lunes, 30 de marzo de 2026

Isabel Álvarez de Toledo: la duquesa que sí se manchó las manos

 

Eso, o la prueba de que se puede tener 43 títulos y no ser una petarda.

Miren, yo soy el primero que ha dedicado varios folios a defender que Cayetana de Alba fue, esencialmente, una señora bien con gracia, una petarda entrañable que supo venderse como personaje pero que, a fin de cuentas, no movió un dedo que no fuera para asegurar su propio patrimonio o para darse un baño de masas sin riesgos.

Pero entonces aparece Isabel Álvarez de Toledo y Maura, XXI duquesa de Medina Sidonia. Y a uno se le queda cara de póker. Porque aquí sí que no valen las ironías fáciles. Aquí estamos ante otra liga completamente distinta.

La señora que sí se jugaba algo

Isabel —porque ella odiaba lo de "Luisa Isabel", que era nombre de señora decimonónica— nació en Estoril el 21 de agosto de 1936, huyendo de la guerra civil. Huérfana de madre a los diez años, educada por su abuela materna en los rigores de la rancia aristocracia, presentada en sociedad a los dieciocho junto a la infanta Pilar de Borbón. El mismo recorrido que cualquier señorita bien de la época.

Pero entonces ocurrió algo.

El 17 de enero de 1966, un B-52 americano se accidentó en Palomares (Almería) y esparció cuatro bombas termonucleares por la zona. Dos de ellas explosionaron, liberando material radiactivo. Los pescadores y agricultores vieron cómo sus tierras y sus vidas quedaban contaminadas. Manuel Fraga se fue a bañar a la playa para demostrar que no pasaba nada (luego precintaron la zona para siempre, pero eso ya no salió en los telediarios).

Y mientras el régimen miraba para otro lado y los americanos se desentendían, los campesinos acudieron a la única persona que les había tendido la mano alguna vez: la duquesa de Medina Sidonia.

Isabel encabezó una marcha sobre Madrid para reclamar las indemnizaciones prometidas. Cincuenta agricultores, ella al frente, desafiando al franquismo. La Guardia Civil la detuvo. Fue juzgada por el Tribunal de Orden Público y condenada a un año y un mes de prisión. Ingresó en la cárcel de Alcalá de Henares en marzo de 1969, donde permaneció ocho meses.

Y ojo al detalle: cuando la condenaron, le ofrecieron el indulto si pedía perdón. Ella, en lugar de aceptar, se rapó la cabeza al cero. "Así cómo quieren que salga", les dijo. Eso no es postureo. Eso es tener los ovarios bien puestos.

Al salir, escribió catorce artículos en Sábado Gráfico describiendo las condiciones de las cárceles franquistas, que luego se recopilaron en el libro Mi cárcel. Aquellos textos provocaron la destitución fulminante del director de la prisión, un hombre que, según otras presas, era "buena persona". Fue enviado a Granada como subdirector y murió poco después, en 1977, sumido en una depresión. Isabel, sin pretenderlo o pretendiéndolo, había destrozado la carrera de un funcionario.

El régimen la volvió a buscar. Esta vez, ella se exilió a París, donde vivió en una minúscula buhardilla, se relacionó con la gauche divine y vivió abiertamente su homosexualidad .

La historiadora que incordiaba

Por si todo esto fuera poco, Isabel era una historiadora autodidacta obsesionada con los archivos familiares. Durante años, manualmente, clasificó los seis millones de documentos del Archivo de la Casa de Medina Sidonia, que datan del siglo XIII y constituyen uno de los fondos privados más importantes de Europa.

Y no se limitó a guardar polvo. Publicó ensayos históricos que ponían patas arriba la versión oficial: que la Armada Invencible no pretendía invadir Inglaterra , que el descubrimiento de América no fue tal porque los navegantes andalusíes y africanos ya navegaban por allí en el siglo XII (África versus América: la fuerza del paradigma, que sus antepasados se rebelaron contra Felipe IV con toda razón. Los historiadores académicos la miraban por encima del hombro (Antonio Domínguez Ortiz se opuso firmemente a sus tesis ), pero ella siempre argumentaba con documentos.

"No fuimos nosotros", tituló uno de sus libros. Y se refería a que los españoles no fueron los únicos ni los primeros en llegar a América. Se armó la de Dios es Cristo, pero a ella le importaba tres pitos.

Los claroscuros: porque nada es perfecto

Ahora bien, uno no puede contar esta historia sin meter los pies en el barro. Porque Isabel era, según todos los testimonios, un personaje endemoniadamente complejo.

Con sus hijos fue simplemente horrible. Se casó en 1955 con 19 años y embarazada de varios meses de José Leoncio González de Gregorio, un jinete guapísimo del que todas las niñas bien estaban enamoradas . Tuvieron tres hijos en tres años (Leoncio, Pilar y Gabriel) y, según parece, cuando consideró cumplida su "labor dinástica", los abandonó al cuidado de su bisabuela y se desentendió.

Su hijo Gabriel, el pequeño, la describe como "la reencarnación de Lucifer" . Cuenta que nunca sintió cariño de ella, que los veía como estorbos, que prefería sus investigaciones y sus causas políticas antes que cambiarles un pañal. Un noble allegado a la familia la retrata como "muy colérica, si la contradicen saca un genio tremendo y hasta mala educación".

En 1983, durante la boda de su primogénito Leoncio, conoció a Liliane Dahlmann, una alemana que acudió como testigo de la novia . Fue su gran amor. Desde entonces vivieron juntas, aunque Isabel siempre la presentó como "su secretaria" por aquello de las apariencias.

En 2005, su marido le pidió el divorcio y ella ni siquiera contestó a la demanda. El juez se lo concedió por incomparecencia.

Y llegó el final de película: el 7 de marzo de 2008, Isabel agonizaba en el palacio de Sanlúcar de Barrameda, víctima de un cáncer de pulmón. Once horas antes de morir, se casó con Liliane en una ceremonia civil in articulo mortis. La jugada maestra: dejar todo atado para que sus hijos no pudieran tocar ni un ladrillo.

Había creado en 1990 la Fundación Casa Medina Sidonia, donde donó la práctica totalidad de su patrimonio . El palacio, el archivo, las obras de arte, todo pasó a la fundación, cuyo destino quedó en manos de Liliane . Sus hijos se quedaron con la legítima pero sin poder acceder a los bienes físicos, declarados Bien de Interés Cultural y, por tanto, inalienables. El pleito lleva quince años en los tribunales y aún colea.

Para rizar el rizo, en febrero de 2024, Liliane Dahlmann fue condenada a seis meses de prisión por apropiación indebida de 278.000 euros que estaban depositados en cuentas de la duquesa en Londres. La viuda de la Duquesa Roja, condenada por llevarse dinero que no era suyo. La historia sigue dando capítulos.

La comparación inevitable

Y ahora, querido lector, pongamos una al lado de la otra con las otras duquesas que hemos tratado:

Cayetana de Alba se casó con un plebeyo. Isabel también, pero además se enfrentó al Tribunal de Orden Público y se comió ocho meses en la cárcel de Alcalá.

Cayetana abrió sus palacios al público previo pago de entrada. Isabel creó una fundación, donó todo su patrimonio (suyo, heredado, pero suyo) para garantizar que el archivo estuviera a disposición de los investigadores y no pudiera ser disgregado por herencias o disputas familiares.

Cayetana fue amiga de Jackie Kennedy y Andy Warhol. Isabel fue amiga de los jornaleros andaluces, de los pescadores de Palomares, de la gauche divine parisina durante su exilio.

Naty Abascal demostró una elegancia y una capacidad de supervivencia envidiables cuando su marido resultó ser un monstruo. Isabel también sobrevivió, pero a costa de ser ella el monstruo para sus hijos.

Aline Griffith contaba que había matado nazis. Isabel sí fue a la cárcel de verdad, y cuando le ofrecieron salir por la puerta de atrás, se rapó la cabeza y dijo que no.

Cayetana reivindicaba el flamenco y los toros. Isabel reivindicaba la memoria histórica documentada, la libertad de expresión, los derechos de los trabajadores.

Cayetana tuvo una hija que hoy comisaría exposiciones sobre ella para mantener viva la marca. Isabel tuvo tres hijos que la odiaban y a los que dejó sin herencia efectiva.

Los Franco acumularon joyas, propiedades y medallas sin pagar impuestos. Isabel, con todos sus defectos, dedicó su vida a preservar un archivo histórico y ponerlo a disposición de los investigadores gratis, previa cita telefónica.

Una fue una petarda con gracia que alegraba las revistas de peluquería. La otra fue una mujer que se jugó la libertad, el prestigio y la comodidad por defender lo que creía justo.

El legado sin marca

Lo mejor de todo es que Isabel no necesita exposiciones de centenario. No necesita que su hija (porque no tiene hija que le haga el trabajo sucio) comisarie nada. Su legado está en el Archivo de Medina Sidonia, abierto a cualquier investigador que lo solicite . Está en sus libros, en sus artículos, en aquella marcha sobre Madrid que acabó con una duquesa entre rejas.

Y está, también, en esa imagen final: Isabel, en su lecho de muerte, casándose con la mujer que amaba para escupir por última vez sobre las convenciones de su clase. Once horas antes de morir. Con una lucidez y una mala leche que ya quisieran muchos.

Eso no es postureo. Eso no es modernidad de salón ni transgresión con tacones. Eso es, sencillamente, vivir como te sale de los mismísimos, asumiendo las consecuencias y sin pedir perdón.

La herencia sigue siendo un campo de batalla. Su viuda, Liliane, y su hijo mayor, Leoncio, comparten el palacio de Sanlúcar en "tensa convivencia" . Los tres hijos aún no han visto ni un euro de la parte legítima de su herencia . El archivo, valorado en más de 28 millones de euros, sigue siendo el centro de la disputa .

El titular final

Así que sí, esa señora sí que se puso al mundo y sobre todo al franquismo por bandera", no le faltaba ni una coma.

Cayetana fue la duquesa pop, la abuela de España, la petarda original. Pero Isabel fue la Duquesa Roja, la que podía haberse quedado tan pancha en sus palacios con sus títulos y sus rentas, y en cambio eligió la cárcel, el exilio, la incomprensión de los suyos y el odio de sus hijos.

Una vendió una marca. La otra vendió su alma a una causa.

Y a la hora de la verdad, con todos sus claroscuros, con su carácter endemoniado, con su pésima maternidad y sus broncas continuas, yo me quedo con Isabel.

Porque ella sí que no necesitó que nadie le inventara un personaje. Ella era el personaje. Y el personaje era de verdad.

Que la Fundación siga funcionando, que Liliane y los hijos sigan pleiteando, que el archivo permanezca abierto a los estudiosos. Y que no nos vendan la moto de que todas las duquesas son iguales. Porque entre la que posaba con mantilla y la que plantó cara al franquismo, hay la misma distancia que entre una postal de feria y un parte de cárcel.

Pedrete Trigos

sábado, 28 de marzo de 2026

Cayetana de Alba: la duquesa del pueblo

Eso, o una petarda con 43 títulos y un sentido del humor involuntario. 

Cuando una persona muere, suele ocurrir un fenómeno curioso: la transformación automática en una versión edulcorada de sí misma. Los defectos se disuelven, las contradicciones se planchan y el finado emerge envuelto en oropel como una figura casi intachable, lista para ser colocada en el altar de los recuerdos amables, o en el mueble-bar de la abuela.

Con Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, esto se multiplica por diez. Y ahora, con la exposición de 2026 en el Palacio de Dueñas, comisariada por su hija Eugenia Martínez de Irujo, la operación de exaltación alcanza su clímax.

Pero vayamos por partes, que la señora los merece. Y miren qué apellido más sevillano y más del pueblo, oiga: Fitz-James Stuart. Tan castizo como una tortilla de patatas con caviar.


La exaltación de la duquesa


La exposición "Cayetana. Grande de España" promete ser un despliegue de 200 piezas que incluyen desde vestidos de alta costura hasta cartas personales, pasando por fotografías de Richard Avedon y obras de Goya. Todo ello en el marco incomparable de Dueñas, ese palacio que la duquesa abrió al público previo pago de la entrada y con subvenciones por ser Bien de Interés Cultural.

O sea, lo que viene siendo una generosidad medida, calculada y perfectamente rentabilizada. Pero eso no se dice en los folletos.

La cosa va de "reivindicar su legado", "mostrar sus mil caras" y "recordar a la mujer pionera". Pionera, sí. Pero habría que matizar en qué.

Los dones que le otorgan (y los que de verdad tuvo)



En estos días previos al centenario, proliferan los artículos que destacan sus virtudes: mecenas, coleccionista, embajadora de la cultura española, puente entre la tradición y la modernidad.

Vamos a desgranar un poco esa retahíla.

La "pionera" que se casó con un plebeyo



En 1978, Cayetana contrajo matrimonio con Jesús Aguirre, intelectual, ex-sacerdote y, horror de horrores, plebeyo. Fue un escándalo mayúsculo. La prensa del corazón, entonces en pañales democráticos, vivió su primera gran exclusiva. La duquesa desafiaba a su casta.

¿Modernidad? Sí, pero modernidad de andar por casa. O de andar por palacio y con tacones. No era una lucha por la igualdad de clases, era una transgresión permitida precisamente porque ella estaba tan arriba que nada podía mancharla. Se casó con un plebeyo, sí, pero manteniendo todos sus títulos, todas sus propiedades y toda su posición. El desclasamiento era puramente decorativo.

La "mecenas" que coleccionaba lo que ya tenía y lo que no sabía



Cayetana amaba el arte. Y tuvo la inmensa suerte de nacer rodeada de una de las colecciones privadas más importantes del mundo. A partir de ahí, añadió piezas de Picasso, Renoir o Chagall. Pero ojo: comprar arte cuando se tienen millones no es mecenazgo, es decoración de lujo.

¿Podemos mencionar también los tres cuadros perdidos que su difunto primer marido había dejado olvidados en Liria? Y es que claro, con tanta obra de arte en casa, a cualquiera se le olvida que tiene un Sorolla que no es suyo.

El verdadero mérito, si acaso, fue mantener unido ese patrimonio, crear la Fundación Casa de Alba y abrir los palacios al público. Una decisión inteligente que, de paso, garantiza la supervivencia económica de la saga. Pero que nadie confunda estrategia de gestión patrimonial con filantropía. (No nos olvidemos tampoco de la venta de la Madonna de la granada de Fra Angelico al Museo del Prado).

La "embajadora de la cultura española"


Aquí entramos en el terreno resbaladizo de los tópicos. Porque la duquesa reivindicaba el flamenco y la tauromaquia. Lo hacía con pasión, con autenticidad, con un amor genuino que nadie puede discutirle.

El problema es que eso, proyectado al exterior, se convierte en la España de postal: la de los volantes, los toros y las duquesas castizas. Una imagen que vende mucho, que gusta en el extranjero, pero que reduce la complejidad cultural del país a unos cuantos clichés fácilmente digeribles.

Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿es necesario reivindicar siempre lo español a través de los mismos símbolos? ¿No hay otras formas de contar este país que no pasen por el folclorismo más elemental? Si Spanish is diferent, vamos a demostrarlo de una vez, que no salimos de lo mismo, “miarma”.


El elefante (o el toro) en la habitación



Porque claro, está la cuestión de la tauromaquia. Y aquí la cosa se pone fea para cualquiera que intente defenderla desde parámetros actuales.

Cayetana era taurina, ganadera y amante de los toros. También era amante de los caballos y de sus perros. Esta convivencia entre el amor por los animales y el disfrute de su muerte en la plaza es, sencillamente, una contradicción insalvable para la sensibilidad contemporánea.

El argumento de que sin tauromaquia el toro de lidia desaparecería es tan falaz como decir que sin peleas de gallos la raza se extinguiría. No es protección, es producción. Se cría al animal con un destino prefijado: la muerte violenta en un espectáculo.

Pero en los años de de la juventud de la duquesa, esto no se cuestionaba. Ella era hija de su tiempo y de su clase. Otra cosa es que hoy, en 2026, se pretenda vender esa faceta como parte de un legado cultural incuestionable sin asumir el debate ético que lleva décadas sobre la mesa.


Madre e hija: la original y la copia



Y aquí llegamos al punto que más jugo da: la comparación entre Cayetana y Eugenia.

La hija, comisaria de la exposición, es la gran beneficiaria de esta operación de memoria. Y uno entiende que una hija quiera honrar a su madre. Sería preocupante lo contrario. Pero la pregunta surge sola: ¿qué oficio tiene Eugenia más allá de ser la hija de?

Entre ambas, me quedo con la madre. Con todas sus contradicciones, con su petardeo supino, con sus vestidos de estampados imposibles y sus declaraciones ocurrentes, Cayetana era auténtica. Era un personaje, sí, pero se lo había currado durante décadas. Se había ganado a pulso ser la duquesa pop, la abuela de España, la señora que se paseaba por Sevilla durante Semana Santa y feria. (Más tópicos...)

Eugenia, en cambio, es la gestora de un legado que no ha construido. La conservadora de una marca que otros crearon. Posando para las revistas, manteniendo las formas, administrando el recuerdo. No se le conoce otra cosa porque no necesita conocérsele. Su papel en el mundo es precisamente ese: ser la hija de, la continuadora de, la guardiana de la llama.

La madre fue la original. La hija es la copia. (Lo que pides, lo que te llega). Y por muy bien que haga su trabajo de conservación, por muy bonita que quede la exposición, por muchos Avedons y Goyas que cuelgue en las paredes de Dueñas, siempre será eso: la heredera de un personaje que no necesitó comisariar nada para existir.


El claroscuro final



¿Fue Cayetana una mujer relevante? Depende de lo que entendamos por relevancia.

Si relevante es tener 43 títulos nobiliarios, la colección de arte privada más importante de España y una biografía que incluye amistad con Jackie Kennedy, Grace Kelly y Andy Warhol, entonces sí, fue relevantísima.

Si relevante es abrir los palacios, restaurar el patrimonio y garantizar su supervivencia, también.

Pero si relevante es haber aportado algo sustancial al pensamiento, a la cultura entendida en sentido amplio, a la transformación social del país, entonces la cosa cambia. Porque la duquesa fue muchas cosas, pero no fue una intelectual, ni una activista, ni siquiera una mecenas en el sentido clásico. Fue una señora bien, con un desparpajo natural y un sentido del humor que la hicieron caer simpática. Una petarda, sí, pero nada más.

El problema no es ella. El problema es el relato que se construye a su alrededor cada vez que hay una efeméride. Ese empeño en convertirla en un icono de modernidad y ruptura cuando lo suyo era, simplemente, vivir como le daba la "ducal" gana dentro de los márgenes absurdamente amplios que le proporcionaba su cuna.

Yo no soy mitómano. Creo que las personas hay que valorarlas por lo que fueron, no por lo que el marketing póstumo quiere que hayan sido. Y lo que fue Cayetana es exactamente eso: una mujer que tuvo la inmensa suerte de nacer con 43 títulos y decidió vivirlos con libertad, sin cuestionarse nada, sin salirse del carril de lo que realmente importaba (la conservación de su casa, su nombre y su posición), pero poco más, no nos flipemos.

Ni duquesa del pueblo, ni adelantada a su tiempo, ni embajadora de ninguna España que no sea la de los tópicos. Simplemente, Cayetana. La duquesa. La petarda. La que se vestía como una maruja venida a más o una duquesa venida a menos.


Que la exposición sea un éxito, que Dueñas se llene de visitantes y que la marca Alba siga cotizando al alza. Pero no nos vendan la moto de que fue una revolucionaria. Fue una aristócrata con gracia que alegraba las revistas de peluquería. Y con eso, siendo como era, seguramente le bastaba.


Pedrete Trigos