miércoles, 12 de agosto de 2026

De la superstición a la ciencia: Cómo la humanidad dejó de temer a los eclipses y cometas


Cuando nuestros antepasados levantaban la vista al cielo y veían cómo la Luna devoraba al Sol o una estrella peluda surcaba la oscuridad, no sentían asombro científico. Sentían terror. En la mayoría de las culturas antiguas, tanto los eclipses como los cometas se interpretaban como mensajes divinos, y casi siempre eran de mal agüero. Se veían como una ruptura del orden natural establecido por los dioses, una advertencia terrible que anunciaba desgracias inevitables.

Hoy, cuando sabemos exactamente cuándo ocurrirá el próximo eclipse y podemos explicar la naturaleza de los cometas, resulta difícil imaginar el pavor que estas visiones celestes provocaban en nuestros ancestros. Pero la historia de cómo la humanidad pasó del miedo al conocimiento es una de las narrativas más fascinantes de nuestra evolución intelectual.



Los primeros astrónomos: El miedo en Mesopotamia

Los mesopotámicos fueron los primeros astrónomos sistemáticos de la historia. Registraban meticulosamente cada movimiento celeste, pero su motivación no era la ciencia pura, sino la adivinación. Para ellos, el cielo era un espejo donde los dioses escribían el destino de los hombres.

Un eclipse lunar era especialmente aterrador: lo interpretaban como un ataque directo al rey. Creían que la Luna era asaltada por demonios y que la oscuridad que la cubría era el presagio de la muerte del monarca. Para proteger al soberano, idearon un macabro truco: nombraban a un "rey sustituto", generalmente un prisionero o un pobre desgraciado, que ocupaba el trono durante el eclipse. Cuando el fenómeno terminaba, ejecutaban al sustituto, convencidos de que el mal augurio recaería sobre él y no sobre el verdadero rey. El monarca legítimo, mientras tanto, se escondía para "engañar" a los demonios.

Esta práctica revela hasta qué punto el miedo podía moldear las instituciones políticas de una civilización entera.


Grecia y Roma: Presagios para Imperios

En Grecia y Roma, los eclipses solares eran vistos como terribles presagios para los ejércitos y las ciudades. Se cuenta que Pericles, antes de una batalla naval, tapó su manto con una tela para que sus soldados no vieran un eclipse, porque sabía que el terror los paralizaría. No se trataba de superstición personal, sino de un cálculo político: un ejército aterrorizado es un ejército derrotado.

Los cometas, por su parte, eran considerados "estrellas de cabello" (de ahí viene la palabra "cometa", del griego kometes, "cabelludo") y anunciaban la muerte de emperadores o grandes plagas. El famoso cometa que apareció tras el asesinato de Julio César fue interpretado como el alma del dictador ascendiendo al cielo, pero también como un presagio de los tiempos turbulentos que seguirían.


La excepción que confirma la regla

Pero ojo: no siempre fueron malos. Hubo excepciones famosas que demuestran que la interpretación de estos fenómenos dependía tanto del observador como del evento mismo.

El cometa Halley, por ejemplo, apareció en 1066, justo antes de la Batalla de Hastings. Para el rey Haroldo de Inglaterra era un mal presagio, pero para Guillermo el Conquistador era un buen augurio, una señal divina que bendecía su invasión. El mismo cometa, dos visiones opuestas. La historia, como sabemos, le dio la razón a Guillermo.


La Edad Media: Dios, el diablo y los fenómenos celestes

La Edad Media europea es, sin duda, un período fascinante para explorar estas creencias, ya que la visión de los fenómenos celestes se tiñó de una intensa religiosidad y una profunda interpretación simbólica. Cada eclipse o cometa era visto como un mensaje directo de Dios, una advertencia o un castigo.

El eclipse que "mató" a un Rey (1133)

Uno de los ejemplos más célebres y dramáticos ocurrió el 2 de agosto de 1133, cuando un eclipse solar total fue visible en Escocia y otras partes de Europa. El cronista Guillermo de Malmesbury, uno de los historiadores más importantes del siglo XII, registró el evento y lo consideró un presagio de desgracia para el rey Enrique I de Inglaterra.

La historia popular cuenta que el rey partió de Inglaterra hacia Normandía justo el día después del eclipse. Aunque no murió hasta 1135, su fallecimiento se asoció directamente con este evento celestial. El eclipse pasó a la historia como "El Eclipse del Rey Enrique", y su muerte desencadenó una guerra civil por el trono, reforzando la creencia de que los eclipses eran funestos para los monarcas.

El cometa que anunció la peste negra (1337)

Los cometas no solo anunciaban la muerte de reyes, sino también desastres a gran escala. En 1337 apareció un cometa brillante en el cielo europeo. Los astrólogos y cronistas de la época lo interpretaron como el inicio de una reacción en cadena de catástrofes divinas.

Lo más escalofriante es que, en los años siguientes, ocurrieron exactamente las calamidades que se temían: invasiones de langostas entre 1338 y 1341, inundaciones extraordinarias entre 1342 y 1343, terremotos en 1348 y, finalmente, la llegada de la Peste Negra entre 1347 y 1352. Cada epidemia y plaga se conectaba con la aparición de un cometa, reforzando la creencia de que el cielo advertía a la humanidad de sus pecados.

La excomunión del cometa Halley (1456)

Un caso que roza lo surrealista ocurrió en 1456, cuando el cometa Halley apareció en el cielo en un momento de máxima tensión para la cristiandad. Apenas tres años antes, en 1453, Constantinopla había caído en manos del Imperio Otomano. El Papa Calixto III asoció la aparición del cometa con un terrible mal augurio: un castigo divino o, peor aún, una señal de apoyo divino a los otomanos, que en ese momento asediaban Belgrado.

Para contrarrestar este "peligro celestial", el Papa supuestamente excomulgó al cometa, considerándolo un "emisario del diablo", y ordenó el rezo del Ángelus para pedir protección divina.

Un apunte histórico: aunque esta historia es muy famosa, los historiadores dudan de su veracidad. No hay documentos de la época que mencionen una excomunión formal, y la historia aparece por primera vez años después. Sin embargo, el hecho de que se creyera y se contara durante siglos ya nos dice mucho sobre el ambiente de la época y la credulidad con que se recibían estas historias.


Supersticiones y sabiduría en la vida cotidiana

El miedo calaba hondo en el pueblo llano. Se creía que los "vapores" de un eclipse podían envenenar el agua o pudrir las cosechas. Las mujeres embarazadas se protegían con amuletos o cintas rojas para evitar que el mal les hiciera daño a ellas o a sus bebés. Los cometas, por su parte, presagiaban "guerras, pestilencia, hambruna y la muerte de príncipes", como resumió un autor de la época.

Pero no todo era oscurantismo. Mientras el pueblo temblaba, las élites cultas, como la corte del rey Alfonso X el Sabio en Castilla, promovían la observación astronómica y el saber heredado de los griegos y andalusíes. Incluso obispos como Thietmar de Merseburg aconsejaban a los cristianos que los eclipses no eran causados por maleficios, sino que seguían un orden natural. La Edad Media fue una época de contrastes, donde el miedo a lo desconocido y la búsqueda de significado divino convivían con los primeros destellos de la ciencia moderna.


Renacimiento:

La lenta separación de la astronomía y la astrología

El Renacimiento fue el germen del cambio. Astrónomos como Johannes Kepler comenzaron a separar progresivamente la astronomía de la astrología. Aunque la astrología seguía siendo relevante, se empezó a entender que los eclipses no eran mensajes divinos, sino fenómenos naturales regidos por leyes matemáticas.

Esto no significó el fin del miedo. Figuras como el rey Felipe II de España muestran esta dualidad: por un lado, el rey católico financió y organizó misiones científicas a Nueva España para la observación de un eclipse lunar en 1577, demostrando un interés genuino por la ciencia. Por otro, su reinado estuvo marcado por una profunda religiosidad, y es probable que cualquier anomalía celeste se interpretara también como una señal de la voluntad divina.


El siglo XVII: El miedo persiste, la ciencia avanza

A pesar de los avances, el temor popular a los eclipses continuó siendo la norma durante gran parte del siglo XVII. El eclipse total de sol del 12 de agosto de 1654 es un ejemplo perfecto de esta tensión. Fue uno de los eclipses más observados de la historia y, además, dio lugar al mapa de un eclipse más antiguo que se conoce, creado por el profesor Erhard Weigel. Esto demuestra que, en los círculos académicos, ya se trataba el fenómeno con rigor científico, incluso mientras la población en general probablemente lo vivía con pavor.


El punto de inflexión: El eclipse de Halley en 1715

El momento que marca un antes y un después es, sin duda, el eclipse solar del 3 de mayo de 1715 en Inglaterra. El astrónomo Edmond Halley (el mismo del cometa) ya lo había predicho con precisión y orquestó lo que podríamos llamar el primer gran experimento científico participativo.

Halley publicó un mapa con la trayectoria del eclipse y lo distribuyó para neutralizar la superstición popular, que veía en estos eventos un augurio de catástrofe, algo especialmente peligroso en un momento de inestabilidad política con el rey Jorge I. En su panfleto, pidió a los "curiosos" de Inglaterra que observaran el cielo y anotaran sus observaciones. Gracias a los datos recopilados, pudo corregir sus cálculos en unas 40 millas y mejorar su predicción para el siguiente eclipse.

Este evento simboliza el triunfo de la razón. Como ha señalado el astrónomo Rafael Bachiller, "con el eclipse de 1715 se sustituyó, de una vez por todas, el miedo por el conocimiento".


La ciencia al servicio del conocimiento

A partir de entonces, los eclipses se consolidaron como "laboratorios naturales". El siglo XIX es un claro ejemplo de esta nueva era. Una publicación de 1870 ya definía los eclipses como "fenómenos astronómicos de suma importancia para las investigaciones científicas".

Su valor científico ha sido incalculable:

  • Permiten estudiar la corona solar y la cromosfera, invisibles en condiciones normales.

  • Gracias a un eclipse, en 1868, se descubrió el helio en el Sol antes de encontrarlo en la Tierra.

  • El famoso eclipse de 1919 proporcionó la prueba definitiva que confirmó la Teoría de la Relatividad General de Einstein.


Conclusión: Del pavor al asombro

El Renacimiento y la Edad Moderna son el puente entre el miedo ancestral y la comprensión científica. Fue un proceso gradual donde la ciencia, impulsada por figuras como Halley, fue desterrando a la superstición, aunque el miedo popular tardara un tiempo en desaparecer por completo.

Hoy en día, un eclipse ya no es un presagio de muerte o un castigo divino. Es un evento que nos permite maravillarnos y, sobre todo, aprender. Cuando veamos el eclipse de hoy, recordemos que estamos contemplando el mismo fenómeno que aterrorizó a reyes y emperadores, pero con la diferencia fundamental de que ahora entendemos lo que está ocurriendo. Y ese conocimiento, ese paso del miedo al asombro, es quizás el mayor logro de nuestra civilización.


Pedrete Trigos


Fuentes y lecturas recomendadas:

  • Guillermo de Malmesbury, Historia de los reyes de Inglaterra

  • Johannes Kepler, Astronomia Nova

  • Rafael Bachiller, artículos sobre historia de la astronomía

  • Documentación histórica sobre los eclipses de 1133, 1654 y 1715

lunes, 3 de agosto de 2026

El imperio de la virtud y el comercio de la carne. Progreso, moral victoriana y el sórdido subsuelo de la hipocresía

 Hay una imagen que persiste en el imaginario colectivo sobre la Inglaterra victoriana: la de una sociedad erguida, orgullosa de su progreso, devota de su Dios y firmemente asentada sobre los pilares de la moral y las buenas costumbres. Es la época del ferrocarril, de la industria textil, de los viajes a África, de la expansión imparable del Imperio. Es también la época de Dickens, de Carlyle, de la novela por entregas que educaba a las masas recién alfabetizadas. Es, en fin, la era del homo ludens, del deporte, del juego de salón, del croquet y del rugby, donde hasta el ocio se convertía en una manifestación de la grandeza británica.

Pero, como ocurre con todas las fachadas bien construidas, bastaba con mirar un poco más allá del zócalo para descubrir que el edificio se sostenía, en buena medida, sobre cimientos de barro y silencio. Porque la Inglaterra victoriana, tan devota de la virtud, era también la tierra de la doble moral sexual, del adulterio consentido y de una prostitución tan masiva que las calles de Londres se poblaban de mujeres cuyo único delito era haber nacido pobres. Y en medio de todo ello, el caso de Jack el Destripador vino a recordar, con una violencia grotesca, que la ciudad que se jactaba de ser el faro del mundo tenía un East End donde la vida de las prostitutas valía menos que el brillo de un sombrero de copa.

Los ideales: un retrato de la grandeza (y sus sombras)

Empecemos por lo que los victorianos querían ver de sí mismos. El primer ideal, el más palpable, era el del progreso. Darwin había revolucionado la biología; Stuart Mill y los librecambistas de Manchester habían puesto la economía al servicio del mercado; el ferrocarril tejía el país; la industria textil del norte convertía a Inglaterra en el taller del mundo. Todo era movimiento, expansión, confianza en el futuro.

Pero aquel progreso tenía un precio: la miseria de los obreros, los barrios insalubres, el trabajo infantil, el hacinamiento, la tuberculosis. El progreso era real, pero no era para todos. Y esa contradicción, tan evidente, era cuidadosamente enmascarada por un discurso moral que atribuía la pobreza a la falta de virtud y no a la estructura de un sistema que acumulaba riquezas en unas pocas manos.

El segundo ideal era el espíritu didáctico y moralista. La literatura victoriana —pensemos en Dickens— se concebía como una herramienta de educación para las masas. El escritor era un educador, un guía moral que enseñaba a los nuevos lectores proletarios y de clase media los valores del esfuerzo, la familia y la caridad. Las novelas por entregas, los melodramas, todo contribuía a forjar una conciencia colectiva que, sin embargo, rara vez cuestionaba el orden establecido. La educación era un instrumento de domesticación tanto como de emancipación.

El espíritu de descubrimiento y aventura era otro pilar. Livingstone y Stanley, los exploradores de África, apasionaban al público. Pero aquella fascinación por lo exótico era también la justificación ideológica del colonialismo. El "corazón de África" que se exploraba era el mismo que se expoliaba y se sometía, pero eso no se contaba en las veladas familiares.

Y luego estaba el sentido práctico, el utilitarismo, esa búsqueda del fulfilment y el accomplishment que todavía hoy asociamos al carácter británico. El éxito, el esfuerzo, la autorrealización personal y colectiva: todo parecía apuntar a una sociedad que sabía lo que quería y cómo conseguirlo.

Por último, y quizá el más sorprendente de todos: el juego. La era victoriana inventó o popularizó el deporte moderno, el juego de salón, el ocio organizado. El homo ludens victoriano no solo trabajaba, también jugaba: rugby, tenis, cricket, fútbol, croquet, backgammon. Y en aquellos juegos, como en todo lo demás, se reflejaba la obsesión por las reglas, por el orden, por la competición controlada.

Hasta aquí, un retrato impecable. Pero detrás de cada uno de estos ideales se escondía una sombra: el progreso que convivía con la miseria; la educación que adoctrinaba; la aventura que justificaba la explotación; el utilitarismo que medía a las personas por su productividad; y el juego que, en sus versiones más oscuras, se convertía en adicción, en apuestas, en la búsqueda de placeres prohibidos que la moral oficial condenaba en público pero toleraba en privado.

La doble moral sexual:

Cuando la reina alargaba los manteles

Ningún aspecto de la era victoriana revela mejor la hipocresía del sistema que su política sexual. La historia de la reina Victoria mandando alargar los manteles de palacio para que cubrieran las patas de las mesas, porque decía que podían incitar a los hombres al recordar las piernas de una mujer, es una anécdota que resume a la perfección la paranoia moral de la época. Todo lo que pudiera sugerir el cuerpo, el deseo, la carne, debía ser ocultado. La sexualidad femenina, en particular, era un tabú absoluto.

Pero mientras la corte y las clases altas se escandalizaban por la forma de una pata de mesa, en los barrios bajos de Londres la prostitución florecía como un negocio tan lucrativo como silenciado. Se calcula que solo en la capital había unas 2.000 prostitutas en los barrios pobres —y esa cifra, probablemente, se queda corta, porque la prostitución era mucho más extensa y variada de lo que los censos oficiales reconocían.

Aquellas mujeres, muchas de ellas inmigrantes llegadas a la ciudad en busca de una vida mejor, poblaban los bares y las calles de Whitechapel, en el East End, un barrio de miseria y hacinamiento que era el reverso oscuro de la ciudad victoriana. También se las encontraba cerca de teatros y establecimientos de ocio masculino, desde burdeles hasta locales de espectáculos eróticos en los que a menudo participaban menores de edad. La prostitución homosexual, aunque aún más clandestina, existía y era objeto de una represión feroz cuando salía a la luz.

Pero la doble moral no se limitaba a la prostitución. El adulterio, la infidelidad masculina, era tolerado con una indulgencia que contrastaba brutalmente con el castigo que aguardaba a la mujer adúltera. Los caballeros de levita que acudían a los burdeles o mantenían amantes en la sombra eran los mismos que firmaban artículos sobre la virtud doméstica en las revistas de la época. Y las enfermedades sexuales, como la sífilis o la tuberculosis, se extendían sin que nadie quisiera hablar de ellas, porque hablar de ello habría sido reconocer que aquel mundo de pureza no era más que un decorado.

Jack el Destripador: el cadáver en el salón

El verano de 1888, sin embargo, se encargó de romper el silencio. La irrupción de Jack el Destripador, el asesino que sembró el pánico en Whitechapel y en toda Inglaterra, no fue solo una serie de crímenes atroces. Fue la revelación de lo que todos sabían pero nadie quería ver: que las prostitutas, esas mujeres invisibles a los ojos de la sociedad respetable, eran carne de cañón para la violencia y el olvido.

El asesino nunca fue encontrado. Pero lo que realmente estremeció a los victorianos no fue tanto la identidad del criminal como el hecho de que, a pesar de todos los avances de la policía y de la ciencia, un solo hombre pudiera sembrar el terror en el corazón del Imperio. La histeria colectiva reveló algo incómodo: que la ciudad que se jactaba de su civilización era incapaz de proteger a las mujeres más vulnerables de su propio seno. Y que el código moral que tanto pregonaba no servía de nada cuando se trataba de salvar la vida de una prostituta.

El asesinato de prostitutas, por otro lado, no era una rareza; los acuchillamientos y los suicidios de mujeres que se rajaban la garganta eran moneda corriente. Pero el modus operandi del Destripador —la brutalidad, la saña, el ensañamiento— obligó a la sociedad a mirar de frente aquello que había preferido ignorar. La prensa, siempre ávida de sensacionalismo, se cebó en los crímenes, pero también contribuyó a mantener el mito de que el asesino era un monstruo, un ser excepcional, cuando en realidad era el producto lógico de una sociedad que había convertido a las mujeres en objetos de deseo y desecho, según las conveniencias del momento.

El precio del progreso

La era victoriana fue, sin duda, una de las épocas más transformadoras de la historia. Pero su grandeza se construyó sobre la negación sistemática de una parte de su humanidad. Progreso, moral, aventura, juego: todo ello era cierto, pero todo ello tenía un precio. Y ese precio lo pagaron, como siempre, los más débiles: las mujeres, los pobres, los inmigrantes, los que no tenían voz en el Parlamento ni asiento en el club.

La doble moral sexual no fue un accidente, sino un mecanismo de funcionamiento. Permitió a la sociedad victoriana conciliar su ideal de pureza con la necesidad de mantener un negocio tan antiguo como la humanidad, y con la conveniencia de mantener a las mujeres —las "decentes" y las "caídas"— en su sitio. Las enfermedades, la violencia, la muerte prematura: eran el coste de mantener la ficción.

Hoy, desde nuestra atalaya, podemos mirar aquella época con cierta condescendencia. Pero sería un error. Porque la doble moral no es un invento victoriano; es una tendencia humana que, en cada época, encuentra su propia forma de manifestarse. Lo que los victorianos hicieron fue elevarla a la categoría de arte, de sistema, de ideología. Y el legado de aquella hipocresía —la que separaba el discurso de la práctica, la virtud del deseo— sigue pesando sobre nosotros, aunque ya no nos pongamos sombrero de copa para ir a misa.

La lección, quizás, es que el progreso no es solo cuestión de ferrocarriles y fábricas. También lo es de saber mirar hacia los bordes, hacia los barrios bajos, hacia las vidas que el discurso oficial prefiere no nombrar. Porque el verdadero progreso, el que merece ese nombre, no es el que construye imperios, sino el que aprende a no olvidar a quienes sostienen sus cimientos.

Pedrete Trigos