lunes, 31 de agosto de 2026

La casa donde murió el conquistador: El sueño neomudéjar de Montpensier en Castilleja de la Cuesta

 

Antonio de Orleans, duque de Montpensier, era un hombre obsesionado con la historia. No solo quería ser rey de España; también quería rodearse de los ecos del pasado. Por eso, cuando en 1854 adquirió una ruina en Castilleja de la Cuesta, no compró una simple propiedad: compró la leyenda. Allí, en aquel edificio derruido, había muerto Hernán Cortés, el conquistador de México. Montpensier, que coleccionaba antigüedades mexicanas y soñaba con el poder, convirtió aquel lugar en un palacio neomudéjar que aún hoy sigue en pie, aunque su historia haya tomado caminos insospechados.



Una ruina con historia: La compra de 1854

Cuando Antonio de Orleans puso sus ojos en la propiedad de Castilleja de la Cuesta, el edificio no era el palacio que vemos hoy. Era, simplemente, una ruina. Pero no una ruina cualquiera.

El edificio original databa del siglo XVI. Había sido construido con un aspecto de fortaleza, con gruesos muros de ladrillo y almenas. Y, según la tradición, había sido el lugar donde Hernán Cortés, el conquistador del Imperio Azteca, había pasado sus últimos días y había fallecido en 1547.

Para Montpensier, aquella ruina era un tesoro. No solo por su valor histórico, sino por lo que representaba: la conexión con el imperio español, con América, con el poder. El duque, que coleccionaba objetos mexicanos y soñaba con reinar, no podía dejar escapar aquella oportunidad.

Compró la propiedad en 1854 y emprendió una rehabilitación integral. No era una simple restauración: era una transformación. Montpensier no quería conservar las ruinas; quería convertirlas en un palacio acorde con su rango, una residencia de primavera y verano que reflejara su exquisito gusto y su amor por la historia. 

La metamorfosis neomudéjar

La reforma fue tan profunda que el edificio cambió por completo su aspecto. Montpensier, que ya había utilizado el estilo neomudéjar en su palacio de Sanlúcar, repitió la fórmula. El resultado fue una casa-palacio de ladrillo visto, arcos y detalles orientalizantes, una exaltación del arte islámico y mudéjar que tanto fascinaba al duque.

Pero no solo cambió la fachada. El interior también fue transformado para albergar la obsesión más personal del duque: su colección de antigüedades mexicanas.

Montpensier, culto y viajado, había reunido a lo largo de los años una importante colección de objetos, pinturas, grabados, libros y muebles relacionados con México. No era un capricho: era una declaración de intenciones. El duque, que aspiraba al trono de España, quería rodearse de los símbolos del imperio que había conquistado América.

Y qué mejor lugar para exhibir aquella colección que la casa donde había muerto el propio Cortés. El duque creó en el palacio una "Sala Hernán Cortés", donde exponía sus tesoros. Era su forma de rendir homenaje al conquistador y, al mismo tiempo, de reivindicar su propia conexión con la historia de España.

Dote real: La casa de Cortés en manos de la Corona

El duque de Montpensier no pudo disfrutar de su palacio durante demasiado tiempo. En 1878, su hija María de las Mercedes de Orleans contrajo matrimonio con el rey Alfonso XII. Y el duque, que siempre había soñado con ver a su hija en el trono, entregó la casa de Hernán Cortés como parte de la dote de la novia.

El valor total de la dote se cifró en un millón y medio de pesetas, incluyendo esta propiedad y otras alhajas. La reina Mercedes, que solo reinó unos meses, falleció en 1878, y el palacio pasó a ser propiedad de la Corona.

Las Madres Irlandesas: De palacio real a colegio

Tras la muerte de Alfonso XII en 1885, su hijo Alfonso XIII aún era menor de edad. La reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena fue quien gestionó el futuro del inmueble. Y su decisión fue tan sorprendente como trascendental: ceder el palacio a las religiosas del Institute of the Blessed Virgin Mary, conocidas como las Madres Irlandesas.

Las negociaciones las llevó a cabo la Madre Stanislaus Murphy con la propia reina regente. Y el 29 de septiembre de 1889, festividad de San Miguel, se inauguró el Colegio de las Irlandesas en el antiguo palacio de Hernán Cortés.

En 1903, la propiedad pasó a ser definitivamente de la orden religiosa. Y desde entonces, el edificio ha sido la sede del colegio, que sigue en funcionamiento en la actualidad.

Pero la historia de la colección de Montpensier no terminó con la llegada de las monjas.

La colección Montpensier y la Exposición de 1929

Cuando las Madres Irlandesas se instalaron en el palacio en 1903, la colección de antigüedades mexicanas del duque fue trasladada al Real Alcázar de Sevilla. Allí permaneció durante décadas, lejos de la casa donde había sido creada.

Pero en 1928, en el contexto de los preparativos para la Exposición Iberoamericana de 1929, la colección regresó a su ubicación original en Castilleja de la Cuesta. Es muy probable que estas piezas, que narraban la historia del México prehispánico y de la conquista, formaran parte de las muestras y actividades que se organizaron para el evento, que celebraba los lazos entre España y sus antiguas colonias.

Tras un breve regreso a Castilleja, la colección fue finalmente depositada en el Archivo General de Indias de Sevilla en 1933, donde hoy descansa como testimonio de la obsesión coleccionista de un duque que nunca llegó a ser rey.

Un palacio que sigue vivo

La casa de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta es mucho más que un edificio histórico. Es un lugar donde se cruzan las historias de un conquistador, un duque ambicioso, una reina efímera y una comunidad religiosa que ha sabido preservar su legado.

Hoy, el edificio sigue siendo la sede del Colegio de las Irlandesas, y sus muros neomudéjares siguen en pie, testigos de una historia que comenzó en el siglo XVI y que aún no ha terminado de escribirse.

Quizá, algún día, cuando paseemos por Castilleja de la Cuesta y admiremos aquella fachada de ladrillo visto, recordemos que detrás de ella hay una historia de sueños, de fracasos, de colecciones y de fe. Una historia que, como la del duque de Montpensier, merece ser contada.

Pedrete Trigos

viernes, 28 de agosto de 2026

El sueño veraniego del duque: El Palacio de Orleans-Borbón en Sanlúcar de Barrameda

 

Mientras Sevilla era el escenario de sus ambiciones políticas, Antonio de Orleans buscó un refugio donde respirar el aire del mar, lejos de las intrigas cortesanas. Encontró ese paraíso en Sanlúcar de Barrameda, donde construyó un palacio que reflejaba su exquisito gusto y su obsesión por el lujo. Pero como tantos sueños, el suyo también se desvaneció con el tiempo.

El descubrimiento de un paraíso

Los duques de Montpensier viajaron incansablemente por Andalucía, explorando sus rincones, sus paisajes y sus posibilidades. Y en uno de esos viajes, descubrieron Sanlúcar de Barrameda. La ciudad, situada en la desembocadura del Guadalquivir, tenía un encanto especial: su luz, su brisa marina, su tradición vinícola y su proximidad al mar la convertían en un destino ideal para escapar del sofocante calor sevillano.

Prendados de aquel rincón, los duques decidieron establecer allí su residencia de verano. No querían un simple retiro: aspiraban a tener una "Corte de verano", un lugar donde recibir a la aristocracia, organizar cacerías y disfrutar de la vida palaciega junto al océano.

De seminario a palacio: La compra del antiguo edificio

En 1852, Montpensier adquirió un edificio que tenía historia: el antiguo Seminario de Sanlúcar, fundado por Tomás Wading y su esposa María Asthley en el siglo XVII. Pero el duque no se conformó con el edificio original. Con su característico afán de grandeza, amplió la propiedad incorporando:

  • La casa solariega de la familia Páez de la Cadena.

  • El huerto del Convento de la Merced.

  • La bodega y caballerizas de la calle Baños.

El resultado fue un conjunto de cerca de 7.000 metros cuadrados edificados, una mole palaciega en el corazón histórico de Sanlúcar, en la emblemática Cuesta de Belén.

Un palacio de ensueño: El estilo neomudéjar y el eclecticismo

El duque encargó el proyecto a su arquitecto de confianza, Balbino Marrón, que ya había trabajado con él en la transformación de San Telmo. El estilo elegido fue el neomudéjar, una exaltación del arte islámico y mudéjar que tanto fascinaba a Montpensier. La fachada, con sus arcos, sus ladrillos vistos y sus detalles orientalizantes, era un reflejo de su personalidad: exquisita, ecléctica y llena de referencias históricas.

Pero el lujo no se quedaba en la fachada. Los interiores eran un despliegue de eclecticismo:

  • Detalles del clasicismo francés, heredados de su educación en la corte de Luis Felipe.

  • Toques del gusto italiano, que recordaban sus viajes por Europa.

  • Elementos neoplaterescos, en homenaje al arte renacentista español.

  • Una sala chinesca, con decoración orientalista.

  • Una biblioteca decorada al estilo egipcio, un capricho exótico que deslumbraba a los visitantes.

Cada estancia era una obra de arte, y cada detalle mostraba la obsesión del duque por rodearse de belleza y cultura.

Los jardines: El paraíso de André Lecolant

El duque, que tenía una auténtica pasión por la jardinería, no podía permitir que su palacio careciera de un parque a la altura. Una vez más, recurrió al jardinero francés André Lecolant, que ya había diseñado los jardines de San Telmo. Lecolant creó en Sanlúcar un gran parque paisajista, muy alejado del formalismo clásico francés.

El diseño incluía:

  • Terrazas y merenderos.

  • Estanques y surtidores.

  • Una impresionante colección de especies exóticas procedentes de Australia, Asia, islas del Pacífico y Norteamérica.

Entre los árboles que aún sobreviven, destacan siete ejemplares de dracos de porte impresionante, cocoteros de adorno, lagunarias, un monumental ficus, madroños, jacarandas y encinas dulces. Incluso hay un curioso aladierno con el que los últimos moradores del palacio confeccionaban coronas.

Lecolant contó con la ayuda de Olivier, segundo jardinero de San Telmo, y de Hubert, que trabajó exclusivamente en Sanlúcar. Juntos crearon un espacio que era, al mismo tiempo, un jardín botánico y un lugar de recreo.

La vida en la "Corte de verano"

El palacio de Sanlúcar no era solo una residencia de vacaciones. Era el escenario donde Montpensier desplegaba su corte, rodeado de políticos, artistas, escritores y militares. Allí recibió a Fernán Caballero, a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a generales conspiradores y a periodistas que difundían sus ideas.

El duque, que siempre estaba atento a la política, usaba Sanlúcar como cuartel general de sus aspiraciones al trono. En sus salones se tramaron conspiraciones, se tejieron alianzas y se fraguaron planes para derrocar a su cuñada, la reina Isabel II. Y en sus jardines, paseaba el duque meditando sus siguientes pasos.

Pero también era un lugar de disfrute familiar. Allí crecieron sus hijos, allí celebró cumpleaños y allí, en sus viñas y frutales, el duque encontraba un momento de paz. Era su refugio, su rincón privado, su "Corte de verano".

La herencia: De los Montpensier a la familia Orleans-Borbón

El palacio de Sanlúcar fue concebido como la residencia de verano de Antonio de Orleans y María Luisa Fernanda de Borbón. Tras la muerte del duque en 1890, el edificio pasó a su hijo, Antonio de Orleans y Borbón, que era IV duque de Galliera e Infante de España.

Este Antonio, casado con la infanta Eulalia de Borbón (hija de Isabel II), fue el segundo propietario del palacio. Durante décadas, la familia Orleans-Borbón mantuvo la propiedad y siguió habitándolo. De hecho, el palacio siguió siendo un lugar de residencia de la familia hasta 1955.

El último miembro de la familia en vivir allí fue el infante Alfonso de Orleans y Borbón, hijo de Antonio y Eulalia. Pero en 1955, el infante se mudó a su finca "El Botánico", una propiedad separada que el duque de Montpensier había adquirido años atrás para abastecer de agua los jardines del palacio. Aunque la familia se desentendió del palacio, no lo vendió de inmediato.

El abandono y la venta a la ciudad

El abandono del palacio marcó el inicio de un periodo de grave deterioro. El edificio fue vendido en 1971, con la intención de ser derribado. Afortunadamente, este plan no se llevó a cabo. Posteriormente, el inmueble fue vendido en dos ocasiones más durante la década de 1970.

Finalmente, el 30 de noviembre de 1980, el Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda lo adquirió para convertirlo en la sede de sus Casas Consistoriales. Desde entonces, el palacio es el centro de la vida política de la ciudad.

Pero la historia no terminó ahí. A pesar de ser propiedad municipal y de estar catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC), la conservación del palacio ha sido un problema constante. La asociación Hispania Nostra lo incluyó en su Lista Roja del Patrimonio en 2021, alertando de que se encuentra "al borde de la ruina total" por su mal estado y la falta de mantenimiento desde las rehabilitaciones de los años 90.

El jardín botánico: Una propiedad separada

El jardín botánico que el duque de Montpensier adquirió en Sanlúcar no pertenecía al palacio de los Orleans. Eran dos propiedades distintas, aunque estuvieran funcionalmente relacionadas.

Esta finca, conocida originalmente como el Jardín Botánico de la Paz, fue fundada en 1806 por iniciativa de Manuel de Godoy. El duque de Montpensier la adquirió en 1852, el mismo año que compró el seminario.

La razón principal de la compra fue abastecer de agua los jardines del Palacio de Orleans. Para ello, se restauraron pozos y norias en la finca. El jardín botánico se encontraba a las afueras de Sanlúcar, mientras que el palacio se sitúa en el centro histórico.

A diferencia del palacio, la finca sigue siendo propiedad de la Casa de Orleans-Borbón. De hecho, en 1955, el infante Alfonso de Orleans se trasladó a vivir a esta finca tras abandonar el palacio. No está claro si mandó construir un nuevo edificio desde cero o si rehabilitó una construcción preexistente, pero lo cierto es que allí residió hasta su fallecimiento en 1975.

Un palacio que espera su renacimiento

El Palacio de Orleans-Borbón de Sanlúcar es una joya arquitectónica que ha sobrevivido a la historia, a los derribos, a las ventas y al abandono. Pero su estado actual es preocupante. Cada año que pasa, el deterioro avanza, y el sueño del duque de Montpensier se desvanece un poco más.

Sanlúcar tiene la responsabilidad de preservar este legado. Porque en sus muros no solo habita la memoria de un duque ambicioso, sino la de una ciudad que fue corte, que fue puerto, que fue puerta de América. El palacio merece un renacimiento, y quizá, algún día, vuelva a brillar como en los tiempos del duque.

Pedrete Trigos