Lo que la Gran Encuesta del Ateneo reveló sobre el nacimiento en la España de la Restauración
A caballo entre dos siglos, en una España que olía a carbón y a tierra mojada, nacer era un acto de profundo misterio y peligro. Mucho antes de que los hospitales monopolizaran el parto, la llegada al mundo se desarrollaba en las alcobas, bajo el mando de parteras empíricas y al amparo —o al temor— de un universo simbólico tan rico como implacable. La mortalidad infantil era una sombra cotidiana, y frente a ella, las familias no disponían de otra arma que no fuera la tradición: un repertorio de gestos, objetos sagrados y conjuros aprendidos de abuelas y vecinas, tejido durante siglos con hebras de religiosidad católica y restos de un paganismo ancestral que se negaba a extinguirse.
Este ensayo reconstruye, a partir de las respuestas manuscritas de la Gran Encuesta impulsada por el Ateneo de Madrid en 1901, la experiencia íntima y colectiva del nacimiento. Aquellas más de 17.000 fichas que hoy custodia el Museo Nacional de Antropología nos devuelven la voz de casi doscientos informantes diseminados por toda la geografía española: médicos rurales que asistían partos en pajares, farmacéuticos que conocían los secretos de los brebajes, párrocos que bendecían a las criaturas y maestros que escribían lo que veían. Hombres, en su mayoría, que contestaron con la pluma y con la memoria a un cuestionario minucioso, concebido por intelectuales como Rafael Salillas y Julio Puyol. Su propósito: conocer, de una vez y con método, las costumbres populares que envolvían los tres momentos cardinales de la vida.
Viajaremos, pues, a un mundo donde el alumbramiento era un rito de paso comunitario. Lo haremos con los pies firmemente asentados en el documento, en el testimonio directo de quienes observaron y anotaron. Y lo haremos, también, con la conciencia de que ese mundo, aunque desfigurado por el tiempo, no nos es del todo ajeno: todavía quienes crecimos en las décadas finales del siglo XX alcanzamos a ver sus últimos destellos.
I. La España de 1900 y el ojo de la Encuesta del Ateneo
Para entender lo que significaba nacer en el cambio de siglo, conviene detenerse un instante en quienes se propusieron documentarlo. La Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid lanzó en 1901 una ambiciosa investigación sobre las costumbres populares españolas. No era un mero ejercicio de erudición: respondía al afán de la incipiente antropología española por profundizar en las raíces de la etnografía propia, por registrar un mundo que comenzaba a transformarse con la llegada del ferrocarril, la prensa y las primeras industrias.
Los informantes fueron seleccionados entre personas de confianza, vinculadas de algún modo al Ateneo o a las redes intelectuales de la época. Predominaban los profesionales con pluma fácil y criterio formado: médicos, farmacéuticos, párrocos, abogados, maestros. Solo dos mujeres figuran en la nómina, lo que dice mucho sobre quién tenía voz pública entonces. A cada uno se le hizo llegar un cuestionario con preguntas precisas sobre los ritos de nacimiento, noviazgo, matrimonio y muerte. Y ellos, desde sus pueblos y ciudades, respondieron con mayor o menor extensión, con mayor o menor simpatía hacia las costumbres que describían.
Sus cuadernos de notas, sus observaciones sobre el terreno, llegaron a Madrid. Allí, sobre fichas de cartulina, se fueron volcando sus palabras, ordenadas por provincias y por preguntas. Durante décadas, ese material permaneció semiolvidado en los fondos del Museo Nacional de Antropología, hasta que en 1922 se incorporó definitivamente a sus archivos. Hoy, gracias a su reciente digitalización, podemos asomarnos a ese tesoro sin necesidad de guantes blancos ni de horas de archivo polvoriento. Y lo que encontramos es un retrato coral, poliédrico y de un realismo sobrecogedor de la España de la Restauración.
II. El drama del alumbramiento
La primera verdad que revelan los informes es que el parto era, ante todo, un asunto de mujeres. El médico, cuando aparecía, solía quedarse en la cocina, llamado solo para los casos desesperados. Quien mandaba en la alcoba era la comadrona, la partera empírica, la vecina experimentada que había asistido decenas de alumbramientos y sabía lo que había que hacer. El farmacéutico de Almonacid del Marquesado (Cuenca) lo expresaba con claridad: en la mayoría de los partos, la parturienta «solo es asistida por la comadrona o por alguna vecina, y solo en los casos difíciles acuden al médico o al cirujano, y si éstos faltan, a cualquier curandero o sacristán».
La habitación de la parturienta se preparaba con esmero. Debía estar limpia, sí, pero también protegida. Se cerraban puertas y ventanas para evitar corrientes, pero también para impedir la entrada de seres maléficos. Se encendían velas benditas. Se colocaban estampas de santos en la cabecera de la cama. Y, en un rincón, solía ponerse en remojo un objeto singular: la Rosa de Jericó.
Esta planta, originaria de los desiertos de Oriente Próximo, tenía la virtud higrométrica de abrirse lentamente al contacto con el agua. Y esa cualidad física se interpretaba como un signo: conforme se abría la rosa, así se abrirían las partes de la parturienta para dar a luz. El informante de Huete (Cuenca) lo explicaba con precisión de naturalista: «Es también bastante común en los partos poner en agua la rosa de Jericó, que dicen tiene la virtud de ir abriendo las partes de la parturienta conforme se va abriendo la rosa. La tal rosa es la anastática Ierochintina de Linneo, familia de las crucíferas, tribu de las Iberídeas, hierba pequeña de hojas muy estrechas y plegadas en seco; y como es muy higrométrica, poniéndola en agua se ensanchan con la humedad a las pocas horas. En ese tiempo los esfuerzos de la naturaleza y los auxilios científicos terminan el parto».
Los auxilios científicos, claro, eran relativos. Cuando el parto se complicaba, se recurría a remedios de diversa índole. El mismo informante de Huete mencionaba bebedizos preparados con hierbas, sahumerios para relajar a la parturienta y, en casos extremos, la intervención de la comadrona para maniobrar manualmente al niño. Las hemorragias se combatían con paños fríos, con vinagre, con rezos. Y si todo fallaba, solo quedaba encomendar el alma de la madre y esperar el milagro.
III. Magia preventiva y amuletos
Pero más importante que curar era prevenir. El recién nacido llegaba a un mundo poblado de peligros invisibles, y el más temido de todos era el mal de ojo, el «aojo». La creencia, de raíces antiquísimas, estaba tan extendida que el Marqués de Villena, en el primer libro castellano sobre la materia, ya explicaba que en España había «algunos linajes de gente que están infamados de hacer mal poniendo los ojos en cosa o persona».
Los niños, por ser «más tiernecitos y tener la sangre más delgada», eran los más vulnerables. Para protegerlos, se les colocaban amuletos nada más nacer, o incluso antes, prendidos a la ropa de la madre. El azabache, piedra negra de propiedades protectoras, era uno de los más preciados. No era un recurso exclusivamente popular: también la nobleza y la familia real lo utilizaban. El coral rojo, por su color vital, también gozaba de prestigio. Y los dientes de ajo, las higas de azabache (puños cerrados con el pulgar entre los dedos), las cruces benditas y las medallas de santos completaban el repertorio defensivo.
La encuesta revela también el perfil de quienes podían transmitir el mal de ojo, a menudo sin ser conscientes de ello. Se señalaba a las personas de pelo rojo, a quienes tenían una vena marcada en el entrecejo, a los bizcos, a los de ojos llorosos. Y se advertía que ciertos estados femeninos —el embarazo, la menstruación, la menopausia— eran especialmente peligrosos, pues conferían a la mujer un poder involuntario de dañar con la mirada.
Había también objetos sagrados con fines profilácticos. El pan bendito, repartido en determinadas festividades, se guardaba como un tesoro y se administraba al niño en migajas disueltas en agua al primer síntoma de enfermedad. Las llaves de San Pascual, un santo vinculado tradicionalmente a la protección de las almas del purgatorio, se colocaban sobre la cuna para ahuyentar a los demonios.
IV. Santas y santos "matroneros"
La religión oficial y la religiosidad popular se daban la mano en la figura de los santos especialistas, aquellos a los que se recurría en los trances difíciles del parto. Cada comarca tenía sus devociones, pero algunos nombres se repetían con insistencia en las respuestas de la encuesta.
Santa Águeda, la mártir siciliana a la que torturaron arrancándole los pechos, era invocada para los problemas de lactancia y para los dolores del pecho. Pero su protección se extendía también a las parturientas, quizá por su condición de mujer fuerte que había sufrido en su carne el martirio. San Ramón Nonato, por su parte, era el especialista por excelencia en partos difíciles. El apelativo «Nonato» aludía a que había sido extraído del vientre de su madre ya muerta, lo que le confería una autoridad indiscutible en la materia. Su imagen presidía muchas alcobas, y a él se dirigían las oraciones más fervientes cuando el alumbramiento se prolongaba.
La mediación de los santos se buscaba también antes del parto, para lograr un embarazo feliz o para inclinar el sexo del niño. En algunas localidades vascas se documentan ofrendas a determinados santos con la esperanza de concebir un varón. En otras, se acudía a romerías específicas, se llevaban velas a ermitas apartadas, se prometían exvotos en forma de cera o de pequeñas figuras de niños.
Este santoral popular configuraba una auténtica geografía sagrada de la fertilidad y el buen parto, un mapa de protección sobrenatural que cubría toda la península.
V. Entre lo prohibido y lo inevitable
La embarazada vivía sometida a un código de prohibiciones y prescripciones tan riguroso como poco discutido. El más extendido era el temor a los «antojos». Se creía que, si la mujer sentía un deseo vehemente durante el embarazo y no lo satisfacía, el niño nacería marcado, con una mancha en la piel con la forma del objeto anhelado. El informante de Almonacid del Marquesado lo relataba con cierto escepticismo, pero confirmaba que la creencia estaba muy arraigada: «Se cree que, si la embarazada siente antojo de alguna cosa y no la satisface, la criatura saldrá señalada».
La influencia de la luna también era objeto de atención. Se decía que las fases lunares afectaban al momento del parto, y algunas comadronas programaban sus intervenciones según el calendario lunar. Para predecir el sexo del bebé, los métodos populares eran innumerables: la forma de la barriga (picuda, niño; redonda, niña), la coloración del rostro de la madre, sus antojos específicos (antojo de cosas saladas, niño; de dulces, niña). Ninguno tenía, claro está, base científica, pero todos contribuían a tejer ese entramado simbólico que daba sentido a la espera.
Había también métodos para intentar influir en el sexo, aunque los informantes solían tratarlos con displicencia. Posiciones durante el coito, dietas especiales, rezos a determinados santos... La variedad era grande, pero la eficacia, nula.
VI. La carrera contra la muerte
Si el parto era peligroso, los primeros días de vida lo eran aún más. La mortalidad infantil se llevaba por delante a uno de cada cinco niños antes de cumplir el año. Y ante esa realidad brutal, la mayor angustia de los padres no era solo la pérdida del hijo, sino la suerte de su alma. Un niño que moría sin bautizar carecía de la gracia santificante y no podía acceder al cielo. Su destino era el limbo, un lugar de sombra y quietud donde las almas de los justos que murieron antes de Cristo aguardaban, y donde los niños no bautizados permanecían para siempre sin ver la faz de Dios.
De ahí la carrera contrarreloj que se desataba cuando el recién nacido mostraba signos de debilidad. Si el párroco no podía llegar a tiempo, el propio padre, la partera o algún vecino podían administrar el bautismo de urgencia. Bastaba con verter agua sobre la frente del niño mientras se pronunciaban las palabras rituales: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Cualquier cristiano podía hacerlo, y era considerado un acto de misericordia suprema. El informante de Carcabuey (Córdoba) lo confirmaba: «Cuando el niño nace débil y se teme por su vida, se le bautiza en casa por el padre o la comadrona, y luego, si sobrevive, se lleva a la iglesia para completar las ceremonias».
La ceremonia oficial, con padrinos, velas y agua bendita solemnemente administrada, quedaba así para los niños fuertes, los que habían superado el primer umbral. Para los demás, el bautismo en casa era la puerta de emergencia hacia la salvación. Y cuando ni siquiera eso era posible, cuando el niño nacía muerto o expiraba antes de recibir el agua, solo quedaba el consuelo ambiguo del limbo y la pena infinita de los padres.
VII. Epílogo: De la casa al hospital. El valor de la memoria
Este universo simbólico comenzó a desmoronarse lentamente a lo largo del siglo XX. La medicalización del parto, la generalización de los hospitales, la llegada de la penicilina y las vacunas fueron alejando la muerte de las alcobas y confinando el nacimiento a un espacio aséptico, técnico, regulado por profesionales. Las parteras empíricas dejaron paso a las matronas tituladas, y estas, a los obstetras. Los amuletos de azabache se convirtieron en joyas sin otro poder que el adorno. Los santos especialistas fueron perdiendo clientela.
Pero las costumbres no se extinguen de golpe. Sobreviven en los gestos aprendidos, en las memorias de los mayores, en los recuerdos de quienes crecimos en las décadas finales del siglo XX y aún alcanzamos a ver, como en una fotografía borrosa, los últimos destellos de aquel mundo.
Yo mismo guardo algunos, y quizá por eso me duele especialmente este tema. En Estepa, mi pueblo, los años ochenta del siglo pasado todavía conservaban prácticas que venían de muy atrás. Recuerdo que a los niños no se les sacaba a la calle hasta estar bautizados. Pura lógica preventiva: antes del agua bendita, el niño no era del todo persona, no estaba del todo protegido. Había que mantenerlo a resguardo.
Y recuerdo a mi abuela Nati. Ella aprendió a curar quebraduras, las hernias, porque mi padre nació «quebrado». La señora mayor que lo curaba, ya muy entrada en años y con la vista nublada, en una de aquellas sesiones pinchó a mi padre al coserle la faja. Mi abuela, que había observado con atención el proceso, decidió que aquella mujer no volvería a pinchar a su niño. Tanta maña se dio en aprender que desde entonces le llevaron niños, incluso forasteros, para que los curara. Era un saber femenino, transmitido en silencio, sin más título que la necesidad y la destreza. Ella también se encargaba de abrir los agujeros en las orejas de las niñas para los pendientes. Otro rito de paso, otra pequeña intervención en el cuerpo que marcaba el género.
Mi padre, que era carpintero, todavía tuvo que fabricar ataúdes a medida durante los años cincuenta y sesenta. Incluso infantiles. Esos los pintaban de blanco, como el color de la inocencia, del alma sin pecado. Pienso en él, en la madera, en el peso de encargos así.
Otros ritos se celebraban con alegría. Era habitual llevar a los recién nacidos del año anterior a la iglesia el día de la Candelaria, para presentarlos a la Virgen. El padrino portaba la vela del bautismo, que se encendía en el cirio pascual. Esa misma vela, años después, la encendíamos los niños el día de nuestra primera comunión. Un mismo fuego, un mismo hilo de luz, unía el bautismo con la eucaristía, el inicio con la confirmación en la fe.
Y está la camisa. A los bebés se les confeccionaba una camisa de algodón blanco con el anagrama de María bordado en el pecho izquierdo. Era la primera prenda que vestían nada más nacer. Una protección, un amparo de la madre de Dios sobre la criatura recién llegada.
Todo eso se fue perdiendo. Hoy los niños nacen en clínicas, los padres asisten al parto, las ecografías revelan el sexo mucho antes de que nadie pueda especular con la forma de la barriga. La medicina ha vencido a gran parte de la mortalidad infantil, y con ella, ha desactivado muchas de las angustias que alimentaban aquellos ritos. Pero no está mal recordar de dónde venimos. No está mal asomarse a ese pasado no tan lejano donde nacer era, ante todo, un acontecimiento mágico, y donde la fragilidad de la vida se combatía con el único arsenal disponible: la fe, la tradición y la solidaridad de las mujeres.
La Encuesta del Ateneo nos permite hacerlo con el testimonio de quienes vivieron ese mundo en su plenitud. Nuestros recuerdos familiares, los míos desde Estepa, nos permiten tender un puente hasta ayer mismo. Y quizá, al mirar atrás, entendamos algo mejor quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos.
Porque, al fin y al cabo, los humanos necesitamos rodear los trances de la vida de un sentido que los haga soportables. Necesitamos ritos. Necesitamos mitos. Necesitamos, desesperadamente, creer que no somos solo materia que pasa.
El Caballero Metabólico


