lunes, 21 de septiembre de 2026

La estatua que sufrió más exilios que su dueña

 

Los vaivenes del monumento a Luisa Fernanda

Hay historias que parecen sacadas de una novela de enredos. La de la estatua de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, la duquesa de Montpensier, es una de ellas. Una escultura que nació para honrar a quien regaló a Sevilla sus jardines privados, y que acabó recorriendo la ciudad y cruzando provincias como si no encontrara su lugar en el mundo. Un vaivén de casi un siglo que tiene poco que envidiar a las peripecias de cualquier obra de arte perseguida.

Una donación que merecía un monumento

El 23 de mayo de 1893, Luisa Fernanda, ya viuda de Antonio de Orleans, donó a la ciudad de Sevilla aproximadamente la mitad de los jardines de su Palacio de San Telmo. No fue un gesto menor: aquellos terrenos, que hoy conocemos como el Parque de María Luisa, eran el corazón de su residencia sevillana, el lugar donde había vivido con su familia y donde había visto crecer a sus hijos, incluida la malograda reina Mercedes.

El Ayuntamiento, en un gesto de agradecimiento, decidió que lo menos que podía hacer era erigir una estatua en su honor. Y para ello, como no podía ser de otra manera, encargó la obra al más afamado escultor sevillano del momento: Antonio Susillo.

El proyecto que nunca vio la luz

El 23 de marzo de 1893, Susillo recibió el encargo. El 17 de diciembre de ese mismo año presentó su proyecto. Pero la historia, caprichosa, decidió torcerse. El 20 de marzo de 1894, la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría rechazó el proyecto. No se sabe con certeza si fue por cuestiones estéticas, por rivalidades académicas o por el simple y eterno pulso entre creadores e instituciones. Lo cierto es que el proyecto de Susillo quedó en nada.

Y para rematar la mala fortuna, el escultor falleció de forma inesperada poco después. Sevilla se quedó sin su estatua y sin su escultor más brillante. Un doble golpe.

1929: la estatua que sí llegó

Hubo que esperar 36 años. En 1929, con la ciudad volcada en la Exposición Iberoamericana, el Ayuntamiento retomó la idea. Esta vez el encargo recayó en Enrique Pérez Comendador, que realizó una estatua en piedra que fue inaugurada el 16 de agosto de 1929 por el propio rey Alfonso XIII.

La obra representaba a la infanta con un vestido de época y una flor en la mano izquierda, que muchos interpretaron como un símbolo de su hija María de las Mercedes, la reina que apenas reinó cinco meses. La estatua se colocó en la Avenida Rodríguez Caso, dentro del parque.

Parecía que, por fin, la historia había encontrado su final feliz. Pero no.

Los vaivenes de una estatua viajera

Lo que vino después fue una sucesión de traslados que haría las delicias de cualquier coleccionista de obras de arte errantes:

  • 1965: La estatua cambió de ubicación dentro del propio parque, trasladándose junto al Estanque de los Lotos. Un pequeño paseo, pero el primero de una larga serie.

  • 1972: Llegó el gran viaje. La estatua de piedra fue retirada y almacenada en el Convento de Santa Clara. En su lugar, el Ayuntamiento colocó una copia en bronce que es la que hoy podemos ver en el parque. La original, la de verdad, emprendió camino hacia Sanlúcar de Barrameda.

¿Y por qué Sanlúcar? Porque allí, en el Palacio de Orleans-Borbón, los duques de Montpensier tenían su residencia de verano. Era un gesto poético: devolver a la infanta a la ciudad que tanto amó junto a su esposo. La estatua se instaló en la Plaza de los Cisnes.

  • 2008: Ni siquiera Sanlúcar fue su destino final. La estatua de piedra se trasladó de nuevo, esta vez a los jardines de entrada al Ayuntamiento de Sanlúcar, en el antiguo Palacio Orleans-Borbón. Allí reposa hoy.

Una copia para Sevilla, el original para la historia

El resultado de todo este periplo es que Sevilla se quedó con una copia en bronce, mientras que la original de piedra, la que esculpió Pérez Comendador, descansa en Sanlúcar. Una especie de trueque involuntario: la ciudad que recibió los jardines se quedó con la réplica, y la ciudad que fue residencia veraniega de los duques conserva el original.

Y el parque, 21 años esperando

Pero la historia de la estatua no es el único capítulo de esta novela. El parque en sí mismo tiene su propia peripecia temporal. Luisa Fernanda donó los terrenos en 1893, pero el parque no se abrió al público hasta el 18 de abril de 1914.

21 años de espera. La ciudad, que había recibido un regalo extraordinario, lo mantuvo cerrado, en un estado prácticamente salvaje, durante más de dos décadas. No fue hasta que Sevilla fue designada sede de la Exposición Iberoamericana de 1929 cuando se emprendió su transformación definitiva. El paisajista francés Jean Claude Nicolas Forestier rediseñó los jardines entre 1911 y 1914, dándoles la estructura que hoy admiramos. Pero incluso ese rediseño, que comenzó en 1911, no impidió que el parque permaneciera cerrado hasta 1914.

La paradoja de un homenaje viajero

Es curioso: el parque que lleva su nombre es uno de los espacios más queridos de Sevilla. La copia de su estatua recibe cada día la visita de miles de personas. Pero la infanta, la mujer que hizo posible todo esto, vio cómo su imagen original emprendía los mismos exilios que ella misma tuvo en vida. De Sevilla a Sanlúcar, de una glorieta a otra, de la plaza a los jardines del Ayuntamiento.

Casi un siglo de vaivenes para una estatua que, en realidad, solo quería recordar a quien regaló a Sevilla su pulmón verde. Una historia de desidia municipal, de proyectos fallidos, de traslados inexplicables y, al final, de una copia que sustituye a un original que ya no está.

La próxima vez que paseen por el Parque de María Luisa y vean la estatua de bronce, recuerden: no es la de verdad. La original, la que esculpió Pérez Comendador, está a dos horas de carretera, en Sanlúcar, mirando al Guadalquivir desde el Ayuntamiento.

Y piensen también en esos 21 años en los que Sevilla tuvo un regalo inmenso y lo mantuvo cerrado. Porque a veces, la historia de un lugar no se cuenta solo en lo que tiene, sino en lo que tardó en valorarlo.


Pedrete Trigos

viernes, 18 de septiembre de 2026

Antonio el Naranjero

 

El hombre que levantó Sevilla y al que Sevilla olvidó

Hay personajes históricos que, pese a haber dejado una huella imborrable en una ciudad, son condenados al olvido o, peor aún, a la caricatura. Antonio de Orleans, duque de Montpensier, es uno de ellos. En Sevilla, donde su legado es visible a cada paso, su nombre brilla por su ausencia en el callejero. Y no es casualidad.

Un extranjero que hizo más por Sevilla que los sevillanos

Cuando Antonio de Orleans llegó a Sevilla en 1848, la ciudad estaba empobrecida. Había perdido el monopolio del comercio con Indias en favor de Cádiz, había sufrido un saqueo artístico sin precedentes y malvivía con la memoria de un glorioso pasado. La instalación de la corte de los Montpensier, sin embargo, tendría una repercusión enorme.

El duque no era un noble ocioso de los que poblaban la aristocracia española. Fascinado por las nuevas tecnologías —el ferrocarril, la electricidad, el telégrafo—, cosmopolita y emprendedor, se ocupaba personalmente del cultivo de sus tierras, algo que contrastaba radicalmente con la imagen del noble que vivía de las rentas sin mover un dedo.

Fue pionero en la introducción de nueva maquinaria agrícola: el primer arado de vapor conocido en Andalucía lo trajo él, y promovió el uso de segadoras y trilladoras de moderna generación. En sus palacios de San Telmo y Villamanrique montó una conexión telegráfica con Madrid con una pequeña central eléctrica, una de las primeras del país.

El mecenas que redescubrió la Sevilla antigua

Mientras la nobleza y el clero local dejaban caer en el abandono ermitas y conventos, Montpensier las restauraba. Y no lo hacía con dinero francés, sino con el suyo propio.

Su legado es abrumador:

  • Restauró la ermita de Valme y recuperó su romería, una tradición que había caído en el olvido.

  • Impulsó la romería del Rocío, hasta el punto de que la Hermandad Matriz de Almonte lo nombró hermano mayor honorario en 1853. Gracias a su influencia, la hermandad obtuvo la aprobación eclesiástica de sus reglas y se amplió el programa celebrativo de la romería.

  • Fue el principal impulsor de la Feria de Abril, dotándola del esplendor que la convertiría en una de las grandes citas de la ciudad.

  • Reconstruyó el palacio de San Telmo, convirtiendo un antiguo colegio de mareantes en una de las residencias más suntuosas de Andalucía.

  • Restauró la casa de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, hoy colegio de las irlandesas.

  • Fue mecenas de varias cofradías y apoyó a los pintores locales que se adentraban en el romanticismo y el costumbrismo.

Y, por supuesto, los jardines de San Telmo, que su esposa legó a la ciudad y que hoy conocemos como el Parque de María Luisa, el pulmón verde de Sevilla y uno de sus espacios más queridos.

"El rey naranjero": el insulto que delata el desprecio clasista

¿Y cómo respondieron los "señoritos" de Sevilla a todo esto? Con el desprecio y la mofa. Le pusieron el apodo de "el rey naranjero" y le dedicaron una copla cruel:

"Yo soy el rey naranjero 
de los huertos de Sevilla, 
quise atrapar un sillón 
y me quedé sin silla."

Ese apodo no era un chiste inocente. Era un insulto clasista. Le llamaban "naranjero" porque se atrevía a cultivar sus tierras, a modernizar sus fincas, a trabajar. En una sociedad donde la nobleza medía su estatus por la inacción —vivir de las rentas, no ensuciarse las manos—, un infante que compraba fincas plantaba naranjos y revisaba personalmente las cuentas con sus administradores era una anomalía incómoda.

La elite se escandalizaba. Él, que venía de fuera, restauraba lo que la nobleza y el clero local tenían abandonado. Y encima lo hacía con un gusto exquisito, dándole a todo un estilo andaluz con su particular orientalismo.

La sombra de la conspiración

Es cierto que Montpensier fue un conspirador. Aspiró al trono de España, participó en la Revolución de 1868 y su figura siempre estuvo envuelta en sospechas —nunca probadas— sobre el atentado contra el general Prim. Pero conviene recordar que su matrimonio con Luisa Fernanda, como el de Isabel II con Francisco de Asís, fue orquestado desde dentro y desde fuera de España. Ninguno de los cuatro pudo elegir.

La diferencia es que Antonio de Orleans, a diferencia de sus cuñados, no se resignó. No porque fuera un maquiavélico, sino porque entendió que el poder no se hereda, se construye. Y mientras esperaba su oportunidad, levantó una ciudad.

La paradoja: el olvido

Y ahí está la paradoja más irritante. En Sevilla hay calles dedicadas a otros miembros de su familia: la calle Infanta Luisa de Orleans, la calle Alfonso de Orleans y Borbón, la calle Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans. Su apellido, Orleans, está muy presente. Pero su nombre propio, Antonio, no figura en ninguna placa.

¿Qué hizo él para merecer ese olvido? Todo. Y quizá por eso: porque hizo demasiado. Porque era un extranjero que trabajaba, que invertía, que creaba, que preservaba. Y eso, en la España de los "señoritos" ociosos, era imperdonable.

La justicia poética de la historia

Pero la historia tiene sus ironías. Felipe VI, rey de España, es tataranieto de su hija Isabel, la primogénita de los Montpensier. La sangre que los "señoritos" despreciaban como extranjera y advenediza corre hoy por las venas del monarca. Y el legado de Antonio de Orleans —San Telmo, los jardines de María Luisa, la Feria, el Rocío, Valme— sigue vivo en la ciudad que lo ridiculizó.

Antonio de Orleans no era un santo. Pero era un hombre de su tiempo, con sus luces y sus sombras, que hizo más por Sevilla y los sevillanos que todos sus detractores juntos. No pide una estatua. Pero una calle, al menos una calle, no sería pedir demasiado.

—¡Te lo brindo, Antonio!


Pedrete Trigos