lunes, 12 de octubre de 2026

Cómo una copla me llevó a investigar a una reina

 

Hay momentos que no sabemos que son importantes hasta que los recordamos décadas después. Uno de esos momentos, para mí, fue aquella tarde en casa viendo la película ¿Dónde vas Alfonso XII? Y días después las alumnas de las Hermanas de la Cruz cantando la coplilla en la puerta del colegio. Ya lo he contado antes en otras ocasiones, pero hoy quiero detenerme en el origen de todo: aquella copla que se me quedó grabada para siempre.



"¿Dónde vas, Alfonso XII, 
dónde vas, triste de ti? 
Voy en busca de Mercedes, 
que ayer tarde no la vi..."

Era la primera vez que oía hablar de Mercedes. Y la primera vez que la historia me llegaba no como una lección, sino como una pérdida. Algo que dolía incluso sin saber por qué. No entendía del todo lo que veía, pero entendía que aquella historia importaba. Que Mercedes, esa reina tan joven y tan muerta, era alguien por quien merecía la pena sentir algo.

No sabía entonces que aquella copla y aquella película serían el origen de una investigación que duraría años. Pero así empezó todo.


La copla que da título a la serie

La canción que da título a esta serie de artículos —"Dolor que causa un ausente"— aparece en la película. Y, como toda buena copla, encierra en unas pocas estrofas una verdad que los tratados históricos a menudo olvidan: que el dolor por quien se fue puede ser más intenso y duradero que la presencia de quien se queda.

Su letra dice así:

Dale raíz al cariño 
que muy firme está la tierra, 
amor que va por las ramas, 
viene el viento y se lo lleva.

Una carta es casi un grito. 
Ay, amor, te escribí antes de ayer. 
Con voz ronca yo la he escrito, 
mas si quieres la puedes leer.

Nadie pone su rosal 
cerca del camino real. 
Por pasar acaso, 
el que va de paso, 
rosas robará al rosal.

Dolor que causa un ausente, 
no podrá tener consuelo, 
que está muy cerca del daño 
y muy lejos del remedio.

Este cantar 
va a voltear 
mi corazón 
sin compasión 
y si tardar.

Dolor que causa un ausente, 
llorará amorosamente.

¿Por qué elegí ese título para la serie de artículos sobre la reina Mercedes? Porque su historia es eso: el dolor que causa un ausente. La ausencia de una joven que apenas reinó cinco meses, que apenas pudo amar a su rey, que apenas pudo vivir. Y, sin embargo, su ausencia pesó más que la presencia de muchos otros monarcas que reinaron décadas. Su muerte fue, para Alfonso XII, para la corte y para el pueblo, un dolor que no se curó con el tiempo. Y para nosotros, los que la recordamos siglo y medio después, sigue siendo un dolor que nos llega a través de las coplas, de las películas, de los libros. Un dolor que se ha vuelto parte de nuestra memoria sentimental.

Además, la copla es el vehículo perfecto para esa memoria. No es un documento oficial, ni un parte médico, ni un tratado de historia. Es una canción que se canta y se llora, que se transmite de abuelas a nietas, que sobrevive en la calle y en las plazas. La copla es, en sí misma, una forma de memoria oral, un testimonio del pueblo sobre lo que le importa. Y la historia de Mercedes, contada en copla, es la prueba de que su figura trascendió los palacios y se instaló en el corazón de quienes la lloraron.


La película y sus paradojas: el precio de un éxito

¿Dónde vas, Alfonso XII? fue un fenómeno de masas. Estrenada en 1958, batió récords de taquilla y convirtió a Paquita Rico en un símbolo del cine español. La película, dirigida por Luis César Amadori, contaba la historia de amor entre Alfonso XII y su prima Mercedes con un tono melodramático y popular que conectó con el público de la época. La imagen de Paquita Rico, con su "carita de cielo", se fijó en el imaginario colectivo como la encarnación definitiva de la reina trágica.

Pero la fama tiene sus paradojas. Aquella película, que la convirtió en un icono, también la condenó. El éxito fue tan grande, y su identificación con el personaje tan absoluta, que Paquita Rico quedó encasillada para siempre. La España del tardofranquismo, que se deslizaba hacia la modernidad, empezó a encontrar el género del folclore y el melodrama histórico como algo trasnochado, y ella quedó atrapada en aquella imagen de reina sufriente. Pasó años sin trabajo, víctima de un éxito que, en lugar de abrirle puertas, se las cerró.

Es una ironía cruel: la película que mantuvo viva la memoria de Mercedes fue la misma que condenó al ostracismo a su intérprete. Pero, al mismo tiempo, aquella película fue la que, décadas después, en la televisión de los años 80, llegó a un niño que la vio y no la olvidó. Sin Paquita Rico, sin aquella película, quizá la historia de Mercedes no habría llegado a mí de la misma manera. Y quizá no estaría hoy escribiendo estas líneas.



El miedo a descubrir que todo era mentira

Cuando uno empieza a investigar una figura que ha conocido a través del mito y la emoción, siempre hay un temor: el miedo a descubrir que todo era mentira. Que la historia real era fría, gris, o peor aún, decepcionante. Que el personaje que había fraguado en mi memoria no existía, que era solo una invención del cine y la copla.

Por eso, cuando me adentré en la lectura de Ana de Sagrera, lo hice con cierto recelo. Sabía que su biografía era la referencia obligada, pero también sabía que el rigor histórico a veces desmonta las leyendas. Y me preguntaba: ¿encontraré a la misma Mercedes que yo había imaginado, o tendré que despedirme de ella para siempre?

No fue así. Sagrera, con su prosa serena y documentada, no desmontó el mito; lo enraizó en la tierra firme de los archivos. Descubrí que Mercedes era, en efecto, una joven dulce y piadosa, pero también que tenía una voluntad propia, que supo sortear la feroz oposición de su tía Isabel II, que fue reina con una dignidad que no esperaba de sus apenas dieciocho años, y que murió con una serenidad que conmovió incluso a los más escépticos. La historia real no era menos conmovedora que la leyenda; era, si acaso, más auténtica.

Y luego vinieron los archivos. Las hemerotecas. La Gaceta de Madrid. Los grabados de Juan Comba. Las fotografías de Jean Laurent. Los partes médicos. Las cartas de Alfonso XII. Cada documento era una pieza de un puzzle que no sabía que estaba montando. Y poco a poco, el retrato de Mercedes se fue llenando de matices, de sombras, de detalles que ni la copla ni la película habían captado. Pero el retrato no se desdibujó; se hizo más nítido, más real, más humano.

Esa fue la mayor sorpresa de la investigación: la Mercedes real era tan fascinante como la Mercedes del mito. Quizá no tan perfecta, quizá con sus contradicciones, pero más auténtica y, en cierto modo, más admirable. Porque no era un ángel de cartón; era una joven de carne y hueso, con sus miedos y sus esperanzas, que supo estar a la altura de su destino incluso cuando el destino se empeñó en ser cruel con ella.


El resultado: una serie que empezó con una copla

Lo que empezó como una copla oída en la puerta de un colegio, y como una película vista en la televisión, terminó convirtiéndose en toda una serie de artículos sobre las residencias de los Montpensier y la vida de Mercedes, más varios artículos adicionales sobre su entorno, sus artistas, sus mitos y sus paradojas.

En ellos he tratado de hacer justicia a la figura de Mercedes, pero también a la de su padre Antonio de Orleans, a la de su madre Luisa Fernanda, a la de sus hermanas, a la de los artistas que la retrataron y a la de los escritores que la lloraron. He desmontado errores históricos, como la atribución errónea de una fotografía post mortem. He reivindicado la memoria de un hombre que hizo mucho por Sevilla y fue ridiculizado por ello. He seguido el rastro de una estatua que viajó de Sevilla a Sanlúcar. Y siempre, siempre, he vuelto a la copla.

Porque al final, el hilo conductor de todo esto sigue siendo aquella canción. "Dolor que causa un ausente" es el título de esta serie, pero también es su esencia. La historia de Mercedes es eso: una ausencia que sigue doliendo, un amor que no se consumó, una vida que apenas empezó y un recuerdo que no se apaga. Y esa copla, con su melodía sencilla y su letra honda, es la mejor prueba de que su historia sigue viva en el corazón de quienes la escuchan.


El eco de una copla

Cuarenta años después de aquella tarde en la puerta del colegio de las Hermanas de la Cruz, y de aquella película vista en la televisión de los 80, sigo escuchando el eco de la copla. Ya no en la voz de las niñas, sino en la de los libros, en los archivos, en las fotografías, en los grabados. El eco de aquella pregunta:

"¿Dónde vas, Alfonso XII, dónde vas triste de ti?"

Y la respuesta, que también es la respuesta que he encontrado en cada artículo:

"Voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi."

La historia llega a nosotros sin pedir permiso. A veces, como una copla; otras, como una película; a veces, como un libro; otras, como una fotografía. Y cuando llega, debemos acogerla y cuidarla, porque en ella hay algo que nos importa, algo que nos define, algo que nos recuerda que el pasado no es un lugar lejano, sino un eco que resuena en nosotros.

Eso he intentado hacer con esta serie: acoger la historia de Mercedes y contarla con el mismo cuidado con el que ella vivió su breve pero intensa vida. Y si, al leer estos artículos, alguien siente que aquella copla le llega de nuevo, que no la deje pasar. Porque la memoria, cuando se comparte, deja de ser ausencia y se convierte en presencia. Se convierte en el vínculo que, siglo y medio después, nos sigue uniendo a una reina que amó, sufrió y murió, y que, en su breve paso por el mundo, nos dejó un legado de ternura y de dolor que aún hoy, como la copla, nos hace llorar amorosamente.


Pedrete Trigos

viernes, 9 de octubre de 2026

Antonio Susillo: El genio trágico de la escultura sevillana

 

Hay figuras cuya vida parece escrita por el mismísimo destino para convertirse en leyenda. Antonio Susillo Fernández fue una de ellas. Escultor genial, mecenazgo real, una muerte trágica y un milagro tan dulce como la miel... Su historia tiene todos los ingredientes de una novela decimonónica. Hoy, en nuestro blog, vamos a adentrarnos en la vida y obra de quien está considerado el máximo exponente de la escultura sevillana del último cuarto del siglo XIX.

De las calles de la Alameda a los palacios de la nobleza

Nacido en el número 11 de la calle Renovada, en el popular barrio de la Alameda de Hércules, el pequeño Antonio era hijo de un tonelero y el segundo de cinco hermanos. Nada hacía presagiar que aquel niño, que jugaba modelando figuritas de barro en las calles de Sevilla, se convertiría en el escultor más importante de su tiempo.

Su talento innato, sin embargo, no pasó desapercibido. La leyenda —aunque con matices, como veremos— cuenta que la infanta Luisa Fernanda, duquesa de Montpensier, lo descubrió mientras jugaba y modelaba figuras de barro. Asombrada por su destreza, lo tomó bajo su protección. Fue el comienzo de una relación que marcaría para siempre la vida y obra del escultor.

Gracias al mecenazgo de los duques —y al apoyo de otros protectores como el pintor José de la Vega—, Susillo pudo ampliar su formación en el extranjero. Estudió en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de París entre 1883 y 1884, y residió en Roma entre 1885 y 1887. Allí bebió de las fuentes del arte europeo, nutriendo un estilo que supo combinar el último romanticismo con un realismo penetrante y lleno de profundidad psicológica.

El gran encargo: la Galería de los Sevillanos Ilustres

Fue en 1895 cuando los duques de Montpensier le encargaron su obra más ambiciosa: la Galería de los Doce Sevillanos Ilustres para coronar la fachada del Palacio de San Telmo. Doce esculturas que representan a personajes históricos vinculados a la ciudad: Velázquez, Murillo, Bartolomé de las Casas, Miguel de Mañara, Arias Montano o Martínez Montañés, entre otros.

Por cada una de estas figuras, Susillo recibió 2.500 pesetas. No era una fortuna, pero sí un reconocimiento al talento de un artista que había logrado hacerse un hueco en la élite cultural de la época. Hoy, estas esculturas siguen siendo uno de los legados artísticos más visibles del mecenazgo de los Montpensier en Sevilla.

Pero su producción no se limitó a este encargo. Obras como el Monumento a Velázquez en la plaza del Duque de la Victoria, el Monumento a Daoiz en la plaza de la Gavidia, El Grito de Independencia o Las Flores de San Francisco —su última obra, modelada en barro cocido en 1896— completan una producción artística tan amplia como variada.

El trágico final: el mito del Cristo de las Mieles

La muerte de Antonio Susillo es, quizás, el capítulo más oscuro y fascinante de su biografía. El 22 de diciembre de 1896, con apenas 41 años, el escultor se quitó la vida. Pero, ¿por qué?

La leyenda popular, durante décadas, sostuvo que el motivo había sido un error garrafal en su última obra: el Cristo de las Mieles, la escultura que corona su tumba en el Cementerio de San Fernando. Según se contaba, Susillo había esculpido las piernas del crucificado al revés, y la desesperación por semejante fallo le había llevado al suicidio.

Pero la historia documentada nos ofrece una versión muy diferente. Cuando encontraron su chaqueta, en ella había cartas de despedida que revelaban una profunda crisis personal y económica. "Me mato porque me he convencido de que mi carrera es insuficiente para ganarse la vida", escribió. No fue un error artístico, sino una depresión y un agotamiento vital lo que lo llevó a tomar esa trágica decisión.

¿Un milagro?... o una colmena

La leyenda del Cristo de las Mieles, sin embargo, tiene una segunda parte que le da nombre. Se dice que, tras su entierro, los visitantes del cementerio comenzaron a observar un prodigio: de la boca de la imagen brotaba un líquido dulce y dorado: miel. El asombro fue tal que, según la tradición, la Iglesia llegó a enviar una comisión al Vaticano para investigar el posible milagro.

La explicación, como suele ocurrir, era mucho más terrenal. Susillo, para aligerar el peso de la escultura de bronce, la había dejado hueca por dentro. Un enjambre de abejas encontró ese hueco y construyó allí su colmena. Con el calor del verano sevillano, la miel se derretía y filtraba por la boca de la imagen. No fue un milagro, sino la sabia obra de la naturaleza.

El gesto final de la infanta

Hay un último episodio que cierra el círculo entre Susillo y sus protectores. Cuando el escultor se suicidó, la Iglesia se opuso a que recibiera sepultura cristiana en el cementerio municipal, dado que el suicidio estaba penado canónicamente.

Cuenta la tradición que fue la propia infanta Luisa Fernanda quien intercedió ante el Cardenal, logrando con sus lágrimas que se le permitiera enterrar a Susillo a los pies de su obra, el Cristo de las Mieles, en el Cementerio de San Fernando. Sus restos descansan allí, bajo la escultura que él mismo creó, en un gesto que la leyenda quiso sellar con la emoción de la infanta ante su tumba.

Legado de un genio atormentado

Antonio Susillo fue mucho más que un escultor. Fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, maestro de discípulos como Antonio Castillo Lastrucci y, sobre todo, un artista que supo plasmar en el barro, el bronce y el mármol el alma de su tiempo y de su tierra.

Su obra engalana hoy los espacios más emblemáticos de Sevilla, y su vida, marcada por el éxito y la tragedia, sigue fascinando a investigadores y amantes del arte. El Cristo de las Mieles, más que el testimonio de un error fatal es el sepulcro de un artista atormentado por sus circunstancias personales, cuyo nombre no nace de un milagro, sino de la sabia y laboriosa obra de unas abejas. Y quizás, en esa mezcla de realidad y leyenda, resida la verdadera grandeza de su historia.

Pedrete Trigos

Fuentes consultadas para ampliar información

Para la elaboración de esta entrada, he consultado diversas fuentes que permiten profundizar en la vida y obra de Antonio Susillo:

  • Archivos históricos del Ayuntamiento de Sevilla, que conservan documentación sobre el artista y sus encargos.

  • Publicaciones de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, donde Susillo fue académico.

  • Estudios biográficos sobre la figura de Susillo publicados en revistas especializadas de arte andaluz.

  • Fuentes documentales sobre la relación de los Duques de Montpensier con el arte sevillano, que permiten contextualizar el mecenazgo del que fue objeto.

  • Investigaciones recientes sobre las cartas de despedida del escultor, que han arrojado luz sobre las verdaderas causas de su suicidio.