infanta ante su tumba.

Legado de un genio atormentado

Antonio Susillo fue mucho más que un escultor. Fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, maestro de discípulos como Antonio Castillo Lastrucci y, sobre todo, un artista que supo plasmar en el barro, el bronce y el mármol el alma de su tiempo y de su tierra.

Su obra engalana hoy los espacios más emblemáticos de Sevilla, y su vida, marcada por el éxito y la tragedia, sigue fascinando a investigadores y amantes del arte. El Cristo de las Mieles, más que el testimonio de un error fatal es el sepulcro de un artista atormentado por sus circunstancias personales, cuyo nombre no nace de un milagro, sino de la sabia y laboriosa obra de unas abejas. Y quizás, en esa mezcla de realidad y leyenda, resida la verdadera grandeza de su historia.

Pedrete Trigos

Fuentes consultadas para ampliar información

Para la elaboración de esta entrada, he consultado diversas fuentes que permiten profundizar en la vida y obra de Antonio Susillo:

  • Archivos históricos del Ayuntamiento de Sevilla, que conservan documentación sobre el artista y sus encargos.

  • Publicaciones de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, donde Susillo fue académico.

  • Estudios biográficos sobre la figura de Susillo publicados en revistas especializadas de arte andaluz.

  • Fuentes documentales sobre la relación de los Duques de Montpensier con el arte sevillano, que permiten contextualizar el mecenazgo del que fue objeto.

  • Investigaciones recientes sobre las cartas de despedida del escultor, que han arrojado luz sobre las verdaderas causas de su suicidio.

lunes, 5 de octubre de 2026

Fernán Caballero y los Montpensier

 

Literatura, mecenazgo y estrategia política en la Sevilla romántica

Cuando hablamos de la vinculación de los duques de Montpensier con Sevilla, solemos pensar en su palacio de San Telmo, en sus colecciones artísticas o en su mecenazgo monumental. Pero hay una figura que actuó como puente entre la corte ducal y el alma popular andaluza: Cecilia Böhl de Faber, más conocida por su seudónimo, Fernán Caballero. Su historia no es solo la de una amistad literaria, sino la de una mediación cultural y política que el duque de Montpensier supo aprovechar para granjearse el favor popular.

Una escritora entre dos mundos

Cecilia Francisca Josefa Böhl de Faber y Ruiz de Larrea nació en Morges (Suiza) el 24 de diciembre de 1796. Hija del hispanista alemán Juan Nicolás Böhl de Faber y de la escritora gaditana Frasquita Larrea, creció en un ambiente intelectual privilegiado. Su vida estuvo marcada por tres matrimonios y por una profunda conexión con Andalucía, donde fijó su residencia en Dos Hermanas durante su segundo matrimonio.

Fue a partir del éxito de su novela La gaviota (1849) cuando su carrera literaria despegó. Pero fue su amistad con los duques de Montpensier lo que le abriría las puertas de una protección que iba mucho más allá del mero favor cortesano. Fernán Caballero trabó amistad con el duque de Montpensier y obtuvo también el favor de la reina Isabel II.

La casa del Patio de Banderas

Fruto de esa protección, los duques de Montpensier y la reina Isabel II le facilitaron una vivienda en el Patio de las Banderas del Real Alcázar de Sevilla. Allí residió durante varios años, hasta que la Revolución de 1868 la obligó a abandonarla. No era un detalle menor: vivir en el Alcázar, el corazón simbólico de la ciudad, la situaba en el epicentro del poder y la cultura sevillana. La casa le fue concedida de por vida, aunque la perdió con la caída de Isabel II y solo la recuperó tras la Restauración.

La novela que despertó una devoción

Pero si hay un episodio que ejemplifica a la perfección la influencia de Fernán Caballero sobre los Montpensier, ese es el de la ermita de Nuestra Señora de Valme.

En 1856 se publicó La familia de Alvareda, una novela de costumbres populares que comienza precisamente con una poética descripción de las ruinas de la capilla de Valme. En sus páginas, la escritora relataba el estado ruinoso en que se encontraban tanto la ermita como el histórico pendón que el rey San Fernando había prometido depositar en ella tras la conquista de Sevilla.

El duque de Montpensier, que ya había mostrado su interés por las tradiciones religiosas andaluzas —asistiendo a la romería del Rocío desde 1851 y siendo hermano mayor honorario de varias cofradías—, no dudó en actuar. Espoleado por los escritos de Fernán Caballero, impulsó la recuperación historicista de la vieja ermita de Cuarto, reducida a un montón de ruinas a mediados del siglo XIX. La restauración, que corrió a expensas de los duques, culminó con la solemne consagración de la ermita el 9 de octubre de 1859.

No fue un gesto aislado. Montpensier participó activamente en la restauración, llegando incluso a hacer llevar el pendón a la ermita. La operación fue un éxito de proyección pública: el duque, un francés en tierra andaluza, se granjeaba así las simpatías populares vinculando su nombre a una de las devociones más arraigadas de la comarca. Y todo ello gracias a la pluma de su amiga escritora.

Una mediadora cultural

La relación entre Fernán Caballero y los Montpensier no se limitó a la protección económica ni al episodio de Valme. La escritora ejerció como mediadora entre la alta cultura y el campesinado, entre la corte ducal y las tradiciones populares andaluzas. Su obra, de marcado carácter costumbrista, defendía las virtudes tradicionales, la monarquía y el catolicismo, valores que encajaban a la perfección con la estrategia de los Montpensier de arraigarse en Sevilla.

Su correspondencia con el hispanista francés Antoine de Latour —preceptor del duque de Montpensier— es un testimonio extraordinario de esa red de influencias. A través de sus cartas, se vislumbra a una mujer que no solo escribía sobre Andalucía, sino que la interpretaba y la traducía para una élite que buscaba en lo popular un argumento de legitimidad.

Legado de una alianza literaria y política

Fernán Caballero falleció en Sevilla el 7 de abril de 1877, a los 80 años, rodeada de admiración y reconocimiento. Su vinculación con los Montpensier fue mucho más que una amistad: fue una alianza estratégica en la que la literatura se puso al servicio del mecenazgo y la política.

La escritora encontró en los duques protección económica y acceso a la corte; los duques encontraron en ella una pluma capaz de conectar con las raíces populares andaluzas y de proyectar una imagen de mecenas comprometido con las tradiciones. La restauración de la ermita de Valme no fue un capricho aristocrático, sino una operación de marketing político del siglo XIX, cocinada a fuego lento entre las páginas de una novela y la ambición de un duque.

Pedrete Trigos


Para ampliar información:

  • Cecilia Böhl de Faber adoptó el seudónimo de Fernán Caballero tomándolo del nombre de un pueblo de la provincia de Ciudad Real.

  • La familia de Alvareda fue una narración comenzada en 1822 y redactada originalmente en alemán.

  • Además de la ermita de Valme, Montpensier financió las restauraciones del castillo de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, el convento de La Rábida en Huelva y el de Nuestra Señora de Regla en Chipiona.

  • Fernán Caballero publicó en 1862 El Alcázar de Sevilla, un testimonio de primera mano de su experiencia en el monumento.