lunes, 26 de octubre de 2026

Esclavitud, poder y política: la influencia cubana en la Restauración borbónica

 

Introducción:

El peso del azúcar y la trata en la política española



A lo largo del siglo XIX, Cuba fue para España algo más que una colonia ultramarina: era la "joya de la Corona", una fuente inagotable de riqueza gracias a la producción de azúcar y al tráfico de esclavos. Detrás de esa prosperidad se alzaba una poderosa élite de plantadores y negreros que, temiendo por la continuidad de su sistema económico, no dudaron en intervenir directamente en la política peninsular para asegurar sus intereses. Su influencia se dejó sentir en tres episodios clave de la historia de España: la financiación de la Restauración alfonsina, la firma de la Paz de Zanjón que puso fin a la Guerra de los Diez Años y, quizá, el misterioso asesinato del general Prim.

Este artículo explora, desde una perspectiva estrictamente histórica y documentada, cómo el capital esclavista cubano se convirtió en un actor decisivo en la política española del último tercio del siglo XIX.


Una alianza de intereses: los esclavistas cubanos y la monarquía borbónica



El núcleo de esta alianza fue el miedo compartido a la abolición de la esclavitud. La élite esclavista cubana, que había amasado enormes fortunas con el azúcar y el tráfico de personas, veía en cualquier gobierno no monárquico —ya fuera una república o un régimen progresista— una amenaza directa a su modo de vida. Por ello, apoyaron activamente la Restauración borbónica, una empresa que, a cambio, necesitaba urgentemente capital.

Cuando Alfonso XII fue proclamado rey en diciembre de 1874, el nuevo régimen se encontró con unas arcas vacías y una guerra civil en el norte recién terminada, pero con el conflicto cubano aún latente. Para consolidar la monarquía y pacificar la isla, era imprescindible el respaldo financiero de los grandes hombres de negocio de La Habana.


Los principales financiadores y sus recompensas



Varios de los hombres más ricos de la época, cuya fortuna provenía en gran parte de la esclavitud y el comercio colonial, se convirtieron en pilares financieros de la causa alfonsina. Sus contribuciones fueron recompensadas con títulos nobiliarios y un poder político e influencia social sin precedentes.

  • Juan Manuel de Manzanedo (Duque de Santoña): Fue uno de los mayores financiadores de la Restauración. Como muestra de gratitud, Alfonso XII le concedió el Ducado de Santoña en 1875. Su influencia era tal que llegó a financiar la compra del palacio de la calle Príncipe en Madrid, inaugurado en 1876 con un baile encabezado por el propio rey.

  • Julián de Zulueta (Marqués de Álava): Este alavés, un conocido traficante de esclavos que había hecho negocios con la propia reina madre María Cristina, también contribuyó decisivamente a la Restauración. Fue recompensado con el título de I marqués de Álava y llegó a ser alcalde de La Habana.

  • Antonio López y López (Marqués de Comillas): Otro "indiano" que, gracias a su fortuna vinculada al comercio colonial y la esclavitud, financió la causa alfonsina y recibió el título de marqués de Comillas.

Estos tres hombres, y otros como ellos, formaban un poderoso lobby que operaba en España para proteger sus intereses, ocupando escaños en el Senado y en las Cortes y tejiendo una red de influencias que llegaba hasta el propio monarca.


Canales de financiación: préstamos y creación de un banco



La financiación no se limitó a donaciones puntuales, sino que se estructuró a través de grandes operaciones financieras.

  • Préstamo a la Corona: Para hacer frente al déficit crónico de la Hacienda y a la guerra en Cuba, se organizó un préstamo de 30 millones de reales a la Corona. Manzanedo participó en este préstamo junto a otros personajes con intereses cubanos.

  • El Banco Hispano Colonial: La operación más ambiciosa fue la suscripción de un empréstito de 300 millones de reales para financiar la pacificación de Cuba. Para gestionarlo, se acordó la creación de una nueva y potente entidad financiera: el Banco Hispano Colonial, fundado en 1876. Esta entidad se convirtió en el principal instrumento para canalizar el capital de los esclavistas cubanos hacia la causa alfonsina, y a su vez, el gobierno español lo utilizó para avalar los pagos de la deuda.


La Paz de Zanjón: un acuerdo necesario



En 1878, el gobierno de Cánovas del Castillo, con el respaldo financiero de los grandes capitalistas cubanos, logró poner fin a la Guerra de los Diez Años (1868-1878), el primer gran conflicto por la independencia de Cuba. La Paz de Zanjón se firmó el 10 de febrero de 1878 en el campamento de San Agustín del Zanjón, Camagüey, entre el general español Arsenio Martínez Campos y una delegación de los insurrectos cubanos.

El pacto no concedió ni la independencia de Cuba ni la abolición inmediata de la esclavitud, los dos grandes objetivos de la guerra. En sus términos se incluían:

  • Reformas políticas que prometían un estatus similar al de Puerto Rico, con representación en Cortes y mayor libertad de prensa.

  • Amnistía general para los delitos políticos, que permitió la liberación de figuras como José Martí o Antonio Maceo.

  • Libertad para los esclavos y colonos asiáticos que hubieran luchado en las filas insurrectas, y una promesa de abolición gradual que finalmente se adelantaría a 1886.

  • Derecho a emigrar de la isla.

El acuerdo fue posible gracias al agotamiento mutuo y al esfuerzo financiero del Banco Hispano Colonial, que suscribió un empréstito de 200 millones de pesetas para sufragar la campaña militar.


La Protesta de Baraguá: el «no» de Maceo



El pacto fue aceptado por la mayoría de los jefes cubanos, pero no por todos. El general Antonio Maceo, junto a un grupo de oficiales, rechazó las condiciones por considerarlas una capitulación que no garantizaba ni la independencia ni la abolición total de la esclavitud.

El 15 de marzo de 1878, en la finca de Baraguá, Maceo y Martínez Campos mantuvieron un famoso encuentro. Maceo exigió la independencia total y el fin de la esclavitud, condiciones que el general español no podía aceptar. Este episodio, conocido como la Protesta de Baraguá, es considerado un acto de dignidad y una negativa a rendirse sin haber conseguido los objetivos de la guerra. Finalmente, Maceo y sus hombres, sin poder continuar la lucha, partieron al exilio.


El asesinato de Prim: ¿una «mano cubana»?



Ocho años antes de la Paz de Zanjón, el general Juan Prim, presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, fue asesinado en Madrid el 27 de diciembre de 1870, cuando su coche fue emboscado en la calle del Turco. Recibió varios disparos y murió tres días después, el 30 de diciembre.

Desde entonces, el crimen ha sido objeto de numerosas especulaciones. Entre las hipótesis que han circulado, la de una «mano cubana» —es decir, la participación de los grandes esclavistas de La Habana— ha tenido cierta difusión. Los argumentos históricos que la sostienen son:

  • El miedo a la abolición: Prim, liberal convencido, era percibido como una amenaza para la continuidad de la esclavitud en Cuba. Los grandes propietarios y negreros de La Habana temían que impulsara su abolición.

  • La venta de Cuba a Estados Unidos: Otra línea argumental apunta a que Prim estaba gestionando la venta de la isla a la nación norteamericana, lo que habría alarmado a los grupos de presión españolistas en Cuba.

  • El contexto de la Guerra de los Diez Años: El atentado se produjo mientras Prim mantenía abiertas gestiones para lograr un armisticio en la guerra cubana, un contexto que generaba enormes tensiones con los intereses coloniales.

Sin embargo, y esto es clave, la mayoría de las fuentes académicas presentan esta conexión como una «sospecha» o una «hipótesis» que circuló en la época, pero no existe una prueba histórica definitiva y contrastada que la confirme. La investigación más rigurosa del sumario, realizada por los historiadores Fontana Beltrán y Redondo Penas, apunta a una conspiración política interna en España liderada por el general Francisco Serrano, con la posible implicación del duque de Montpensier. El autor material señalado fue José Paúl Angulo, un diputado federalista.

En resumen, la conexión cubana es una hipótesis con fundamentos lógicos, pero no es un hecho probado. La autoría del asesinato del general Prim sigue siendo un misterio.


Conclusión: una huella indeleble en la historia de España



El capital esclavista cubano no fue un actor secundario en la política española del siglo XIX, sino un protagonista decisivo. Su dinero sostuvo la Restauración borbónica, financió la pacificación de la isla y otorgó a sus principales representantes títulos nobiliarios y un poder político que mantuvieron durante décadas. La Paz de Zanjón, con todas sus contradicciones, fue el fruto de esa alianza entre la monarquía y la élite colonial.

El asesinato de Prim, en cambio, sigue siendo una incógnita. La posibilidad de que los esclavistas cubanos estuvieran detrás del magnicidio es una hipótesis sugerente, pero no confirmada. Lo que sí es indiscutible es que los intereses económicos de la esclavitud cubana dejaron una huella profunda en la historia de España, condicionando sus decisiones políticas y militares hasta el fin del dominio colonial en 1898. 

Pedrete Trigos


Fuentes y bibliografía recomendada

  • Bahamonde, Ángel y Martínez, José Antonio: Historia de España. Siglo XIX.

  • Fontana Beltrán, Josep y Redondo Penas, José: El asesinato de Prim. La historia de un magnicidio.

  • López-Morell, Miguel Ángel: La estrategia de la corrupción. El patrimonio y los negocios de María Cristina de Borbón y Agustín Muñoz.

  • Ruiz Sánchez, José Luis: El Banco Hispano Colonial y la financiación de la Restauración.

viernes, 23 de octubre de 2026

Cannes, 1872: el pacto secreto que restauró la monarquía en España

 

Introducción: El tablero político en 1871-1872



La primavera de 1871 era un momento de profunda incertidumbre para España. El país llevaba tres años sumido en el Sexenio Democrático (1868-1874), un período de convulsiones políticas que había comenzado con el destronamiento de Isabel II en la Revolución de 1868 —conocida como "La Gloriosa"— y había continuado con la breve y accidentada experiencia del reinado de Amadeo I de Saboya.

Isabel II, exiliada en París, había abdicado sus derechos dinásticos en 1870 en favor de su hijo, el príncipe Alfonso de Borbón, quien contaba entonces con trece años. El joven príncipe se encontraba estudiando en el Theresianum de Viena, una prestigiosa academia para la nobleza, alejado de la política española pero convertido en la gran esperanza de los sectores monárquicos.

Mientras tanto, en España, la Primera República proclamada en 1873 tras la abdicación de Amadeo I se mostraba frágil e inestable. La búsqueda de una restauración borbónica se convirtió en el objetivo de un grupo cada vez más numeroso de políticos, militares y aristócratas que veían en el joven Alfonso la solución para poner fin al caos republicano.

En este contexto, dos figuras clave del exilio borbónico —la reina madre María Cristina (abuela de Alfonso) y su yerno Antonio de Orleans, duque de Montpensier— comenzaron a tejer una alianza que cambiaría el curso de la historia de España.


El encuentro clave: la visita de Montpensier a Viena



A finales de 1871, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, tomó una decisión estratégica que marcaría el inicio de las negociaciones: viajó a Viena para visitar a su sobrino, el príncipe Alfonso, en el Theresianum.

Este encuentro no fue una simple visita familiar. Montpensier, que por entonces residía en Francia —concretamente en la Villa Talbot de Cannes, una casa construida hacia 1870 donde pasó el invierno de 1871-1872—, era consciente del valor simbólico de su gesto. Al desplazarse personalmente a Viena, demostraba públicamente su apoyo a la causa alfonsina, enviando un mensaje claro a las cortes europeas y a los partidarios de la Restauración en España: se estaba alineando con el bando de Alfonso.

La estrategia de las fotografías fue aún más inteligente. Montpensier se hizo retratar junto a su sobrino y distribuyó las imágenes por las principales cortes europeas. Esta campaña de imagen perseguía un doble objetivo: legitimar la candidatura de Alfonso ante la comunidad internacional y demostrar que la Casa de Orleans y la rama borbónica encarnada por el joven príncipe estaban unidas. En un momento en que la monarquía española estaba en el aire, estas fotografías funcionaban como una poderosa herramienta de propaganda dinástica.

La visita a Viena fue, en definitiva, el preludio perfecto para el acuerdo que se fraguaría semanas después en la Costa Azul.


La reunión en la Villa Talbot (Cannes), 15 de enero de 1872



El 15 de enero de 1872, en la Villa Talbot de Cannes, se formalizó uno de los pactos políticos más trascendentales de la España del siglo XIX: el denominado "Convenio de Cannes" o "Pacto de Cannes".

Los protagonistas fueron María Cristina de Borbón-Dos Sicilias —la ex reina gobernadora, abuela de Alfonso y artífice de la iniciativa— y Antonio de Orleans, duque de Montpensier. La firma del acuerdo, que había sido negociado por los representantes Goicoerrotea y Pidal con el duque, establecía los siguientes pilares fundamentales:

Apoyo político a la candidatura de Alfonso

Montpensier se comprometía a respaldar activamente la candidatura de Alfonso de Borbón como rey de España, asumiendo la dirección del movimiento restaurador alfonsino. Este respaldo era crucial, ya que Montpensier, casado con la infanta Luisa Fernanda (hermana de Isabel II), contaba con una red de influencias y contactos que podía ser decisiva para el éxito de la empresa.

Una regencia compartida

El segundo pilar del pacto era aún más ambicioso: si Alfonso era proclamado rey siendo menor de edad, la regencia sería ejercida conjuntamente por María Cristina y Antonio de Orleans. El acuerdo, en palabras de la documentación de la época, incluía "la regencia para Montpensier durante la minoría de edad del príncipe Alfonso, en el caso de que fuera proclamado rey de España".

Además, el convenio incluía el acuerdo de no convocar Cortes Constituyentes, lo que revelaba la intención de los firmantes de controlar el proceso de restauración sin someterlo a la volatilidad de unas elecciones generales.

Un pacto de duración limitada

El Pacto de Cannes estuvo en vigor hasta el 18 de enero de 1873, cuando Montpensier devolvió los poderes a la reina. La corta vida del acuerdo se debió a las tensiones internas dentro del propio movimiento alfonsino y a la desconfianza mutua entre el duque y otros líderes de la causa, como el general Serrano.


El papel de Isabel II: la arquitecta del pacto



Aunque Isabel II no estuvo físicamente presente en la Villa Talbot el día de la firma, su papel en el acuerdo fue decisivo. La ex reina, exiliada en París, fue la principal impulsora y financiadora del pacto.

La financiación del acuerdo

Para promover la candidatura de Alfonso se necesitaba dinero, pero el duque de Montpensier se negó a aportar nada y, en cambio, solicitó a Isabel II dos millones de reales. La respuesta de Isabel fue inmediata y contundente: "aunque ahora no tengo ese dinero disponible, doy las órdenes para que se ponga ese dinero en poder del marqués de Alcañices en el plazo más breve posible".

Esta promesa, que Isabel II cumplió, demuestra hasta qué punto la ex reina estaba dispuesta a invertir sus recursos personales —y los que pudiera movilizar— para asegurar el trono para su hijo. El marqués de Alcañices, uno de los aristócratas más influyentes del momento, se erigió como el cabeza de la oposición política de la alta nobleza a los gobiernos surgidos tras la Revolución de 1868, asumiendo el liderazgo social de la empresa alfonsina.

La reconciliación familiar

El acuerdo de Cannes también suponía un paso fundamental para la reconciliación de las dos hermanas, Isabel II y Luisa Fernanda (esposa de Montpensier). Las dos ramas de la familia, enfrentadas durante años por rivalidades dinásticas y personales, necesitaban enterrar sus diferencias para que el plan de la Restauración pudiera funcionar.

Esta reconciliación, que se materializaría meses después en el castillo de Randan, fue un requisito indispensable para que el pacto político y el matrimonio dinástico pudieran llevarse a cabo.


El compromiso matrimonial entre Alfonso y Mercedes



El acuerdo de Cannes no se limitó a aspectos políticos. Incluía también el compromiso matrimonial entre el príncipe Alfonso y su prima María de las Mercedes, hija de los duques de Montpensier.

Este matrimonio, que algunos autores han puesto en duda si formaba parte explícita del pacto, era la pieza que sellaba la alianza entre las dos ramas familiares. No era solo una cuestión de amor —que acabaría siendo muy real— sino una operación política de primer orden: el matrimonio del futuro rey con la hija de su principal valedor garantizaría la lealtad de Montpensier y consolidaría la unidad de la familia borbónica.

La formalización en Randan

El compromiso se formalizó en la Navidad de 1872, cuando Isabel II y Alfonso fueron invitados por los duques de Montpensier al castillo de Randan, su residencia en la Auvernia francesa. Fue allí donde Alfonso, de quince años, se enamoró de María de las Mercedes y se comprometieron a casarse.

Alfonso, a sus quince años, le prometió a Mercedes que si algún día llegaba a ser rey, ella sería su reina. Aquella promesa, hecha en la intimidad de un castillo francés, se cumpliría años después, aunque el destino reservaría a la joven pareja un final trágico.


El pacto que nunca se aplicó



A pesar de la cuidadosa planificación y de las altas expectativas depositadas en el Pacto de Cannes, el acuerdo nunca llegó a aplicarse en su totalidad.

El Pronunciamiento de Sagunto

El 29 de diciembre de 1874, el general Arsenio Martínez Campos encabezó un pronunciamiento militar en Sagunto que proclamó rey a Alfonso XII. El gobierno de Serrano, que presidía la Primera República, no opuso resistencia y entregó inmediatamente el poder a los alfonsinos.

Cuando Alfonso fue proclamado rey, ya contaba con diecisiete años. Esta edad se consideraba suficiente para gobernar sin necesidad de una regencia, por lo que la cláusula del Pacto de Cannes que establecía una regencia compartida entre María Cristina y Montpensier quedó sin efecto.

El matrimonio con Mercedes

El compromiso matrimonial, en cambio, sí se cumplió. Tras su proclamación, Alfonso XII renovó el juramento de amor que había hecho a María de las Mercedes en Randan en 1872. La boda se celebró el 23 de enero de 1878 en la Basílica de Atocha de Madrid.

Sin embargo, la felicidad de la pareja duró poco. María de las Mercedes falleció el 26 de junio de 1878, apenas cinco meses después de la boda, víctima de una fiebre tifoidea. El rey, desolado, nunca superó del todo la pérdida de su amada esposa.


Conclusión: un acuerdo clave para la Restauración



Aunque el Pacto de Cannes no se aplicó literalmente —porque Alfonso XII fue proclamado rey siendo ya mayor de edad—, fue el germen de la Restauración borbónica.

El acuerdo sentó las bases para la reconciliación familiar entre las dos ramas de los Borbones, allanó el camino para el retorno de la monarquía y demostró que, pese a las rivalidades personales, la dinastía era capaz de unirse en torno a un objetivo común.

Montpensier, que había sido director del movimiento restaurador alfonsino durante el breve período de vigencia del pacto, cumplió su parte del acuerdo. Cuando Cánovas del Castillo recibió, el 22 de agosto de 1873, la carta de Isabel II y Alfonso otorgándole plenos poderes para hacer triunfar la Restauración, el trabajo de extensión de los círculos alfonsinos por toda España ya estaba culminando.

El Pacto de Cannes fue, en definitiva, el primer paso de un largo camino que devolvería a los Borbones al trono de España y pondría fin a la inestabilidad del Sexenio Democrático. Un pacto secreto firmado en una villa de la Costa Azul que, aunque nunca se aplicó al pie de la letra, cambió para siempre el rumbo de la historia de España. 

Pedrete Trigos


Fuentes y bibliografía recomendada

  • María Luisa Fernanda de Borbón – Wikipedia

  • Convenio de Cannes – Ministerio de Asuntos Exteriores

  • Fernández Almagro, Melchor – Cánovas. Su vida y su política

  • Espadas Burgos, Manuel – Alfonso XII y los orígenes de la Restauración

  • Alaña, Aitor – Vieja nobleza y compromiso político: el marqués de Alcañices y la Restauración alfonsina

lunes, 19 de octubre de 2026

María Cristina de Borbón: de Reina Regente a "Reina de la Corrupción"

 

Introducción: Una figura polarizante

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878) es, sin duda, una de las figuras más complejas y controvertidas del siglo XIX español. Su papel como reina consorte de Fernando VII y, posteriormente, como regente durante la minoría de edad de su hija Isabel II, la situó en el centro de las transformaciones políticas que marcaron el tránsito del absolutismo al liberalismo, un periodo caracterizado por intensas luchas ideológicas, conspiraciones y ambiciones personales.

Su figura ha sido objeto de un profundo debate histórico. Para algunos, fue una reina corrupta que antepuso su ambición personal a los intereses del reino; para otros, una mujer que luchó con determinación por asegurar el trono de su hija en un mundo de hombres. Lo que es indiscutible es que su regencia estuvo marcada por el escándalo y la oposición política, y que su apodo de "Reina de la Corrupción" no es una invención moderna, sino el reflejo de las numerosas acusaciones de enriquecimiento ilícito que la persiguieron durante toda su vida.




Orígenes y matrimonio con Fernando VII

Nacimiento y familia

María Cristina nació en Palermo el 27 de abril de 1806. Era hija de Francisco I, rey de las Dos Sicilias, y de María Isabel de Borbón, hija del rey Carlos IV de España y, por tanto, hermana de Fernando VII. Su nombre completo era María Cristina Fernanda de Borbón y Borbón.

Su educación en la corte napolitana fue esmerada, aunque más orientada hacia la cultura y la religión que hacia la política. Desde joven desarrolló una visión autoritaria del poder, convencida de que el orden social debía sostenerse bajo gobiernos firmes y jerárquicos. El marqués de Villa-Urrutia la describió como una mujer de elegancia natural, de facciones agradables y porte distinguido, cuya presencia destacaba en los ambientes cortesanos.

El enlace con Fernando VII

Tras el fallecimiento de María Josefa Amalia de Sajonia en 1829 —la tercera esposa de Fernando VII—, se planteó la necesidad de un nuevo enlace que asegurara la continuidad dinástica. Por mediación de Luisa Carlota de Borbón, hermana de la reina de Nápoles, se propuso el matrimonio entre Fernando VII y su sobrina María Cristina.

El enlace se celebró en Aranjuez el 11 de diciembre de 1829, cuando el rey contaba con 45 años y la joven princesa con 23. La llegada de María Cristina fue recibida con cierta esperanza por los sectores liberales, que vieron en ella una posible moderación del absolutismo real.

El nacimiento de Isabel II y la Pragmática Sanción

Su primer embarazo consolidó esa expectativa: el 30 de octubre de 1830 dio a luz a Isabel, la futura Isabel II. Este nacimiento llevó a Fernando VII a promulgar la Pragmática Sanción de 1789, que restablecía el derecho sucesorio femenino y dejaba sin efecto la Ley Sálica. Esta decisión, que permitía reinar a las mujeres, desplazó al hermano del rey, Carlos María Isidro, de la línea sucesoria, sentando las bases del conflicto carlista que estallaría tras la muerte del monarca.

Posteriormente, en 1832, nacería su segunda hija, Luisa Fernanda. Durante los últimos años del reinado de Fernando VII, María Cristina desempeñó un papel político creciente, especialmente tras la enfermedad del monarca en 1832, momento en que fue designada gobernadora del reino.


La Regencia (1833-1840): Guerra y reformas

Muerte de Fernando VII y asunción de la regencia

Fernando VII falleció el 29 de septiembre de 1833. Su hija Isabel II contaba entonces con apenas tres años de edad, por lo que María Cristina asumió automáticamente la regencia. La regencia se extendió desde el 29 de septiembre de 1833 hasta el 12 de octubre de 1840.

La Primera Guerra Carlista

La decisión de Fernando VII de permitir que reinara una mujer no fue aceptada por su hermano, el infante Carlos María Isidro. Apenas unos días después de la muerte del rey, estalló la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Este conflicto dinástico enfrentó a dos concepciones de España: los carlistas, defensores del absolutismo y de una monarquía tradicional que apoyaban a Carlos, y los cristinos o isabelinos, defensores de la monarquía constitucional que apoyaban a Isabel II y a la regente.

Alianza forzada con los liberales

Para hacer frente a la amenaza carlista, María Cristina, que en principio era una absolutista, se vio obligada a buscar el apoyo de los liberales. Esta alianza fue el motor de profundos cambios políticos.

  • El Estatuto Real de 1834: La aportación fundamental de Francisco Martínez de la Rosa al frente del gabinete fue el Estatuto Real, promulgado el 16 de abril de 1834. Este documento, que algunos historiadores han calificado como "Constitución Otorgada", establecía la reunión de las Cortes en dos Cámaras: el Estamento de Próceres (actual Senado) y el Estamento de Procuradores (actual Congreso de los Diputados). Sin embargo, el Estatuto Real no convenció ni a conservadores ni a liberales.

  • El Motín de la Granja (1836): El descontento popular, los motines anticlericales y la presión de la guerra llevaron al Motín de la Granja el 15 de mayo de 1836, que forzó a la regente a aceptar la Constitución de 1812.

  • La Constitución de 1837: Promulgada por las Cortes, establecía la soberanía nacional, la separación de poderes y ampliaba derechos, aunque mantenía el sufragio censitario. La Reina Gobernadora juró la Constitución de 1837 acompañada de su hija Isabel II el 18 de junio de 1837.

Las reformas liberal-burguesas

Bajo los gobiernos progresistas, con figuras como Juan Álvarez Mendizábal, se emprendieron reformas clave que desmantelaron el Antiguo Régimen. Mendizábal pasará a la historia como presidente del Consejo de Ministros por la desamortización de los bienes eclesiásticos, mediante los decretos de supresión de los conventos de menos de doce religiosos y disolución de las órdenes religiosas, salvo las hospitalarias. Esta medida tenía como objetivo obtener recursos para la guerra y crear una nueva clase de propietarios.

Durante este periodo se celebraron seis procesos electorales: en 1834, 1836 (febrero, julio y octubre), 1837 y 1839.


El escándalo de la corrupción: "La Reina de la Corrupción"

El apelativo de "Reina de la Corrupción" no es una invención moderna. La documentación histórica respalda que María Cristina y su segundo esposo construyeron una vasta fortuna mediante una trama de negocios que explotaba su posición de poder.

Desvío de fondos públicos y saqueo del patrimonio real

Las acusaciones de corrupción fueron tan graves que llegaron a oídos del parlamento. Se le acusó de desviar millones de reales del erario público para financiar sus empresas personales y de enriquecerse con la venta de buena parte del patrimonio real, incluyendo las joyas de la Corona.

La gravedad de los hechos llevó a que se constituyera una comisión de investigación parlamentaria para esclarecer sus negocios. Como consecuencia directa de la corrupción y del expolio del patrimonio real, en 1854 fue expulsada de España y se le retiró la pensión vitalicia que le habían concedido las Cortes.

La red de negocios con testaferros

Junto a su segundo marido, Agustín Fernando Muñoz, obtuvo grandes beneficios de forma corrupta en torno a concesiones mineras, el ferrocarril, la deuda pública y el monopolio de la sal. La pareja, conocida como "los Muñoces", se asoció con políticos, inversores, hombres de negocios y testaferros para operar en Madrid, París, Londres y La Habana.

La trata de esclavos en Cuba

Posiblemente el aspecto más oscuro de su fortuna fue su implicación directa en el tráfico de esclavos, una práctica ya ilegal en aquella época. La reina madre y su segundo marido fueron acusados de participar financieramente en la trata cubana por medio de una poderosa sociedad capitalista. Hicieron negocio con el político y traficante de esclavos Julián Zulueta, el mayor negrero de la época en Cuba, cuando tal práctica ya era ilegal.

Diversas fuentes señalan que llegaron a dirigir una de las redes de tráfico ilegal de esclavos más grandes del mundo. El escándalo que se originó cuando trascendió que estaba implicada en estos negocios fue uno de los factores que la forzaron a dimitir en 1840.


El matrimonio secreto con Agustín Fernando Muñoz

Un romance fulminante

Siendo capitán de la Guardia de Corps, Agustín Fernando Muñoz fue destinado a la escolta personal de la reina regente María Cristina de Borbón, quien puso sus ojos en él por su gallardía, afabilidad y juventud —tenía veinticinco años y ella veintisiete—, enamorándose ambos. Procedía de una familia sencilla de Tarancón (Cuenca), cuyo negocio familiar era un estanco, aunque contaba con ciertos antecedentes nobiliarios que le facilitaron el acceso a la Corte.

La boda secreta

Apenas tres meses después del fallecimiento de Fernando VII, el 28 de diciembre de 1833, contrajeron matrimonio en el Palacio Real de Madrid. La ceremonia se realizó a las siete de la mañana y fue oficiada por un amigo de Muñoz, Marcos Aniano González, sacerdote recién ordenado que, tras el matrimonio, se convirtió en el capellán de Palacio.

Fue un matrimonio morganático, religioso, en secreto y sin el permiso de las Cortes. Este matrimonio impedía a María Cristina ocupar legítimamente la Regencia, ya que su derecho a ser regente de su hija Isabel II se basaba en su condición de "Reina viuda", tal como estipulaba el testamento de Fernando VII. Además, no tenía validez ni desde el punto de vista canónico ni desde el civil, dadas las condiciones en que se celebró.

El escándalo público y el ascenso de "los Muñoces"

La necesidad de ocultar el matrimonio y, sobre todo, los embarazos y partos que vinieron después, restó mucha popularidad a la Reina Regente, que se convirtió en el blanco de graves críticas.

A pesar de las críticas, María Cristina utilizó su poder para engrandecer a su esposo. Agustín Fernando Muñoz fue colmado de títulos nobiliarios, convirtiéndose en el I duque de Riánsares, además de recibir otras distinciones como la Orden del Toisón de Oro.

La pareja tuvo ocho hijos en total, que recibieron títulos nobiliarios y formaron una nueva y poderosa familia, conocida despectivamente como "los Muñoces". Entre ellos se encontraban María Amparo (condesa de Vista Alegre), Milagros (marquesa de Castillejo), Agustín (duque de Tarancón), Fernando (duque de Riánsares), Juan (conde del Recuerdo) y José (conde de Gracia).


Exilio, regreso y nuevo destierro

Primer exilio: la caída en desgracia (1840-1844)

El fin de su regencia fue tan tumultuoso como su comienzo. La chispa que provocó su caída fue la Ley de Ayuntamientos que ella respaldó el 15 de julio de 1840, una ley que otorgaba un poder casi absoluto al partido moderado y que desencadenó una sublevación generalizada en su contra.

Acorralada por la oposición, encabezada por el general progresista Baldomero Espartero, cuyas victorias sobre los carlistas habían prácticamente terminado la guerra civil, se vio obligada a abdicar de la Regencia el 12 de octubre de 1840. Poco después, marchó al exilio en Francia junto a su segundo esposo y sus hijos. El acuerdo de su exilio incluía la dolorosa condición de dejar en España a sus dos hijas pequeñas, las infantas Isabel (la futura reina) y María Luisa Fernanda.

Lejos de retirarse de la política, desde Francia no cesó de intrigar contra el gobierno de Espartero, conspirando junto a sus fieles y con el respaldo del partido moderado para derrocarlo.

Regreso y oficialización del matrimonio (1844-1854)

La caída de Espartero en 1843 le abrió las puertas para un breve regreso. En febrero de 1844, ya con su hija Isabel II como reina, volvió a Madrid e intentó recuperar su influencia. Fue durante esta época cuando oficializó públicamente su matrimonio con Muñoz, el 13 de octubre de 1844.

Segundo exilio y destierro definitivo (1854-1878)

Sin embargo, su mala fama y los escándalos de corrupción la persiguieron. En julio de 1854, a consecuencia de una nueva revolución, fue nuevamente expulsada de España. Las acusaciones eran graves: se le imputaba corrupción por recibir dinero de ministros y contratistas, y el expolio del patrimonio real, incluyendo las joyas de la Corona. Como castigo, las Cortes le retiraron la pensión vitalicia que le habían concedido.

Este segundo exilio, que comenzó en 1854, sería ya definitivo. Se instaló en Francia, donde viviría hasta su muerte. Desde allí, y para proteger su fortuna de posibles incautaciones en la inestable España de Isabel II, gestionó sus negocios a través de testaferros.

Muerte y sepultura

María Cristina falleció en el exilio el 22 de agosto de 1878 en Sainte-Adresse (Francia), una localidad cercana a Le Havre, a los 72 años de edad. A pesar de su controvertida vida, su condición de madre de una reina le valió el honor de ser enterrada en la Cripta Real del Monasterio de El Escorial.


Legado y debate histórico

La figura de María Cristina sigue siendo, hoy en día, objeto de debate entre los historiadores. Se enfrentan dos visiones contrapuestas:

La visión más crítica

La presenta como una "reina corrupta" y una "mala madre" que antepuso su ambición personal y su afán de lucro a los intereses del reino. Su segundo matrimonio con un hombre de origen humilde, los escándalos de corrupción, el saqueo del patrimonio real y su participación en el tráfico ilegal de esclavos son los pilares de esta imagen. Se la acusa de haber manejado España como su finca particular.

Otra perspectiva

La considera una mujer que, en un mundo de hombres, luchó con uñas y dientes por asegurar el trono de su hija Isabel II. Su alianza con los liberales, aunque forzada, fue clave para la transición de España hacia un estado liberal. Bajo su tutela se consolidó la monarquía isabelina y se promulgó el Estatuto Real de 1834, que fue el preludio del constitucionalismo en España.

Un legado ambiguo

Su regencia dejó un legado ambiguo. Por un lado, impulsó sin querer la transición de España hacia un estado liberal, aunque a costa de una guerra civil devastadora y su propia caída en desgracia. Por otro lado, su corrupción y sus negocios personales sentaron un precedente nefasto y contribuyeron a la mala imagen de la monarquía española en el siglo XIX.

En cualquier caso, su figura es la de una mujer que salvó la corona para su hija, pero a un costo altísimo en términos de escándalo, corrupción y división política, un precio que marcó la España del siglo XIX y que aún hoy alimenta el debate histórico. 

Pedrete Trigos


Fuentes y bibliografía recomendada

  • Maria Christina of the Two Sicilies – Wikipedia

  • María Cristina de Borbón – Britannica

  • María Cristina de Borbón-Dos Sicilias – Wikipedia

  • Regencia de María Cristina de Borbón (1833-1840) – Congreso de los Diputados

  • Agustín Fernando Muñoz y Sánchez – Real Academia de la Historia

  • Mujeres en la Historia: María Cristina de Borbón-Dos Sicilias – Cronistas Oficiales

  • López-Morell, M. Á. (2023). "La estrategia de la corrupción. El patrimonio y los negocios de María Cristina de Borbón y Agustín Muñoz"