lunes, 13 de abril de 2026

Mackenzie-Childs: Cuando el hogar se convierte en un escenario de fantasía

Confieso que llevo semanas dándole vueltas a cómo abordar este artículo. No porque me falte material, sino todo lo contrario: porque la firma de la que quiero hablarles merece un acercamiento pausado, casi ceremonial. Como esas casas a las que hay que entrar con paso lento para no perderse ningún detalle.

Hablo de Mackenzie-Childs. Y si aún no conocen esta casa de decoración nacida a orillas del lago Cayuga, en el estado de Nueva York, permítanme que les prepare el camino como se merece.

Porque Mackenzie-Childs no es una marca. Es, permítanme la exageración consciente, una declaración de guerra contra lo previsible.



Corría el año 1983 cuando una pareja de artistas, Victoria y Richard MacKenzie-Childs, tomaron una decisión que a muchos les habrá parecido una locura y a mí, que llevo años estudiando la historia del vestido y sus extensiones naturales hacia el hogar, me parece la más sensata de las osadías. Compraron una granja abandonada a orillas del lago Cayuga por 20.000 dólares . Una ruina, vamos. Un montón de maderas podridas y ventanas quebradas con vistas al paraíso.

Pero ellos vieron algo que nadie más veía. O quizá sí lo veían, pero no se atrevían a decirlo. Vieron un lienzo.

Durante los siguientes treinta años, invirtieron cerca de dos millones de dólares en reformar aquella propiedad . Pero no reformaron una casa: construyeron un mundo. Cada habitación, cada rincón, cada detalle arquitectónico respondía a esa estética inclasificable que luego aplicaron a sus cerámicas, sus muebles, sus lámparas. Era como si una granja victoriana hubiera tomado ácido y soñado con el País de las Maravillas.

Ese lugar, hoy conocido como la antigua finca Mackenzie-Childs, se convirtió en el laboratorio de donde saldrían piezas que el New York Post definió con una frase que me parece la más acertada posible: "Mary Poppins se encuentra con Alicia en el País de las Maravillas" .

No se me ocurre mejor manera de describir lo que esta casa ha significado para el mundo de la decoración.



¿Cómo explicar la estética Mackenzie-Childs a quien nunca ha visto una de sus piezas? Intentémoslo.

Imaginen una vajilla donde el blanco y negro se entrecruzan en ese tablero de ajedrez imperfecto, artesanal, que llaman Courtly Check . Pero no se detengan ahí. Porque sobre ese fondo cuadriculado pueden aparecer rosas pintadas a mano, o rayas de colores, o ese punto dorado que convierte un simple plato en una pieza de coleccionista. Luego añadan una tetera con formas imposibles, o un armario cuyas puertas parecen sacadas de un sueño infantil, o una lámpara con tulipas que imitan pétalos.

Y si aún no lo visualizan, piensen en la frase que los fundadores hicieron suya: "Lo maravilloso no tiene por qué ser práctico; tiene que ser memorable".

Victoria MacKenzie-Childs, formada en Bellas Artes en la Universidad de Indiana y en el Museo de Bellas Artes de Boston, aportó esa mirada culta pero juguetona que convierte cada pieza en algo más que un objeto útil . Su marido Richard, con quien compartía estudios en la prestigiosa Universidad Alfred —allí fueron alumnos de Wayne Higby, uno de los grandes ceramistas contemporáneos—, completaba la ecuación con una visión empresarial que llevó sus diseños desde aquella granja remota hasta las tiendas de Bergdorf Goodman y Neiman Marcus .

No es casualidad que el crítico Higby dijera de ellos: "Cada uno es la cosa auténtica" . Y cuando un maestro habla así de sus discípulos, conviene escuchar.



Si hay un elemento reconocible al instante como sello de la casa, ese es el Courtly Check. Ese tablero de ajedrez en blanco y negro, pintado a mano, imperfecto, vibrante, que cubre desde teteras hasta cojines, desde vajillas completas hasta muebles de jardín .

Cuentan que el patrón nació casi por accidente, como una ocurrencia sin pretensiones que, de repente, se convirtió en la seña de identidad. Hoy es tan icónico que la marca ha lanzado variaciones como el Parchment Check o el Rosy Check, e incluso se ha adaptado a las tendencias cromáticas de cada año —en 2025, por ejemplo, presentaron el Mocha Check inspirado en el color del año de Pantone —, pero el original sigue siendo el más buscado, el más coleccionado, el más imitado.

Y es que el Courtly Check tiene algo hipnótico. Quizá sea esa combinación de orden (la cuadrícula) y caos (la imperfección del trazo manual) que tan bien representa lo que somos: criaturas que necesitan estructuras pero anhelan la libertad.



Pero ninguna historia que merezca la pena contarse está exenta de capítulos oscuros. Y la de Mackenzie-Childs los tiene, y de los buenos.

En el año 2000, en plena expansión —estaban a punto de abrir una tienda en la mítica Rodeo Drive de Beverly Hills que iba a incluir un muro de escalada con sus tazas como presas—, la compañía se declaró en bancarrota . Demasiado crecimiento, demasiada fantasía, demasiado pronto. Los sueños, a veces, también pesan.

Al año siguiente, una mujer llamada Pleasant Rowland entró en escena. Quizá el nombre no les suene, pero esta señora había creado nada menos que American Girl, aquellas muñecas que marcaron la infancia de millones de niñas estadounidenses. Rowland compró la compañía por 5,5 millones de dólares . Y con ella, compró también los derechos del nombre Mackenzie-Childs.

Victoria y Richard, los fundadores, se quedaron sin su apellido. Y lo que es peor: cuando intentaron seguir creando bajo el nombre de Richard and Victoria Emprise, la nueva propietaria los demandó por infracción de marca, alegando que hasta su propio nombre les pertenecía ahora a los nuevos dueños .

¿Ironías del destino? Llamémoslas así. Pero también, y esto es lo importante, prueba de que las creaciones pueden sobrevivir a sus creadores. La criatura, en este caso, se había vuelto más grande que su progenitor.

Tras años de batallas legales y reestructuraciones, la compañía pasó por varias manos —Lee Feldman y Howard Cohen en 2008, Castanea Partners en 2014— y hoy es un negocio próspero que, además, ha absorbido otras firmas como Patience Brewster . Pero su alma sigue siendo la misma que nació en aquella granja a orillas del lago.



Hoy, Mackenzie-Childs es mucho más que cerámica. Sus colecciones abarcan muebles, iluminación, textiles, vajillas, utensilios de cocina y accesorios de jardín . Todo con esa mezcla inclasificable de artesanía tradicional y desenfado contemporáneo.

Su sede sigue estando en Aurora, Nueva York, en un campus de 65 acres que incluye talleres abiertos al público, una tienda y el famoso granero del siglo XIX donde cada año celebran la Barn Sale . Este evento, que dura cuatro días, atrae a más de 26.000 personas de todo el mundo que acuden en busca de piezas con descuentos de hasta el 80% . Gente que hace cola antes del amanecer para conseguir ese plato, esa taza, ese cacharro imposible que llevará a su casa un pedazo de fantasía.

Y es que los productos Mackenzie-Childs se han convertido en objetos de colección. Hay quien los busca en tiendas de segunda mano, emocionándose cuando encuentran una pieza "en estado salvaje", como dicen los coleccionistas . Porque lo nuevo puede comprarse en Harrods o en las tiendas oficiales, pero lo viejo, lo descatalogado, tiene ese plus de emoción que solo da la caza.



Permítanme, queridos lectores de este blog que ya empieza a llenarse de mujeres y hombres extraordinarios, que les cuente por qué he querido incluir a Mackenzie-Childs en esta galería de personajes y firmas que me reconcilian con el mundo.

Porque esta empresa, como Yvonne Lafleur, como Iris Apfel, como Magdalena Llohis, nos recuerda algo esencial: que el estilo no tiene por qué ser discreto. Que podemos, si queremos, rodearnos de objetos que no pasen desapercibidos. Que el hogar puede ser un escenario donde representar la obra de nuestra vida, con todos los decorados y el vestuario que nuestra imaginación sea capaz de producir.

Vivimos tiempos de uniformidad. Tiempos de grises y negros, de minimalismos que a menudo esconden miedo al ridículo, de casas que parecen hoteles y hoteles que parecen casas de nadie. En ese paisaje desangelado, Mackenzie-Childs aparece como una bocanada de aire fresco. O mejor: como una explosión de color.

Sus piezas no son para todo el mundo. Ni quieren serlo. Son para quienes entienden que una tetera puede ser también una escultura, que un plato puede ser también un cuadro, que un armario puede ser también un manifiesto. Son para quienes creen, como los fundadores creían, que la vida cotidiana merece celebrarse con los mismos fastos que una fiesta.



Y ya que hablamos de ellos, no puedo resistirme a contarles el final de Victoria y Richard. Después de perder su empresa, después de las batallas legales, después de que su nombre dejara de pertenecerles, hicieron algo que solo los verdaderos artistas son capaces de hacer: reinventarse.

En 2003 compraron un ferry de 150 pies de eslora, construido en 1907, que había servido para transportar inmigrantes desde Ellis Island a sus nuevas vidas en América . Durante las guerras mundiales, el barco había sido comisionado por la Armada. En 1992, fue incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos.

Ellos lo convirtieron en su hogar y estudio flotante. Allí viven con sus dos perros salchicha, Mr. Brown y Pinky, y desde allí siguen creando bajo el nombre de Richard and Victoria Emprise . Victoria, además, tiene un canal de YouTube donde muestra su día a día en el barco, su pelo teñido con los colores del arcoíris, sus reflexiones sobre la vida y el arte.

Cuando alguien les preguntó por qué eligieron ese barco, Victoria respondió: "Es mucho más emocionante y energizante compartir nuestro trabajo con el mundo de esta manera, ahora más industrial" .

Ahí los tienen. Sin la empresa. Sin el nombre. Sin los millones. Pero con un ferry histórico, dos perros y la misma capacidad de asombro que los llevó a comprar una granja abandonada cuarenta años atrás. Si eso no es estilo, que venga alguien y me explique qué es.



Cuando hace unas semanas les hablaba de Magdalena Llohis y su positivismo sin edad, les decía que la edad no es un límite, es una aptitud. Hoy, al escribir sobre Mackenzie-Childs, me doy cuenta de que podríamos aplicar la misma fórmula: la fantasía no es un lujo, es una necesidad.

Necesitamos casas que nos hablen. Necesitamos objetos que nos hagan sonreír. Necesitamos, en definitiva, rodearnos de belleza no porque seamos frívolos, sino porque la belleza nos recuerda que la vida merece vivirse con los ojos bien abiertos.

Y Mackenzie-Childs, con sus cuadros imperfectos, sus rosas pintadas a mano, sus formas imposibles y su historia de pérdida y reinvención, nos ofrece exactamente eso: una oportunidad diaria de celebrar.

Así que ya saben. La próxima vez que vean una tetera de cuadros blancos y negros, no piensen en ella como un simple objeto. Piensen en la granja a orillas del lago. Piensen en el ferry de los inmigrantes. Piensen en Victoria y Richard, empeñados en demostrar que la fantasía, aunque a veces te cueste el nombre, siempre merece la pena.

Y si pueden, cómprenla. Llévensela a casa. Pónganla en un lugar visible. Y cada vez que la miren, dejen que les recuerde que la vida es demasiado corta para vivir rodeados de cosas que no nos emocionan.

Desde la admiración de quien sigue aprendiendo que el estilo, como la vida, se construye pieza a pieza. Y que cada pieza cuenta.

El caballero Metabólico

lunes, 6 de abril de 2026

Juana I de Castilla: Más allá del mito


Una aproximación desde la obra de Bethany Aram y una mirada crítica al personaje




"Yo no estoy loca, y tú tampoco." Esta frase, que podía haber pronunciado perfectamente Juana I de Castilla, resume la necesidad de revisar la figura de una de las reinas más fascinantes y peor tratadas por la historiografía tradicional. Durante siglos, el apelativo "la Loca" ha condicionado nuestra mirada hacia una mujer que fue, ante todo, reina propietaria de Castilla durante más de cinco décadas, heredera de Isabel la Católica y pieza clave en la construcción de la monarquía hispánica.


1. Introducción: la necesidad de una revisión

Cuando hablamos de Juana I de Castilla nos enfrentamos a un problema de base: ¿cómo acercarnos a un personaje histórico cuya identidad ha sido secuestrada por el mito? La imagen romántica de la reina enamorada que enloquece de celos y recorre Castilla con el féretro de su esposo —inmortalizada por el cine y la pintura decimonónica— ha ocultado durante demasiado tiempo a la mujer de carne y hueso, a la soberana formada en el humanismo, a la hija de los Reyes Católicos que intentó defender sus derechos dinásticos en un mundo hostil.

La obra de la historiadora estadounidense Bethany Aram, "La reina Juana: gobierno, piedad y dinastía" (Marcial Pons Historia, 2001), supuso un punto de inflexión en los estudios sobre Juana. Fruto de diez años de investigación en archivos de siete países, Aram se propuso desmontar los tópicos y acercarse a la reina desde una perspectiva rigurosa, analizando su educación, su espiritualidad y, sobre todo, los mecanismos políticos que llevaron a su exclusión del poder.

Pero este artículo no pretende ser una mera reseña del libro de Aram. Quiere ir más allá, incorporando reflexiones que surgen de una lectura atenta de las fuentes y de una mirada crítica al personaje. Porque, como bien se ha dicho, la verdad sobre Juana quizá no la supiera ni ella misma. Y eso es precisamente lo que hace su historia tan apasionante.


2. El desmantelamiento del mito de la locura

2.1. ¿Qué significa "estar loca"?

Antes de entrar en materia, conviene hacer una pregunta incómoda: ¿qué entendemos por locura? Ningún psiquiatra actual se atrevería a diagnosticar a un paciente que no ha podido examinar en persona, y mucho menos a alguien que vivió hace cinco siglos. Esta obviedad metodológica se olvida con demasiada frecuencia cuando se habla de Juana.

Bethany Aram plantea en su obra que la "locura" de Juana fue, ante todo, una construcción política. No niega que la reina pudiera tener comportamientos excéntricos o episodios de inestabilidad emocional, pero sitúa estos rasgos en su contexto y, sobre todo, analiza cómo fueron utilizados por los hombres de su entorno para justificar su exclusión del poder.

La tesis de Aram es clara: el discurso de la incapacidad mental de Juana solo surgió cuando, tras la muerte de Isabel la Católica en 1504, sus opiniones políticas comenzaron a chocar con los intereses de su padre (Fernando), su esposo (Felipe) y, más tarde, su hijo (Carlos). La "locura" se convirtió así en un mecanismo legal y retórico para invalidar su voluntad política y asegurar la regencia primero, y la transmisión del poder a los Habsburgo después.

2.2. Una educación para la obediencia, no para el gobierno

Para entender a Juana, Aram comienza por el principio: su educación en la corte de sus padres. A diferencia de su hermano Juan, que fue educado desde niño para gobernar, Juana recibió la formación propia de una infanta: obediencia, piedad, buenas maneras, música, lenguas... pero no instrucción en el arte de reinar. Isabel la Católica, que tanto había luchado por su propio acceso al trono, no preparó a su hija para gobernar porque, sencillamente, no estaba destinada a hacerlo.

La muerte sucesiva de sus hermanos Juan (1497), Isabel (1498) y de su sobrino Miguel (1500) convirtió a Juana en heredera de las coronas de Castilla y Aragón de manera tan inesperada como repentina. De la noche a la mañana, una joven educada para ser princesa consorte en Flandes se encontraba llamada a ser reina propietaria de los reinos más poderosos de la cristiandad. Y lo hacía, además, en unas circunstancias personales y políticas extraordinariamente complejas.


3. Flandes: el origen del conflicto



3.1. Una corte extraña y un marido ambicioso

Juana llegó a Flandes en 1496 con diecisiete años para casarse con Felipe de Habsburgo, archiduque de Austria y heredero de las casas de Borgoña y Habsburgo. El contraste con la corte castellana no podía ser mayor: frente a la sobriedad y religiosidad impuesta por Isabel la Católica, la corte borgoñona era festiva, opulenta y moralmente más relajada.

Algo tuvo que ocurrir en Flandes, y muy posiblemente a manos de su marido, para que el carácter de Juana cambiara. No me refiero a los tópicos celos románticos que tanto han explotado el cine y la literatura. Juana de Castilla no era Aurora Bautista en Locura de amor (1948) ni la imagen que proyectó Vicente Aranda en su película del año 2001. La relación con Felipe fue, sin duda, intensa —tuvieron seis hijos en siete años—, pero también estuvo marcada por la humillación pública, la manipulación y el aislamiento.

Felipe, ambicioso y consciente de su atractivo personal, intentó neutralizar a su esposa desde el principio. Cuando Juana se convirtió en heredera de Castilla, la situación se agravó: Felipe no se resignaba a ser un mero consorte. Comenzó entonces una campaña difamatoria contra su mujer, tachándola de loca e inestable, y la sometió a un control cada vez más estricto.

3.2. ¿Luteranismo? La espiritualidad humanista de Juana

Un aspecto fascinante que aborda Aram es la religiosidad de Juana. En Flandes, la princesa entró en contacto con corrientes espirituales muy distintas a las que había conocido en Castilla. La Devotio Moderna, el humanismo devocional, una forma de entender la fe más íntima y personal que la religiosidad oficial y ceremonial que acabaría imponiéndose tras la Contrarreforma.

No creo que pueda hablarse de "luteranismo" en Juana —sería un anacronismo—, pero sí es cierto que su educación religiosa fue humanista, una visión muy distinta de entender la piedad que la que promulgó el Concilio de Trento décadas después. Su madre, Isabel la Católica, compartía esta espiritualidad más profunda, cercana a Tomás de Kempis y La imitación de Cristo, alejada del postureo y la exaltación superficial que caracterizarían la religiosidad barroca.

Esta forma de entender la fe, unida a su carácter vehemente y a su escaso interés por las ceremonias públicas, fue utilizada por sus enemigos para alimentar las sospechas sobre su ortodoxia y, de paso, sobre su estabilidad mental.


4. La lucha por el poder: padre, esposo e hijo

4.1. El testamento de Isabel y la trampa sucesoria

Cuando Isabel la Católica redactó su testamento en octubre de 1504, pocas semanas antes de morir, se enfrentaba a un dilema: sabía que su hija Juana era la legítima heredera, pero también conocía las dificultades que esta podría tener para gobernar. La fórmula que eligió fue ambigua pero reveladora: Juana sería reina, pero si "no quiera o no pueda entender en la gobernación", sería Fernando quien ejercería la regencia.

Esa coletilla —"o no pueda"— se convertiría en el caballo de Troya que permitiría a los hombres de su familia apartarla del trono. No era una declaración de locura, pero abría la puerta a que otros interpretaran su comportamiento como incapacitante.

4.2. La Concordia de Villafáfila (1506): el pacto de los hombres

La llegada de Felipe y Juana a Castilla en 1506 desencadenó una lucha abierta por el poder entre el padre y el esposo de la reina. Fernando el Católico, que había gobernado Castilla como regente desde la muerte de Isabel, se vio obligado a negociar con su yerno.

La Concordia de Villafáfila (junio de 1506) fue un pacto entre hombres que decidía el destino de Juana sin contar con ella. Fernando se retiraba a Aragón y Felipe asumía el gobierno de Castilla junto a su esposa. Pero Felipe fue más lejos: intentó que las Cortes declararan a Juana incapacitada para gobernar en solitario. Las Cortes se negaron, pero eso no impidió que Felipe ejerciera el poder de facto.

¿Qué pensaba Juana de todo esto? Según las crónicas, en un primer momento le indignaron las negociaciones, pero luego pareció no prestarles atención. En lugar de pronunciarse, solo pidió recorrer los jardines del conde de Benavente para ver los animales exóticos. Este tipo de comportamientos, aparentemente erráticos, han sido interpretados como prueba de su incapacidad. Pero también podrían leerse como una forma de resistencia pasiva, de negación a participar en un juego político que la excluía.

4.3. La muerte de Felipe: ¿envenenamiento?

El 25 de septiembre de 1506, Felipe el Hermoso murió repentinamente en Burgos. Tenía veintiocho años. Las crónicas hablan de fiebre y pústulas tras haber bebido agua fría después de un partido de pelota. Los síntomas no casan con una simple indisposición, y desde entonces circulan sospechas de envenenamiento.

¿Beneficiaba a alguien la muerte de Felipe? Curiosamente, a su suegro, Fernando el Católico. Es posible que el rey de Aragón, que había perdido el control de Castilla, viera en la desaparición de su yerno una oportunidad para recuperarlo. Pero de ahí a pensar que Fernando quisiera matar a su hija hay un abismo. Para Fernando, bastaba con volver a casar a Juana —lo intentó con Enrique VII de Inglaterra— o, en su defecto, encerrarla. Optó por lo segundo.


5. El cortejo fúnebre: ¿locura de amor o estrategia política?

5.1. El viaje del cadáver

La imagen más icónica y distorsionada de Juana es la del cortejo fúnebre: la reina viuda recorriendo Castilla durante meses con el féretro de su esposo, negándose a sepultarlo y abriendo el ataúd por las noches para comprobar que nadie lo había profanado. Esta estampa, inmortalizada por el pintor Francisco Pradilla en su famoso cuadro de 1877, ha alimentado la leyenda de la reina loca de amor.

Pero, como tantas veces, la realidad es más compleja. Si Juana era tan celosa de su marido incluso muerto, ¿por qué lo depositó en un convento de monjas? La respuesta es política, no pasional. Mientras el cuerpo de Felipe estuviera insepulto, Juana no podía volver a casarse. Y mientras no se casara, seguía siendo la reina propietaria de Castilla, sin un consorte que pudiera disputarle el poder.

El viaje del cadáver no fue, por tanto, una muestra de locura amorosa, sino un acto de resistencia política. Juana alargó el cortejo todo lo que pudo para evitar que su padre, Fernando, la obligara a contraer un nuevo matrimonio que la apartara definitivamente del trono.

5.2. Fernando el Católico: el encierro como solución

En agosto de 1507, Fernando el Católico regresó a Castilla. La entrevista con su hija en Tórtoles de Esgueva fue tensa, pero Juana acabó cediéndole el gobierno del reino, aunque conservando el título de soberana. Parecía que la situación se encauzaba: Juana se retiró a vivir su duelo, como era habitual en las reinas viudas, y Fernando gobernaba en su nombre.

Pero la nobleza castellana, recelosa del aragonés, comenzó a reclamar la presencia de la reina. Para evitar que esas demandas llegaran a oídos de Juana, Fernando tomó una decisión drástica: en febrero de 1509, ordenó su reclusión en el palacio real de Tordesillas, donde permanecería encerrada hasta su muerte, cuarenta y seis años después.


6. Tordesillas: la reina cautiva



6.1. El encierro

Tordesillas no fue un retiro voluntario ni un tratamiento médico. Fue una prisión. Juana fue confinada en unas dependencias del palacio, inicialmente con su hija Catalina, la pequeña de sus seis hijos. Con el tiempo, las condiciones de reclusión se endurecieron: le arrancaron a Catalina, la sometieron a malos tratos físicos y psicológicos, y la mantuvieron en unas condiciones de higiene y salubridad deplorables.

Su hijo Carlos, que desde 1516 era nominalmente rey junto a ella, no se apiadó de su madre. Al contrario: cuando los comuneros intentaron liberarla en 1520 para ponerla al frente de la revuelta contra el emperador, Juana se negó a colaborar. Pero Carlos, una vez sofocada la rebelión, no le agradeció su lealtad: ordenó que la vigilancia se extremara y que incluso la obligaran a recibir los sacramentos mediante tortura si era necesario.

6.2. La reina más longeva

Hay un dato que conviene recordar: Juana I de Castilla fue reina propietaria desde 1504 hasta 1555. Cincuenta y un años. Uno de los reinados más largos de su época. Durante todo ese tiempo, ni su padre ni su hijo pudieron titularse reyes de Castilla, sino gobernadores o regentes. Cuando Carlos fue proclamado emperador del Sacro Imperio Germánico en 1520, seguía sin ser rey propietario de Castilla. Su madre vivía, y mientras ella viviera, el trono era suyo.

Este hecho, a menudo pasado por alto, es fundamental para entender las tensiones políticas de la época. Castilla y las Indias eran de Juana. Su hijo pudo gobernar, pero siempre lo hizo en nombre de su madre. Esa "sombra" de la reina viva en Tordesillas condicionó la política imperial durante décadas.


7. La religiosidad de Juana: una espiritualidad pretridentina

Volvamos a un aspecto que considero central y que Aram trata con profundidad: la piedad de Juana. Su educación religiosa fue la misma que la de su madre, Isabel la Católica. Otra mujer a la que la historia ha presentado como una beata impenitente y fanática, cuando su espiritualidad era mucho más rica y compleja.

Isabel y Juana de Castilla estaban más cerca de Tomás de Kempis y La imitación de Cristo que de la exaltación superficial y el postureo que trajo la Contrarreforma. Una religiosidad interior, exigente, que ponía el acento en la relación personal con Dios más que en las manifestaciones externas de piedad.

Esta forma de entender la fe, profundamente arraigada en el humanismo cristiano del siglo XV, resultaba extraña —cuando no sospechosa— en el clima de creciente intolerancia del siglo XVI. La Inquisición vigilaba, y la piedad de Juana, tan íntima y poco convencional, alimentó las dudas sobre su ortodoxia y, por extensión, sobre su equilibrio mental.


8. Conclusiones: hacia una verdad compleja

8.1. Víctima, pero también victimizada

Juana fue víctima de su padre, de su esposo y de su hijo. Pero reducir su historia a esa victimización sería tan simplista como el mito romántico de la loca de amor. Juana no era una mujer sin voluntad ni determinación. Intentó defender sus derechos, resistió como pudo y, sobre todo, supo jugar sus cartas —el cadáver de Felipe, su negativa a firmar documentos, su reclusión misma— en la medida de sus posibilidades.

Fue vehemente, sí. Exaltada, quizás. Pero también lúcida políticamente cuando las circunstancias se lo permitieron. No tenía la determinación de su madre para gobernar —Isabel era un caso excepcional en la historia—, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar a su herencia y a la herencia que dejaría a sus hijos.

8.2. La verdad, ¿quién la sabe?

¿Sabremos algún día la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre Juana de Castilla? Probablemente no. Puede que no la supiera ni la propia Juana. Los documentos mienten, los cronistas escriben para sus señores, las cartas se pierden o se falsean.

Pero eso no significa que debamos renunciar a acercarnos a ella. Al contrario: la historiografía más rigurosa, representada por autoras como Bethany Aram, nos ha dado las herramientas para desmontar mitos y acercarnos a la mujer de carne y hueso. Una mujer que fue reina, madre, viuda y prisionera. Una mujer que vivió en un mundo de hombres que decidieron su destino sin contar con ella. Pero también una mujer que, desde su encierro en Tordesillas, mantuvo viva su condición de reina propietaria durante más de medio siglo.

8.3. No llamarla "la Loca"

Termino con una petición: no llamarla "la Loca". Es un apelativo despectivo que responde a una estrategia política de hace quinientos años y que, sin embargo, sigue repitiéndose acríticamente. Juana I de Castilla fue reina, heredera de los Reyes Católicos, madre de emperadores, señora de las Indias. Merece que la nombremos por su nombre y que nos acerquemos a ella con el respeto y la complejidad que su historia requiere.


Bibliografía recomendada

ARAM, Bethany. La reina Juana: gobierno, piedad y dinastía. Madrid: Marcial Pons Historia, 2001.

GÓMEZ, María A. (ed.). Juana of CastileHistory and Myth of the Mad Queen. Newark: Juan de la Cuesta, 2008.

ZALAMA, Miguel Ángel. Juana I: arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Madrid: Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010.


Este artículo ha sido posible gracias a las investigaciones de Bethany Aram y a las reflexiones compartidas en conversaciones con apasionados de la historia que, como yo, seguimos buscando a la mujer detrás del mito.


Pedrete Trigos, El Caballero Metabólico