Hay figuras cuya vida parece escrita por el mismísimo destino para convertirse en leyenda. Antonio Susillo Fernández fue una de ellas. Escultor genial, mecenazgo real, una muerte trágica y un milagro tan dulce como la miel... Su historia tiene todos los ingredientes de una novela decimonónica. Hoy, en nuestro blog, vamos a adentrarnos en la vida y obra de quien está considerado el máximo exponente de la escultura sevillana del último cuarto del siglo XIX.
De las calles de la Alameda a los palacios de la nobleza
Nacido en el número 11 de la calle Renovada, en el popular barrio de la Alameda de Hércules, el pequeño Antonio era hijo de un tonelero y el segundo de cinco hermanos. Nada hacía presagiar que aquel niño, que jugaba modelando figuritas de barro en las calles de Sevilla, se convertiría en el escultor más importante de su tiempo.
Su talento innato, sin embargo, no pasó desapercibido. La leyenda —aunque con matices, como veremos— cuenta que la infanta Luisa Fernanda, duquesa de Montpensier, lo descubrió mientras jugaba y modelaba figuras de barro. Asombrada por su destreza, lo tomó bajo su protección. Fue el comienzo de una relación que marcaría para siempre la vida y obra del escultor.
Gracias al mecenazgo de los duques —y al apoyo de otros protectores como el pintor José de la Vega—, Susillo pudo ampliar su formación en el extranjero. Estudió en la prestigiosa Escuela de Bellas Artes de París entre 1883 y 1884, y residió en Roma entre 1885 y 1887. Allí bebió de las fuentes del arte europeo, nutriendo un estilo que supo combinar el último romanticismo con un realismo penetrante y lleno de profundidad psicológica.
El gran encargo: la Galería de los Sevillanos Ilustres
Fue en 1895 cuando los duques de Montpensier le encargaron su obra más ambiciosa: la Galería de los Doce Sevillanos Ilustres para coronar la fachada del Palacio de San Telmo. Doce esculturas que representan a personajes históricos vinculados a la ciudad: Velázquez, Murillo, Bartolomé de las Casas, Miguel de Mañara, Arias Montano o Martínez Montañés, entre otros.
Por cada una de estas figuras, Susillo recibió 2.500 pesetas. No era una fortuna, pero sí un reconocimiento al talento de un artista que había logrado hacerse un hueco en la élite cultural de la época. Hoy, estas esculturas siguen siendo uno de los legados artísticos más visibles del mecenazgo de los Montpensier en Sevilla.
Pero su producción no se limitó a este encargo. Obras como el Monumento a Velázquez en la plaza del Duque de la Victoria, el Monumento a Daoiz en la plaza de la Gavidia, El Grito de Independencia o Las Flores de San Francisco —su última obra, modelada en barro cocido en 1896— completan una producción artística tan amplia como variada.
El trágico final: el mito del Cristo de las Mieles
La muerte de Antonio Susillo es, quizás, el capítulo más oscuro y fascinante de su biografía. El 22 de diciembre de 1896, con apenas 41 años, el escultor se quitó la vida. Pero, ¿por qué?
La leyenda popular, durante décadas, sostuvo que el motivo había sido un error garrafal en su última obra: el Cristo de las Mieles, la escultura que corona su tumba en el Cementerio de San Fernando. Según se contaba, Susillo había esculpido las piernas del crucificado al revés, y la desesperación por semejante fallo le había llevado al suicidio.
Pero la historia documentada nos ofrece una versión muy diferente. Cuando encontraron su chaqueta, en ella había cartas de despedida que revelaban una profunda crisis personal y económica. "Me mato porque me he convencido de que mi carrera es insuficiente para ganarse la vida", escribió. No fue un error artístico, sino una depresión y un agotamiento vital lo que lo llevó a tomar esa trágica decisión.
¿Un milagro?... o una colmena
La leyenda del Cristo de las Mieles, sin embargo, tiene una segunda parte que le da nombre. Se dice que, tras su entierro, los visitantes del cementerio comenzaron a observar un prodigio: de la boca de la imagen brotaba un líquido dulce y dorado: miel. El asombro fue tal que, según la tradición, la Iglesia llegó a enviar una comisión al Vaticano para investigar el posible milagro.
La explicación, como suele ocurrir, era mucho más terrenal. Susillo, para aligerar el peso de la escultura de bronce, la había dejado hueca por dentro. Un enjambre de abejas encontró ese hueco y construyó allí su colmena. Con el calor del verano sevillano, la miel se derretía y filtraba por la boca de la imagen. No fue un milagro, sino la sabia obra de la naturaleza.
El gesto final de la infanta
Hay un último episodio que cierra el círculo entre Susillo y sus protectores. Cuando el escultor se suicidó, la Iglesia se opuso a que recibiera sepultura cristiana en el cementerio municipal, dado que el suicidio estaba penado canónicamente.
Cuenta la tradición que fue la propia infanta Luisa Fernanda quien intercedió ante el Cardenal, logrando con sus lágrimas que se le permitiera enterrar a Susillo a los pies de su obra, el Cristo de las Mieles, en el Cementerio de San Fernando. Sus restos descansan allí, bajo la escultura que él mismo creó, en un gesto que la leyenda quiso sellar con la emoción de la infanta ante su tumba.
Legado de un genio atormentado
Antonio Susillo fue mucho más que un escultor. Fue académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, maestro de discípulos como Antonio Castillo Lastrucci y, sobre todo, un artista que supo plasmar en el barro, el bronce y el mármol el alma de su tiempo y de su tierra.
Su obra engalana hoy los espacios más emblemáticos de Sevilla, y su vida, marcada por el éxito y la tragedia, sigue fascinando a investigadores y amantes del arte. El Cristo de las Mieles, más que el testimonio de un error fatal es el sepulcro de un artista atormentado por sus circunstancias personales, cuyo nombre no nace de un milagro, sino de la sabia y laboriosa obra de unas abejas. Y quizás, en esa mezcla de realidad y leyenda, resida la verdadera grandeza de su historia.
Pedrete Trigos
Fuentes consultadas para ampliar información
Para la elaboración de esta entrada, he consultado diversas fuentes que permiten profundizar en la vida y obra de Antonio Susillo:
Archivos históricos del Ayuntamiento de Sevilla, que conservan documentación sobre el artista y sus encargos.
Publicaciones de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, donde Susillo fue académico.
Estudios biográficos sobre la figura de Susillo publicados en revistas especializadas de arte andaluz.
Fuentes documentales sobre la relación de los Duques de Montpensier con el arte sevillano, que permiten contextualizar el mecenazgo del que fue objeto.
Investigaciones recientes sobre las cartas de despedida del escultor, que han arrojado luz sobre las verdaderas causas de su suicidio.




