lunes, 29 de junio de 2026

El legado cultural de los Montpensier (Segunda parte)

 III. Economía: atraso agrícola y despertar industrial 



Si la Sevilla de 1848 tuviera que definirse económicamente, sería como una ciudad atrapada entre el pasado latifundista y el futuro fabril. 

El campo: latifundio y paro estructural 

La base de la economía andaluza era la agricultura, pero una agricultura de tipo extensivo, dominada por el latifundio. Grandes extensiones de tierra pertenecían a unas pocas familias aristocráticas o a órdenes religiosas (antes de la desamortización) que las explotaban mediante aparceros o jornaleros. 

El problema era que este modelo generaba muy poco empleo estable. Se calcula que los jornaleros andaluces sufrían un paro estructural de dos a tres meses al año. En esos períodos, la única opción era emigrar temporalmente a otras zonas, endeudarse con los terratenientes o, directamente, mendigar. 

El despertar industrial: hierro, vapor y ferrocarril 

Sin embargo, la ciudad también mostraba signos de modernización. En 1840, el industrial catalán Narciso Bonaplata había fundado la Fundición San Antonio, una de las primeras fábricas de siderurgia de Andalucía. De sus talleres saldrían, años después, los hierros del Puente de Triana (inaugurado en 1852), que conectó definitivamente la ciudad con el arrabal. 

Poco después, en 1845, se fundó la sociedad Portilla, White y Cía, liderada por el indiano José de Portilla y el ingeniero británico Isaías White. Esta empresa trajo a Sevilla las primeras máquinas de vapor y se especializó en calderas, motores para molinos de aceite y aperos agrícolas modernos. 

También empezaba a asomar la industria química: jabonerías, fábricas de velas de sebo y, sobre todo, la producción de gas para el alumbrado público. El gas llegó a Sevilla en 1845, y con él comenzó una lenta transformación del paisaje nocturno. 

Charles Pickman y la fábrica de La Cartuja 

El caso más emblemático fue el de Charles Pickman, un empresario británico que, aprovechando la desamortización, alquiló en 1841 el abandonado Monasterio de la Cartuja para instalar una fábrica de loza. Trajo tecnología inglesa, moldes de yeso, tornos mecánicos y trabajadores especializados de Staffordshire. En pocos años, la loza de La Cartuja se convirtió en un producto de lujo que competía con la mejor cerámica europea. 

El duque de Montpensier en este contexto 

Fue en este caldo de cultivo industrial donde el duque de Montpensier, al que pronto apodarían "el naranjero", desarrolló su faceta de empresario agrícola. Lejos de ser una rareza, su visión de modernizar el cultivo de cítricos (introduciendo regadíos, nuevas variedades y una gestión comercial) encajaba perfectamente con la mentalidad de aquellos pioneros. La diferencia es que, por ser duque y cuñado de la reina, su actividad mercantil fue objeto de burla y escándalo entre una nobleza que aún consideraba el comercio como algo innoble. 

 

IV. Cultura: entre el costumbrismo romántico y la iglesia vacía 



La vida cultural sevillana de 1848 era, en apariencia, rica. Pero también atravesaba una profunda crisis de mecenazgo. La Iglesia, tradicional valedora de las artes, estaba empobrecida y desposeída tras la desamortización. La nobleza local, aunque aún poderosa, no invertía en cultura con la regularidad de antaño. 

La pervivencia de las tradiciones 

Lo que sí florecía era el costumbrismo romántico, esa mirada que exaltaba lo típico andaluz (la Semana Santa, las romerías, los bailes de gitanos, las ferias de ganado) como un reclamo para los viajeros extranjeros que empezaban a llegar. Sevilla se estaba convirtiendo en un destino del llamado "Grand Tour" romántico, y los artistas europeos buscaban en sus calles la España pintoresca que imaginaban. 

La Semana Santa, postrada y en busca de impulso 

Las cofradías, aunque muy queridas por el pueblo, vivían un momento de postración económica y organizativa. Muchas habían perdido patrimonio con las desamortizaciones y apenas podían sacar sus pasos a la calle. No fue hasta 1850, ya con los duques instalados, cuando se celebró el primer Santo Entierro Grande, una procesión general impulsada por ellos para revitalizar las cofradías y atraer visitantes. 

El vacío de mecenazgo que llenarían los Montpensier 

Esa era la gran oportunidad que los duques supieron ver. En 1848, Sevilla tenía artistas magníficos (pintores como Joaquín Domínguez Bécquer, Antonio Cabral Bejarano, escultores como Juan de Astorga), pero carecía de una corte que los protegiera de forma estable. El Palacio de Arcos (la antigua residencia del arzobispo) era una sede nobiliaria, pero no un centro cultural dinámico. 

La llegada de los Orleans cambió ese panorama. Ellos trajeron consigo no solo dinero, sino también conexiones internacionales (artistas franceses como Alfred Dehodencq o el mismísimo Eugène Delacroix trabajaron para ellos) y un gusto ecléctico que combinaba el romanticismo, el orientalismo y la modernidad técnica. 

Antoine de Latour, el agitador cultural 

Detrás de todo ese movimiento estaba Antoine de Latour, el secretario particular del duque y su antiguo preceptor. Este humanista francés fue el verdadero puente entre Sevilla y Europa. Él atrajo a escritores, tradujo a Fernán Caballero, escribió una de las mejores crónicas de la ciudad ("Estudios sobre España: Sevilla y Andalucía", 1855) y se convirtió en miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras. Sin Latour, es posible que la corte de San Telmo nunca hubiera alcanzado esa proyección cultural. 

 

Conclusión: una ciudad preparada para la transformación 



Cuando los duques de Montpensier se instalaron en Sevilla en 1848, encontraron una ciudad paradójica: políticamente inquieta, socialmente fracturada, económicamente anclada en el latifundio, pero con un prometedor despertar industrial, y culturalmente rica pero falta de mecenas. 

Ese cóctel de carencias y potencialidades fue el caldo de cultivo perfecto para su proyecto de mecenazgo. Ellos no crearon la Feria de Abril (que había nacido en 1847 por iniciativa de Bonaplata e Ybarra), pero le dieron su carácter festivo. No inventaron la Semana Santa sevillana, pero la revitalizaron cuando más lo necesitaba. No trajeron la industria a Sevilla, pero supieron conectarse con sus pioneros y aportar su visión moderna del negocio agrícola. 

La Sevilla de 1848 era, en definitiva, una ciudad a punto de explotar –en el mejor sentido de la palabra– gracias a la confluencia de una burguesía emprendedora, un capital extranjero recién llegado y una aristocracia exiliada con ansias de protagonismo cultural. 

Los duques de Montpensier no fueron los únicos responsables de la transformación de Sevilla, pero sí fueron sus grandes catalizadores. Y para entender su legado, primero hay que entender la ciudad que los recibió.

El Caballero Metabólico

lunes, 22 de junio de 2026

El legado cultural de los Montpensier (Primera parte)

Sevilla 1848: la ciudad que recibió a los duques de Montpensier 


Política, sociedad, economía y cultura en vísperas de una revolución cortesana
 

Cuando el 12 de mayo de 1848 Antonio de Orleans, duque de Montpensier, y su esposa, la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, cruzaron las puertas de Sevilla, no encontraron una ciudad en su mejor momento. Tampoco hallaron una urbe dormida o anclada en el pasado. Lo que pisaron fue un escenario de contrastes extremos: una capital que combinaba la grandeza monumental de su pasado imperial con la miseria material de sus calles, pero que también bullía con los primeros síntomas de una industrialización tímida pero prometedora. 

Para entender el impacto que los duques tuvieron en la cultura y las fiestas sevillanas, es obligado detenerse en ese escenario previo. ¿Qué Sevilla recibió a los Montpensier? ¿Cómo era su tejido político, su entramado social, su pulso económico y su vida cultural? 

 

I. Política: una ciudad vigilada en un reino convulso 



España vivía en 1848 bajo el reinado de Isabel II, una monarquía liberal asentada sobre el frágil equilibrio entre moderados y progresistas. Pero la verdadera sacudida llegaba desde fuera: Europa ardía en la llamada "Primavera de los Pueblos", una oleada revolucionaria que había derrocado precisamente a la familia del duque, los Orleans, del trono francés. Luis Felipe I, padre de Antonio de Orleans, había caído en febrero de ese mismo año. 

Así que los duques no llegaron a Sevilla como turistas románticos, sino como exiliados políticos. Y su llegada, lejos de pasar desapercibida, levantó todas las alarmas. El mismo día de su entrada, el 13 de mayo de 1848, estalló un alzamiento militar en Sevilla que pretendía, según algunas fuentes, incluso secuestrarles. Los sublevados, vinculados a sectores progresistas y republicanos, veían con recelo la presencia de un príncipe francés conspirador y cuñado de la reina. 

El gobierno de Madrid, presidido por el general Narváez, ordenó un rápido despliegue de fuerzas para sofocar la revuelta y proteger a los duques. Pero el mensaje era claro: Sevilla era una ciudad políticamente volátil, donde el descontento contra el moderantismo isabelino se mezclaba con la desconfianza hacia aquellos aristócratas recién llegados. 

A pesar de ese ambiente enrarecido, los Montpensier decidieron quedarse. Y lo hicieron con una estrategia que Sánchez Núñez califica como "inteligente": abrazar las costumbres locales, mostrarse en la vida cotidiana y convertirse en los mecenas más generosos que la ciudad había conocido. Pero eso aún tardaría unos años en fraguar. 

 

II. Sociedad: la ciudad de los extremos 



La sociedad sevillana de mediados del siglo XIX era un crisol de contrastes. Por un lado, una reducida élite aristocrática y burguesa –terratenientes, comerciantes enriquecidos, altos funcionarios– que controlaba el poder económico y social. Por otro, una inmensa masa de jornaleros, artesanos y trabajadores precarios que malvivían al día. 

El drama de la desamortización 

Para entender esa fractura social, hay que retroceder una década. La Desamortización de Mendizábal (1835-1837) había supuesto un golpe brutal para el tejido social sevillano. Decenas de conventos y monasterios fueron expropiados y, con ellos, desapareció la principal red benéfica de la ciudad: hospitales de caridad, escuelas gratuitas, asilos para huérfanos y ancianos. Las órdenes religiosas que los gestionaban fueron expulsadas, y miles de pobres se quedaron sin el único sostén que conocían. 

El resultado fue una pobreza estructural que impactaba a cerca de la mitad de la población. El mendigo era una figura cotidiana en las calles, y la caridad privada (la de las hermandades y las casas nobiliarias) apenas podía tapar el agujero. 

Las condiciones de vida: una ciudad insalubre 

Si la pobreza era visible, la insalubridad lo era aún más. Sevilla carecía de un sistema de alcantarillado moderno. Las aguas residuales corrían por cunetas a cielo abierto o se filtraban en pozos ciegos. Las letrinas eran inexistentes en la mayoría de las viviendas populares; se usaban orinales que se vaciaban desde los balcones, con la consiguiente contaminación de calles y patios. 

Las epidemias eran recurrentes. El cólera, la fiebre amarilla y el tifus azotaban la ciudad cada pocos años. De hecho, los médicos europeos consideraban a Sevilla un "punto negro" sanitario, comparable a las ciudades más insalubres del Imperio Británico en la India. 

En este contexto, un dato que Sánchez Núñez destaca como revelador: el primer inodoro de la ciudad lo instaló el duque de Montpensier en el Palacio de San Telmo en 1849. Un gesto que era, al mismo tiempo, un símbolo de lujo cortesano y una crítica silenciosa al atraso de la urbe. 

El Caballero Metabólico