viernes, 4 de septiembre de 2026

El refugio de caza de los Montpensier: El Palacio de Orleans en Villamanrique de la Condesa

 

Entre las numerosas propiedades que los duques de Montpensier atesoraron en Andalucía, hay una que destaca por su vocación más lúdica y campestre: el Palacio de Orleans en Villamanrique de la Condesa. Concebido como refugio para las temporadas de caza, este edificio se convertiría en el legado de la hija primogénita de los duques, una infanta apasionada por el rejoneo que dio nombre al pueblo que la acogió.

Un palacio para la caza: Los orígenes

A mediados del siglo XIX, los duques de Montpensier, ya instalados en Sevilla, buscaban un lugar donde retirarse durante las temporadas de caza. Encontraron el escenario perfecto en Villamanrique, una pequeña localidad del Aljarafe sevillano, rodeada de dehesas y bosques propicios para la práctica cinegética. 

Sobre una antigua construcción del siglo XVI que había pertenecido a los Manríquez de Zúñiga, los duques mandaron levantar una casa palacio. En el diseño participaron arquitectos franceses, que supieron combinar la tradición de la vivienda rural andaluza con influencias de la estética francesa. El resultado fue un edificio de planta cuadrada organizado en torno a un patio central, con muros encalados y un característico zócalo pintado de azul añil.

El palacio, rodeado de amplios jardines de estilo romántico, fue concebido como un refugio para las temporadas de caza de la familia. En sus jardines, muy similares a los de San Telmo, se intercalaban frutales, setos recortados y plantas ornamentales. El conjunto se completaba con edificaciones auxiliares como cocheras y cuadras, todo ello pensado para albergar a la comitiva ducal durante sus estancias cinegéticas.

La heredera: María Isabel de Orleans, Condesa de París

A la muerte del duque de Montpensier en 1890, la propiedad pasó a su hija primogénita, María Isabel de Orleans y Borbón (1848-1919). La infanta, nacida en el Real Alcázar de Sevilla, había contraído matrimonio en 1864 con su primo Felipe de Orleans, Conde de París, convirtiéndose así en Condesa de París.

María Isabel era una mujer de carácter, apasionada de la caza y del rejoneo. No en vano, el palacio de Villamanrique, concebido originalmente para las temporadas de caza de sus padres, se convirtió en su residencia predilecta. Allí pasaba largas temporadas, disfrutando de las dehesas del Aljarafe y de la vida campestre que tanto amaba.

Fue en este palacio donde falleció el 23 de abril de 1919, a los 70 años de edad. Sus restos fueron trasladados a Inglaterra para ser enterrados en la Capilla real de Dreux, panteón de la familia Orleans.

Un pueblo que honra a su condesa

El vínculo entre la infanta y Villamanrique fue tan profundo que, en 1916, el rey Alfonso XIII decidió cambiar el nombre del municipio de Villamanrique de Zúñiga a Villamanrique de la Condesa en su honor. El nuevo nombre rendía homenaje a su título de Condesa de París, perpetuando así su memoria en la toponimia del pueblo que tanto amó. 

El palacio, que desde entonces se conocería también como Palacio de Orleans o Palacio de Villamanrique de la Condesa de París, se convirtió en un elemento central del desarrollo urbano y económico de la localidad.

Un legado que perdura

La propiedad permaneció en manos de la familia Orleans-Borbón durante generaciones. En 1944, Pedro de Orleans y Braganza, descendiente de la familia, se instaló en la casa palacio, donde residió hasta su fallecimiento en 2007.

En reconocimiento a su valor histórico y artístico, la Junta de Andalucía incoó en 2007 el procedimiento para declarar el Palacio de Orleans como Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de monumento. La declaración, que se hizo extensiva a sus jardines y a todo el espacio circundante, protegía así una de las muestras más significativas del mecenazgo cultural de los duques de Montpensier en la provincia de Sevilla.

Un palacio con historia

El Palacio de Orleans en Villamanrique de la Condesa es mucho más que una residencia campestre. Es el testimonio de una época en la que la aristocracia buscaba en el campo el descanso y la distracción. Es el reflejo del gusto ecléctico de los Montpensier, que supieron combinar la tradición andaluza con la elegancia francesa. Y es, sobre todo, el legado de una infanta que amó tanto este rincón del Aljarafe que el pueblo que la acogió decidió honrarla para siempre en su nombre.

Hoy, sus muros encalados y su patio de mármol blanco siguen en pie, testigos mudos de una historia que comenzó con un duque que soñaba con ser rey y que continuó con una condesa que encontró en la caza y en el campo la felicidad que no siempre halló en las cortes.

Pedrete Trigos

lunes, 31 de agosto de 2026

La casa donde murió el conquistador: El sueño neomudéjar de Montpensier en Castilleja de la Cuesta

 

Antonio de Orleans, duque de Montpensier, era un hombre obsesionado con la historia. No solo quería ser rey de España; también quería rodearse de los ecos del pasado. Por eso, cuando en 1854 adquirió una ruina en Castilleja de la Cuesta, no compró una simple propiedad: compró la leyenda. Allí, en aquel edificio derruido, había muerto Hernán Cortés, el conquistador de México. Montpensier, que coleccionaba antigüedades mexicanas y soñaba con el poder, convirtió aquel lugar en un palacio neomudéjar que aún hoy sigue en pie, aunque su historia haya tomado caminos insospechados.



Una ruina con historia: La compra de 1854

Cuando Antonio de Orleans puso sus ojos en la propiedad de Castilleja de la Cuesta, el edificio no era el palacio que vemos hoy. Era, simplemente, una ruina. Pero no una ruina cualquiera.

El edificio original databa del siglo XVI. Había sido construido con un aspecto de fortaleza, con gruesos muros de ladrillo y almenas. Y, según la tradición, había sido el lugar donde Hernán Cortés, el conquistador del Imperio Azteca, había pasado sus últimos días y había fallecido en 1547.

Para Montpensier, aquella ruina era un tesoro. No solo por su valor histórico, sino por lo que representaba: la conexión con el imperio español, con América, con el poder. El duque, que coleccionaba objetos mexicanos y soñaba con reinar, no podía dejar escapar aquella oportunidad.

Compró la propiedad en 1854 y emprendió una rehabilitación integral. No era una simple restauración: era una transformación. Montpensier no quería conservar las ruinas; quería convertirlas en un palacio acorde con su rango, una residencia de primavera y verano que reflejara su exquisito gusto y su amor por la historia. 

La metamorfosis neomudéjar

La reforma fue tan profunda que el edificio cambió por completo su aspecto. Montpensier, que ya había utilizado el estilo neomudéjar en su palacio de Sanlúcar, repitió la fórmula. El resultado fue una casa-palacio de ladrillo visto, arcos y detalles orientalizantes, una exaltación del arte islámico y mudéjar que tanto fascinaba al duque.

Pero no solo cambió la fachada. El interior también fue transformado para albergar la obsesión más personal del duque: su colección de antigüedades mexicanas.

Montpensier, culto y viajado, había reunido a lo largo de los años una importante colección de objetos, pinturas, grabados, libros y muebles relacionados con México. No era un capricho: era una declaración de intenciones. El duque, que aspiraba al trono de España, quería rodearse de los símbolos del imperio que había conquistado América.

Y qué mejor lugar para exhibir aquella colección que la casa donde había muerto el propio Cortés. El duque creó en el palacio una "Sala Hernán Cortés", donde exponía sus tesoros. Era su forma de rendir homenaje al conquistador y, al mismo tiempo, de reivindicar su propia conexión con la historia de España.

Dote real: La casa de Cortés en manos de la Corona

El duque de Montpensier no pudo disfrutar de su palacio durante demasiado tiempo. En 1878, su hija María de las Mercedes de Orleans contrajo matrimonio con el rey Alfonso XII. Y el duque, que siempre había soñado con ver a su hija en el trono, entregó la casa de Hernán Cortés como parte de la dote de la novia.

El valor total de la dote se cifró en un millón y medio de pesetas, incluyendo esta propiedad y otras alhajas. La reina Mercedes, que solo reinó unos meses, falleció en 1878, y el palacio pasó a ser propiedad de la Corona.

Las Madres Irlandesas: De palacio real a colegio

Tras la muerte de Alfonso XII en 1885, su hijo Alfonso XIII aún era menor de edad. La reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena fue quien gestionó el futuro del inmueble. Y su decisión fue tan sorprendente como trascendental: ceder el palacio a las religiosas del Institute of the Blessed Virgin Mary, conocidas como las Madres Irlandesas.

Las negociaciones las llevó a cabo la Madre Stanislaus Murphy con la propia reina regente. Y el 29 de septiembre de 1889, festividad de San Miguel, se inauguró el Colegio de las Irlandesas en el antiguo palacio de Hernán Cortés.

En 1903, la propiedad pasó a ser definitivamente de la orden religiosa. Y desde entonces, el edificio ha sido la sede del colegio, que sigue en funcionamiento en la actualidad.

Pero la historia de la colección de Montpensier no terminó con la llegada de las monjas.

La colección Montpensier y la Exposición de 1929

Cuando las Madres Irlandesas se instalaron en el palacio en 1903, la colección de antigüedades mexicanas del duque fue trasladada al Real Alcázar de Sevilla. Allí permaneció durante décadas, lejos de la casa donde había sido creada.

Pero en 1928, en el contexto de los preparativos para la Exposición Iberoamericana de 1929, la colección regresó a su ubicación original en Castilleja de la Cuesta. Es muy probable que estas piezas, que narraban la historia del México prehispánico y de la conquista, formaran parte de las muestras y actividades que se organizaron para el evento, que celebraba los lazos entre España y sus antiguas colonias.

Tras un breve regreso a Castilleja, la colección fue finalmente depositada en el Archivo General de Indias de Sevilla en 1933, donde hoy descansa como testimonio de la obsesión coleccionista de un duque que nunca llegó a ser rey.

Un palacio que sigue vivo

La casa de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta es mucho más que un edificio histórico. Es un lugar donde se cruzan las historias de un conquistador, un duque ambicioso, una reina efímera y una comunidad religiosa que ha sabido preservar su legado.

Hoy, el edificio sigue siendo la sede del Colegio de las Irlandesas, y sus muros neomudéjares siguen en pie, testigos de una historia que comenzó en el siglo XVI y que aún no ha terminado de escribirse.

Quizá, algún día, cuando paseemos por Castilleja de la Cuesta y admiremos aquella fachada de ladrillo visto, recordemos que detrás de ella hay una historia de sueños, de fracasos, de colecciones y de fe. Una historia que, como la del duque de Montpensier, merece ser contada.

Pedrete Trigos