lunes, 19 de octubre de 2026

María Cristina de Borbón: de Reina Regente a "Reina de la Corrupción"

 

Introducción: Una figura polarizante

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878) es, sin duda, una de las figuras más complejas y controvertidas del siglo XIX español. Su papel como reina consorte de Fernando VII y, posteriormente, como regente durante la minoría de edad de su hija Isabel II, la situó en el centro de las transformaciones políticas que marcaron el tránsito del absolutismo al liberalismo, un periodo caracterizado por intensas luchas ideológicas, conspiraciones y ambiciones personales.

Su figura ha sido objeto de un profundo debate histórico. Para algunos, fue una reina corrupta que antepuso su ambición personal a los intereses del reino; para otros, una mujer que luchó con determinación por asegurar el trono de su hija en un mundo de hombres. Lo que es indiscutible es que su regencia estuvo marcada por el escándalo y la oposición política, y que su apodo de "Reina de la Corrupción" no es una invención moderna, sino el reflejo de las numerosas acusaciones de enriquecimiento ilícito que la persiguieron durante toda su vida.




Orígenes y matrimonio con Fernando VII

Nacimiento y familia

María Cristina nació en Palermo el 27 de abril de 1806. Era hija de Francisco I, rey de las Dos Sicilias, y de María Isabel de Borbón, hija del rey Carlos IV de España y, por tanto, hermana de Fernando VII. Su nombre completo era María Cristina Fernanda de Borbón y Borbón.

Su educación en la corte napolitana fue esmerada, aunque más orientada hacia la cultura y la religión que hacia la política. Desde joven desarrolló una visión autoritaria del poder, convencida de que el orden social debía sostenerse bajo gobiernos firmes y jerárquicos. El marqués de Villa-Urrutia la describió como una mujer de elegancia natural, de facciones agradables y porte distinguido, cuya presencia destacaba en los ambientes cortesanos.

El enlace con Fernando VII

Tras el fallecimiento de María Josefa Amalia de Sajonia en 1829 —la tercera esposa de Fernando VII—, se planteó la necesidad de un nuevo enlace que asegurara la continuidad dinástica. Por mediación de Luisa Carlota de Borbón, hermana de la reina de Nápoles, se propuso el matrimonio entre Fernando VII y su sobrina María Cristina.

El enlace se celebró en Aranjuez el 11 de diciembre de 1829, cuando el rey contaba con 45 años y la joven princesa con 23. La llegada de María Cristina fue recibida con cierta esperanza por los sectores liberales, que vieron en ella una posible moderación del absolutismo real.

El nacimiento de Isabel II y la Pragmática Sanción

Su primer embarazo consolidó esa expectativa: el 30 de octubre de 1830 dio a luz a Isabel, la futura Isabel II. Este nacimiento llevó a Fernando VII a promulgar la Pragmática Sanción de 1789, que restablecía el derecho sucesorio femenino y dejaba sin efecto la Ley Sálica. Esta decisión, que permitía reinar a las mujeres, desplazó al hermano del rey, Carlos María Isidro, de la línea sucesoria, sentando las bases del conflicto carlista que estallaría tras la muerte del monarca.

Posteriormente, en 1832, nacería su segunda hija, Luisa Fernanda. Durante los últimos años del reinado de Fernando VII, María Cristina desempeñó un papel político creciente, especialmente tras la enfermedad del monarca en 1832, momento en que fue designada gobernadora del reino.


La Regencia (1833-1840): Guerra y reformas

Muerte de Fernando VII y asunción de la regencia

Fernando VII falleció el 29 de septiembre de 1833. Su hija Isabel II contaba entonces con apenas tres años de edad, por lo que María Cristina asumió automáticamente la regencia. La regencia se extendió desde el 29 de septiembre de 1833 hasta el 12 de octubre de 1840.

La Primera Guerra Carlista

La decisión de Fernando VII de permitir que reinara una mujer no fue aceptada por su hermano, el infante Carlos María Isidro. Apenas unos días después de la muerte del rey, estalló la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Este conflicto dinástico enfrentó a dos concepciones de España: los carlistas, defensores del absolutismo y de una monarquía tradicional que apoyaban a Carlos, y los cristinos o isabelinos, defensores de la monarquía constitucional que apoyaban a Isabel II y a la regente.

Alianza forzada con los liberales

Para hacer frente a la amenaza carlista, María Cristina, que en principio era una absolutista, se vio obligada a buscar el apoyo de los liberales. Esta alianza fue el motor de profundos cambios políticos.

  • El Estatuto Real de 1834: La aportación fundamental de Francisco Martínez de la Rosa al frente del gabinete fue el Estatuto Real, promulgado el 16 de abril de 1834. Este documento, que algunos historiadores han calificado como "Constitución Otorgada", establecía la reunión de las Cortes en dos Cámaras: el Estamento de Próceres (actual Senado) y el Estamento de Procuradores (actual Congreso de los Diputados). Sin embargo, el Estatuto Real no convenció ni a conservadores ni a liberales.

  • El Motín de la Granja (1836): El descontento popular, los motines anticlericales y la presión de la guerra llevaron al Motín de la Granja el 15 de mayo de 1836, que forzó a la regente a aceptar la Constitución de 1812.

  • La Constitución de 1837: Promulgada por las Cortes, establecía la soberanía nacional, la separación de poderes y ampliaba derechos, aunque mantenía el sufragio censitario. La Reina Gobernadora juró la Constitución de 1837 acompañada de su hija Isabel II el 18 de junio de 1837.

Las reformas liberal-burguesas

Bajo los gobiernos progresistas, con figuras como Juan Álvarez Mendizábal, se emprendieron reformas clave que desmantelaron el Antiguo Régimen. Mendizábal pasará a la historia como presidente del Consejo de Ministros por la desamortización de los bienes eclesiásticos, mediante los decretos de supresión de los conventos de menos de doce religiosos y disolución de las órdenes religiosas, salvo las hospitalarias. Esta medida tenía como objetivo obtener recursos para la guerra y crear una nueva clase de propietarios.

Durante este periodo se celebraron seis procesos electorales: en 1834, 1836 (febrero, julio y octubre), 1837 y 1839.


El escándalo de la corrupción: "La Reina de la Corrupción"

El apelativo de "Reina de la Corrupción" no es una invención moderna. La documentación histórica respalda que María Cristina y su segundo esposo construyeron una vasta fortuna mediante una trama de negocios que explotaba su posición de poder.

Desvío de fondos públicos y saqueo del patrimonio real

Las acusaciones de corrupción fueron tan graves que llegaron a oídos del parlamento. Se le acusó de desviar millones de reales del erario público para financiar sus empresas personales y de enriquecerse con la venta de buena parte del patrimonio real, incluyendo las joyas de la Corona.

La gravedad de los hechos llevó a que se constituyera una comisión de investigación parlamentaria para esclarecer sus negocios. Como consecuencia directa de la corrupción y del expolio del patrimonio real, en 1854 fue expulsada de España y se le retiró la pensión vitalicia que le habían concedido las Cortes.

La red de negocios con testaferros

Junto a su segundo marido, Agustín Fernando Muñoz, obtuvo grandes beneficios de forma corrupta en torno a concesiones mineras, el ferrocarril, la deuda pública y el monopolio de la sal. La pareja, conocida como "los Muñoces", se asoció con políticos, inversores, hombres de negocios y testaferros para operar en Madrid, París, Londres y La Habana.

La trata de esclavos en Cuba

Posiblemente el aspecto más oscuro de su fortuna fue su implicación directa en el tráfico de esclavos, una práctica ya ilegal en aquella época. La reina madre y su segundo marido fueron acusados de participar financieramente en la trata cubana por medio de una poderosa sociedad capitalista. Hicieron negocio con el político y traficante de esclavos Julián Zulueta, el mayor negrero de la época en Cuba, cuando tal práctica ya era ilegal.

Diversas fuentes señalan que llegaron a dirigir una de las redes de tráfico ilegal de esclavos más grandes del mundo. El escándalo que se originó cuando trascendió que estaba implicada en estos negocios fue uno de los factores que la forzaron a dimitir en 1840.


El matrimonio secreto con Agustín Fernando Muñoz

Un romance fulminante

Siendo capitán de la Guardia de Corps, Agustín Fernando Muñoz fue destinado a la escolta personal de la reina regente María Cristina de Borbón, quien puso sus ojos en él por su gallardía, afabilidad y juventud —tenía veinticinco años y ella veintisiete—, enamorándose ambos. Procedía de una familia sencilla de Tarancón (Cuenca), cuyo negocio familiar era un estanco, aunque contaba con ciertos antecedentes nobiliarios que le facilitaron el acceso a la Corte.

La boda secreta

Apenas tres meses después del fallecimiento de Fernando VII, el 28 de diciembre de 1833, contrajeron matrimonio en el Palacio Real de Madrid. La ceremonia se realizó a las siete de la mañana y fue oficiada por un amigo de Muñoz, Marcos Aniano González, sacerdote recién ordenado que, tras el matrimonio, se convirtió en el capellán de Palacio.

Fue un matrimonio morganático, religioso, en secreto y sin el permiso de las Cortes. Este matrimonio impedía a María Cristina ocupar legítimamente la Regencia, ya que su derecho a ser regente de su hija Isabel II se basaba en su condición de "Reina viuda", tal como estipulaba el testamento de Fernando VII. Además, no tenía validez ni desde el punto de vista canónico ni desde el civil, dadas las condiciones en que se celebró.

El escándalo público y el ascenso de "los Muñoces"

La necesidad de ocultar el matrimonio y, sobre todo, los embarazos y partos que vinieron después, restó mucha popularidad a la Reina Regente, que se convirtió en el blanco de graves críticas.

A pesar de las críticas, María Cristina utilizó su poder para engrandecer a su esposo. Agustín Fernando Muñoz fue colmado de títulos nobiliarios, convirtiéndose en el I duque de Riánsares, además de recibir otras distinciones como la Orden del Toisón de Oro.

La pareja tuvo ocho hijos en total, que recibieron títulos nobiliarios y formaron una nueva y poderosa familia, conocida despectivamente como "los Muñoces". Entre ellos se encontraban María Amparo (condesa de Vista Alegre), Milagros (marquesa de Castillejo), Agustín (duque de Tarancón), Fernando (duque de Riánsares), Juan (conde del Recuerdo) y José (conde de Gracia).


Exilio, regreso y nuevo destierro

Primer exilio: la caída en desgracia (1840-1844)

El fin de su regencia fue tan tumultuoso como su comienzo. La chispa que provocó su caída fue la Ley de Ayuntamientos que ella respaldó el 15 de julio de 1840, una ley que otorgaba un poder casi absoluto al partido moderado y que desencadenó una sublevación generalizada en su contra.

Acorralada por la oposición, encabezada por el general progresista Baldomero Espartero, cuyas victorias sobre los carlistas habían prácticamente terminado la guerra civil, se vio obligada a abdicar de la Regencia el 12 de octubre de 1840. Poco después, marchó al exilio en Francia junto a su segundo esposo y sus hijos. El acuerdo de su exilio incluía la dolorosa condición de dejar en España a sus dos hijas pequeñas, las infantas Isabel (la futura reina) y María Luisa Fernanda.

Lejos de retirarse de la política, desde Francia no cesó de intrigar contra el gobierno de Espartero, conspirando junto a sus fieles y con el respaldo del partido moderado para derrocarlo.

Regreso y oficialización del matrimonio (1844-1854)

La caída de Espartero en 1843 le abrió las puertas para un breve regreso. En febrero de 1844, ya con su hija Isabel II como reina, volvió a Madrid e intentó recuperar su influencia. Fue durante esta época cuando oficializó públicamente su matrimonio con Muñoz, el 13 de octubre de 1844.

Segundo exilio y destierro definitivo (1854-1878)

Sin embargo, su mala fama y los escándalos de corrupción la persiguieron. En julio de 1854, a consecuencia de una nueva revolución, fue nuevamente expulsada de España. Las acusaciones eran graves: se le imputaba corrupción por recibir dinero de ministros y contratistas, y el expolio del patrimonio real, incluyendo las joyas de la Corona. Como castigo, las Cortes le retiraron la pensión vitalicia que le habían concedido.

Este segundo exilio, que comenzó en 1854, sería ya definitivo. Se instaló en Francia, donde viviría hasta su muerte. Desde allí, y para proteger su fortuna de posibles incautaciones en la inestable España de Isabel II, gestionó sus negocios a través de testaferros.

Muerte y sepultura

María Cristina falleció en el exilio el 22 de agosto de 1878 en Sainte-Adresse (Francia), una localidad cercana a Le Havre, a los 72 años de edad. A pesar de su controvertida vida, su condición de madre de una reina le valió el honor de ser enterrada en la Cripta Real del Monasterio de El Escorial.


Legado y debate histórico

La figura de María Cristina sigue siendo, hoy en día, objeto de debate entre los historiadores. Se enfrentan dos visiones contrapuestas:

La visión más crítica

La presenta como una "reina corrupta" y una "mala madre" que antepuso su ambición personal y su afán de lucro a los intereses del reino. Su segundo matrimonio con un hombre de origen humilde, los escándalos de corrupción, el saqueo del patrimonio real y su participación en el tráfico ilegal de esclavos son los pilares de esta imagen. Se la acusa de haber manejado España como su finca particular.

Otra perspectiva

La considera una mujer que, en un mundo de hombres, luchó con uñas y dientes por asegurar el trono de su hija Isabel II. Su alianza con los liberales, aunque forzada, fue clave para la transición de España hacia un estado liberal. Bajo su tutela se consolidó la monarquía isabelina y se promulgó el Estatuto Real de 1834, que fue el preludio del constitucionalismo en España.

Un legado ambiguo

Su regencia dejó un legado ambiguo. Por un lado, impulsó sin querer la transición de España hacia un estado liberal, aunque a costa de una guerra civil devastadora y su propia caída en desgracia. Por otro lado, su corrupción y sus negocios personales sentaron un precedente nefasto y contribuyeron a la mala imagen de la monarquía española en el siglo XIX.

En cualquier caso, su figura es la de una mujer que salvó la corona para su hija, pero a un costo altísimo en términos de escándalo, corrupción y división política, un precio que marcó la España del siglo XIX y que aún hoy alimenta el debate histórico. 

Pedrete Trigos


Fuentes y bibliografía recomendada

  • Maria Christina of the Two Sicilies – Wikipedia

  • María Cristina de Borbón – Britannica

  • María Cristina de Borbón-Dos Sicilias – Wikipedia

  • Regencia de María Cristina de Borbón (1833-1840) – Congreso de los Diputados

  • Agustín Fernando Muñoz y Sánchez – Real Academia de la Historia

  • Mujeres en la Historia: María Cristina de Borbón-Dos Sicilias – Cronistas Oficiales

  • López-Morell, M. Á. (2023). "La estrategia de la corrupción. El patrimonio y los negocios de María Cristina de Borbón y Agustín Muñoz"

viernes, 16 de octubre de 2026

El mito de la reina niña: cómo la prensa convirtió la boda y muerte de Mercedes de Orleans en el pilar sentimental de la Restauración

 


Introducción: un siglo de convulsión

El siglo XIX español fue, ante todo, un siglo de inestabilidad. Guerras civiles, multitud de pronunciamientos militares, desamortizaciones, destronamientos, exilios y un desarrollo económico lento e insuficiente marcaron el devenir del país. Cada crisis política se resolvía con frecuencia mediante la intervención del ejército. La opinión pública organizada era prácticamente inexistente en las primeras décadas, pero a medida que avanzaba la centuria, la prensa fue erigiéndose como un "cuarto poder" con capacidad para influir en la opinión pública y dirigir el debate político.

En este contexto de crisis permanente, la monarquía de Isabel II (1833-1868) se convirtió en el blanco de todas las críticas. La imagen de la reina que ha transcendido a nuestros días es la de una soberana incompetente, irresponsable y adúltera que no supo ejercer su papel. La prensa de todos los partidos, salvo la moderada, criticó no solo a la persona de Isabel II, sino a toda la dinastía borbónica. Los republicanos utilizaron su figura para recrear el mito del "Trono contra el pueblo", encontrando en su vida y reinado ejemplos suficientes para sostenerlo. La falta de formación de la reina, su escaso tacto político y el abandono sufrido en su niñez la convirtieron en una persona irresponsable e inmadura, incapaz de enfrentarse al cargo que le correspondía. Su vida privada y sexual se convirtieron en objeto de crítica pública. El descrédito era total.



La Restauración: un proyecto político que necesitaba un rostro

El Sexenio Revolucionario (1868-1874) —con la revolución que destronó a Isabel II, el fallido reinado de Amadeo de Saboya y la efímera Primera República— no hizo sino recrudecer la inestabilidad. Ante este panorama, un sector de la política española comenzó a plantearse la vuelta de la monarquía borbónica, pero no en la persona de Isabel II —que ya había abdicado— sino en la de su hijo, el príncipe Alfonso.

La Restauración fue posible gracias a la preparación y propaganda realizadas por su artífice, el político liberal-conservador Antonio Cánovas del Castillo. El golpe de Estado del general Martínez Campos en Sagunto, en diciembre de 1874, proclamó a Alfonso XII como rey de España. Cánovas diseñó un sistema político que devolvió la estabilidad al país tras décadas de pronunciamientos y guerras civiles, basado en cuatro pilares: rey, Cortes, Constitución y el turno pacífico de partidos.

Pero la estabilidad institucional no era suficiente. La monarquía necesitaba recuperar el prestigio perdido y conectar con un pueblo hastiado, que no se identificaba ni con la república ni con Amadeo de Saboya. La llegada al trono de Alfonso XII se vivió como una nueva oportunidad para la institución. Había un interés especial en conectar la monarquía con el pueblo, y para ello se necesitaba un relato, una imagen, un símbolo.



La boda que desafió a todos

Ese símbolo llegó en forma de boda. Alfonso XII se casó con su prima, María de las Mercedes de Orleans, el 23 de enero de 1878 en la basílica de Nuestra Señora de Atocha en Madrid. El matrimonio se celebró a pesar de la oposición del gobierno y de su propia madre, Isabel II. La reina madre, profundamente resentida con su hermana Luisa Fernanda —madre de Mercedes— y con Antonio de Orleans —que se había postulado a la corona en 1870—, negó su consentimiento desde París.

Precisamente esa oposición fue el mejor regalo para la monarquía restaurada. El pueblo, que veía a Isabel II como una reina frívola y a los políticos como cortesanos trepas, identificó a Alfonso y Mercedes como los jóvenes románticos que desafiaban al sistema por amor. Un matrimonio que gustó a sus súbditos y que hacía parecer al joven monarca alguien cercano.

Las crónicas periodísticas del momento narran cómo, en la basílica de Atocha, el pueblo aplaudió el paso de la futura reina, que del brazo de su padre se encaminó hacia el altar. Mercedes fue la única reina que ha ido al altar en ferrocarril —viajó desde el palacio de Aranjuez hasta Madrid en tren—, un detalle que la prensa no dejó de subrayar como símbolo de modernidad. El vestido de novia fue costeado por el propio Alfonso XII y costó treinta y dos mil quinientas cuarenta y seis pesetas.



La muerte que lo cambió todo

Apenas cinco meses después, el 18 de junio de 1878, la Gaceta dio el primer parte de la enfermedad de la reina. El 24 de junio, día de San Juan, Mercedes cumplía dieciocho años mientras sus síntomas se agravaban. Fueron llamados a consulta diversos médicos, entre ellos Federico Rubio, quien confirmó el diagnóstico de "infección ginecológica". Asistida por el cardenal Moreno, su agonía duró más de doce horas. Finalmente, el 26 de junio de 1878, al mediodía, expiró en el Palacio Real de Madrid. El matrimonio había durado apenas cinco meses y tres días.

La Gaceta del mismo día 26 de junio recogía las palabras que se convirtieron en el epitafio de toda una operación de propaganda: "Ya lo oís, señores Diputados: nuestra bondadosa Reina, nuestra cándida y malograda Reina Mercedes, ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte. Tan general es el dolor como inesperado ha sido el infortunio; a todos alcanza".



La maquinaria propagandística en marcha

En ese momento se puso en marcha la maquinaria propagandística. Contrariamente a lo que había ocurrido con sus predecesoras, y por primera vez, un medio periodístico —concretamente, La Ilustración Española y Americana— se hizo eco de la noticia de forma exhaustiva, incluyendo imágenes en forma de grabados, anticipando lo que poco después se haría con las fotografías.

Esta publicación, fundada en 1869, se convirtió en la gran difusora de las actividades de la monarquía y en uno de los principales artífices del "blanqueamiento" de la institución. Siguiendo el modelo de las grandes revistas ilustradas europeas, fue el máximo exponente del periodismo gráfico español del siglo XIX.

La revista publicó grabados de gran impacto emocional:

  1. La extremaunción: una imagen del momento en que el cardenal administraba la extremaunción a la reina moribunda, con Alfonso XII de pie junto a su lecho y la familia real sollozando.

  2. El duelo popular: otro grabado mostraba a ciudadanos de todas las clases sociales haciendo fila en Palacio para firmar por la salud de la reina, destacando que "la Reina de España reinaba a la vez sobre el trono y en el corazón de los españoles".

  3. La capilla ardiente: se documentó con lujo de detalle el féretro, los guardias, los altares y la barandilla que separaba a la reina del "numeroso público que accedía a contemplar por última vez a su amada Reina".

La prensa complementaba los grabados con descripciones detalladas, funcionando como una "voz en off" que guiaba la interpretación emocional del lector. El retrato postmortem de la reina, junto a la fotografía tomada por Luis Moratalla, se convirtió en una imagen icónica.



El impacto en la opinión pública

El impacto en Madrid fue inmenso. Durante los días del velatorio, las colas delante del Palacio Real fueron multitudinarias. Más de 100.000 personas desfilaron en una ciudad que apenas superaba los 350.000 habitantes. La procesión fúnebre hasta su enterramiento —que hoy se conserva en la catedral de la Almudena— fue seguida por una muchedumbre enlutada.

La muerte de la joven reina, en plena luna de miel, convertía a Alfonso XII en un rey joven y viudo. El duelo nacional unificó al país en torno a una figura que arrastraba el cariño popular. Los políticos que habían hecho posible la Restauración —Cánovas y Sagasta, que se llevaban a matar en las Cortes— firmaron un pacto tácito de silencio político durante las exequias.

Rodríguez Moya (2012) ha señalado que, desde los siglos XVI al XVIII, la muerte de un monarca ponía en marcha todo un aparato de propaganda política e ideológica funeraria: cortejos luctuosos, pompas fúnebres, catafalcos efímeros, tumbas conmemorativas. En el siglo XIX, con la monarquía viviendo una de sus horas más bajas, ese aparato se modernizó y se hizo más eficaz gracias a la prensa ilustrada.

Mercedes de Orleans, como ha señalado la historiografía, inició un camino de modernidad tanto en su matrimonio como con su muerte. Fue la primera reina en viajar en tren para casarse y la primera en ser transportada en tren para su sepelio. Fue también la primera vez que la prensa cubrió de forma tan exhaustiva la enfermedad y muerte de una reina.



Conclusión: el mito que salvó a la monarquía

La boda y la muerte de Mercedes de Orleans no fueron meros hechos biográficos. Fueron la piedra angular de una campaña de propaganda monárquica que supo explotar el romanticismo y la tragedia para legitimar a la dinastía restaurada. El pueblo, hastiado de décadas de inestabilidad, guerras civiles, pronunciamientos, desamortizaciones y gobiernos fallidos, encontró en aquel rey joven, militar y guapo, y en su reina niña, muerta en plena luna de miel, un relato con el que identificarse.

La oposición de Isabel II y del gobierno al matrimonio solo reforzó la unión de cara a la opinión pública. Y la muerte prematura de Mercedes, hábilmente explotada por la prensa, consolidó un vínculo sentimental entre la Corona y el pueblo que la política, por sí sola, no había logrado establecer.

Como bien resume el artículo de AACA Digital, la llegada al trono de Alfonso XII se vivió como una nueva oportunidad para la monarquía. Con la repentina muerte de la reina, se incidió en la tragedia para profundizar en el acercamiento entre el pueblo y su rey. El mito de la reina niña se convirtió, así, en el cimiento sentimental sobre el que se asentó la Restauración borbónica.

El Caballero Metabólico


Fuentes consultadas:

  • AACA Digital, "Hoy lloramos su muerte" (artículo de Helena Román Caro)

  • Gaceta de Madrid, 26 de junio de 1878

  • Rodríguez Moya (2012), sobre propaganda política funeraria en la monarquía

  • Wikipedia, "María de las Mercedes de Orleans"

  • Ateneo Valencia, "Alfonso XII y María de las Mercedes, un amor que desafió al gobierno y la reina Isabel II"

  • La Ilustración Española y Americana, números de 1878

  • Diversas fuentes sobre la inestabilidad política del siglo XIX español

  • Estudios sobre la prensa como "cuarto poder" en el siglo XIX