El hombre que levantó Sevilla y al que Sevilla olvidó
Hay personajes históricos que, pese a haber dejado una huella imborrable en una ciudad, son condenados al olvido o, peor aún, a la caricatura. Antonio de Orleans, duque de Montpensier, es uno de ellos. En Sevilla, donde su legado es visible a cada paso, su nombre brilla por su ausencia en el callejero. Y no es casualidad.
Un extranjero que hizo más por Sevilla que los sevillanos
Cuando Antonio de Orleans llegó a Sevilla en 1848, la ciudad estaba empobrecida. Había perdido el monopolio del comercio con Indias en favor de Cádiz, había sufrido un saqueo artístico sin precedentes y malvivía con la memoria de un glorioso pasado. La instalación de la corte de los Montpensier, sin embargo, tendría una repercusión enorme.
El duque no era un noble ocioso de los que poblaban la aristocracia española. Fascinado por las nuevas tecnologías —el ferrocarril, la electricidad, el telégrafo—, cosmopolita y emprendedor, se ocupaba personalmente del cultivo de sus tierras, algo que contrastaba radicalmente con la imagen del noble que vivía de las rentas sin mover un dedo.
Fue pionero en la introducción de nueva maquinaria agrícola: el primer arado de vapor conocido en Andalucía lo trajo él, y promovió el uso de segadoras y trilladoras de moderna generación. En sus palacios de San Telmo y Villamanrique montó una conexión telegráfica con Madrid con una pequeña central eléctrica, una de las primeras del país.
El mecenas que redescubrió la Sevilla antigua
Mientras la nobleza y el clero local dejaban caer en el abandono ermitas y conventos, Montpensier las restauraba. Y no lo hacía con dinero francés, sino con el suyo propio.
Su legado es abrumador:
Restauró la ermita de Valme y recuperó su romería, una tradición que había caído en el olvido.
Impulsó la romería del Rocío, hasta el punto de que la Hermandad Matriz de Almonte lo nombró hermano mayor honorario en 1853. Gracias a su influencia, la hermandad obtuvo la aprobación eclesiástica de sus reglas y se amplió el programa celebrativo de la romería.
Fue el principal impulsor de la Feria de Abril, dotándola del esplendor que la convertiría en una de las grandes citas de la ciudad.
Reconstruyó el palacio de San Telmo, convirtiendo un antiguo colegio de mareantes en una de las residencias más suntuosas de Andalucía.
Restauró la casa de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, hoy colegio de las irlandesas.
Fue mecenas de varias cofradías y apoyó a los pintores locales que se adentraban en el romanticismo y el costumbrismo.
Y, por supuesto, los jardines de San Telmo, que su esposa legó a la ciudad y que hoy conocemos como el Parque de María Luisa, el pulmón verde de Sevilla y uno de sus espacios más queridos.
"El rey naranjero": el insulto que delata el desprecio clasista
¿Y cómo respondieron los "señoritos" de Sevilla a todo esto? Con el desprecio y la mofa. Le pusieron el apodo de "el rey naranjero" y le dedicaron una copla cruel:
Ese apodo no era un chiste inocente. Era un insulto clasista. Le llamaban "naranjero" porque se atrevía a cultivar sus tierras, a modernizar sus fincas, a trabajar. En una sociedad donde la nobleza medía su estatus por la inacción —vivir de las rentas, no ensuciarse las manos—, un infante que compraba fincas plantaba naranjos y revisaba personalmente las cuentas con sus administradores era una anomalía incómoda.
La elite se escandalizaba. Él, que venía de fuera, restauraba lo que la nobleza y el clero local tenían abandonado. Y encima lo hacía con un gusto exquisito, dándole a todo un estilo andaluz con su particular orientalismo.
La sombra de la conspiración
Es cierto que Montpensier fue un conspirador. Aspiró al trono de España, participó en la Revolución de 1868 y su figura siempre estuvo envuelta en sospechas —nunca probadas— sobre el atentado contra el general Prim. Pero conviene recordar que su matrimonio con Luisa Fernanda, como el de Isabel II con Francisco de Asís, fue orquestado desde dentro y desde fuera de España. Ninguno de los cuatro pudo elegir.
La diferencia es que Antonio de Orleans, a diferencia de sus cuñados, no se resignó. No porque fuera un maquiavélico, sino porque entendió que el poder no se hereda, se construye. Y mientras esperaba su oportunidad, levantó una ciudad.
La paradoja: el olvido
Y ahí está la paradoja más irritante. En Sevilla hay calles dedicadas a otros miembros de su familia: la calle Infanta Luisa de Orleans, la calle Alfonso de Orleans y Borbón, la calle Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans. Su apellido, Orleans, está muy presente. Pero su nombre propio, Antonio, no figura en ninguna placa.
¿Qué hizo él para merecer ese olvido? Todo. Y quizá por eso: porque hizo demasiado. Porque era un extranjero que trabajaba, que invertía, que creaba, que preservaba. Y eso, en la España de los "señoritos" ociosos, era imperdonable.
La justicia poética de la historia
Pero la historia tiene sus ironías. Felipe VI, rey de España, es tataranieto de su hija Isabel, la primogénita de los Montpensier. La sangre que los "señoritos" despreciaban como extranjera y advenediza corre hoy por las venas del monarca. Y el legado de Antonio de Orleans —San Telmo, los jardines de María Luisa, la Feria, el Rocío, Valme— sigue vivo en la ciudad que lo ridiculizó.
Antonio de Orleans no era un santo. Pero era un hombre de su tiempo, con sus luces y sus sombras, que hizo más por Sevilla y los sevillanos que todos sus detractores juntos. No pide una estatua. Pero una calle, al menos una calle, no sería pedir demasiado.
—¡Te lo brindo, Antonio!
Pedrete Trigos

