Eso, o la prueba de que una buena historia siempre es mejor que la verdad.
Llegamos al cuarto capítulo de nuestro particular paseo por el Olimpo de la nobleza española del siglo XX. Hemos visto a Cayetana (la petarda original que convirtió 43 títulos en un personaje de revista del corazón), a Isabel Álvarez de Toledo (la revolucionaria que cambió ocho meses de cárcel por un lugar en la historia incómoda) y a Naty Abascal (la profesional que sobrevivió a un matrimonio infernal con la elegancia por bandera).
Y ahora nos sentamos frente a la cuarta invitada: Aline Griffith, condesa de Romanones, espía, modelo, escritora, quesera extremeña y, según algunos, la mayor fabuladora que ha dado la alta sociedad del siglo XX.
Agarren las palomitas. O mejor no. Porque con esta señora, nunca se sabe qué es verdad y qué es palomita.
De Pearl River a Madrid con una pistola en el bolso
(o eso decía ella)
María Aline Griffith Dexter nació el 22 de mayo de 1923 en Pearl River, Nueva York, en el seno de una familia de clase media con seis hijos. Su padre era vendedor de seguros. Nada que ver con cunas doradas ni mayorazgos centenarios. Era, simplemente, una americana con estudios de periodismo y cara bonita que trabajaba como modelo.
Hasta aquí, todo normal. Pero entonces llegó la Segunda Guerra Mundial y, según su versión, todo cambió.
Con 20 años, fue reclutada por la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), el germen de lo que luego sería la CIA. La enviaron a Madrid el 31 de diciembre de 1943 con una misión: espiar a los nazis, descubrir al agente de Heinrich Himmler en España y asegurar el éxito de la segunda invasión aliada por el sur de Francia. Le asignaron el nombre en clave: "Tigre".
La tapadera era perfecta: una modelo americana en la alta sociedad madrileña. Se instaló en el hotel Ritz, se codeó con aristócratas, toreros y cantantes, y mientras fingía divertirse en fiestas, descifraba mensajes y manejaba una pequeña red de agentes que espiaban al secretario privado de un ministro franquista.
"Tuve una formación dura en la que aprendí a disparar con pistola, saltar en paracaídas o matar en silencio con cuchillo e incluso con un periódico", declaraba años después.
Cuando le preguntaban si llegó a matar a algún nazi, respondía con una media sonrisa: "Mi intuición me dice que... nunca lo sabré".
Esa frase es, probablemente, la más honesta que pronunció en toda su vida. Porque efectivamente: nunca lo sabremos.
El problema de Aline: que todo lo contaba ella
Y aquí llegamos al meollo del asunto. Porque si repasamos los archivos desclasificados de la OSS, aparece Aline Griffith. Sí, trabajó para ellos en Madrid. Pero cuando los historiadores han intentado verificar sus misiones más trepidantes, las que convirtió en best-sellers internacionales (como La espía que vestía de blanco o El fin de un enigma), la documentación se vuelve sospechosamente difusa.
Sus compañeros de la OSS la describían como una mujer eficiente en tareas de cifrado y comunicación, no como una superagente de película. Nadie recuerda que matara nazis con un periódico enrollado. Nadie confirma aquellas persecuciones por las calles de Madrid, ni los códigos secretos escondidos en joyas, ni los encuentros con el entorno de Himmler.
Pero Aline, que además de espía era escritora, construyó durante décadas un relato cada vez más espectacular. Y lo hizo con tal convicción, con tal desparpajo, con tal capacidad para moverse entre la alta sociedad contando sus batallitas, que al final poca gente se atrevió a preguntarle: "Oiga, condesa, ¿esto de verdad pasó o es que usted ha leído demasiadas novelas de John le Carré?".
Lo que está claro es que, cuando una persona pasa décadas contando la misma historia, la historia acaba siendo ella. Verdad o mentira, Aline Griffith era la espía. El personaje se comió a la persona. Y al final, da igual si mató o no mató, si las misiones fueron reales o inventadas: ella vivió y murió siendo eso. Y le funcionó.
La boda con el conde y el dilema de la tapadera perfecta
En esas correrías madrileñas conoció a Luis de Figueroa y Pérez de Guzmán el Bueno, conde de Quintanilla y futuro conde de Romanones, hijo de una de las familias más poderosas de la aristocracia española. Se casaron en 1947. Ella llevaba un vestido diseñado por Balenciaga.
La anécdota es de película, y como buena anécdota de Aline, probablemente mejorada: el día antes de la boda, le confesó a su prometido que era espía. Él no se lo creyó. Lo descubrió durante la luna de miel, en una cena con su jefe de la OSS.
Tras la boda, Aline se retiró del espionaje. Su marido la obligó, y ella, enamorada como estaba, aceptó. Pero diez años después volvió. ¿El argumento? "¿Quién iba a sospechar de una condesa española?"
Y así, durante décadas, compaginó la vida de socialité internacional con misiones para la CIA. O al menos eso contaba. Sus amigos incluían a Ronald y Nancy Reagan, Jackie Kennedy, Ava Gardner, Audrey Hepburn, Wallis Simpson, los duques de Windsor, y por supuesto, Cayetana de Alba. La duquesa de Romanones se movía por el mundo como pez en el agua, recogiendo información en cenas de gala y fines de semana en castillos. O recogiendo anécdotas para sus próximos libros. O ambas cosas.
El paréntesis de las esmeraldas
(o cómo Aline sigue dando titulares desde la tumba)
Pero si Aline Griffith sigue siendo noticia hoy, nueve años después de su muerte, no es por sus hazañas como espía. Es por unas joyas.
En 2011, con 88 años y retirada entre Madrid y su finca extremeña de Pascualete, la condesa decidió vender siete de sus joyas más valiosas en Sotheby's Ginebra. Entre ellas, un collar de esmeraldas convertible en tiara y unos pendientes a juego. Piezas con historia: habían pertenecido a Anita Delgado, la bailarina malagueña que se convirtió en maharaní de Kapurthala.
La prensa especuló con problemas económicos. Aline lo desmintió con una explicación mucho más cruel y certera: "Tengo cuatro nietas, les consulté antes si las querían pero me dijeron que no se las iban a poner. Ya no se llevan esas cosas".
Ahí lo dejan. La historia, el arte, las esmeraldas que habían viajado de la India a España pasando por medio mundo, despreciadas por unas nietas que preferían otras modas. La modernidad, oiga.
El conjunto se vendió por 287.970 euros. Comprador: anónimo.
Tres años después, en junio de 2014, Corinna zu Sayn-Wittgenstein apareció en una fiesta en el Palacio de Invierno de San Petersburgo luciendo esas mismas esmeraldas. Las fotografías dieron la vuelta al mundo. La prensa española se volvió loca. ¿Las había comprado ella? ¿Se las había regalado alguien? ¿Era el Rey? ¿Era un admirador secreto?
Cuando los periodistas preguntaron a Aline qué le parecía que Corinna luciera sus joyas, la condesa respondió con una elegancia y un desparpajo que ya quisieran muchas ministras: "Estoy muy feliz porque Corinna lleva mis joyas. La conozco mucho y es una mujer muy guapa. Me alegro de haberlas vendido porque hace poco me robaron en casa y buscaban mis joyas".
Vamos, que prefería tener el dinero en el banco que un collar atrayendo cacos. Y de paso, bendecía a la nueva propietaria con una sonrisa.
Para rizar el rizo, el exmarido de Corinna, el príncipe Casimir Zu Sayn-Wittgenstein, es sobrino de Luis Figueroa y Griffith, conde de Quintanilla e hijo de Aline. O sea, que Corinna había estado casada con un sobrino del hijo de la condesa. El mundo de la aristocracia es un pañuelo, y este es un ejemplo perfecto de cómo funciona el cotarro: las joyas viajan, las familias se entrelazan y al final todo queda en casa. Más o menos.
El final de la espía (y el principio de la leyenda)
Aline Griffith falleció el 11 de diciembre de 2017 en Madrid, a los 94 años, víctima de un enfisema pulmonar. Fue enterrada en el panteón familiar de los Romanones en Guadalajara.
Dejaba tres hijos, trece nietos, una docena de libros, una marca de quesos y un montón de preguntas sin responder. ¿Mató realmente a aquel nazi? ¿Sus misiones fueron tan trepidantes como contaba? ¿O simplemente supo vender mejor que nadie una vida que, siendo ya extraordinaria, necesitaba un poco de glamour adicional?
Los historiadores que han rastreado su paso por la OSS coinciden en algo: trabajó para ellos, sí, pero en labores más bien modestas. La superespía fue una construcción posterior, alimentada por ella misma con la complicidad de una prensa del corazón que nunca preguntaba demasiado y unos círculos sociales donde lo importante no era la verdad, sino la capacidad de contar una buena historia.
Y en eso, Aline Griffith no tuvo rival. Porque al final, como ella misma decía: "He tenido una vida cómoda, fabulosa. A veces me he sentido avergonzada por disfrutar tanto, mientras mis hermanos y otras personas luchaban por su patria".
Ahí lo dejan. La espía que se sentía culpable por pasarlo demasiado bien. O la escritora que construyó un personaje tan bueno que acabó creyéndoselo ella primero. O las dos cosas.
El cuarteto completo: lo que cada una representa
Y ahora, querido lector, pongamos las cuatro cartas sobre la mesa y veamos qué manos tenemos:
Cayetana de Alba fue la aristócrata de cuna que vivió de las rentas (físicas y simbólicas) y se convirtió en personaje pop sin moverse del sofá. Su relevancia: la marca. Su legado: una exposición en Dueñas comisariada por su hija para que no se nos olvide lo importante que fue. Su autenticidad: la de una señora que se vestía como le daba la gana y alegraba las revistas de peluquería. Con eso le bastaba. Con eso le basta.
Isabel Álvarez de Toledo fue la aristócrata que dinamitó su clase desde dentro. Se enfrentó al franquismo, fue a la cárcel, se exilió, clasificó seis millones de documentos a mano, escribió libros incómodos y dejó un patrimonio en forma de fundación para que sus hijos no pudieran tocarlo. Su relevancia: la conciencia. Su legado: un archivo abierto a investigadores y una sentencia: "No fuimos nosotros". Su autenticidad: la de una mujer que pagó el precio de sus convicciones, aunque eso significara ser un monstruo con los suyos.
Naty Abascal fue la profesional. Llegó a la aristocracia por méritos propios, no por cuna. Sobrevivió a un matrimonio con un hombre que resultó ser un monstruo, protegió a sus hijos sacándolos del fango, renunció a los títulos por dignidad y volvió a trabajar. Su relevancia: la elegancia entendida como ética. Su legado: una carrera de décadas y una frase: "Jamás encontrarás un chándal en mi armario". Su autenticidad: la de quien se mira al espejo antes de salir y sabe exactamente quién es.
Aline Griffith fue la narradora. Su vida real (modelo, condesa, escritora, quesera) era ya lo suficientemente interesante como para no necesitar adornos. Pero ella los puso. Y los puso con tal gracia, con tal desparpajo, con tal capacidad para moverse entre la alta sociedad contando batallitas, que al final nadie se atrevió a preguntarle si era verdad. Su relevancia: la historia. Su legado: una docena de libros, un montón de dudas y unas esmeraldas que acabaron en el escote de Corinna. Su autenticidad: la de quien entendió que, en esto de la aristocracia y la fama, una buena historia siempre es mejor que la verdad.
El titular final
Así que sí: entre las cuatro suman más de dos siglos de historia, decenas de títulos, cientos de portadas y un puñado de preguntas incómodas sobre qué significa realmente ser relevante.
Y al final, querido lector, una se queda con lo que cada una representa. Pero si hay que elegir una para tomar copas y que te cuente batallitas, yo lo tengo claro: la espía, por supuesto. A ser posible en el Ritz, con un revólver en el bolso y una copa de whisky americano mientras suena flamenco de fondo. Da igual si lo que cuenta pasó o no pasó. Lo importante es que ella lo contaba como si hubiera pasado. Y eso, en un mundo donde la verdad es cada vez más aburrida, es un don que merece ser celebrado.
Que sigan las esmeraldas brillando, que Corinna las luzca, que Aline sonría desde donde esté, y que nos sigan dando tema para rato.
Porque al final, como ella misma demostró, lo importante no es la verdad. Lo importante es contarlo bien. Y ella lo contó de puta madre.
Pedrete Trigos



















