lunes, 6 de julio de 2026

¡Viva Andalucía libre!


Todos los hogares producen basura y, a no ser que uno viva como Diógenes, lo habitual es tirarla al contenedor. Por eso hoy, voy a hablar de políticos y palmeros, para arrojarlos al vertedero.



Nunca he hablado de política en el blog. Miento: sí lo he hecho, aunque siempre para señalar y poner el dedo en la llaga. Hablé del infame "¡Vivan las caenas!" y de la urgencia de más Mariana Pineda dispuestas a morir por la libertad. Pero nunca había querido hacer pronósticos. Hasta ahora. Porque este pacto entre PP y Vox me obliga a ello. No para augurar el apocalipsis, sino para constatar que el peligro no es tanto el triunfo de la derecha como el triunfo del aborregamiento y la vuelta a esa servidumbre que creíamos desterrada.

Voy a ser sincero: la política institucional me supera, me desborda. Esa maquinaria que debería velar por el bienestar común y que, sin embargo, termina con demasiada frecuencia enredada en la corruptela económica. Pero tengo la sensación de estar asistiendo a un salto atrás en el tiempo, a una España trasnochada que suponía ya superada. Y no es alarmismo; es una constatación que duele.

Para entenderlo, hay que mirar al pasado. Hace unos días, en el blog, hablaba de las reformas industriales y agrícolas de mediados del siglo XIX en Andalucía. Aquella reforma agraria liberal no democratizó la tierra, sino que consolidó a una oligarquía que veía el trabajo como algo envilecedor. El "señorito andaluz" no es un tópico, es un modelo económico y social: el que decide quién trabaja y quién come, el que se pasea a caballo mientras el jornalero espera su jornal. Ese paradigma del rentista —el que vive de la renta sin ensuciarse las manos— ha perdurado porque ha sabido adaptarse. Ya no es el latifundista de caballo, pero es el constructor que vive de subvenciones, el político que vive del cargo o el empresario que vive de conciertos educativos con dinero público.

Y aquí viene lo más doloroso: la izquierda andaluza no rompió con ese modelo. Lo administró. Hubo planes de empleo rural, sí, pero nunca una reforma estructural que diversificara el tejido productivo. Se repartieron migajas del Estado para no tocar el latifundio. Tampoco creo que el PSOE andaluz lo haya hecho de maravilla; los ERE, los cursos de formación y la factura de los móviles son la prueba de una corrupción sistémica que convirtió la Junta en una oficina de colocación para amiguetes. Pero lo que más me asquea —lo digo sin pudor— es ver cómo la izquierda traicionó su propio discurso. Mientras predicaba igualdad, reproducía el caciquismo. Mientras hablaba de laicismo, sus alcaldes presidían procesiones, concedían medallas de oro a vírgenes y llenaban colegios e instituciones de nombres de santos. En mi propio pueblo, dos concejales socialistas y católicos meapilas lo ven normal. Y así, la derecha gana por goleada, porque al menos ella es coherente con su esencia: defender al poderoso sin complejos.

Con este panorama, no me sorprende que la derecha haya ganado en las urnas. Lo que me aterra no es solo el comportamiento de los políticos, sino el fanatismo de la sociedad. Esa falta de autocrítica, ese creer de forma dogmática en unas siglas sin mayor reflexión. "El partido por el que voto hace esto, sí, pero el tuyo hace lo otro", y así tapamos desmanes y más desmanes. La izquierda enseñó a la gente a pedir subvenciones, no a organizarse; a esperar del Estado, no a construir autonomía. Y cuando el Estado se vuelve hostil, la ciudadanía no sabe qué hacer.

Por eso el pacto PP-Vox no es un simple relevo, sino un síntoma. En educación, por ejemplo, las medidas son el reflejo de ese modelo de "señorito" actualizado. Se plantea ampliar los conciertos a Bachillerato, FP y Educación Especial, lo que, en la práctica, desvía fondos públicos a la red concertada, mayoritariamente católica. Por si fuera poco, se suprime el programa de lengua árabe y cultura marroquí —tachado de xenófobo por los sindicatos— y se incorpora una "historia del terrorismo" al currículo que, para muchos, no es más que una utilización partidista que silencia otras violencias, como la represión franquista. Mientras tanto, se ignoran los problemas estructurales de la pública: la falta de profesorado, las ratios altísimas y el incumplimiento de la ley de climatización, que llevan años prometida y sin ejecutar. La "libertad de elección" que defienden es una falacia cuando lo que se hace es debilitar una red pública para engordar a la privada confesional.

Vuelve el discurso de la pureza nacional con prioridad para españoles en ayudas y vivienda, vuelve la Iglesia a la escuela (en realidad nunca se fue) y vuelve el menosprecio al migrante, como en el siglo XIX, cuando se les veía como mano de obra desechable. Pero hay algo nuevo: la derecha ya no tiene complejos. Ya no es el PP de Aznar que maquillaba su discurso; es Vox diciendo en voz alta lo que antes se susurraba en los casinos, y el PP asume ese relato porque funciona electoralmente.

No voy a decirte que tengas esperanza ni que te animes. La historia no es un cuento de redención. Pero sí te diré esto: la conciencia crítica es más valiosa que cualquier militancia. No necesitas comulgar con siglas para señalar contradicciones. 

El "señorito" siempre ha existido, pero también han existido los que se negaron a ser jornaleros toda su vida. Esa tradición de resistencia —la que no salía en los libros de texto, la de las cooperativas, las escuelas laicas y los ateneos obreros— también es Andalucía. Esa Andalucía no ha muerto; está agazapada. Y mientras la tengamos presente, aún queda algo por lo que pelear. (Aunque esto último que acabo de escribir, no me lo creo ni yo).


Mariana Pineda no bordó su bandera para ganar una guerra, sino para que quedara constancia de que alguien, en su tiempo, pensó distinto. ¡Viva Andalucía libre!


El Caballero Metabólico

lunes, 29 de junio de 2026

El legado cultural de los Montpensier (Segunda parte)

 III. Economía: atraso agrícola y despertar industrial 



Si la Sevilla de 1848 tuviera que definirse económicamente, sería como una ciudad atrapada entre el pasado latifundista y el futuro fabril. 

El campo: latifundio y paro estructural 

La base de la economía andaluza era la agricultura, pero una agricultura de tipo extensivo, dominada por el latifundio. Grandes extensiones de tierra pertenecían a unas pocas familias aristocráticas o a órdenes religiosas (antes de la desamortización) que las explotaban mediante aparceros o jornaleros. 

El problema era que este modelo generaba muy poco empleo estable. Se calcula que los jornaleros andaluces sufrían un paro estructural de dos a tres meses al año. En esos períodos, la única opción era emigrar temporalmente a otras zonas, endeudarse con los terratenientes o, directamente, mendigar. 

El despertar industrial: hierro, vapor y ferrocarril 

Sin embargo, la ciudad también mostraba signos de modernización. En 1840, el industrial catalán Narciso Bonaplata había fundado la Fundición San Antonio, una de las primeras fábricas de siderurgia de Andalucía. De sus talleres saldrían, años después, los hierros del Puente de Triana (inaugurado en 1852), que conectó definitivamente la ciudad con el arrabal. 

Poco después, en 1845, se fundó la sociedad Portilla, White y Cía, liderada por el indiano José de Portilla y el ingeniero británico Isaías White. Esta empresa trajo a Sevilla las primeras máquinas de vapor y se especializó en calderas, motores para molinos de aceite y aperos agrícolas modernos. 

También empezaba a asomar la industria química: jabonerías, fábricas de velas de sebo y, sobre todo, la producción de gas para el alumbrado público. El gas llegó a Sevilla en 1845, y con él comenzó una lenta transformación del paisaje nocturno. 

Charles Pickman y la fábrica de La Cartuja 

El caso más emblemático fue el de Charles Pickman, un empresario británico que, aprovechando la desamortización, alquiló en 1841 el abandonado Monasterio de la Cartuja para instalar una fábrica de loza. Trajo tecnología inglesa, moldes de yeso, tornos mecánicos y trabajadores especializados de Staffordshire. En pocos años, la loza de La Cartuja se convirtió en un producto de lujo que competía con la mejor cerámica europea. 

El duque de Montpensier en este contexto 

Fue en este caldo de cultivo industrial donde el duque de Montpensier, al que pronto apodarían "el naranjero", desarrolló su faceta de empresario agrícola. Lejos de ser una rareza, su visión de modernizar el cultivo de cítricos (introduciendo regadíos, nuevas variedades y una gestión comercial) encajaba perfectamente con la mentalidad de aquellos pioneros. La diferencia es que, por ser duque y cuñado de la reina, su actividad mercantil fue objeto de burla y escándalo entre una nobleza que aún consideraba el comercio como algo innoble. 

 

IV. Cultura: entre el costumbrismo romántico y la iglesia vacía 



La vida cultural sevillana de 1848 era, en apariencia, rica. Pero también atravesaba una profunda crisis de mecenazgo. La Iglesia, tradicional valedora de las artes, estaba empobrecida y desposeída tras la desamortización. La nobleza local, aunque aún poderosa, no invertía en cultura con la regularidad de antaño. 

La pervivencia de las tradiciones 

Lo que sí florecía era el costumbrismo romántico, esa mirada que exaltaba lo típico andaluz (la Semana Santa, las romerías, los bailes de gitanos, las ferias de ganado) como un reclamo para los viajeros extranjeros que empezaban a llegar. Sevilla se estaba convirtiendo en un destino del llamado "Grand Tour" romántico, y los artistas europeos buscaban en sus calles la España pintoresca que imaginaban. 

La Semana Santa, postrada y en busca de impulso 

Las cofradías, aunque muy queridas por el pueblo, vivían un momento de postración económica y organizativa. Muchas habían perdido patrimonio con las desamortizaciones y apenas podían sacar sus pasos a la calle. No fue hasta 1850, ya con los duques instalados, cuando se celebró el primer Santo Entierro Grande, una procesión general impulsada por ellos para revitalizar las cofradías y atraer visitantes. 

El vacío de mecenazgo que llenarían los Montpensier 

Esa era la gran oportunidad que los duques supieron ver. En 1848, Sevilla tenía artistas magníficos (pintores como Joaquín Domínguez Bécquer, Antonio Cabral Bejarano, escultores como Juan de Astorga), pero carecía de una corte que los protegiera de forma estable. El Palacio de Arcos (la antigua residencia del arzobispo) era una sede nobiliaria, pero no un centro cultural dinámico. 

La llegada de los Orleans cambió ese panorama. Ellos trajeron consigo no solo dinero, sino también conexiones internacionales (artistas franceses como Alfred Dehodencq o el mismísimo Eugène Delacroix trabajaron para ellos) y un gusto ecléctico que combinaba el romanticismo, el orientalismo y la modernidad técnica. 

Antoine de Latour, el agitador cultural 

Detrás de todo ese movimiento estaba Antoine de Latour, el secretario particular del duque y su antiguo preceptor. Este humanista francés fue el verdadero puente entre Sevilla y Europa. Él atrajo a escritores, tradujo a Fernán Caballero, escribió una de las mejores crónicas de la ciudad ("Estudios sobre España: Sevilla y Andalucía", 1855) y se convirtió en miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Sin Latour, es posible que la corte de San Telmo nunca hubiera alcanzado esa proyección cultural. 

 

Conclusión: una ciudad preparada para la transformación 



Cuando los duques de Montpensier se instalaron en Sevilla en 1848, encontraron una ciudad paradójica: políticamente inquieta, socialmente fracturada, económicamente anclada en el latifundio, pero con un prometedor despertar industrial, y culturalmente rica pero falta de mecenas. 

Ese cóctel de carencias y potencialidades fue el caldo de cultivo perfecto para su proyecto de mecenazgo. Ellos no crearon la Feria de Abril (que había nacido en 1847 por iniciativa de Bonaplata e Ybarra), pero le dieron su carácter festivo. No inventaron la Semana Santa sevillana, pero la revitalizaron cuando más lo necesitaba. No trajeron la industria a Sevilla, pero supieron conectarse con sus pioneros y aportar su visión moderna del negocio agrícola. 

La Sevilla de 1848 era, en definitiva, una ciudad a punto de explotar –en el mejor sentido de la palabra– gracias a la confluencia de una burguesía emprendedora, un capital extranjero recién llegado y una aristocracia exiliada con ansias de protagonismo cultural. 

Los duques de Montpensier no fueron los únicos responsables de la transformación de Sevilla, pero sí fueron sus grandes catalizadores. Y para entender su legado, primero hay que entender la ciudad que los recibió.

El Caballero Metabólico