domingo, 15 de febrero de 2026

La Junta de Damas de Cádiz: Una brecha en el muro del siglo XIX

 En el Cádiz de la década de 1820, una ciudad aún resonante con los ecos del liberalismo de las Cortes y agitada por las convulsiones políticas del reinado de Fernando VII, un grupo de mujeres comenzó a redefinir silenciosamente los límites de lo posible. La Junta de Damas de Cádiz, formalmente constituida el 8 de marzo de 1827 como la Quinta Clase de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, no fue un mero apéndice benéfico. Fue un experimento social singular donde mujeres de la nobleza y la alta burguesía negociaron, desde los márgenes del sistema, un espacio de acción pública, autoridad administrativa e identidad colectiva. En un siglo que construyó ideológicamente el "ángel del hogar" como destino femenino, estas gaditanas utilizaron precisamente los valores asociados a la maternidad —el cuidado, la educación, la caridad— para salir de ese hogar y gestionar escuelas, reformar instituciones y dirigir informes a las máximas autoridades. Su historia es la de una resistencia práctica, una forma de ensanchar la esfera femenina sin declarar una guerra frontal contra los cimientos patriarcales de la sociedad decimonónica, pero socavándolos con cada inspección escolar y cada memoria técnica presentada.

Los cimientos: Guerra, epidemia y un modelo ilustrado

La singularidad de la Junta de Cádiz radica en sus raíces inmediatas, forjadas no en la tranquilidad de un salón, sino en la emergencia de la guerra y la enfermedad. Su antecedente directo fue la Sociedad Patriótica de Señoras de Fernando VII, activa en el Cádiz sitiado durante la Guerra de la Independencia (1811-1814). Presidida por la marquesa de Villafranca, María Tomasa Palafox, esta organización demostró la capacidad de gestión de las mujeres de élite, recaudando fondos, organizando la confección de vestuario para las tropas y estableciendo redes de colaboración que trascendían lo meramente asistencial. Esta experiencia resultó fundacional.

Poco después, en 1819, una devastadora epidemia de fiebre amarilla asoló la ciudad. Un grupo de estas mismas señoras se organizó nuevamente para atender a las enfermas en el Hospital de Mujeres, adquiriendo un conocimiento directo y doloroso de las carencias sanitarias y sociales de la población. Estos dos episodios —la movilización patriótica y la respuesta humanitaria— les proporcionaron una experiencia organizativa y una legitimidad pública que fueron la base sobre la que se construiría la Junta formal años después. No partían de cero: su modelo institucional lo tomaban de la Junta de Damas de Honor y Mérito de Madrid, creada en 1787 como solución al debate sobre la admisión de mujeres en las Sociedades Económicas. Sin embargo, las gaditanas aportaron una impronta marcada por la urgencia y el pragmatismo aprendido en la crisis.

Una institución con dos pilares: La Escuela y la Casa de Expósitos

La Junta de Damas de Cádiz, una vez constituida, concentró sus esfuerzos en dos ámbitos que eran socialmente aceptables como extensión del rol doméstico femenino, pero que ejerció con una ambición transformadora: la educación de las niñas pobres y la protección de la infancia abandonada.

En 1827, el mismo año de su fundación, establecieron una Escuela Gratuita de Niñas. El plan de estudios, aunque limitado por los estándares actuales, era revolucionario para las hijas de las clases humildes. Junto a las "labores propias de su sexo" como la costura y el bordado —destinadas a garantizarles un oficio—, se enseñaba lectura, escritura, doctrina cristiana y aritmética básica. La escuela fue un éxito inmediato, superando todas las previsiones de matrícula y obligando a un traslado a un local más amplio. Su impacto fue tal que el Ayuntamiento, reconociendo la eficacia de la gestión femenina, terminó por financiar tres escuelas municipales adicionales para niñas y dos para párvulos, poniéndolas bajo la tutela e inspección de la Junta de Damas. Este fue un hito crucial: mujeres que inspeccionaban y dirigían un servicio público, presentando informes y exigiendo mejoras a las autoridades municipales.

El segundo pilar fue la Casa de Expósitos, de la que la Junta se hizo cargo por Real Orden en 1829. Este establecimiento, conocido antes de su llegada como "la mansión de la muerte" por su espeluznante tasa de mortalidad infantil, se transformó bajo su dirección. Introdujeron protocolos sanitarios modernos: separaron a los niños enfermos de los sanos para evitar contagios, dotaron al centro de supervisión médica constante y revolucionaron el sistema de nodrizas. No solo las supervisaban dentro de la institución, sino que enviaban a las propias damas a inspeccionar los hogares de las "amas de cría externas" en los distintos barrios de Cádiz y de localidades de la provincia como San Fernando o Algeciras. La marquesa de Casa-Laiglesia en el barrio del Rosario o la marquesa de Casa Rábago en el barrio de La Viña se convirtieron en una presencia habitual, transgrediendo así la geografía social asignada a su clase y género.

El liderazgo prolongado: María Josefa Fernández de Rábago

La historia de la Junta está indisolublemente ligada a la de su presidenta fundadora, María Josefa Fernández de Rábago y O'Ryan, II marquesa de Casa Rábago. Su mandato, que se extendió desde 1827 hasta su muerte en 1861, fue uno de los más prolongados y determinantes en el asociacionismo femenino español del siglo XIX. Su figura encarna las paradojas y los logros de este movimiento.

Nacida en una familia de la élite comercial gaditana con conexiones transatlánticas, heredó el título y una considerable fortuna inmobiliaria. Su activismo comenzó, como el de sus compañeras, durante la Guerra de la Independencia en la Sociedad de Señoras de Fernando VII, donde su madre ejerció como vicepresidenta. Al frente de la Junta, combinó una piedad tradicional con un pragmatismo administrativo excepcional. Gestionó presupuestos, negoció con el Ayuntamiento y la Sociedad Económica matriz, y mantuvo una extensa red epistolar con otras mujeres ilustradas, como la duquesa de Osuna. Su liderazgo no fue el de una rebelde que rechazaba su mundo, sino el de una mujer que utilizó los recursos de su privilegiada posición (económico, social, cultural) para crear un ámbito de utilidad pública y, en el proceso, de autonomía femenina. A su muerte, en un gesto simbólico de su vida entera, dispuso que su féretro fuese acompañado por niños de la Casa de Expósitos.

Legado y contradicciones: La emancipación dentro del marco

La trayectoria de la Junta de Damas de Cádiz culmina con su emancipación institucional. En 1858, tras un conflicto con la Sociedad Económica matriz, lograron separarse y constituirse como la Real Junta de Damas de Cádiz, nombre que consolidaron tras la visita de la reina Isabel II en 1862. Este paso formalizaba una independencia real que ya ejercían desde hacía tiempo.

Su legado es profundo pero matizado. Fueron precursoras fundamentales del asociacionismo femenino y de la profesionalización de la beneficencia pública. Sus informes y su modelo de gestión influyeron en leyes como la de Beneficencia de 1849 y sentaron las bases para que otras mujeres pensaran en la acción social como un campo de desarrollo propio. Sin embargo, es importante reconocer sus límites históricos. Su acción no cuestionaba el orden social de clases; al contrario, partía de una visión paternalista donde la dama ilustrada guiaba y educaba a la pobre. Tampoco pretendía una igualdad política o jurídica para todas las mujeres. Su lucha fue, sobre todo, por un espacio de agencia y competencia dentro de un sistema que las relegaba.

En definitiva, la Junta de Damas de Cádiz no escribió manifiestos feministas radicales, pero construyó escuelas que alfabetizaron a centenares de niñas. No derribó el patriarcado, pero demostró que las mujeres podían administrar instituciones complejas y presentar cuentas al Estado. Su historia es la de una fisura que se abre lentamente en el muro de las convenciones del siglo XIX. Desde esa fisura, estas mujeres no solo ofrecieron caridad, sino que, sobre todo, se ofrecieron a sí mismas un nuevo papel en la historia: el de agentes con voz, capacidad y una incipiente identidad colectiva que anunciaba los cambios por venir. Su mayor triunfo fue, quizás, convertir la virtud doméstica en una herramienta para habitar el mundo.

Pedrete Trigos

domingo, 8 de febrero de 2026

La luz tenue de los salones: mujeres e Ilustración en la España del siglo XVIII

Cuando pensamos en la Ilustración, la mente viaja a los brillantes salones de París, donde mujeres como Madame Geoffrin tejían redes de ideas entre philosophes y nobles. Era una institución poderosa, un motor de la opinión pública que aceleraría hacia la Revolución. Pero, ¿qué ocurría al sur de los Pirineos? La historia de los salones ilustrados españoles es más discreta, un susurro elegante frente al debate francés, pero no por ello menos fascinante. Su estudio nos habla no de una institución consolidada, sino de los límites y las astucias con las que las mujeres de élite navegaron un mundo que las declaraba “perpetuas menores de edad”.


El contraste con Francia es el primer dato ineludible. Mientras en París el salón era un eje cultural reconocido, en España nos encontramos con ecos, referencias y tertulias cuya frecuencia e influencia concreta son más difíciles de rastrear. Esto no significa que fueran un mito, sino que florecieron en un suelo menos abonado. La sociedad española, más tradicional y con una esfera pública menos desarrollada, no ofrecía el mismo caldo de cultivo. El foco de la Ilustración patriótica se posó, en gran medida, en figuras individuales excepcionales antes que en una red colectiva.

Pensemos en Josefa Amar y Borbón, una erudita que defendió con lucidez la educación femenina desde la Real Sociedad Económica Aragonesa, o en María Isidra de Guzmán, “La Doctora de Alcalá”, quien obtuvo un doctorado por gracia real. Ambas fueron faros, pero su luz, como señala la historiografía, difícilmente traspasó los círculos eruditos. Su excepcionalidad confirma la regla: el camino fue más solitario que colectivo.

Para entender por qué, debemos mirar el paisaje general de la alfabetización, un mapa de profundas desigualdades. En un siglo donde el analfabetismo era la norma, la brecha entre géneros era abismal. Estudios basados en firmas notariales revelan que, en las ciudades, quizás la mitad de los hombres sabía firmar, frente a solo un 20% de las mujeres. En el campo, la cifra femenina se acercaba a cero. Incluso dentro de la élite, la educación de una mujer noble solía limitarse a la religión, las labores domésticas y, en el mejor de los casos, a la lectura. Encontrar a una marquesa incapaz de firmar no era una rareza. Así, cualquier espacio de discusión ilustrada y femenino era, por fuerza, un fenómeno minoritario y extraordinario.

Dentro de estos estrechos márgenes, sin embargo, la mujer de élite ejerció una influencia tangible, actuando como puente esencial entre el ámbito privado y las nuevas ideas. Su poder no se ejercía desde la tribuna, sino desde la discreta eficacia de la sociabilidad y el mecenazgo.

El salón, refugio de la conversación ilustrada
Aunque menos formalizados, existieron círculos notables. La condesa-duquesa de Benavente, María Josefa Pimentel, convirtió su palacio en un centro donde se mezclaban literatos, científicos, artistas como Goya —su principal mecenas— e incluso toreros, bajo un “entusiasmo por la estimulación intelectual”. La marquesa de Sarriá mantenía una tertulia famosa por congregar a políticos reformistas, un semillero de ideas liberales. Y la condesa de Montijo, María Francisca de Sales Portocarrero, presidía un salón de tono serio, dedicado a debates filosóficos y religiosos.

Estos espacios funcionaban con una etiqueta deliberada. La anfitriona, con tacto y elegancia, dirigía la conversación, proponía lecturas y velaba por la armonía. Eran laboratorios donde se filtraban las ideas de la Encyclopédie, se debatía de política con cautela y se ensayaba una nueva sociabilidad que premiaba el ingenio y la cultura.

Más allá del salón: la acción concreta
El papel de estas mujeres iba más allá de ofrecer un espacio. Fueron mecenas (como la duquesa de Alba con Goya), traductoras y escritoras que desafiaban la censura, y mediadoras políticas en la corte. Pero quizás el ejemplo más impactante de acción ilustrada sea el de la propia condesa de Montijo. Desde su cargo en la Junta de Damas de la Sociedad Económica Matritense, dirigió proyectos filantrópicos que tradujeron las ideas en hechos: reformó la Inclusa de Madrid, reduciendo drásticamente la mortalidad infantil, y defendió con argumentos sólidos la educación femenina frente a proyectos absurdos del gobierno. Su activismo le costó el destierro de la corte, un precio alto por su compromiso.

Los salones españoles no tuvieron la resonancia histórica de los parisinos. Su luz fue más tenue, y parte del interés que despiertan hoy proviene de nuestro deseo de rescatar las voces femeninas del pasado. Sin embargo, su valor es inmenso. Nos muestran cómo, en los intersticios de una sociedad jerárquica, un grupo reducido de mujeres utilizó su ingenio, su cultura y su posición para crear islas de modernidad. No transformaron la sociedad de golpe, pero prepararon el terreno, cuidaron las semillas del debate y demostraron que la ilustración, también en España, tuvo rostro de mujer y se cultivó, a menudo, en la intimidad acogedora de un salón.

Pedrete Trigos

domingo, 1 de febrero de 2026

Teresa Cabarrús: La Musa de Termidor. De la prisión al salón, entre política y muselina.

Más allá de los fríos datos históricos, algunas vidas parecen tejidas con los hilos contradictorios de su época, encarnando sus dramas, sus giros y hasta sus modas. Una de estas vidas fue la de Teresa Cabarrús, una mujer cuyo destino, surgido entre la Ilustración española y el vértigo revolucionario francés, dibuja un retrato inmejorable de cómo se podía navegar —y sobrevivir— en un mundo que se derrumbaba.


Su historia comienza, curiosamente, en la Castilla más tradicional. Juana María Ignacia Teresa nació un caluroso 31 de julio de 1773 en Carabanchel Alto, Madrid. Era la hija única de un hombre extraordinario: Francisco Cabarrús, el visionario financiero de origen navarro-francés que fundaría el Banco de San Carlos, germen del futuro Banco de España. Este padre ilustrado, amigo de Goya y conde de Carlos IV, le procuró una educación cosmopolita. Con solo doce años, la envió a París, el faro de la cultura, con una misión clara: perfeccionarse y encontrar un matrimonio que consolidara el ascenso social de la familia.

La misión se cumplió con creces, aunque al modo del Antiguo Régimen. A los quince años, la joven Teresa se unió en matrimonio con el marqués Jean-Jacques Devin de Fontenay, fusionando dos fortunas y ganando un título que le abrió las puertas de Versalles. Pero el esplendor de la corte de Luis XVI era un escenario a punto de desmoronarse. Cuando estalló la Revolución, su primer matrimonio, ya infeliz, se disolvió legalmente en 1793, dejándola a merced de la nueva y sangrienta corriente histórica.

Fue entonces cuando su vida dejó de ser convencional para convertirse en leyenda. Refugiada en Burdeos, fue detenida durante el Terror por ayudar a sospechosos. Allí, su belleza y su ingenio cautivaron al temible representante enviado por Robespierre: Jean-Lambert Tallien. Este, hechizado, no solo la liberó, sino que la convirtió en su amante. Desde esa posición de extraordinaria influencia —y enorme riesgo—, Teresa comenzó a actuar. Usó su poder sobre Tallien para interceder, una y otra vez, logrando salvar de la guillotina a decenas de personas. El pueblo agradecido de Burdeos la llamó “Notre-Dame du Bon Secours” (Nuestra Señora del Buen Socorro).

Pero su activismo moderado alarmó a Robespierre, quien vio en ella un peligroso foco de piedad. Ordenó su arresto y fue trasladada a la sombría prisión de La Force, en París, donde compartió celda y forjó una amistad imperecedera con otra reclusa: Josefina de Beauharnais. Condenada a muerte, la tradición —aunque algunos historiadores maticen su literalidad— le atribuye una carta desesperada a Tallien con una frase que quedó para la historia: “Muero por pertenecer a un cobarde”. Sea exacta o no, su poder simbólico fue un detonante. Esa misiva, real o recreada, galvanizó a Tallien, quien hizo de la liberación de Teresa uno de los objetivos de la conspiración que culminó con el golpe del 9 de Termidor (27 de julio de 1794), el cual derrocó a Robespierre y acabó con el Terror.

Al salir de prisión, París entero la aclamó como “Notre-Dame de Thermidor”. Se había convertido, sin buscarlo quizás, en el símbolo viviente del fin de la pesadilla. Se casó con su salvador, Tallien, y durante el Directorio (1795-1799), su figura alcanzó su cénit social y estético. No fue solo una anfitriona; fue la reina indiscutible de las Merveilleuses, las mujeres que dictaban la moda con una libertad atrevida y hedonista, en clara reacción a la austeridad jacobina.

En su salón de “La Chaumière”, frecuentado por políticos, generales como el joven Bonaparte, y rivales como Madame Récamier, Teresa encarnó el nuevo estilo “à la grecque”: vestidos de muselina blanca, semitransparentes y ceñidos, con la cintura alta bajo el busto, hombros al descubierto y sandalias. Su atuendo era una declaración política hecha cuerpo. Se cuenta que Talleyrand, al verla llegar a la Ópera con uno de sus trajes más vaporosos, murmuró: “¡No es posible exponerse más suntuosamente!”.

Sin embargo, los tiempos volvieron a cambiar. Su estrella declinó ante el ascenso de Napoleón, quien, celoso de su influencia sobre Josefina (o despechado por un posible rechazo), alejó a la emperatriz de ella. Tras divorciarse de Tallien, Teresa contrajo un tercer y tranquilo matrimonio con el conde de Caraman, príncipe de Chimay, y se retiró a una vida más discreta en Bélgica, donde murió en 1835.

Pero su legado perdura en más que anécdotas. Fue una de las pocas mujeres que intervino de forma decisiva en la maquinaria política revolucionaria y sobrevivió para contarlo. Su imagen, inmortalizada por pintores como François Gérard, la muestra como una diosa neoclásica, eternizando el estilo que ella ayudó a definir. Y ella misma, en un guiño íntimo a su propia leyenda, dejó una pequeña obra maestra: una miniatura que pintó de su familia, donde incluyó una corona de anémonas, repitiendo el motivo del famoso retrato que Gérard le había hecho años antes.


Teresa Cabarrús no fue un mero adorno de su tiempo. Fue un testigo activo y un agente, que supo usar su inteligencia, su carisma y hasta su guardarropa para navegar la tormenta, salvar vidas y, finalmente, definir la estética de la calma que siguió al caos. Su vida es un recordatorio de que, en los períodos de transición violenta, la influencia puede ejercerse desde muchos frentes: desde el boudoir, desde la prisión y, sobre todo, desde la inquebrantable voluntad de sobrevivir con estilo.

Pedrete Trigos

domingo, 12 de octubre de 2025

LA REALEZA Y SUS SECUACES

LA REALEZA Y SUS SECUACES CRÓNICA EN CLAVE DE HUMOR DE UN MADRID QUE YA NO EXISTE. ¿O SÍ...? 

Por Pedrete Trigos con la ayuda de IA

INTRODUCCIÓN 
El relato es una descripción satírica y dramática de varios personajes clave de la corte española durante el reinado de Carlos IV (1788-1808), un período marcado por la decadencia política, las intrigas palaciegas y el ascenso de Napoleón. La narrativa mezcla datos históricos con humor ácido y crítica social, retratando a figuras como Manuel Godoy, Fernando VII, Goya o las Duquesas de Alba y Osuna como arquetipos de un sistema corrupto y decadente. Cada capítulo, narrado en forma de "Gacetilla de Sociedad", será comparado con una pintura de Goya y analizado en profundidad. Aquí un análisis de los elementos clave: 

Ejes temáticos destacados 

1. Poder y corrupción: - María Luisa de Parma y Manuel Godoy simbolizan el gobierno en la sombra. La reina, con su influencia sobre Carlos IV (retratado como un rey inepto), y Godoy, cuyo ascenso desde guardia real a valido refleja el nepotismo y la ambición desmedida. - La frase "Su currículum incluye 'Amante de la Reina' en negrita" subraya los rumores históricos sobre su relación con María Luisa, clave para su poder. 

2. Ilustración vs. Absolutismo: - Personajes como Moratín, Andrés de Arteaga o la Duquesa de Osuna encarnan las ideas ilustradas (razón, educación, crítica social), chocando con la corte tradicionalista. - Goya, con sus retratos crudos ("Pionero del realismo brutal"), actúa como cronista de las contradicciones de la época. 

3. Mujeres transgresoras: - Las "Damas del Escándalo" (Pepita Tudó, La Tirana, Doña Esperancita de Trapalanda) desafían roles de género: usan su belleza, ingenio o arte para navegar (o dominar) un mundo masculino. 
- María Antonia de Nápoles, aunque marginada, representa la resistencia política frente a Godoy y la reina. 

4. Ironía y decadencia: 
- El texto ridiculiza la frivolidad de la nobleza: Carlos IV cazando mientras España se desmorona, Fernando VII como conspirador inepto ("carisma de una patata hervida"), o Doña Esperancita como caos personificado. - Metáforas como "Su sonrisa tiene más huecos que la Hacienda Real" enfatizan la bancarrota económica y moral. 

  Relaciones históricas clave 

- La rivalidad Godoy-Fernando VII: Ambos lucharon por el poder durante el "Motín de Aranjuez" (1808), que acabó con Godoy y forzó la abdicación de Carlos IV. - Goya como testigo: Sus obras (Los caprichos, retratos de la familia real) reflejan la crítica a la corrupción y la irracionalidad del período. - María Antonia de Nápoles: Su muerte prematura (1806) dejó a Fernando VII sin heredero, agravando la crisis sucesoria que Napoleón explotó en 1808. 


Frases icónicas y su significado 

- "Si el cotilleo fuera un arte, ella sería la Velázquez del chisme": María Luisa usaba rumores para controlar la corte. 

- "Su biblioteca tiene más libros que toda la corte junta ha leído en su vida": Burla la incultura de la nobleza frente a la Duquesa de Osuna, mecenas ilustrada. 

- "Preferiría el aplauso del pueblo al saludo de un duque" (Pedro Romero): Contrasta la autenticidad popular con la hipocresía cortesana. 

Contexto histórico: 

¿Qué pasó después? - La invasión napoleónica de 1808 y la Guerra de Independencia marcan el colapso de este mundo retratado. Fernando VII, tras su regreso en 1814, instauró un absolutismo represivo, traicionando las esperanzas ilustradas. - Muchos personajes aquí descritos (como Goya o Moratín) sufrieron exilio o persecución bajo su reinado. 

Conclusión: 

El texto fusiona historia y sátira para mostrar una corte en decadencia, donde el lujo esconde podredumbre y las conspiraciones son moneda corriente. Personajes como Godoy o la Duquesa de Alba, hoy casi míticos, son desmitificados como productos de un sistema al borde del colapso, algo que Goya capturó con maestría en su arte. 

  Goya y la sátira de un imperio en ruinas: Espejos de la decadencia 

La España de Carlos IV, un reino donde el oro de las Indias se trocaba en polvo de arroz para pelucas extravagantes, encuentra en Francisco de Goya y en el relato satírico propuesto dos caras de una misma moneda corroída. Ambos, pincel y pluma, diseccionan con crueldad elegante una corte que bailaba sobre el abismo, ignorando el rugido napoleónico. 

1. El poder como farsa grotesca
En La familia de Carlos IV (1800), Goya pinta a los Borbones no como dioses barrocos, sino como muñecos de porcelana agrietada. Carlos IV, con su mirada bovina y postura de cazador perpetuo (¿acaso perseguía ciervos o su propia irrelevancia?), es el mismo monarca que en el relato "prefería el olor de la pólvora en la cacería al de los documentos de Estado". A su lado, María Luisa de Parma, cuya sonrisa en el lienzo —tensa, casi una mueca— delata la ambición que el texto resume en: "Si el cotilleo fuera un arte, ella sería la Velázquez del chisme". Goya la retrata como eje del grupo, pero su dominio es veneno: sus manos, garras enjoyadas, anticipan la zarpa de Godoy, el "Príncipe de la Paz" cuyo ascenso de guardia real a amante real es glosado en la sátira con un currículum que incluye 'Amante de la Reina' en negrita. El pintor no necesita palabras para mostrar la corrupción: basta el contraste entre los trajes recamados de oro y las miradas vacías, como si los personajes supieran que su mundo era ya un cadáver pintado con carmín. 

2. Ilustración versus absurdo: Goya, cronista de las sombras 
Goya, como Moratín o la Duquesa de Osuna, pertenecía a la órbita ilustrada. Sus Caprichos (1799) son hermanos gemelos de la frase que ridiculiza la incultura cortesana: "Su biblioteca tiene más libros que toda la corte junta ha leído en su vida". En El sueño de la razón produce monstruos, el aguafuerte se vuelve manifiesto: la razón ilustrada lucha contra los buitres de la superstición y el poder irracional. Pero es en los retratos reales donde su ironía muerde. Fernando VII, futuro "Rey Felón", aparece en otro relato con "el carisma de una patata hervida"; Goya, obligado a pintarlo años después, lo muestra como un espectro en armadura, frío y hueco, como si anticipara su traición a las esperanzas constitucionalistas. 

3. Mujeres en la cuerda floja: Entre el escándalo y el genio 
Las Damas del Escándalo del relato —Pepita Tudó, la Duquesa de Alba— son herederas de las majas goyescas. En La maja desnuda, Goya despoja a la femme fatale de mitología: es una mujer real, consciente de su poder, como la Tirana que en la sátira "domina el teatro con un abanico y una mirada que derribaría imperios". La Duquesa de Alba, mecenas y musa de Goya, encarna la paradoja: su retrato de negro, señalando "Solo Goya" en la arena, es un desafío a una sociedad que toleraba el ingenio femenino solo si servía de ornamento. 

Epílogo: 
Los monstruos que vendrán 

El relato concluye con la invasión napoleónica de 1808, y Goya, testigo de la guerra, pintará Los desastres: cuerpos mutilados, fusilamientos anónimos. Es el fin del mundo retratado en ambas obras. Fernando VII, ese "príncipe patata" de la sátira, regresa para enterrar las luces de la Ilustración, y el pintor, sordo y desencantado, se exilia a Burdeos. En La lechera de Burdeos, su última obra, hay un destello de esperanza: una joven común, sin joyas ni títulos, lleva la luz que la corte nunca tuvo.
  
Conclusión 
Goya y el relato satírico son cómplices: uno con pinceles de hiel y fuego, otro con frases afiladas como navajas. Ambos nos recuerdan que la decadencia no es solo un fin, sino un espectáculo tragicómico donde, como escribió el pintor en Los caprichos, "El mundo es una máscara. El rostro, el traje, todo es fingimiento". 

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miércoles, 12 de octubre de 2022

La Conspiración de la Desesperación: Reunión en la Casa del Infantado (Primavera de 1807)

 La muerte de la Princesa de Asturias, María Antonia "Totó" de Nápoles, en mayo de 1806, no fue solo una tragedia personal. Fue el golpe que rompió el último dique de contención en el ánimo del partido fernandino. Sin su figura unificadora, la esperanza de una sucesión pacífica y legitimada se desvaneció, y la desesperación se tornó en determinación revolucionaria.



En una sala con las ventanas herméticamente cerradas de la madrileña casa del Duque del Infantado, cabeza visible de la alta nobleza fernandina, se reunió aquel crepúsculo un conciliábulo de hombres pálidos de ira. Entre ellos, con el rostro convertido en una máscara de grave resolución, estaba D. Andrés Avelino, Marqués de Valmediano. Ya no era el hombre del equilibrio imposible; era un conspirador.

—«Totó se nos ha ido —comenzó el Duque del Infantado, su voz un susurro cargado de hierro—. Con ella, se fue la última posibilidad de que este advenedizo caiga por su propio peso. Napoleón juega con nosotros como gato con ratón, y Godoy, lejos de defender el reino, sueña con huir a Andalucía o embarcar a los Reyes hacia América, como hicieron los portugueses».

Un murmullo de asco recorrió la estancia. El Marqués de Valmediano tomó la palabra:
—«El pueblo está exhausto. Las cosechas han sido pésimas, la Hacienda está arruinada, y a los militares ni se les paga. Todo el odio, con razón, se vuelca contra el Príncipe de la Paz. Ese odio no es un viento a la deriva; es un río que podemos canalizar».
—«Exacto —asintió el Conde de Altamira, otro grande de España—. No se trata de dar un golpe de palacio. Se trata de orquestar una tempestad popular. Debemos distribuir dinero en las tabernas de Aranjuez cuando la Corte esté allí, reclutar gente de confianza, asegurarnos de que los guardias de Corps miren hacia otro lado... y luego, lanzar el rumor».

El plan que se urdió esa noche era audaz y cínico: aprovechar el profundo descontento popular contra Godoy —a quien culpaban de la crisis económica, las derrotas militares y la humillante sumisión a Francia— para organizar un motín que pareciera espontáneo. El objetivo final no era solo linchar al favorito, sino aterrar al Rey Carlos IV hasta el punto de forzar su abdicación en favor de Fernando, presentándose este como el salvador que apacigua al pueblo.

—«Fernando debe mantenerse en un segundo plano, ignorante de los detalles —sentenció el Infantado—. Pero cuando la turba rodee el palacio de Godoy y este tenga que esconderse como una rata, entonces... entonces nuestro Príncipe aparecerá como la única solución. Y su padre, temiendo por su vida, entregará la corona».

Mientras los grandes de España sellaban con un apretón de manos el destino del reino, en el piso de arriba, Doña Joaquina Josefa había llegado a visitar a la duquesa. Una jaqueca de la anfitriona la dejó sola en un gabinete contiguo a la biblioteca cuyo ventanuco de ventilación, abierto por un descuido de un criado, dejó pasar, nítidas y terribles, las voces de la conspiración.

Escuchó el nombre de su marido. Escuchó las palabras "motín", "abdicación forzada", "tumulto". El frío se apoderó de su alma. No eran rumores de pasillo; era una traición planificada contra el Rey al que ella servía. Y su Andrés, su esposo, estaba en el centro. Atrapada entre su juramento a la Reina y el horror de ver a su marido convertirse en un traidor, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Un solo susurro suyo a la Reina o a Godoy lo enviaría todo al cadalso. Su discreción, antes un escudo, era ahora una condena.

El Motín de Aranjuez (marzo de 1808) no fue un estallido espontáneo, sino el resultado de una conspiración urdida por la aristocracia fernandina, que reclutó y dirigió al pueblo para sus fines. El Marqués de Valmediano ha cruzado el Rubicón de la lealtad, y Doña Joaquina carga con un secreto que puede destruirlos a todos.

El camino hacia la invasión francesa queda despejado. Napoleón, que observa la "discordia de la familia real" con cálculo frío, solo espera a que los españoles derriben a su propio gobierno para actuar. La conspiración que has narrado es, sin saberlo, el primer acto de la tragedia nacional.

lunes, 12 de septiembre de 2022

El Clavo Ardiendo, Número Extraordinario: «De fiebres, susurros y tronos que quedan vacíos»

 Dos gacetillas, separadas por los años, pero unidas por el mismo hilo de tragedia e intriga. Recopiladas aquí para la posteridad.




NÚMERO I: «LA ÚLTIMA RISOTADA DE LA ALBA» (Agosto de 1802)

Se apagó una estrella, y con ella, medio cielo. Cayó como un rayo de verano, en su propio Palacio de Buenavista, la Excma. Sra. Dña. Cayetana de Silva, XIII Duquesa de Alba. Unas fiebres, dicen los galenos. Unas fiebres, repiten los cortesanos con la boca pequeña y la mirada elocuente.

¿Qué vio esta monja en los días que siguieron? Un silencio sepulcral en los salones de sus enemigos, más aterrador que cualquier gritería. La Reina Nuestra Señora canceló sus audiencias por… ¿dolor de cabeza? O tal vez para celebrar sin testigos el fin de su némesis más incómoda, aquella que ataba cintas amarillas a las patas de sus perros. El Príncipe de la Paz mandó una corona de flores tan grande que parecía una losa. La hipocresía, cuando es monumental, se acerca a lo sublime.

Pero el verdadero espectáculo fue en las calles. El pueblo, su verdadero pueblo, lloró a la que llamaban «la única Grande que nos miraba a los ojos». Hubo flores en la puerta de Buenavista, y canciones, y un rumor que creció como la mala hierba: «No fue fiebre, fue veneno». ¿De dónde salió este rumor? Quizás de una pluma fantasma que lo escribió en un pasquín desaparecido. Quizás del corazón herido de un pintor sordo que perdió a su musa y su faro.

Y en medio, los suyos, desarbolados. El partido anti-godoyista perdió su estandarte más brillante y popular. ¿Quién llenará ese vacío? ¿La culta Osuna? Jamás. La Osuna tenía salón; la Alba tenía pueblo. Esa lección, el poder no la olvidará.

Conclusión de la Monja: Murió la mujer, nació el mito. Y un mito es más peligroso que una duquesa, porque es inmune al veneno y a los decretos reales. Su sombra, desde ahora, será la consejera de todos los que odien a Godoy.


NÚMERO II: «EL SUSPIRO FINAL DE LA ESPERANZA» (Mayo de 1806)

Si la muerte de la Alba fue un terremoto social, la de Su Alteza Real la Princesa de Asturias, María Antonia de Nápoles, «Totó», ha sido un hundimiento lento y frío en el fango de la desesperanza. Murió en El Pardo, lejos del bullicio, consumida por una tisis que se llevó primero sus colores, luego sus fuerzas, y al final, su aliento.

Esta vez, el llanto no fue del pueblo, sino del partido. Del Príncipe Fernando, que perdió a su única aliada íntima, a la esposa que era su puente con Viena y su escudo contra las insidias de su madre. Se le veía más hundido que afligido, como un náufrago al que le arrebatan el último madero.

La Reina y Godoy vistieron un luto correcto, pero en sus ojos no había dolor, sino cálculo. Con la princesa austriaca muerta, el camino para una nueva alianza –quizás una nueva esposa para Fernando más dócil a sus designios– parecía despejado. Fue en el velatorio donde ocurrió la escena más reveladora: Doña Joaquina Josefa, la dama que sirvió chocolate y mediación, se desmayó. No fue por el calor. Fue por el peso de un futuro que se derrumbaba. Con Totó, perdía a la princesa a quien servía con afecto genuino y la última razón noble para su agotador juego de equilibrios. Su marido, el Marqués de Valmediano, la sostuvo en silencio, pero su mirada no era de consuelo, sino de alerta de guerra. La pieza clave en el tablero sucesorio había caído. La guerra civil palaciega entraba en una nueva fase, más sucia y más definitiva.

Conclusión de la Monja: Con Totó se fue la última inocencia. Lo que queda no es una lucha por principios, sino por la pura supervivencia del más fuerte o el más astuto. El trono del futuro está vacío, y alrededor de ese vacío, los lobos empiezan a enseñar los dientes.

viernes, 12 de agosto de 2022

El Clavo Ardiendo, Número XIV: «Del rastro de sangre en el salón de porcelana y la tormenta que se avecina»

 Gacetilla aparecida, no en un pilar público, sino en el interior de los cubrelevas de la capilla del Real Sitio de Aranjuez, el 20 de marzo de 1807. Un lugar simbólico, donde el destino del Reino solía torcerse.


¡SALUD, REBAÑO DE OVEJAS ASUSTADIZAS!


La que suscribe, vuestra hermana en el vicio de la verdad, regresa de un silencio breve pero productivo. Y he aquí lo que mis oídos de confesionario público han recogido: un rumor tan grave que hace parecer la pérdida de un diente real una mera anécdota de tocador. Se respira en la Corte un olor nuevo, más fétido que el de la intriga vieja: el olor a pólvora y a traición continental. Y todos vosotros, gallitos de salón, jugáis a la guerra mientras el águila corsa planea sobre los Pirineos.




I. DEL PRÍNCIPE SIN PAZ Y LA CARTA FATÍDICA.


Nuestro amado Príncipe de la Paz, ese Midas de barro que todo lo que toca lo convierte en escándalo, se pasea por los corredores de Oriente con un tic nervioso en el ojo. Dicen que ha recibido una misiva de Bayona. No de cualquier subalterno, sino del mismísimo Gran Corso, Emperador de los Franceses. Y el contenido, filtrado por un lacayo cuyo oído vale más que el de un espía veneciano, no habla de alianzas, sino de exigencias. Se murmura que España debe elegir: ser un satélite leal o un obstáculo barrido. Y el Valido, que hace diez años se creía el árbitro de Europa, hoy tiembla pensando en qué parte de esa disyuntiva lo dejará él… vivo.


Pero he aquí el detalle jugoso: la Reina Nuestra Señora no lo sabe aún. O finge no saberlo. Diosoy guarda el secreto como un avaro su último doblón, temiendo que su Protectora, al ver la magnitud del desastre, busque otro favorito más… negociable. ¡Oh, qué melodrama! El amante que teme a su amada. El poder que se resquebraja por miedo a perder el favor, que es su único cimiento.


II. DEL LORO MUERTO Y LA ACUSACIÓN QUE SURCA LOS AIRES.


Recordaréis, lectores, al pobre loro napolitano, exiliado a la Galería de los Espejos por orden Real y mediación Marquesal. Pues bien, ha cantado su última canción. Esta mañana amaneció patas arriba en su jaula dorada, un espectáculo deplorable para la princesa Totó, quien rompió en un llanto que no era sólo por el animal.


Y aquí, el genio maligno de la Corte hizo de las suyas. No ha sido un accidente. Junto al cadáver del ave, apareció un pequeño lazo de seda… amarillo. El color del favorito. El mensaje es tan tosco como letal: Godoy (o sus agentes) quieren amedrentar a la Princesa. O alguien muy inteligente quiere que todos crean que fue Godoy, para atizar el odio fernandino hasta el punto de ignición.


La princesa Totó, entre lágrimas, no ha acusado a nadie. Pero su mirada, dicen, ha perdido la melancolía para ganar un brillo de acero frío. Y su suegra, la Reina, en lugar de consolarla, ha soltado un «¡al menos ahora habrá silencio!» que ha helado la sangre de las damas presentes. Doña Joaquina, la mediadora de chocolate, intentó apaciguar, pero esta vez sus palabras cayeron en un pozo de hiel. Su herramienta, la discreción, es inútil ante un crimen simbólico.


III. DEL BAILE DE LOS CONSPIRADORES Y LA MONJA QUE LOS VIGILA.


Mientras, en otros salones, se baila una giga más peligrosa. El Marqués de Valmediano ha sido visto entrando y saliendo con frecuencia de la Casa del Duque del Infantado, el gran magnate fernandino. No van a tomar chocolate. Se trazan planes. ¿Planes para qué? Para el «día después». Para cuando el trono tiemble. Y nuestro Marqués, el hombre del abismo, parece haber elegido su lado: ha dejado de caminar sobre la cuerda floja y ha bajado al campo de batalla. Su esposa, Doña Joaquina, lo mira con un terror silencioso. Ella, atada a la Reina, es ahora la esposa de un hombre que podría ser declarado rebelde.


Y en el palacio de Buenavista, la Duquesa del Fuego arde de excitación. El loro muerto, la carta secreta, la conspiración fernandina… es la mezcla perfecta para su naturaleza incendiaria. Se comenta que ha dicho, brindando con jerez: «Al fin huele a pólvora de verdad, y no a polvos de arroz rancio». ¿Estará loca? Sin duda. ¿Peligrosa? Más que un regimiento.


IV. EPÍLOGO: LA TORMENTA PERFECTA.


Así están las aguas, náufragos ilustres. Una Reina que quizás ya no controla a su valido. Un Valido que oculta una amenaza que podría hundir la nave. Una Princesa que llora a un pájaro y guarda un rencor que podría cambiar una dinastía. Un Marqués que ha dejado la prudencia por la conjura. Y una Duquesa que echa leña al fuego, esperando que todo arda.


El aire está cargado. Basta una chispa. Quizás la publique un pasquín. Quizás la dé una confidencia en el confesionario equivocado. O quizás la provoque un hombre enfundado en un uniforme extranjero.


Rezad, si os place. O haceos a la idea. El invierno de vuestras frivolidades ha terminado. Llega la tempestad. Y esta humilde monja estará aquí, con su pluma, para narrar vuestra gloriosa… o patética… caída.


Con la caridad cristiana de quien señala el precipicio justo antes de que os despeñéis,


Sor Imprudencia de los Infames Escándalos,

Desde la Torre de Marfil de la Sátira Implacable.