Los vaivenes del monumento a Luisa Fernanda
Hay historias que parecen sacadas de una novela de enredos. La de la estatua de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, la duquesa de Montpensier, es una de ellas. Una escultura que nació para honrar a quien regaló a Sevilla sus jardines privados, y que acabó recorriendo la ciudad y cruzando provincias como si no encontrara su lugar en el mundo. Un vaivén de casi un siglo que tiene poco que envidiar a las peripecias de cualquier obra de arte perseguida.
Una donación que merecía un monumento
El 23 de mayo de 1893, Luisa Fernanda, ya viuda de Antonio de Orleans, donó a la ciudad de Sevilla aproximadamente la mitad de los jardines de su Palacio de San Telmo. No fue un gesto menor: aquellos terrenos, que hoy conocemos como el Parque de María Luisa, eran el corazón de su residencia sevillana, el lugar donde había vivido con su familia y donde había visto crecer a sus hijos, incluida la malograda reina Mercedes.
El Ayuntamiento, en un gesto de agradecimiento, decidió que lo menos que podía hacer era erigir una estatua en su honor. Y para ello, como no podía ser de otra manera, encargó la obra al más afamado escultor sevillano del momento: Antonio Susillo.
El proyecto que nunca vio la luz
El 23 de marzo de 1893, Susillo recibió el encargo. El 17 de diciembre de ese mismo año presentó su proyecto. Pero la historia, caprichosa, decidió torcerse. El 20 de marzo de 1894, la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría rechazó el proyecto. No se sabe con certeza si fue por cuestiones estéticas, por rivalidades académicas o por el simple y eterno pulso entre creadores e instituciones. Lo cierto es que el proyecto de Susillo quedó en nada.
Y para rematar la mala fortuna, el escultor falleció de forma inesperada poco después. Sevilla se quedó sin su estatua y sin su escultor más brillante. Un doble golpe.
1929: la estatua que sí llegó
Hubo que esperar 36 años. En 1929, con la ciudad volcada en la Exposición Iberoamericana, el Ayuntamiento retomó la idea. Esta vez el encargo recayó en Enrique Pérez Comendador, que realizó una estatua en piedra que fue inaugurada el 16 de agosto de 1929 por el propio rey Alfonso XIII.
La obra representaba a la infanta con un vestido de época y una flor en la mano izquierda, que muchos interpretaron como un símbolo de su hija María de las Mercedes, la reina que apenas reinó cinco meses. La estatua se colocó en la Avenida Rodríguez Caso, dentro del parque.
Parecía que, por fin, la historia había encontrado su final feliz. Pero no.
Los vaivenes de una estatua viajera
Lo que vino después fue una sucesión de traslados que haría las delicias de cualquier coleccionista de obras de arte errantes:
1965: La estatua cambió de ubicación dentro del propio parque, trasladándose junto al Estanque de los Lotos. Un pequeño paseo, pero el primero de una larga serie.
1972: Llegó el gran viaje. La estatua de piedra fue retirada y almacenada en el Convento de Santa Clara. En su lugar, el Ayuntamiento colocó una copia en bronce que es la que hoy podemos ver en el parque. La original, la de verdad, emprendió camino hacia Sanlúcar de Barrameda.
¿Y por qué Sanlúcar? Porque allí, en el Palacio de Orleans-Borbón, los duques de Montpensier tenían su residencia de verano. Era un gesto poético: devolver a la infanta a la ciudad que tanto amó junto a su esposo. La estatua se instaló en la Plaza de los Cisnes.
2008: Ni siquiera Sanlúcar fue su destino final. La estatua de piedra se trasladó de nuevo, esta vez a los jardines de entrada al Ayuntamiento de Sanlúcar, en el antiguo Palacio Orleans-Borbón. Allí reposa hoy.
Una copia para Sevilla, el original para la historia
El resultado de todo este periplo es que Sevilla se quedó con una copia en bronce, mientras que la original de piedra, la que esculpió Pérez Comendador, descansa en Sanlúcar. Una especie de trueque involuntario: la ciudad que recibió los jardines se quedó con la réplica, y la ciudad que fue residencia veraniega de los duques conserva el original.
Y el parque, 21 años esperando
Pero la historia de la estatua no es el único capítulo de esta novela. El parque en sí mismo tiene su propia peripecia temporal. Luisa Fernanda donó los terrenos en 1893, pero el parque no se abrió al público hasta el 18 de abril de 1914.
21 años de espera. La ciudad, que había recibido un regalo extraordinario, lo mantuvo cerrado, en un estado prácticamente salvaje, durante más de dos décadas. No fue hasta que Sevilla fue designada sede de la Exposición Iberoamericana de 1929 cuando se emprendió su transformación definitiva. El paisajista francés Jean Claude Nicolas Forestier rediseñó los jardines entre 1911 y 1914, dándoles la estructura que hoy admiramos. Pero incluso ese rediseño, que comenzó en 1911, no impidió que el parque permaneciera cerrado hasta 1914.
La paradoja de un homenaje viajero
Es curioso: el parque que lleva su nombre es uno de los espacios más queridos de Sevilla. La copia de su estatua recibe cada día la visita de miles de personas. Pero la infanta, la mujer que hizo posible todo esto, vio cómo su imagen original emprendía los mismos exilios que ella misma tuvo en vida. De Sevilla a Sanlúcar, de una glorieta a otra, de la plaza a los jardines del Ayuntamiento.
Casi un siglo de vaivenes para una estatua que, en realidad, solo quería recordar a quien regaló a Sevilla su pulmón verde. Una historia de desidia municipal, de proyectos fallidos, de traslados inexplicables y, al final, de una copia que sustituye a un original que ya no está.
La próxima vez que paseen por el Parque de María Luisa y vean la estatua de bronce, recuerden: no es la de verdad. La original, la que esculpió Pérez Comendador, está a dos horas de carretera, en Sanlúcar, mirando al Guadalquivir desde el Ayuntamiento.
Y piensen también en esos 21 años en los que Sevilla tuvo un regalo inmenso y lo mantuvo cerrado. Porque a veces, la historia de un lugar no se cuenta solo en lo que tiene, sino en lo que tardó en valorarlo.
Pedrete Trigos

