martes, 10 de marzo de 2026

El instante sellado: mitos, miedos y ritos de bienvenida al mundo en la España de 1900

 

Lo que la Gran Encuesta del Ateneo reveló sobre el nacimiento en la España de la Restauración



A caballo entre dos siglos, en una España que olía a carbón y a tierra mojada, nacer era un acto de profundo misterio y peligro. Mucho antes de que los hospitales monopolizaran el parto, la llegada al mundo se desarrollaba en las alcobas, bajo el mando de parteras empíricas y al amparo —o al temor— de un universo simbólico tan rico como implacable. La mortalidad infantil era una sombra cotidiana, y frente a ella, las familias no disponían de otra arma que no fuera la tradición: un repertorio de gestos, objetos sagrados y conjuros aprendidos de abuelas y vecinas, tejido durante siglos con hebras de religiosidad católica y restos de un paganismo ancestral que se negaba a extinguirse.

Este ensayo reconstruye, a partir de las respuestas manuscritas de la Gran Encuesta impulsada por el Ateneo de Madrid en 1901, la experiencia íntima y colectiva del nacimiento. Aquellas más de 17.000 fichas que hoy custodia el Museo Nacional de Antropología nos devuelven la voz de casi doscientos informantes diseminados por toda la geografía española: médicos rurales que asistían partos en pajares, farmacéuticos que conocían los secretos de los brebajes, párrocos que bendecían a las criaturas y maestros que escribían lo que veían. Hombres, en su mayoría, que contestaron con la pluma y con la memoria a un cuestionario minucioso, concebido por intelectuales como Rafael Salillas y Julio Puyol. Su propósito: conocer, de una vez y con método, las costumbres populares que envolvían los tres momentos cardinales de la vida.

Viajaremos, pues, a un mundo donde el alumbramiento era un rito de paso comunitario. Lo haremos con los pies firmemente asentados en el documento, en el testimonio directo de quienes observaron y anotaron. Y lo haremos, también, con la conciencia de que ese mundo, aunque desfigurado por el tiempo, no nos es del todo ajeno: todavía quienes crecimos en las décadas finales del siglo XX alcanzamos a ver sus últimos destellos.

I. La España de 1900 y el ojo de la Encuesta del Ateneo

Para entender lo que significaba nacer en el cambio de siglo, conviene detenerse un instante en quienes se propusieron documentarlo. La Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid lanzó en 1901 una ambiciosa investigación sobre las costumbres populares españolas. No era un mero ejercicio de erudición: respondía al afán de la incipiente antropología española por profundizar en las raíces de la etnografía propia, por registrar un mundo que comenzaba a transformarse con la llegada del ferrocarril, la prensa y las primeras industrias.

Los informantes fueron seleccionados entre personas de confianza, vinculadas de algún modo al Ateneo o a las redes intelectuales de la época. Predominaban los profesionales con pluma fácil y criterio formado: médicos, farmacéuticos, párrocos, abogados, maestros. Solo dos mujeres figuran en la nómina, lo que dice mucho sobre quién tenía voz pública entonces. A cada uno se le hizo llegar un cuestionario con preguntas precisas sobre los ritos de nacimiento, noviazgo, matrimonio y muerte. Y ellos, desde sus pueblos y ciudades, respondieron con mayor o menor extensión, con mayor o menor simpatía hacia las costumbres que describían.

Sus cuadernos de notas, sus observaciones sobre el terreno, llegaron a Madrid. Allí, sobre fichas de cartulina, se fueron volcando sus palabras, ordenadas por provincias y por preguntas. Durante décadas, ese material permaneció semiolvidado en los fondos del Museo Nacional de Antropología, hasta que en 1922 se incorporó definitivamente a sus archivos. Hoy, gracias a su reciente digitalización, podemos asomarnos a ese tesoro sin necesidad de guantes blancos ni de horas de archivo polvoriento. Y lo que encontramos es un retrato coral, poliédrico y de un realismo sobrecogedor de la España de la Restauración.

II. El drama del alumbramiento

La primera verdad que revelan los informes es que el parto era, ante todo, un asunto de mujeres. El médico, cuando aparecía, solía quedarse en la cocina, llamado solo para los casos desesperados. Quien mandaba en la alcoba era la comadrona, la partera empírica, la vecina experimentada que había asistido decenas de alumbramientos y sabía lo que había que hacer. El farmacéutico de Almonacid del Marquesado (Cuenca) lo expresaba con claridad: en la mayoría de los partos, la parturienta «solo es asistida por la comadrona o por alguna vecina, y solo en los casos difíciles acuden al médico o al cirujano, y si éstos faltan, a cualquier curandero o sacristán».

La habitación de la parturienta se preparaba con esmero. Debía estar limpia, sí, pero también protegida. Se cerraban puertas y ventanas para evitar corrientes, pero también para impedir la entrada de seres maléficos. Se encendían velas benditas. Se colocaban estampas de santos en la cabecera de la cama. Y, en un rincón, solía ponerse en remojo un objeto singular: la Rosa de Jericó.

Esta planta, originaria de los desiertos de Oriente Próximo, tenía la virtud higrométrica de abrirse lentamente al contacto con el agua. Y esa cualidad física se interpretaba como un signo: conforme se abría la rosa, así se abrirían las partes de la parturienta para dar a luz. El informante de Huete (Cuenca) lo explicaba con precisión de naturalista: «Es también bastante común en los partos poner en agua la rosa de Jericó, que dicen tiene la virtud de ir abriendo las partes de la parturienta conforme se va abriendo la rosa. La tal rosa es la anastática Ierochintina de Linneo, familia de las crucíferas, tribu de las Iberídeas, hierba pequeña de hojas muy estrechas y plegadas en seco; y como es muy higrométrica, poniéndola en agua se ensanchan con la humedad a las pocas horas. En ese tiempo los esfuerzos de la naturaleza y los auxilios científicos terminan el parto».

Los auxilios científicos, claro, eran relativos. Cuando el parto se complicaba, se recurría a remedios de diversa índole. El mismo informante de Huete mencionaba bebedizos preparados con hierbas, sahumerios para relajar a la parturienta y, en casos extremos, la intervención de la comadrona para maniobrar manualmente al niño. Las hemorragias se combatían con paños fríos, con vinagre, con rezos. Y si todo fallaba, solo quedaba encomendar el alma de la madre y esperar el milagro.

III. Magia preventiva y amuletos

Pero más importante que curar era prevenir. El recién nacido llegaba a un mundo poblado de peligros invisibles, y el más temido de todos era el mal de ojo, el «aojo». La creencia, de raíces antiquísimas, estaba tan extendida que el Marqués de Villena, en el primer libro castellano sobre la materia, ya explicaba que en España había «algunos linajes de gente que están infamados de hacer mal poniendo los ojos en cosa o persona».

Los niños, por ser «más tiernecitos y tener la sangre más delgada», eran los más vulnerables. Para protegerlos, se les colocaban amuletos nada más nacer, o incluso antes, prendidos a la ropa de la madre. El azabache, piedra negra de propiedades protectoras, era uno de los más preciados. No era un recurso exclusivamente popular: también la nobleza y la familia real lo utilizaban. El coral rojo, por su color vital, también gozaba de prestigio. Y los dientes de ajo, las higas de azabache (puños cerrados con el pulgar entre los dedos), las cruces benditas y las medallas de santos completaban el repertorio defensivo.

La encuesta revela también el perfil de quienes podían transmitir el mal de ojo, a menudo sin ser conscientes de ello. Se señalaba a las personas de pelo rojo, a quienes tenían una vena marcada en el entrecejo, a los bizcos, a los de ojos llorosos. Y se advertía que ciertos estados femeninos —el embarazo, la menstruación, la menopausia— eran especialmente peligrosos, pues conferían a la mujer un poder involuntario de dañar con la mirada.

Había también objetos sagrados con fines profilácticos. El pan bendito, repartido en determinadas festividades, se guardaba como un tesoro y se administraba al niño en migajas disueltas en agua al primer síntoma de enfermedad. Las llaves de San Pascual, un santo vinculado tradicionalmente a la protección de las almas del purgatorio, se colocaban sobre la cuna para ahuyentar a los demonios.

IV. Santas y santos "matroneros"

La religión oficial y la religiosidad popular se daban la mano en la figura de los santos especialistas, aquellos a los que se recurría en los trances difíciles del parto. Cada comarca tenía sus devociones, pero algunos nombres se repetían con insistencia en las respuestas de la encuesta.

Santa Águeda, la mártir siciliana a la que torturaron arrancándole los pechos, era invocada para los problemas de lactancia y para los dolores del pecho. Pero su protección se extendía también a las parturientas, quizá por su condición de mujer fuerte que había sufrido en su carne el martirio. San Ramón Nonato, por su parte, era el especialista por excelencia en partos difíciles. El apelativo «Nonato» aludía a que había sido extraído del vientre de su madre ya muerta, lo que le confería una autoridad indiscutible en la materia. Su imagen presidía muchas alcobas, y a él se dirigían las oraciones más fervientes cuando el alumbramiento se prolongaba.

La mediación de los santos se buscaba también antes del parto, para lograr un embarazo feliz o para inclinar el sexo del niño. En algunas localidades vascas se documentan ofrendas a determinados santos con la esperanza de concebir un varón. En otras, se acudía a romerías específicas, se llevaban velas a ermitas apartadas, se prometían exvotos en forma de cera o de pequeñas figuras de niños.

Este santoral popular configuraba una auténtica geografía sagrada de la fertilidad y el buen parto, un mapa de protección sobrenatural que cubría toda la península.

V. Entre lo prohibido y lo inevitable

La embarazada vivía sometida a un código de prohibiciones y prescripciones tan riguroso como poco discutido. El más extendido era el temor a los «antojos». Se creía que, si la mujer sentía un deseo vehemente durante el embarazo y no lo satisfacía, el niño nacería marcado, con una mancha en la piel con la forma del objeto anhelado. El informante de Almonacid del Marquesado lo relataba con cierto escepticismo, pero confirmaba que la creencia estaba muy arraigada: «Se cree que, si la embarazada siente antojo de alguna cosa y no la satisface, la criatura saldrá señalada».

La influencia de la luna también era objeto de atención. Se decía que las fases lunares afectaban al momento del parto, y algunas comadronas programaban sus intervenciones según el calendario lunar. Para predecir el sexo del bebé, los métodos populares eran innumerables: la forma de la barriga (picuda, niño; redonda, niña), la coloración del rostro de la madre, sus antojos específicos (antojo de cosas saladas, niño; de dulces, niña). Ninguno tenía, claro está, base científica, pero todos contribuían a tejer ese entramado simbólico que daba sentido a la espera.

Había también métodos para intentar influir en el sexo, aunque los informantes solían tratarlos con displicencia. Posiciones durante el coito, dietas especiales, rezos a determinados santos... La variedad era grande, pero la eficacia, nula.

VI. La carrera contra la muerte

Si el parto era peligroso, los primeros días de vida lo eran aún más. La mortalidad infantil se llevaba por delante a uno de cada cinco niños antes de cumplir el año. Y ante esa realidad brutal, la mayor angustia de los padres no era solo la pérdida del hijo, sino la suerte de su alma. Un niño que moría sin bautizar carecía de la gracia santificante y no podía acceder al cielo. Su destino era el limbo, un lugar de sombra y quietud donde las almas de los justos que murieron antes de Cristo aguardaban, y donde los niños no bautizados permanecían para siempre sin ver la faz de Dios.

De ahí la carrera contrarreloj que se desataba cuando el recién nacido mostraba signos de debilidad. Si el párroco no podía llegar a tiempo, el propio padre, la partera o algún vecino podían administrar el bautismo de urgencia. Bastaba con verter agua sobre la frente del niño mientras se pronunciaban las palabras rituales: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Cualquier cristiano podía hacerlo, y era considerado un acto de misericordia suprema. El informante de Carcabuey (Córdoba) lo confirmaba: «Cuando el niño nace débil y se teme por su vida, se le bautiza en casa por el padre o la comadrona, y luego, si sobrevive, se lleva a la iglesia para completar las ceremonias».

La ceremonia oficial, con padrinos, velas y agua bendita solemnemente administrada, quedaba así para los niños fuertes, los que habían superado el primer umbral. Para los demás, el bautismo en casa era la puerta de emergencia hacia la salvación. Y cuando ni siquiera eso era posible, cuando el niño nacía muerto o expiraba antes de recibir el agua, solo quedaba el consuelo ambiguo del limbo y la pena infinita de los padres.

VII. Epílogo: De la casa al hospital. El valor de la memoria

Este universo simbólico comenzó a desmoronarse lentamente a lo largo del siglo XX. La medicalización del parto, la generalización de los hospitales, la llegada de la penicilina y las vacunas fueron alejando la muerte de las alcobas y confinando el nacimiento a un espacio aséptico, técnico, regulado por profesionales. Las parteras empíricas dejaron paso a las matronas tituladas, y estas, a los obstetras. Los amuletos de azabache se convirtieron en joyas sin otro poder que el adorno. Los santos especialistas fueron perdiendo clientela.

Pero las costumbres no se extinguen de golpe. Sobreviven en los gestos aprendidos, en las memorias de los mayores, en los recuerdos de quienes crecimos en las décadas finales del siglo XX y aún alcanzamos a ver, como en una fotografía borrosa, los últimos destellos de aquel mundo.

Yo mismo guardo algunos, y quizá por eso me duele especialmente este tema. En Estepa, mi pueblo, los años ochenta del siglo pasado todavía conservaban prácticas que venían de muy atrás. Recuerdo que a los niños no se les sacaba a la calle hasta estar bautizados. Pura lógica preventiva: antes del agua bendita, el niño no era del todo persona, no estaba del todo protegido. Había que mantenerlo a resguardo.

Y recuerdo a mi abuela Nati. Ella aprendió a curar quebraduras, las hernias, porque mi padre nació «quebrado». La señora mayor que lo curaba, ya muy entrada en años y con la vista nublada, en una de aquellas sesiones pinchó a mi padre al coserle la faja. Mi abuela, que había observado con atención el proceso, decidió que aquella mujer no volvería a pinchar a su niño. Tanta maña se dio en aprender que desde entonces le llevaron niños, incluso forasteros, para que los curara. Era un saber femenino, transmitido en silencio, sin más título que la necesidad y la destreza. Ella también se encargaba de abrir los agujeros en las orejas de las niñas para los pendientes. Otro rito de paso, otra pequeña intervención en el cuerpo que marcaba el género.

Mi padre, que era carpintero, todavía tuvo que fabricar ataúdes a medida durante los años cincuenta y sesenta. Incluso infantiles. Esos los pintaban de blanco, como el color de la inocencia, del alma sin pecado. Pienso en él, en la madera, en el peso de encargos así.

Otros ritos se celebraban con alegría. Era habitual llevar a los recién nacidos del año anterior a la iglesia el día de la Candelaria, para presentarlos a la Virgen. El padrino portaba la vela del bautismo, que se encendía en el cirio pascual. Esa misma vela, años después, la encendíamos los niños el día de nuestra primera comunión. Un mismo fuego, un mismo hilo de luz, unía el bautismo con la eucaristía, el inicio con la confirmación en la fe.

Y está la camisa. A los bebés se les confeccionaba una camisa de algodón blanco con el anagrama de María bordado en el pecho izquierdo. Era la primera prenda que vestían nada más nacer. Una protección, un amparo de la madre de Dios sobre la criatura recién llegada.

Todo eso se fue perdiendo. Hoy los niños nacen en clínicas, los padres asisten al parto, las ecografías revelan el sexo mucho antes de que nadie pueda especular con la forma de la barriga. La medicina ha vencido a gran parte de la mortalidad infantil, y con ella, ha desactivado muchas de las angustias que alimentaban aquellos ritos. Pero no está mal recordar de dónde venimos. No está mal asomarse a ese pasado no tan lejano donde nacer era, ante todo, un acontecimiento mágico, y donde la fragilidad de la vida se combatía con el único arsenal disponible: la fe, la tradición y la solidaridad de las mujeres.

La Encuesta del Ateneo nos permite hacerlo con el testimonio de quienes vivieron ese mundo en su plenitud. Nuestros recuerdos familiares, los míos desde Estepa, nos permiten tender un puente hasta ayer mismo. Y quizá, al mirar atrás, entendamos algo mejor quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos.

Porque, al fin y al cabo, los humanos necesitamos rodear los trances de la vida de un sentido que los haga soportables. Necesitamos ritos. Necesitamos mitos. Necesitamos, desesperadamente, creer que no somos solo materia que pasa.

El Caballero Metabólico

domingo, 8 de marzo de 2026

Rituales de paso en la España del cambio de siglo.

Hubo un tiempo, no tan remoto, en que la vida de las gentes de esta península se medía por el compás de tres grandes umbrales: la entrada al mundo, la alianza ante la comunidad y el tránsito hacia lo desconocido. Nacer, casarse, morir. No eran meros accidentes biológicos ni asuntos privados que se despacharan en la intimidad de una clínica o ante la sobriedad de un notario. Eran acontecimientos totales, dramas sagrados que se representaban a cielo abierto, en las alcobas y en las plazas, bajo la mirada atenta de los vecinos y la mirada aún más temible de los muertos y los santos. 



Este espacio que ahora comienza no nace de la nostalgia, ni pretende vestir de postal un pasado que fue, ante todo, duro, sucio y doloroso. Nace de la curiosidad por aquello que fuimos, por los mecanismos que nuestros bisabuelos y tatarabuelos tejieron para dotar de sentido al misterio, para conjurar el miedo y para sujetar, con hebras de tradición, el frágil hilo de la existencia. Y nace, sobre todo, del deseo de hacerlo con los pies firmemente asentados en el documento, en el testimonio, en la palabra escrita de quienes, hace más de un siglo, tuvieron la ocurrencia de preguntar y la paciencia de anotar. 

Porque esta serie de artículos, que irá desgranando los ritos de paso en la España del cambio del siglo XIX al XX, descansa sobre una base sólida y fascinante: la Información promovida por la Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid durante el curso de 1901 a 1902. Una ambiciosa encuesta nacional, concebida por un grupo de intelectuales encabezados por Rafael Salillas y Julio Puyol, que se propuso algo tan sencillo en su enunciado como titánico en su ejecución: conocer, de una vez y con método, las costumbres populares de los tres momentos cardinales de la vida. 

Para ello, confeccionaron un cuestionario minucioso, casi obsesivo, y lo hicieron llegar a corresponsales diseminados por toda la geografía española. Fueron casi doscientos informantes —médicos rurales que asistían partos en pajares, farmacéuticos que conocían los secretos de los brebajes, párrocos que bendecían uniones y amortajaban difuntos, maestros que escribían lo que veían— quienes respondieron con la pluma y con la memoria. Sus cuadernos de notas, sus observaciones sobre el terreno llegaron a Madrid. Allí, sobre unas 17.000 fichas de cartulina, se fueron volcando sus palabras, ordenando por provincias y por preguntas, configurando un retrato coral, poliédrico y de un realismo sobrecogedor de la España de la Restauración. 

Hoy, gracias a la labor del Museo Nacional de Antropología, que custodia ese tesoro desde 1922, y a su reciente digitalización, podemos asomarnos a ese material sin necesidad de guantes blancos ni de horas de archivo polvoriento. Podemos leer, con su ortografía vacilante y su estilo a veces conmovedor, a veces brutalmente directo, lo que esos informantes anónimos quisieron legarnos. Y eso es, exactamente, lo que pretendo hacer en las próximas entregas. 

No encontrarán aquí un ensayo académico al uso, con sus aparatos de notas aplastantes y sus jergas de especialistas. Tampoco hallarán una colección de estampas costumbristas edulcoradas por el sentimentalismo. Lo que leerán será el resultado de un ejercicio de traducción: tomar la voz de aquellos médicos, párrocos y labradores que contestaron a la Encuesta del Ateneo y devolverla a la luz en un lenguaje que, sin perder un ápice de rigor, resulte comprensible y vibrante para el curioso de hoy. 

Hablaremos de las mujeres que parían en sus camas, rodeadas de vecinas y de santos "especialistas" en partos difíciles, mientras el médico, si llegaba, se quedaba en la cocina. Indagaremos en el universo simbólico que protegía al recién nacido del mal de ojo —el azabache, el coral, los dientes de ajo— y en la angustiosa carrera para bautizarle antes de que expirase, abriéndole así las puertas del cielo, o al menos, de un digno limbo. Nos adentraremos en las complejas estrategias del noviazgo, donde el amor romántico era un invitado ocasional y la tierra, el ganado y el honor familiar los verdaderos protagonistas. Recuperaremos el peso del ajuar, esas sábanas bordadas con iniciales que la novia tejía durante años como prueba pública de su virtud y su destreza. Y nos asomaremos, por último, al ceremonial de la buena muerte, al luto reglado, a los banquetes funerarios que escandalizaban a los párrocos y a las almas en pena que aún rondaban los caminos reclamando misas. 

Será, en suma, un viaje a un país que ya no existe, pero cuyos ecos resuenan todavía en muchas de nuestras costumbres y, sobre todo, en nuestras maneras de enfrentar lo sagrado y lo desconocido. Un viaje, eso sí, que haremos sin red, guiados únicamente por la brújula del documento y con la firme voluntad de no traicionar a aquellos que, con sus respuestas, nos permitieron asomarnos a su mundo. Comenzamos. 

El Caballero Metabólico 


domingo, 1 de marzo de 2026

Madame d'Aulnoy: La mujer que inventó los cuentos de hadas y se convirtió en mito

 

Introducción: Un personaje de leyenda



Hubo una vez una mujer que pudo haber sido un hada. Su vida fue tan azarosa, tan llena de conspiraciones, huidas, exilios y regresos triunfales, que bien podría haber salido de uno de sus propios cuentos. Se llamaba Marie-Catherine Le Jumel de Barneville, pero el mundo la conocería como Madame d'Aulnoy, la mujer que inventó los cuentos de hadas.

En los salones parisinos de finales del siglo XVII, donde las mujeres cultivaban el arte de la conversación y disputaban con los hombres el derecho a la palabra, a ella la llamaban simplemente "el Hada" . No era un título menor. En una época en que las mujeres tenían vedado el acceso a la universidad, a la academia, a casi todas las instituciones del saber, aquellas escritoras que se reunían en los salones —las conteuses, las cuentacuentos— encontraron en la figura del hada un alter ego, una forma de reivindicar su propio poder creador. Y ninguna encarnó ese ideal como Marie-Catherine d'Aulnoy.

Porque Madame d'Aulnoy no fue solo una escritora de cuentos. Fue la creadora del género, la mujer que acuñó el término "conte de fées" (cuento de hadas) y la primera que dio a la literatura ese universo maravilloso que hoy asociamos automáticamente con Disney, con Perrault, con los hermanos Grimm . Sus historias —"El pájaro azul", "La gata blanca", "La bella de los cabellos de oro"— poblaron la imaginación europea durante siglos, y sin embargo, su nombre ha quedado injustamente ensombrecido por el de su contemporáneo Charles Perrault.

Este artículo quiere devolver a Madame d'Aulnoy al lugar que le corresponde: no como una mera precursora, no como una curiosidad erudita, sino como la mujer que inventó un género y, al hacerlo, se convirtió ella misma en un personaje de leyenda.


Una vida de novela: La conspiración, el exilio y el regreso

Para entender a Madame d'Aulnoy escritora, hay que conocer primero a Madame d'Aulnoy mujer. Y su biografía, lo hemos anticipado, es material de cuento.

Nacida hacia 1650 en el seno de la nobleza normanda, Marie-Catherine fue casada a los quince años con un hombre treinta años mayor que ella, el barón d'Aulnoy, un noble libertino y jugador que dilapidó buena parte de su fortuna . El matrimonio fue un desastre. A los diecinueve años, Marie-Catherine se vio envuelta en un escándalo mayúsculo: su madre y ella conspiraron para acusar falsamente al barón de traición al rey. El plan fracasó. Los dos hombres que presentaron la acusación —presuntos amantes de madre e hija— fueron ejecutados, y Madame d'Aulnoy hubo de huir de Francia para salvar la vida .

Comienza entonces el periodo más misterioso de su existencia. Se refugió primero en Inglaterra, luego en los Países Bajos y, según ella misma contaría después, en España. Pero de esos años apenas tenemos certezas. La historiadora Elvira Roca Barea lo resume así: "no hay constancia documental de la presencia de la baronesa en tierras españolas. Nadie la menciona y esto resulta raro. Ella nombra a mucha gente importante en aquel tiempo que dice haber conocido en España, pero nadie la nombra a ella". El viaje a España pudo ser real, pudo ser inventado, pudo ser una mezcla de experiencias propias, lecturas y conversaciones con viajeros. Poco importa. Lo relevante es que cuando regresó a París hacia 1685, Madame d'Aulnoy traía consigo el material para dos libros que serían un éxito inmediato: sus Memorias de la corte de España y su Relación del viaje de España .

De vuelta en París, estableció un salón literario en su casa de la rue Saint-Benoît. Allí se reunían aristócratas, escritores, príncipes. Y fue en ese ambiente, en esa atmósfera de conversación ingeniosa y juego intelectual, donde Madame d'Aulnoy encontró su verdadera vocación: contar historias.


La invención de un género: Las hadas toman la palabra

Corría el año 1690. Madame d'Aulnoy publicó su primera novela, Histoire d'Hypolite, comte de Duglas. En medio de sus páginas, como un juego, como un divertimento, insertó un relato: "La isla de la felicidad". Era un cuento de hadas. Y era, según los estudiosos, el primer cuento de hadas literario publicado en Francia .

Lo que vino después fue una auténtica explosión. En 1697, d'Aulnoy comenzó a publicar su colección Les Contes des Fées, que alcanzaría ocho volúmenes y veinticinco cuentos . Títulos como "Gracieuse et Percinet", "L'Oiseau bleu", "Le Rameau d'or", "L'Oranger et l'abeille" poblaron las bibliotecas de la aristocracia francesa y, pronto, de toda Europa.

Pero hay un detalle crucial que la historia literaria ha tendido a olvidar: cuando Charles Perrault publicó sus Historias o cuentos del tiempo pasado (1697), con su célebre "Caperucita", "La bella durmiente" y "Cenicienta", Madame d'Aulnoy ya había publicado varios de sus cuentos y, sobre todo, ya había dado nombre al género. Fue ella quien acuñó la expresión "conte de fées" . Fue ella quien estableció el modelo del cuento de hadas literario: extenso, complejo, lleno de digresiones, de personajes secundarios, de descripciones fastuosas. Perrault escribía cuentos breves, concisos, de cinco a diez páginas. D'Aulnoy escribía novelas en miniatura, de treinta, cuarenta páginas o más, con tramas secundarias, con moralejas explícitas, con una sofisticación narrativa que nada tenía que envidiar a la gran literatura .

Los números hablan por sí solos. D'Aulnoy escribió veinticinco cuentos de hadas; Perrault, diez . Pero lo más revelador es lo que ocurrió después. Entre 1700 y 1739, se publicaron en Gran Bretaña más obras de Madame d'Aulnoy que de cualquier otro autor francés, hombre o mujer . Sus cuentos se reimprimieron una y otra vez a lo largo del siglo XVIII, circularon en ediciones populares a través de la Bibliothèque bleue, y sus relatos individuales vieron al menos dieciocho ediciones, frente a solo ocho de los cuentos de Perrault . Durante décadas, cuando los lectores europeos pensaban en cuentos de hadas, pensaban en Madame d'Aulnoy.


Las hadas como espejo: La mujer y la escritora

¿Por qué las mujeres de los salones parisinos —las précieuses, las conteuses— se sintieron tan identificadas con las hadas? La respuesta nos la da la investigadora Vicenta Garrido Carrasco: "Establecer la correlación entre la varita del hada y la pluma de la mujer escritora supuso pasar al poder del 'y dicho y hecho', consiguiendo cambiar la tradición literaria masculina que controlaba el discurso, ostentaba el poder y les negaba la posibilidad de escribir y ser autoras" .

El hada, en la tradición popular, era una figura de poder. Podía conceder dones, transformar la realidad, intervenir en el destino de los humanos. Las escritoras del siglo XVII, excluidas de las instituciones del saber, se apropiaron de esa figura y la convirtieron en un alter ego. Escribir cuentos de hadas era, para ellas, un acto de reivindicación. Era tomar la palabra en una sociedad que les negaba la voz. Era demostrar que podían crear mundos, construir imaginarios, competir con los hombres en el terreno de la literatura.

Madame d'Aulnoy llevó esta identificación hasta sus últimas consecuencias. En los salones, sus colegas la llamaban "el Hada" . Y ella, en sus cuentos, creó hadas que se parecían sospechosamente a las mujeres de su tiempo: inteligentes, elocuentes, capaces de manejar los hilos del destino con la misma destreza con que las précieuses manejaban la conversación. Como señala Lía Mallol de Albarracín, "tras unas composiciones aparentemente infantiles y superficiales, se esconde una cosmovisión adelantada acerca de la mujer, de la sociedad y de la relación entre los sexos" .

Los cuentos de d'Aulnoy no son historias para niños. Son, ante todo, artefactos literarios complejos, llenos de ironía, de referencias cultas, de juegos con la tradición. Sus protagonistas femeninas no son princesas pasivas que esperan ser rescatadas; son mujeres activas, inteligentes, que toman decisiones, que negocian su destino, que a menudo son ellas quienes rescatan a los príncipes. En "La gata blanca", por ejemplo, la protagonista es un ser poderoso que gobierna un reino subterráneo y pone a prueba al héroe con una serie de tareas, invirtiendo los roles tradicionales del cuento de hadas. En "El pájaro azul", la princesa Florina debe luchar contra la malvada reina madre y demostrar su valía, en un relato que cuestiona las estructuras de poder establecidas.


La querella de los antiguos y los modernos: Una batalla literaria

Para entender la importancia de Madame d'Aulnoy en su tiempo, hay que situarla en el contexto de la Querella de los Antiguos y los Modernos, ese gran debate intelectual que agitó la Francia de finales del siglo XVII. De un lado, los "Antiguos" defendían la superioridad de los autores clásicos grecolatinos. Del otro, los "Modernos" reivindicaban la capacidad de su época para crear una literatura tan valiosa como la de la Antigüedad.

Charles Perrault fue uno de los líderes de los Modernos. Sus cuentos de hadas, con su aparente sencillez y su reivindicación de las tradiciones populares francesas, eran una declaración de principios: lo moderno, lo francés, lo popular podía ser tan valioso como lo antiguo. Pero las conteuses, y muy especialmente Madame d'Aulnoy, llevaron esta reivindicación un paso más allá .

Frente a la aparente sencillez de Perrault, d'Aulnoy cultivó un estilo mucho más sofisticado, con tramas complejas, numerosos personajes, digresiones y referencias cultas. Frente a su reivindicación de lo popular, ella buscó fuentes más prestigiosas: los trovadores medievales, las novelas de caballerías, incluso los clásicos grecolatinos, pero reinterpretados desde una óptica femenina . Su cuento "Gracieuse et Percinet", por ejemplo, retoma el mito de Psique y Cupido —esa historia de Apuleyo que Perrault había criticado por inmoral y oscura— y le da una nueva vida, un nuevo sentido, una nueva moraleja .

Lo que d'Aulnoy estaba haciendo, en el fondo, era reivindicar el derecho de las mujeres a participar en la gran tradición literaria. No como imitadoras pasivas, sino como creadoras activas capaces de transformar esa tradición desde dentro. Sus cuentos son, a la vez, entretenimiento y teoría literaria, narración y manifiesto. En ellos, las hadas no solo reparten dones: también discuten sobre poesía, sobre amor, sobre el arte de contar historias.


Un legado europeo: De Hamilton a los hermanos Grimm

La influencia de Madame d'Aulnoy se extendió por toda Europa durante los siglos XVIII y XIX. En Francia, escritores como Antoine Hamilton y Anne-Claude de Caylus parodiaron y homenajearon sus cuentos. El título mismo de la colección póstuma de Caylus, Todo llega a su tiempo para quien sabe esperar, o Cadichon, seguido de Jeannette o la indiscreción, lleva el elocuente subtítulo: Para servir de suplemento a los Cuentos de hadas de Madame d'Aulnoy (1775) .

En Gran Bretaña, sus cuentos se tradujeron y adaptaron innumerables veces. En 1773, el editor Francis Newbery publicó Las historias de mamá Bunch (Mother Bunch's Fairy Tales), una colección de cuentos de d'Aulnoy pensada explícitamente para niños. El personaje de "Mamá Bunch" era el equivalente inglés de la "Mamá Oca" que Perrault había popularizado, y durante décadas los niños británicos crecieron leyendo las historias de d'Aulnoy sin saber que eran suyas .

En el siglo XIX, el gran estudioso del folclore Andrew Lang incluyó numerosos cuentos de d'Aulnoy en sus célebres colecciones de cuentos de hadas. El dramaturgo J. R. Planché adaptó sus historias para los teatros londinenses y publicó una traducción de sus cuentos en 1855, en la que confesaba: "He hecho tantas libertades al llevarlos a la escena que en esta ocasión he querido ser lo más fiel posible al original para tranquilizar mi conciencia" .

Incluso los hermanos Grimm, en su célebre colección de cuentos populares alemanes, incluyeron versiones de historias que, en última instancia, procedían de d'Aulnoy. Y cuando Disney, en el siglo XX, adaptó "La bella durmiente" o "Cenicienta", lo hizo a partir de Perrault, sí, pero también de una tradición en la que d'Aulnoy había sido tan importante como su colega masculino .


El hada y la escritora: La construcción de un mito

Hay algo fascinante en la forma en que Madame d'Aulnoy fue percibida por sus contemporáneos. No era solo una escritora. Era "el Hada". Sus amigos y colegas la veían como una criatura casi sobrenatural, dotada de un poder especial para encantar con la palabra. En los salones, sus cuentos se recibían como pequeñas maravillas, como objetos preciosos salidos de una mente privilegiada.

Esta identificación entre la autora y sus criaturas fantásticas no es casual. Las hadas de d'Aulnoy son, en muchos sentidos, proyecciones de sí misma: mujeres poderosas que manejan los hilos del destino con inteligencia y astucia, que castigan a los malvados y recompensan a los buenos, que crean mundos paralelos donde rigen otras leyes. La varita mágica del hada es el equivalente de la pluma de la escritora. Ambas transforman la realidad. Ambas crean belleza. Ambas imponen un orden superior.

Pero hay también algo de trágico en esta identificación. Porque el hada, en la tradición, es también una figura ambigua. Puede ser benéfica o maléfica, puede conceder dones o lanzar maldiciones. Y Madame d'Aulnoy, a lo largo de su vida, experimentó esa ambigüedad: fue amada y odiada, admirada y perseguida, celebrada y olvidada.

Después de su muerte, ocurrida hacia 1705, su nombre fue cayendo gradualmente en el olvido. Perrault, con sus cuentos más breves, más accesibles, más fáciles de adaptar para niños, terminó imponiéndose en el imaginario popular. Durante los siglos XIX y XX, los cuentos de d'Aulnoy se siguieron leyendo, sí, pero a menudo sin nombre de autora, como parte de ese caudal anónimo de la tradición popular. Fue solo a finales del siglo XX y principios del XXI cuando la crítica feminista comenzó a recuperar su figura, a reivindicar su papel pionero, a devolverle el lugar que le corresponde en la historia de la literatura.


Conclusión: La varita y la pluma

Hoy, cuando pensamos en cuentos de hadas, pensamos en Disney, en Perrault, en los hermanos Grimm. Rara vez pensamos en Madame d'Aulnoy. Y sin embargo, sin ella, el género tal vez no existiría como lo conocemos. Fue ella quien le dio nombre. Fue ella quien estableció el modelo del cuento de hadas literario. Fue ella quien demostró que las mujeres podían escribir, y escribir bien, y ser leídas, y ser admiradas, y competir con los hombres en igualdad de condiciones.

La vida de Madame d'Aulnoy fue un cuento de hadas con final feliz, pero también con muchos peligros en el camino. Sobrevivió a una conspiración, a un exilio, a un matrimonio desgraciado. Construyó una carrera literaria desde cero. Se convirtió en el centro de uno de los salones más prestigiosos de París. Inventó un género. Y cuando murió, dejó tras de sí veinticinco cuentos que han seguido fascinando a lectores de todas las edades durante más de tres siglos.

La varita del hada y la pluma de la escritora. Madame d'Aulnoy manejó ambas con la misma destreza. Y al hacerlo, abrió un camino que muchas otras mujeres recorrerían después. Por eso merece ser recordada. No como una curiosidad erudita, no como una nota al pie en la historia de Perrault, sino como lo que fue: la mujer que inventó los cuentos de hadas y se convirtió, ella misma, en un personaje de leyenda.

Como escribió Vicenta Garrido Carrasco: "Mme d'Aulnoy como mujer escritora recuperó y se apropió del personaje del hada, y ambas —mujer y hada—, desde el cuento, abrieron nuevas posibilidades para las aspiraciones femeninas como figuras modernas del feminismo de su tiempo" . En sus páginas, las mujeres aprendieron a soñar con otros mundos posibles. Y en su vida, nos enseñó que una mujer puede, efectivamente, cambiar el mundo con solo tomar la palabra.


Bibliografía citada

  • BOTTIGHEIMER, Ruth B. "Marie-Catherine d'Aulnoy's 'White Cat' and Hannā Diyāb's 'Prince Ahmed and Pari Banou': Influences and Legacies". Marvels & Tales, vol. 35, n. 2, 2022. 

  • DUGGAN, Anne E. "Marie-Catherine d'Aulnoy's Eighteenth-Century Legacy: The Case of Hamilton and Caylus". Féeries, 2024. 

  • GARRIDO CARRASCO, Vicenta. Mujeres y hadas: desde el cuento a las reivindicaciones femeninas. Universidad de Jaén, 2015. 

  • GARRIDO CARRASCO, Vicenta. Las hadas en los cuentos de Perrault y de Madame d'Aulnoy. Tesis doctoral, Universidad de Jaén, 2014. 

  • MALLOL DE ALBARRACÍN, Lía. "Las salonnieres del siglo XVII en Francia y los cuentos de hadas de Madame D'Aulnoy". Revista Melibea, vol. 14, 2020. 

  • TAYLOR, Helena. "Ancients and Moderns: Conteuses as Literary Critics". Women Writing Antiquity: Gender and Learning in Early Modern France. Oxford University Press, 2024.