Prólogo a la serie de artículos sobre las residencias de los Montpensier
Todo comenzó con María de las Mercedes. La "reina de los cinco meses", la hija pequeña de los duques de Montpensier que llegó al trono de España para morir apenas 170 días después. Su biografía es breve, casi un susurro en los libros de historia: nació en 1860, reinó en 1878, falleció a los 18 años. Poco más.
Pero tras esa historia tan corta, se escondía un mundo. Una familia, una corte, un palacio, un padre. Y cuanto más indagaba en la vida de Mercedes, más me asombraba la figura de quien la había criado, educado y, en cierto modo, utilizado como pieza en su tablero político: Antonio de Orleans, duque de Montpensier. Un príncipe francés que llegó a España sin un duro, que conspiró durante décadas para ser rey y que, al fracasar en su empeño, dejó en Andalucía un legado patrimonial inmenso.
Este artículo es el primero de una serie que recorrerá sus residencias andaluzas. Pero antes de visitar sus palacios, conviene entender quién era el hombre que los construyó. Y para eso, hay que remontarse a 1848, al día en que todo cambió.
La huida de París: un rey destronado, un duque exiliado
El 24 de febrero de 1848, una multitud asaltó el Palacio de las Tullerías en París. La revolución había estallado, y el rey Luis Felipe I de Orleans, que había ocupado el trono francés durante dieciocho años, abdicó y huyó a toda prisa. Su hijo menor, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, tuvo que abandonar el palacio en medio del caos. Tan precipitada fue la salida que, en la confusión, dejó atrás a su esposa, la infanta Luisa Fernanda de Borbón, que tuvo que ser rescatada por un noble entre la multitud enfurecida.
La familia real francesa se refugió primero en Inglaterra, pero la reina Victoria no les dispensó una acogida calurosa. Inglaterra había visto con malos ojos el matrimonio de Luisa Fernanda con un Orleans, una boda que alteraba el equilibrio geopolítico de Europa. Así que los Montpensier hicieron lo único que podían hacer: solicitar asilo en España, la tierra de la infanta.
Llegaron en abril de 1848. Pero la reina Isabel II, hermana de Luisa Fernanda, veía con recelo a su cuñado. Montpensier era un príncipe francés, culto y ambicioso. Tenía aspiraciones a la corona, y la reina lo sabía. Por eso, no le permitió establecerse en Madrid. Lejos de la Corte, lejos del poder.
El destierro fue, sin embargo, una oportunidad. Montpensier, que nunca se rindió ante un obstáculo, decidió convertir aquella imposición en una ventaja. Si no podía estar en Madrid, se instalaría en el corazón de Andalucía y construiría allí su propia corte, una corte paralela que rivalizara en esplendor con la de su cuñada.
La gira que lo cambió todo
Los duques se establecieron en Sevilla, primero en el Palacio Arzobispal y después en el Alcázar. Pero Montpensier no se conformó con quedarse en la capital hispalense. Necesitaba darse a conocer, tejer alianzas, construir una red de influencia que le permitiera, algún día, alcanzar el trono. Así que, en 1849, emprendió una gira por Andalucía que no fue un simple viaje de placer, sino una campaña de propaganda política.
En mayo de 1849, los duques iniciaron un viaje en barco que les llevó a Cádiz, Gibraltar y Málaga. No era un turismo ocioso: cada parada era una oportunidad para presentarse ante la nobleza local, para estrechar la mano de los poderosos, para dejar claro que había llegado un nuevo actor en el tablero político andaluz.
Pero la parada más importante, la mejor documentada, sería otra.
Ronda 1849: la visita que la Real Maestranza no olvida
La Feria de Mayo de Ronda de 1849 no fue una feria más. El 25 de abril, el Corregidor de Ronda recibió la noticia oficial: los duques de Montpensier visitarían la ciudad durante las fechas principales de la feria. Pero la noticia había llegado antes a la Real Maestranza de Caballería, que ya se estaba preparando desde marzo.
En la reunión del 2 de marzo, el Teniente de Hermano Mayor informó que los duques "pasarían por esta ciudad en su biaje para Malaga y Granada". La institución, consciente de la importancia de la visita, nombró inmediatamente un diputado de obras para supervisar el adecentamiento de la Plaza de Toros. Durante semanas, se realizaron innumerables intervenciones para que la ciudad estuviera a la altura de tan ilustres huéspedes.
Los duques permanecieron en Ronda cuatro días. El relato de su estancia, de la que fue testigo presencial el impresor Juan José Moreti, ocupa doce páginas en su Historia de la ciudad de Ronda, publicada en 1867. Fue una visita cuidadosamente orquestada: Montpensier no solo acudía a la feria, sino que se sometía al ritual de la nobleza andaluza, se codeaba con los maestrantes, se dejaba ver en la plaza y, sobre todo, se presentaba como un príncipe digno de ser rey.
El duque quedó tan satisfecho con la acogida que, años después, vistió el uniforme de la Real Maestranza de Ronda, un gesto que recordaba su visita y su vínculo con la institución. El retrato que de él se conserva en la Real Maestranza, con aquel uniforme, es el testimonio de una alianza que perduró en el tiempo.
Granada y el baile en la Alhambra
La gira no terminó en Ronda. Los duques continuaron hacia Granada, donde fueron agasajados por la Real Maestranza de Caballería de Granada. El 24 de junio de 1849, se celebró un baile en su honor en el Real Palacio de la Alhambra. Una velada de ensueño, en el palacio nazarí, bajo las estrellas, con la nobleza granadina rindiendo homenaje al duque que aspiraba a ser rey.
Montpensier, que un año atrás había soñado con comprar el Palacio de Carlos V para convertirlo en su residencia, pisaba por fin la Alhambra como invitado de honor. No era el propietario, pero era, al menos, el centro de todas las miradas.
El testigo de excepción: Antoine de Latour
El duque no viajó solo. Le acompañaba su secretario y amigo, el escritor francés Antoine de Latour (1808-1881), un hispanista apasionado que se convirtió en el cronista oficioso de aquellos viajes. Latour, que ejercía como una especie de "intermediario" cultural entre Francia y España, documentó minuciosamente el periplo andaluz.
El resultado fue Études sur l'Espagne. Séville et l'Andalousie, publicado en París en 1855. Una edición española, titulada Viaje por Andalucía, se publicó en 1954. A través de sus páginas, podemos reconstruir el itinerario, las impresiones y, sobre todo, la estrategia de aquel viaje. Latour no era un simple cronista: era el altavoz del duque, el encargado de difundir en Francia y en España la imagen de un príncipe culto, viajado y digno de ocupar un trono.
Conclusión: un viaje que definió un legado
Aquella gira de 1849 fue la presentación en sociedad de Antonio de Orleans. No era un turista; era un aspirante a rey en campaña. Cada ciudad que visitaba, cada institución a la que cortejaba, cada baile al que asistía, era un paso más en su ambicioso plan para construir una red de poder que, con el tiempo, le permitiría conspirar y, finalmente, participar activamente en la revolución de 1868 que derrocó a su cuñada Isabel II.
Pero aquel viaje también tuvo otro efecto, quizá menos esperado. Al establecer su corte en Sevilla, al restaurar monumentos, al construir palacios, al plantar jardines, Montpensier transformó el paisaje de Andalucía. Su legado no fue un trono, sino un patrimonio: San Telmo, Sanlúcar, Castilleja, Villamanrique, Torre Breva, Regla, La Rábida, Valme. Una docena de lugares que aún hoy llevan su huella.
Por eso, antes de recorrer sus residencias, convenía conocer al viajero. Al hombre que, desterrado de Madrid, convirtió Andalucía en su reino particular. Al duque que no pudo ser rey de España, pero que logró algo quizá más perdurable: dejar su huella en la tierra que lo acogió.
Pedrete Trigos







