domingo, 1 de marzo de 2026

Madame d'Aulnoy: La mujer que inventó los cuentos de hadas y se convirtió en mito

 

Introducción: Un personaje de leyenda



Hubo una vez una mujer que pudo haber sido un hada. Su vida fue tan azarosa, tan llena de conspiraciones, huidas, exilios y regresos triunfales, que bien podría haber salido de uno de sus propios cuentos. Se llamaba Marie-Catherine Le Jumel de Barneville, pero el mundo la conocería como Madame d'Aulnoy, la mujer que inventó los cuentos de hadas.

En los salones parisinos de finales del siglo XVII, donde las mujeres cultivaban el arte de la conversación y disputaban con los hombres el derecho a la palabra, a ella la llamaban simplemente "el Hada" . No era un título menor. En una época en que las mujeres tenían vedado el acceso a la universidad, a la academia, a casi todas las instituciones del saber, aquellas escritoras que se reunían en los salones —las conteuses, las cuentacuentos— encontraron en la figura del hada un alter ego, una forma de reivindicar su propio poder creador. Y ninguna encarnó ese ideal como Marie-Catherine d'Aulnoy.

Porque Madame d'Aulnoy no fue solo una escritora de cuentos. Fue la creadora del género, la mujer que acuñó el término "conte de fées" (cuento de hadas) y la primera que dio a la literatura ese universo maravilloso que hoy asociamos automáticamente con Disney, con Perrault, con los hermanos Grimm . Sus historias —"El pájaro azul", "La gata blanca", "La bella de los cabellos de oro"— poblaron la imaginación europea durante siglos, y sin embargo, su nombre ha quedado injustamente ensombrecido por el de su contemporáneo Charles Perrault.

Este artículo quiere devolver a Madame d'Aulnoy al lugar que le corresponde: no como una mera precursora, no como una curiosidad erudita, sino como la mujer que inventó un género y, al hacerlo, se convirtió ella misma en un personaje de leyenda.


Una vida de novela: La conspiración, el exilio y el regreso

Para entender a Madame d'Aulnoy escritora, hay que conocer primero a Madame d'Aulnoy mujer. Y su biografía, lo hemos anticipado, es material de cuento.

Nacida hacia 1650 en el seno de la nobleza normanda, Marie-Catherine fue casada a los quince años con un hombre treinta años mayor que ella, el barón d'Aulnoy, un noble libertino y jugador que dilapidó buena parte de su fortuna . El matrimonio fue un desastre. A los diecinueve años, Marie-Catherine se vio envuelta en un escándalo mayúsculo: su madre y ella conspiraron para acusar falsamente al barón de traición al rey. El plan fracasó. Los dos hombres que presentaron la acusación —presuntos amantes de madre e hija— fueron ejecutados, y Madame d'Aulnoy hubo de huir de Francia para salvar la vida .

Comienza entonces el periodo más misterioso de su existencia. Se refugió primero en Inglaterra, luego en los Países Bajos y, según ella misma contaría después, en España. Pero de esos años apenas tenemos certezas. La historiadora Elvira Roca Barea lo resume así: "no hay constancia documental de la presencia de la baronesa en tierras españolas. Nadie la menciona y esto resulta raro. Ella nombra a mucha gente importante en aquel tiempo que dice haber conocido en España, pero nadie la nombra a ella". El viaje a España pudo ser real, pudo ser inventado, pudo ser una mezcla de experiencias propias, lecturas y conversaciones con viajeros. Poco importa. Lo relevante es que cuando regresó a París hacia 1685, Madame d'Aulnoy traía consigo el material para dos libros que serían un éxito inmediato: sus Memorias de la corte de España y su Relación del viaje de España .

De vuelta en París, estableció un salón literario en su casa de la rue Saint-Benoît. Allí se reunían aristócratas, escritores, príncipes. Y fue en ese ambiente, en esa atmósfera de conversación ingeniosa y juego intelectual, donde Madame d'Aulnoy encontró su verdadera vocación: contar historias.


La invención de un género: Las hadas toman la palabra

Corría el año 1690. Madame d'Aulnoy publicó su primera novela, Histoire d'Hypolite, comte de Duglas. En medio de sus páginas, como un juego, como un divertimento, insertó un relato: "La isla de la felicidad". Era un cuento de hadas. Y era, según los estudiosos, el primer cuento de hadas literario publicado en Francia .

Lo que vino después fue una auténtica explosión. En 1697, d'Aulnoy comenzó a publicar su colección Les Contes des Fées, que alcanzaría ocho volúmenes y veinticinco cuentos . Títulos como "Gracieuse et Percinet", "L'Oiseau bleu", "Le Rameau d'or", "L'Oranger et l'abeille" poblaron las bibliotecas de la aristocracia francesa y, pronto, de toda Europa.

Pero hay un detalle crucial que la historia literaria ha tendido a olvidar: cuando Charles Perrault publicó sus Historias o cuentos del tiempo pasado (1697), con su célebre "Caperucita", "La bella durmiente" y "Cenicienta", Madame d'Aulnoy ya había publicado varios de sus cuentos y, sobre todo, ya había dado nombre al género. Fue ella quien acuñó la expresión "conte de fées" . Fue ella quien estableció el modelo del cuento de hadas literario: extenso, complejo, lleno de digresiones, de personajes secundarios, de descripciones fastuosas. Perrault escribía cuentos breves, concisos, de cinco a diez páginas. D'Aulnoy escribía novelas en miniatura, de treinta, cuarenta páginas o más, con tramas secundarias, con moralejas explícitas, con una sofisticación narrativa que nada tenía que envidiar a la gran literatura .

Los números hablan por sí solos. D'Aulnoy escribió veinticinco cuentos de hadas; Perrault, diez . Pero lo más revelador es lo que ocurrió después. Entre 1700 y 1739, se publicaron en Gran Bretaña más obras de Madame d'Aulnoy que de cualquier otro autor francés, hombre o mujer . Sus cuentos se reimprimieron una y otra vez a lo largo del siglo XVIII, circularon en ediciones populares a través de la Bibliothèque bleue, y sus relatos individuales vieron al menos dieciocho ediciones, frente a solo ocho de los cuentos de Perrault . Durante décadas, cuando los lectores europeos pensaban en cuentos de hadas, pensaban en Madame d'Aulnoy.


Las hadas como espejo: La mujer y la escritora

¿Por qué las mujeres de los salones parisinos —las précieuses, las conteuses— se sintieron tan identificadas con las hadas? La respuesta nos la da la investigadora Vicenta Garrido Carrasco: "Establecer la correlación entre la varita del hada y la pluma de la mujer escritora supuso pasar al poder del 'y dicho y hecho', consiguiendo cambiar la tradición literaria masculina que controlaba el discurso, ostentaba el poder y les negaba la posibilidad de escribir y ser autoras" .

El hada, en la tradición popular, era una figura de poder. Podía conceder dones, transformar la realidad, intervenir en el destino de los humanos. Las escritoras del siglo XVII, excluidas de las instituciones del saber, se apropiaron de esa figura y la convirtieron en un alter ego. Escribir cuentos de hadas era, para ellas, un acto de reivindicación. Era tomar la palabra en una sociedad que les negaba la voz. Era demostrar que podían crear mundos, construir imaginarios, competir con los hombres en el terreno de la literatura.

Madame d'Aulnoy llevó esta identificación hasta sus últimas consecuencias. En los salones, sus colegas la llamaban "el Hada" . Y ella, en sus cuentos, creó hadas que se parecían sospechosamente a las mujeres de su tiempo: inteligentes, elocuentes, capaces de manejar los hilos del destino con la misma destreza con que las précieuses manejaban la conversación. Como señala Lía Mallol de Albarracín, "tras unas composiciones aparentemente infantiles y superficiales, se esconde una cosmovisión adelantada acerca de la mujer, de la sociedad y de la relación entre los sexos" .

Los cuentos de d'Aulnoy no son historias para niños. Son, ante todo, artefactos literarios complejos, llenos de ironía, de referencias cultas, de juegos con la tradición. Sus protagonistas femeninas no son princesas pasivas que esperan ser rescatadas; son mujeres activas, inteligentes, que toman decisiones, que negocian su destino, que a menudo son ellas quienes rescatan a los príncipes. En "La gata blanca", por ejemplo, la protagonista es un ser poderoso que gobierna un reino subterráneo y pone a prueba al héroe con una serie de tareas, invirtiendo los roles tradicionales del cuento de hadas. En "El pájaro azul", la princesa Florina debe luchar contra la malvada reina madre y demostrar su valía, en un relato que cuestiona las estructuras de poder establecidas.


La querella de los antiguos y los modernos: Una batalla literaria

Para entender la importancia de Madame d'Aulnoy en su tiempo, hay que situarla en el contexto de la Querella de los Antiguos y los Modernos, ese gran debate intelectual que agitó la Francia de finales del siglo XVII. De un lado, los "Antiguos" defendían la superioridad de los autores clásicos grecolatinos. Del otro, los "Modernos" reivindicaban la capacidad de su época para crear una literatura tan valiosa como la de la Antigüedad.

Charles Perrault fue uno de los líderes de los Modernos. Sus cuentos de hadas, con su aparente sencillez y su reivindicación de las tradiciones populares francesas, eran una declaración de principios: lo moderno, lo francés, lo popular podía ser tan valioso como lo antiguo. Pero las conteuses, y muy especialmente Madame d'Aulnoy, llevaron esta reivindicación un paso más allá .

Frente a la aparente sencillez de Perrault, d'Aulnoy cultivó un estilo mucho más sofisticado, con tramas complejas, numerosos personajes, digresiones y referencias cultas. Frente a su reivindicación de lo popular, ella buscó fuentes más prestigiosas: los trovadores medievales, las novelas de caballerías, incluso los clásicos grecolatinos, pero reinterpretados desde una óptica femenina . Su cuento "Gracieuse et Percinet", por ejemplo, retoma el mito de Psique y Cupido —esa historia de Apuleyo que Perrault había criticado por inmoral y oscura— y le da una nueva vida, un nuevo sentido, una nueva moraleja .

Lo que d'Aulnoy estaba haciendo, en el fondo, era reivindicar el derecho de las mujeres a participar en la gran tradición literaria. No como imitadoras pasivas, sino como creadoras activas capaces de transformar esa tradición desde dentro. Sus cuentos son, a la vez, entretenimiento y teoría literaria, narración y manifiesto. En ellos, las hadas no solo reparten dones: también discuten sobre poesía, sobre amor, sobre el arte de contar historias.


Un legado europeo: De Hamilton a los hermanos Grimm

La influencia de Madame d'Aulnoy se extendió por toda Europa durante los siglos XVIII y XIX. En Francia, escritores como Antoine Hamilton y Anne-Claude de Caylus parodiaron y homenajearon sus cuentos. El título mismo de la colección póstuma de Caylus, Todo llega a su tiempo para quien sabe esperar, o Cadichon, seguido de Jeannette o la indiscreción, lleva el elocuente subtítulo: Para servir de suplemento a los Cuentos de hadas de Madame d'Aulnoy (1775) .

En Gran Bretaña, sus cuentos se tradujeron y adaptaron innumerables veces. En 1773, el editor Francis Newbery publicó Las historias de mamá Bunch (Mother Bunch's Fairy Tales), una colección de cuentos de d'Aulnoy pensada explícitamente para niños. El personaje de "Mamá Bunch" era el equivalente inglés de la "Mamá Oca" que Perrault había popularizado, y durante décadas los niños británicos crecieron leyendo las historias de d'Aulnoy sin saber que eran suyas .

En el siglo XIX, el gran estudioso del folclore Andrew Lang incluyó numerosos cuentos de d'Aulnoy en sus célebres colecciones de cuentos de hadas. El dramaturgo J. R. Planché adaptó sus historias para los teatros londinenses y publicó una traducción de sus cuentos en 1855, en la que confesaba: "He hecho tantas libertades al llevarlos a la escena que en esta ocasión he querido ser lo más fiel posible al original para tranquilizar mi conciencia" .

Incluso los hermanos Grimm, en su célebre colección de cuentos populares alemanes, incluyeron versiones de historias que, en última instancia, procedían de d'Aulnoy. Y cuando Disney, en el siglo XX, adaptó "La bella durmiente" o "Cenicienta", lo hizo a partir de Perrault, sí, pero también de una tradición en la que d'Aulnoy había sido tan importante como su colega masculino .


El hada y la escritora: La construcción de un mito

Hay algo fascinante en la forma en que Madame d'Aulnoy fue percibida por sus contemporáneos. No era solo una escritora. Era "el Hada". Sus amigos y colegas la veían como una criatura casi sobrenatural, dotada de un poder especial para encantar con la palabra. En los salones, sus cuentos se recibían como pequeñas maravillas, como objetos preciosos salidos de una mente privilegiada.

Esta identificación entre la autora y sus criaturas fantásticas no es casual. Las hadas de d'Aulnoy son, en muchos sentidos, proyecciones de sí misma: mujeres poderosas que manejan los hilos del destino con inteligencia y astucia, que castigan a los malvados y recompensan a los buenos, que crean mundos paralelos donde rigen otras leyes. La varita mágica del hada es el equivalente de la pluma de la escritora. Ambas transforman la realidad. Ambas crean belleza. Ambas imponen un orden superior.

Pero hay también algo de trágico en esta identificación. Porque el hada, en la tradición, es también una figura ambigua. Puede ser benéfica o maléfica, puede conceder dones o lanzar maldiciones. Y Madame d'Aulnoy, a lo largo de su vida, experimentó esa ambigüedad: fue amada y odiada, admirada y perseguida, celebrada y olvidada.

Después de su muerte, ocurrida hacia 1705, su nombre fue cayendo gradualmente en el olvido. Perrault, con sus cuentos más breves, más accesibles, más fáciles de adaptar para niños, terminó imponiéndose en el imaginario popular. Durante los siglos XIX y XX, los cuentos de d'Aulnoy se siguieron leyendo, sí, pero a menudo sin nombre de autora, como parte de ese caudal anónimo de la tradición popular. Fue solo a finales del siglo XX y principios del XXI cuando la crítica feminista comenzó a recuperar su figura, a reivindicar su papel pionero, a devolverle el lugar que le corresponde en la historia de la literatura.


Conclusión: La varita y la pluma

Hoy, cuando pensamos en cuentos de hadas, pensamos en Disney, en Perrault, en los hermanos Grimm. Rara vez pensamos en Madame d'Aulnoy. Y sin embargo, sin ella, el género tal vez no existiría como lo conocemos. Fue ella quien le dio nombre. Fue ella quien estableció el modelo del cuento de hadas literario. Fue ella quien demostró que las mujeres podían escribir, y escribir bien, y ser leídas, y ser admiradas, y competir con los hombres en igualdad de condiciones.

La vida de Madame d'Aulnoy fue un cuento de hadas con final feliz, pero también con muchos peligros en el camino. Sobrevivió a una conspiración, a un exilio, a un matrimonio desgraciado. Construyó una carrera literaria desde cero. Se convirtió en el centro de uno de los salones más prestigiosos de París. Inventó un género. Y cuando murió, dejó tras de sí veinticinco cuentos que han seguido fascinando a lectores de todas las edades durante más de tres siglos.

La varita del hada y la pluma de la escritora. Madame d'Aulnoy manejó ambas con la misma destreza. Y al hacerlo, abrió un camino que muchas otras mujeres recorrerían después. Por eso merece ser recordada. No como una curiosidad erudita, no como una nota al pie en la historia de Perrault, sino como lo que fue: la mujer que inventó los cuentos de hadas y se convirtió, ella misma, en un personaje de leyenda.

Como escribió Vicenta Garrido Carrasco: "Mme d'Aulnoy como mujer escritora recuperó y se apropió del personaje del hada, y ambas —mujer y hada—, desde el cuento, abrieron nuevas posibilidades para las aspiraciones femeninas como figuras modernas del feminismo de su tiempo" . En sus páginas, las mujeres aprendieron a soñar con otros mundos posibles. Y en su vida, nos enseñó que una mujer puede, efectivamente, cambiar el mundo con solo tomar la palabra.


Bibliografía citada

  • BOTTIGHEIMER, Ruth B. "Marie-Catherine d'Aulnoy's 'White Cat' and Hannā Diyāb's 'Prince Ahmed and Pari Banou': Influences and Legacies". Marvels & Tales, vol. 35, n. 2, 2022. 

  • DUGGAN, Anne E. "Marie-Catherine d'Aulnoy's Eighteenth-Century Legacy: The Case of Hamilton and Caylus". Féeries, 2024. 

  • GARRIDO CARRASCO, Vicenta. Mujeres y hadas: desde el cuento a las reivindicaciones femeninas. Universidad de Jaén, 2015. 

  • GARRIDO CARRASCO, Vicenta. Las hadas en los cuentos de Perrault y de Madame d'Aulnoy. Tesis doctoral, Universidad de Jaén, 2014. 

  • MALLOL DE ALBARRACÍN, Lía. "Las salonnieres del siglo XVII en Francia y los cuentos de hadas de Madame D'Aulnoy". Revista Melibea, vol. 14, 2020. 

  • TAYLOR, Helena. "Ancients and Moderns: Conteuses as Literary Critics". Women Writing Antiquity: Gender and Learning in Early Modern France. Oxford University Press, 2024. 

domingo, 22 de febrero de 2026

Los Bals des Victimes: Cuando el baile era una forma de duelo

 Imaginemos por un momento el París de 1797. Hace apenas tres años, la guillotina en la Plaza de la Revolución ha dejado de segar vidas a un ritmo frenético. El Terror ha terminado, pero su eco atronador resuena en cada familia, en cada salón, en el alma misma de la ciudad. Es en este paisaje de trauma colectivo donde surge, como un hongo extraño después de la tormenta, uno de los fenómenos sociales más contradictorios y fascinantes de la historia: los Bals des Victimes, los Bailes de las Víctimas.


La imagen romántica y gótica que nos ha llegado —criptas tenebrosas, cintas rojas en el cuello, una alegría macabra— es en gran parte un mito construido por la literatura del siglo XIX. La realidad, verificada por cartas de diplomáticos como el inglés Henry Swinburne y por la prensa de la época, fue más íntima, más compleja y humana. No se bailaba en cementerios, sino en salones privados de mansiones parisinas. La entrada no era para cualquiera: se requería un pasaporte de dolor: haber perdido a un padre, una madre, un hermano en el cadalso. Era una reunión de supervivientes.

Un ritual de supervivencia

Al cruzar el umbral de uno de estos salones, el contraste era desgarrador. La música, alegre y vibrante, llenaba el aire. Se bailaba el vals, esa danza importada de Alemania que, por su íntimo contacto físico, era un escándalo de libertad tras la rigidez moral del Terror. Las parejas giraban, pero sus gestos estaban cargados de un código nuevo.

Los asistentes, jóvenes en su mayoría, habían transformado su duelo en una estética revolucionaria. Eran los Incroyables y las Merveilleuses. Ellos llevaban el cabello cortado à la Titus, desordenado y corto, imitando el corte que recibían los condenados antes de la ejecución. Sus cuellos iban envueltos en enormes corbatas, y ellas se vestían con ligeros vestidos à la grecque de muselina blanca, un blanco níveo que era tanto moda neoclásica como posible color de luto. El saludo entre ellos no era una reverencia, sino un movimiento brusco y seco de la cabeza hacia adelante y hacia atrás, una mímica escalofriante y compartida del golpe de la cuchilla.

¿Era esto una celebración cínica? La historiografía más rigurosa lo interpreta más bien como una catarsis colectiva. No se bailaba por los muertos, sino a pesar de la muerte. Era un intento desesperado y neurótico de reafirmar la vida, la juventud y la belleza en un mundo que había mostrado su rostro más absurdo y cruel. En esos salones, el luto privado se hacía público y se compartía. El trauma, en lugar de esconderse, se llevaba como un emblema, casi como un desafío.

La creación de un mito

La vida de estos bailes fue breve, quizá apenas dos o tres temporadas entre 1796 y 1798. Pero su leyenda sería larga. Autores románticos como Alexandre Dumas o Jules Janin, ávidos de drama e imágenes potentes, tomaron el núcleo histórico y lo vistieron con elementos góticos. En sus relatos, los bailes se trasladaron a capillas desacralizadas, se añadieron cintas rojas al cuello como símbolo explícito de la guillotina, y la atmósfera se volvió de una decadencia morbosa y deliberada.

Así, los Bals des Victimes adquirieron una doble naturaleza: fueron un hecho social real y, al mismo tiempo, se convirtieron en el mito histórico perfecto para representar la locura y el desenfreno del Directorio. Esta leyenda fue útil tanto para los moralistas que veían en ella la podredumbre de la República, como para los nostálgicos del Antiguo Régimen que la usaban como prueba de la degradación revolucionaria.

El eco de un grito ahogado

Hoy, más de dos siglos después, los Bals des Victimes nos hablan de los mecanismos íntimos con los que una sociedad intenta curarse. Nos muestran cómo el dolor, cuando es demasiado vasto para el llanto individual, puede buscar salida en el ritual colectivo, incluso en uno tan paradójico como un baile.

No fueron una fiesta de la muerte, sino un torpe y afectado baile por la vida, protagonizado por una generación de jóvenes que tuvo que aprender a bailar sobre las cenizas de su mundo. Su historia, despojada de los adornos góticos, nos recuerda que a veces la resiliencia adopta formas extrañas, y que la elegancia más estudiada puede ser, en el fondo, la coraza más frágil contra el horror.

Para saber más: La información se basa en el análisis de fuentes primarias como memorias de la época (duquesa de Tourzel), prensa del Directorio (Le Miroir) y la correspondencia de diplomáticos, contrastada con la historiografía moderna que separa el hecho del mito literario.

Pedrete Trigos

domingo, 15 de febrero de 2026

La Junta de Damas de Cádiz: Una brecha en el muro del siglo XIX

 En el Cádiz de la década de 1820, una ciudad aún resonante con los ecos del liberalismo de las Cortes y agitada por las convulsiones políticas del reinado de Fernando VII, un grupo de mujeres comenzó a redefinir silenciosamente los límites de lo posible. La Junta de Damas de Cádiz, formalmente constituida el 8 de marzo de 1827 como la Quinta Clase de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, no fue un mero apéndice benéfico. Fue un experimento social singular donde mujeres de la nobleza y la alta burguesía negociaron, desde los márgenes del sistema, un espacio de acción pública, autoridad administrativa e identidad colectiva. En un siglo que construyó ideológicamente el "ángel del hogar" como destino femenino, estas gaditanas utilizaron precisamente los valores asociados a la maternidad —el cuidado, la educación, la caridad— para salir de ese hogar y gestionar escuelas, reformar instituciones y dirigir informes a las máximas autoridades. Su historia es la de una resistencia práctica, una forma de ensanchar la esfera femenina sin declarar una guerra frontal contra los cimientos patriarcales de la sociedad decimonónica, pero socavándolos con cada inspección escolar y cada memoria técnica presentada.

Los cimientos: Guerra, epidemia y un modelo ilustrado

La singularidad de la Junta de Cádiz radica en sus raíces inmediatas, forjadas no en la tranquilidad de un salón, sino en la emergencia de la guerra y la enfermedad. Su antecedente directo fue la Sociedad Patriótica de Señoras de Fernando VII, activa en el Cádiz sitiado durante la Guerra de la Independencia (1811-1814). Presidida por la marquesa de Villafranca, María Tomasa Palafox, esta organización demostró la capacidad de gestión de las mujeres de élite, recaudando fondos, organizando la confección de vestuario para las tropas y estableciendo redes de colaboración que trascendían lo meramente asistencial. Esta experiencia resultó fundacional.

Poco después, en 1819, una devastadora epidemia de fiebre amarilla asoló la ciudad. Un grupo de estas mismas señoras se organizó nuevamente para atender a las enfermas en el Hospital de Mujeres, adquiriendo un conocimiento directo y doloroso de las carencias sanitarias y sociales de la población. Estos dos episodios —la movilización patriótica y la respuesta humanitaria— les proporcionaron una experiencia organizativa y una legitimidad pública que fueron la base sobre la que se construiría la Junta formal años después. No partían de cero: su modelo institucional lo tomaban de la Junta de Damas de Honor y Mérito de Madrid, creada en 1787 como solución al debate sobre la admisión de mujeres en las Sociedades Económicas. Sin embargo, las gaditanas aportaron una impronta marcada por la urgencia y el pragmatismo aprendido en la crisis.

Una institución con dos pilares: La Escuela y la Casa de Expósitos

La Junta de Damas de Cádiz, una vez constituida, concentró sus esfuerzos en dos ámbitos que eran socialmente aceptables como extensión del rol doméstico femenino, pero que ejerció con una ambición transformadora: la educación de las niñas pobres y la protección de la infancia abandonada.

En 1827, el mismo año de su fundación, establecieron una Escuela Gratuita de Niñas. El plan de estudios, aunque limitado por los estándares actuales, era revolucionario para las hijas de las clases humildes. Junto a las "labores propias de su sexo" como la costura y el bordado —destinadas a garantizarles un oficio—, se enseñaba lectura, escritura, doctrina cristiana y aritmética básica. La escuela fue un éxito inmediato, superando todas las previsiones de matrícula y obligando a un traslado a un local más amplio. Su impacto fue tal que el Ayuntamiento, reconociendo la eficacia de la gestión femenina, terminó por financiar tres escuelas municipales adicionales para niñas y dos para párvulos, poniéndolas bajo la tutela e inspección de la Junta de Damas. Este fue un hito crucial: mujeres que inspeccionaban y dirigían un servicio público, presentando informes y exigiendo mejoras a las autoridades municipales.

El segundo pilar fue la Casa de Expósitos, de la que la Junta se hizo cargo por Real Orden en 1829. Este establecimiento, conocido antes de su llegada como "la mansión de la muerte" por su espeluznante tasa de mortalidad infantil, se transformó bajo su dirección. Introdujeron protocolos sanitarios modernos: separaron a los niños enfermos de los sanos para evitar contagios, dotaron al centro de supervisión médica constante y revolucionaron el sistema de nodrizas. No solo las supervisaban dentro de la institución, sino que enviaban a las propias damas a inspeccionar los hogares de las "amas de cría externas" en los distintos barrios de Cádiz y de localidades de la provincia como San Fernando o Algeciras. La marquesa de Casa-Laiglesia en el barrio del Rosario o la marquesa de Casa Rábago en el barrio de La Viña se convirtieron en una presencia habitual, transgrediendo así la geografía social asignada a su clase y género.

El liderazgo prolongado: María Josefa Fernández de Rábago

La historia de la Junta está indisolublemente ligada a la de su presidenta fundadora, María Josefa Fernández de Rábago y O'Ryan, II marquesa de Casa Rábago. Su mandato, que se extendió desde 1827 hasta su muerte en 1861, fue uno de los más prolongados y determinantes en el asociacionismo femenino español del siglo XIX. Su figura encarna las paradojas y los logros de este movimiento.

Nacida en una familia de la élite comercial gaditana con conexiones transatlánticas, heredó el título y una considerable fortuna inmobiliaria. Su activismo comenzó, como el de sus compañeras, durante la Guerra de la Independencia en la Sociedad de Señoras de Fernando VII, donde su madre ejerció como vicepresidenta. Al frente de la Junta, combinó una piedad tradicional con un pragmatismo administrativo excepcional. Gestionó presupuestos, negoció con el Ayuntamiento y la Sociedad Económica matriz, y mantuvo una extensa red epistolar con otras mujeres ilustradas, como la duquesa de Osuna. Su liderazgo no fue el de una rebelde que rechazaba su mundo, sino el de una mujer que utilizó los recursos de su privilegiada posición (económico, social, cultural) para crear un ámbito de utilidad pública y, en el proceso, de autonomía femenina. A su muerte, en un gesto simbólico de su vida entera, dispuso que su féretro fuese acompañado por niños de la Casa de Expósitos.

Legado y contradicciones: La emancipación dentro del marco

La trayectoria de la Junta de Damas de Cádiz culmina con su emancipación institucional. En 1858, tras un conflicto con la Sociedad Económica matriz, lograron separarse y constituirse como la Real Junta de Damas de Cádiz, nombre que consolidaron tras la visita de la reina Isabel II en 1862. Este paso formalizaba una independencia real que ya ejercían desde hacía tiempo.

Su legado es profundo pero matizado. Fueron precursoras fundamentales del asociacionismo femenino y de la profesionalización de la beneficencia pública. Sus informes y su modelo de gestión influyeron en leyes como la de Beneficencia de 1849 y sentaron las bases para que otras mujeres pensaran en la acción social como un campo de desarrollo propio. Sin embargo, es importante reconocer sus límites históricos. Su acción no cuestionaba el orden social de clases; al contrario, partía de una visión paternalista donde la dama ilustrada guiaba y educaba a la pobre. Tampoco pretendía una igualdad política o jurídica para todas las mujeres. Su lucha fue, sobre todo, por un espacio de agencia y competencia dentro de un sistema que las relegaba.

En definitiva, la Junta de Damas de Cádiz no escribió manifiestos feministas radicales, pero construyó escuelas que alfabetizaron a centenares de niñas. No derribó el patriarcado, pero demostró que las mujeres podían administrar instituciones complejas y presentar cuentas al Estado. Su historia es la de una fisura que se abre lentamente en el muro de las convenciones del siglo XIX. Desde esa fisura, estas mujeres no solo ofrecieron caridad, sino que, sobre todo, se ofrecieron a sí mismas un nuevo papel en la historia: el de agentes con voz, capacidad y una incipiente identidad colectiva que anunciaba los cambios por venir. Su mayor triunfo fue, quizás, convertir la virtud doméstica en una herramienta para habitar el mundo.

Pedrete Trigos

domingo, 8 de febrero de 2026

La luz tenue de los salones: mujeres e Ilustración en la España del siglo XVIII

Cuando pensamos en la Ilustración, la mente viaja a los brillantes salones de París, donde mujeres como Madame Geoffrin tejían redes de ideas entre philosophes y nobles. Era una institución poderosa, un motor de la opinión pública que aceleraría hacia la Revolución. Pero, ¿qué ocurría al sur de los Pirineos? La historia de los salones ilustrados españoles es más discreta, un susurro elegante frente al debate francés, pero no por ello menos fascinante. Su estudio nos habla no de una institución consolidada, sino de los límites y las astucias con las que las mujeres de élite navegaron un mundo que las declaraba “perpetuas menores de edad”.


El contraste con Francia es el primer dato ineludible. Mientras en París el salón era un eje cultural reconocido, en España nos encontramos con ecos, referencias y tertulias cuya frecuencia e influencia concreta son más difíciles de rastrear. Esto no significa que fueran un mito, sino que florecieron en un suelo menos abonado. La sociedad española, más tradicional y con una esfera pública menos desarrollada, no ofrecía el mismo caldo de cultivo. El foco de la Ilustración patriótica se posó, en gran medida, en figuras individuales excepcionales antes que en una red colectiva.

Pensemos en Josefa Amar y Borbón, una erudita que defendió con lucidez la educación femenina desde la Real Sociedad Económica Aragonesa, o en María Isidra de Guzmán, “La Doctora de Alcalá”, quien obtuvo un doctorado por gracia real. Ambas fueron faros, pero su luz, como señala la historiografía, difícilmente traspasó los círculos eruditos. Su excepcionalidad confirma la regla: el camino fue más solitario que colectivo.

Para entender por qué, debemos mirar el paisaje general de la alfabetización, un mapa de profundas desigualdades. En un siglo donde el analfabetismo era la norma, la brecha entre géneros era abismal. Estudios basados en firmas notariales revelan que, en las ciudades, quizás la mitad de los hombres sabía firmar, frente a solo un 20% de las mujeres. En el campo, la cifra femenina se acercaba a cero. Incluso dentro de la élite, la educación de una mujer noble solía limitarse a la religión, las labores domésticas y, en el mejor de los casos, a la lectura. Encontrar a una marquesa incapaz de firmar no era una rareza. Así, cualquier espacio de discusión ilustrada y femenino era, por fuerza, un fenómeno minoritario y extraordinario.

Dentro de estos estrechos márgenes, sin embargo, la mujer de élite ejerció una influencia tangible, actuando como puente esencial entre el ámbito privado y las nuevas ideas. Su poder no se ejercía desde la tribuna, sino desde la discreta eficacia de la sociabilidad y el mecenazgo.

El salón, refugio de la conversación ilustrada
Aunque menos formalizados, existieron círculos notables. La condesa-duquesa de Benavente, María Josefa Pimentel, convirtió su palacio en un centro donde se mezclaban literatos, científicos, artistas como Goya —su principal mecenas— e incluso toreros, bajo un “entusiasmo por la estimulación intelectual”. La marquesa de Sarriá mantenía una tertulia famosa por congregar a políticos reformistas, un semillero de ideas liberales. Y la condesa de Montijo, María Francisca de Sales Portocarrero, presidía un salón de tono serio, dedicado a debates filosóficos y religiosos.

Estos espacios funcionaban con una etiqueta deliberada. La anfitriona, con tacto y elegancia, dirigía la conversación, proponía lecturas y velaba por la armonía. Eran laboratorios donde se filtraban las ideas de la Encyclopédie, se debatía de política con cautela y se ensayaba una nueva sociabilidad que premiaba el ingenio y la cultura.

Más allá del salón: la acción concreta
El papel de estas mujeres iba más allá de ofrecer un espacio. Fueron mecenas (como la duquesa de Alba con Goya), traductoras y escritoras que desafiaban la censura, y mediadoras políticas en la corte. Pero quizás el ejemplo más impactante de acción ilustrada sea el de la propia condesa de Montijo. Desde su cargo en la Junta de Damas de la Sociedad Económica Matritense, dirigió proyectos filantrópicos que tradujeron las ideas en hechos: reformó la Inclusa de Madrid, reduciendo drásticamente la mortalidad infantil, y defendió con argumentos sólidos la educación femenina frente a proyectos absurdos del gobierno. Su activismo le costó el destierro de la corte, un precio alto por su compromiso.

Los salones españoles no tuvieron la resonancia histórica de los parisinos. Su luz fue más tenue, y parte del interés que despiertan hoy proviene de nuestro deseo de rescatar las voces femeninas del pasado. Sin embargo, su valor es inmenso. Nos muestran cómo, en los intersticios de una sociedad jerárquica, un grupo reducido de mujeres utilizó su ingenio, su cultura y su posición para crear islas de modernidad. No transformaron la sociedad de golpe, pero prepararon el terreno, cuidaron las semillas del debate y demostraron que la ilustración, también en España, tuvo rostro de mujer y se cultivó, a menudo, en la intimidad acogedora de un salón.

Pedrete Trigos