lunes, 8 de junio de 2026

Un rincón de historia española en París: el colegio de la Asunción


En el elegante distrito 16 de París, en el número 6 de la Rue de Lübeck, se encuentra el Institut de l'Assomption, un centro educativo de gran prestigio que guarda en su historia más de un siglo y medio de vínculos con la realeza española. Entre sus muros estudiaron reinas, en ellos se exiliaron infantas y en sus archivos se conservan testimonios únicos que nos transportan a la vida cotidiana del siglo XIX. Este es el relato de un colegio francés profundamente entrelazado con la historia de España.



Fundación: el sueño educativo de Santa María Eugenia

La historia del colegio se remonta a 1845, cuando la congregación de las Religiosas de la Asunción se estableció en Chaillot, cerca de los Campos Elíseos, en un monasterio que pronto se quedaría pequeño debido a la expansión de la orden. Las religiosas, lideradas por Marie-Eugénie de Jesús (Santa María Eugenia Milleret), buscaban un lugar más amplio que pudiera albergar un monasterio silencioso, un pensionado para jóvenes con amplios jardines donde pudieran educarse y formarse, y un espacio para reuniones de la congregación.

En 1857, Marie-Eugénie de Jesús fundó formalmente un pensionnat (internado) para señoritas en Auteuil, una localidad entonces semirrural que sería anexionada a París en 1860. En marzo de 1856 se habían cavado los cimientos del nuevo monasterio, dando inicio a un proyecto educativo que pronto se convertiría en un referente.

En la década de 1870, a medida que los externados ganaban popularidad en Francia, la fundadora decidió transformar el internado en un externado, un modelo innovador para la época. Inicialmente ubicado cerca de la iglesia de San Agustín, el colegio fue finalmente trasladado en 1882 a su ubicación actual en la Rue de Lübeck, donde se construyeron nuevos edificios que aún hoy se conservan en gran medida.

La reina Mercedes: una alumna muy especial

En octubre de 1873, llegó al pensionado de Auteuil una alumna singular: Mercedes de Orleans, la futura reina de España. Hija de Antonio de Orleans, duque de Montpensier, y de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, Mercedes fue enviada al internado francés para completar su educación con tan solo trece años.

Su estancia en el colegio, que se prolongó al menos hasta julio de 1874, coincidió con un momento crucial: mientras ella estudiaba en París, el que sería su esposo, Alfonso XII, trabajaba para consolidar la Restauración borbónica en España y poner fin a la Guerra Carlista.

Apenas cuatro años después de dejar el internado, el 23 de enero de 1878, Mercedes contrajo matrimonio con Alfonso XII y se convirtió en reina consorte de España. Su reinado, sin embargo, fue trágicamente breve: falleció el 26 de junio del mismo año, apenas cinco meses después de su boda, a la edad de dieciocho años.


"A Queen at School"

Las cartas de una compañera de estudios

La información más vívida y conmovedora sobre la estancia de la reina Mercedes en el colegio procede de un testimonio excepcional: las cartas que una compañera de clase estadounidense, conocida solo por las iniciales H. C. D., envió a sus padres en Boston entre el 7 de octubre de 1873 y julio de 1874. Estas cartas relatan con detalle el día a día en el internado y ofrecen una visión íntima de la futura reina.

Las misivas fueron recopiladas y publicadas en la prestigiosa revista estadounidense Scribner's Monthly en abril de 1878, el mismo año en que Mercedes se convirtió en reina. El artículo, titulado "A Queen at School" (Una reina en el colegio), apareció en el Volumen XV, Número 6 de la revista y se extendía a lo largo de catorce páginas impresas a doble columna.

Gracias a estas cartas, sabemos que la princesa llegó al internado con atuendo sencillo —vestido de rayas moradas y blancas, guantes de algodón blanco y botines sin tacón—, causando cierta sorpresa entre sus compañeras. Las alumnas la llamaban por su nombre, "Mercédès", y se sentaba en clase justo delante de la autora de las cartas. Los padres de Mercedes pidieron a las demás niñas que continuaran con sus juegos habituales, como el "prisionero", para que la princesa se integrara con naturalidad. Incluso entonces, sus compañeras ya se referían a ella como "Madame", un pequeño gesto que anticipaba los honores que le esperaban en el futuro.


El último refugio de "La Chata"

Con la proclamación de la Segunda República Española el 14 de abril de 1931, la familia real española se vio forzada al exilio. Aunque el nuevo gobierno republicano ofreció a la infanta Isabel de Borbón y Borbón —conocida popularmente como "La Chata" — la posibilidad de permanecer en España dada su avanzada edad de casi ochenta años, la infanta decidió acompañar al resto de la familia monárquica al exilio por estricto sentido del deber.

El 17 de abril de 1931, Isabel partió de Madrid. Su estado de salud era tan delicado que llegó a la estación de tren de París en camilla y fue trasladada a una residencia de ancianos situada en el convento de la Asunción en Auteuil. Allí, apenas cinco días después de abandonar España, falleció el 23 de abril de 1931, a los setenta y nueve años.


El colegio hoy: el Institut de l'Assomption

En la actualidad, el antiguo pensionado de la Asunción continúa su labor educativa como el Institut de l'Assomption, conocido popularmente como "Lübeck" en referencia a la calle donde se encuentra. Se trata de un centro católico de enseñanza concertado con el Estado, que acoge aproximadamente a 1.450 alumnos desde preescolar hasta el bachillerato.

El colegio ha sabido conservar buena parte de su patrimonio histórico. El antiguo refectorio de la época fundacional es hoy el salón de actos (el parloir). En el número 4 de la calle se alza una capilla dedicada a Notre Dame de Salut, patrona de las obras de la Asunción, cuya estatua preside aún el lugar de culto. En el fondo del jardín se encuentra una torre que linda con la "casa rosa" (construida en 1926) y la villa Eugenia, rebautizada como edificio O'Neill, que hoy alberga a los alumnos de los cursos superiores.

A pesar de los avatares históricos —incluyendo la expulsión de las congregaciones religiosas de Francia en 1904 y la evacuación del centro en diciembre de 1906—, el Instituto de la Asunción ha sabido adaptarse a los tiempos. Hoy es un centro moderno y prestigioso que, sin embargo, conserva intactos los ecos de su pasado y los recuerdos de aquellas figuras históricas que pasaron por sus aulas y estancias.


Fuentes

  1. Wikipedia. Institut de l'Assomption. https://fr.wikipedia.org/wiki/Institut_de_l%27Assomption

  2. Assumpta.org. *Trésors d'Archives nº8 - L'ancien monastere d'Auteuil*. https://assumpta.org/fr/actualites/tresors-d-archives-n-8-l-ancien-monastere-d-auteuil-2

  3. Wikipedia. Isabel de Borbón y Borbón. https://es.wikipedia.org/wiki/Isabel_de_Borbón_y_Borbón

  4. Biblio.com. *A Queen At School: Letters From A Fellow Pupil Of The Young Queen Of Spain At A French Convent During The Winter Of 1873 - 74*. https://www.biblio.com/book/queen-school-letters-fellow-pupil-young/d/202041484

  5. Scribner's Monthly, Vol. XV, No. 6, April 1878. "A Queen at School".


El Caballero Metabólico

lunes, 1 de junio de 2026

Las Lemuralia


¡Ah, las Lemuralia! Esa deliciosa tradición romana donde el paterfamilias, ese pilar de la seriedad doméstica, esa guía, esa atalaya, se convierte en un héroe nocturno de comedia involuntaria. Permítanme criaturitas mías, desglosar este rito para ahuyentar lemures con el tono irónico que se merece:


Acto 1: El pobrecito paterfamilias.
Imaginen al señor de la casa, ese hombre respetable que dicta leyes en el forum y exige silencio en el triclinium. Medianoche. En lo más profundo del sueño, cuando hasta los ratones están fritos. ¿Su deber sagrado? Levantarse como alma que lleva el diablo (o más bien, como alma que huye de ellas). Descalzo, para mayor penitencia (y para no despertar a la señora con sus sandalias). De espaldas, porque avanzar como los dioses mandan es demasiado mundano para los espíritus. Y a oscuras, naturalmente, porque ¿qué mejor forma de demostrar valor que tropezando con el impluvium? ¡Pobrecito mártir del mos maiorum! ¡Qué sacrificio... interrumpir su ronquido imperial para deambular como sonámbulo reverente!

Acto 2: El rito de las habas negras.
Y ahora, el clímax absurdo. Nuestro héroe, ya con los pies entomíos y el ánimo por los suelos, debe convertirse en improvisado agricultor espectral. ¿Su herramienta? ¡Habas negras! Porque las blancas, claro, son para el puls, no para exorcismos. Ahí va él, revoleando habichuelas por los rincones como si sembrara el inframundo en el atrium. "¡Tómenlas, avariciosos muertos! ¡Un hace para el camino!". "Negro me pone a mí esta pamplina", debe pensar mientras las habas rebotan en las ánforas etruscas de la abuela Tulia. Pero no basta con el lanzamiento de legumbres, ¡oh no! Para rematar la farsa, agarra el cacharro de bronce más ruidoso que encuentra – una olla, un batidor, quizás la tapa del baño de pies – y se pone a ceporrearlo como si quisiera despertar a todo el vicus. "¡Manes exite paterni!" ("¡Salid, fantasmas de mis padres, si me queréis, jirse!") grita, mientras hace un estrépito que seguro ahuyenta... a todo vecino vivo en tres manzanas. Ironía suprema: para espantar a los muertos, despierta a los vivos. ¿Tú te cree?

Acto 3: Ten valor de mirar atrás.
El acto final: la gran pantomima del coraje. Nueve veces ha tirado habas, nueve veces ha aporreado el bronce como un heraldo sordo. Ahora, el momento cumbre: "Ten valor de mirar atrás". ¡Qué épica orden! ¿Qué peligrosas sombras aguardan? ¿El espectro de Tío Lucio, aún quejándose del vino aguado? ¿La larva de la tía Minervita que criticaba su matrimonio? Nuestro paterfamilias, conteniendo un bostezo y frotándose los ojos, se gira con una lentitud estudiada... solo para comprobar lo obvio: ni fantasmas, ni bichos vivientes, ni Júpiter que lo fundó. Solo las malditas habas negras esparcidas por el suelo como excrementos de algún pájaro infernal. "Ea, lo que faltaba ahora era caerme...", suspira aliviado (o irritado). Misión cumplida. Por ahora. Porque, ¡ay!, en dos noches... otra vez esta pegaura. Con lo tranquilo que estaba el pobre en su catre, soñando quizás con termas calientes y silencio eterno... que, irónicamente, es lo que los lémures parecen negarle.

En resumen: una trilogía nocturna donde la dignidad paterna se sacrifica en el altar del ritual más pintoresco. Roma, siempre tan práctica... y tan dada a poner a sus ciudadanos más serios a bailar descalzos con habas en la oscuridad. Macte virtute! (¡Bien hecho, valiente!... o eso dicen).

El Caballero Metabólico

martes, 26 de mayo de 2026

Cuando el poder estrangula la libertad

 Hoy se cumplen 195 años de la ejecución de Mariana Pineda en Granada. No murió en un campo de batalla ni empuñando un arma: murió estrangulada por garrote vil, condenada por bordar una bandera. Su delito: defender la libertad, la igualdad y la ley frente al absolutismo de Fernando VII.



Mariana era una mujer adelantada a su tiempo. Viuda y con dos hijos, su casa en Granada se convirtió en un centro de reunión de liberales y masones que conspiraban contra la tiranía real. Cuando en 1831 fue detenida, hallaron en su poder una bandera carmesí con la leyenda bordada: «Igualdad, Libertad, Ley». Eso bastó para condenarla a muerte. Ni su condición de mujer ni las súplicas de su familia conmovieron al fiscal, que exigió su ejecución como escarmiento.

La noche del 26 de mayo, ante una multitud obligada a presenciar el suplicio, Mariana caminó hacia el patíbulo con serenidad. Según las crónicas, rechazó el perdón si implicaba delatar a sus compañeros. Sus últimas palabras fueron para sus hijos: «Tened fe en Dios, que nunca me ha faltado».

Hoy, casi dos siglos después, su figura sigue siendo incómoda para algunos poderes. Porque la libertad —esa palabra que ella bordó— sigue dando miedo. Tanto miedo que, en lugar de garrotes, ahora se usan otros métodos: criminalización de la protesta, vigilancia masiva, acoso judicial a quienes cuestionan el orden establecido. La forma cambia, pero la esencia permanece: quien desafía al poder se expone a ser estrangulado simbólica o físicamente.

Por eso son necesarias figuras como Mariana Pineda. No como mármol frío en una placa, sino como memoria viva que nos recuerda que la libertad no es un regalo, sino una conquista diaria. 

El poder siempre temerá a quienes osan bordar sus sueños de igualdad y ley en una bandera. Pero mientras existan quienes recuerden a Mariana, el garrote no habrá tenido la última palabra.

El Caballero Metabólico

martes, 5 de mayo de 2026

Eugenia de Montijo: Más allá del mito

 


Hubo un tiempo en el que Eugenia de Montijo fue para mí solo un nombre envuelto en seda y resonancia de copla. Una estampa lejana, casi de cuento, donde se confundían el brillo de una corona imperial, el rumor de los miriñaques y la melodía sentimental de «Violetas Imperiales». Era la historia como decorado, un personaje pintado al óleo, bello y estático, cuya esencia parecía agotarse en su condición de «la española que fue emperatriz de Francia». Mi primer contacto con ella, como el de tantos, fue a través de esas imágenes idealizadas, que mostraban a una emperatriz envuelta en velos de romanticismo, ajena a la mujer real.

Presentar a Eugenia de Montijo es, en verdad, adentrarse en un universo de luces y sombras, donde las leyendas tejidas por la copla y el cine a menudo eclipsan las realidades. Pero pronto descubrí que la verdadera Eugenia se escondía entre las páginas de biografías rigurosas, donde la documentación y el análisis sustituyen a la fantasía y al tópico.



El despertar de una vocación histórica

Todo comenzó a cambiar a los dieciséis años, con un libro que encontré en la estantería de casa: la biografía de Fernando Díaz Plaja. Aquel volumen, riguroso y desprovisto de adornos, fue mi primer acto de descubrimiento real. Díaz Plaja no me contaba una leyenda; me presentaba a una mujer de Estado. Con su prosa documental, desmontó meticulosamente el arquetipo frívolo. De sus páginas emergió una Eugenia política, una regente capaz de presidir consejos de ministros, una estratega que utilizaba su imagen con la precisión de un canciller. Fue un shock revelador. Comprendí, quizá por primera vez, que la historia se construye con datos, no con mitos.

Sin embargo, fue la obra de Ana de Sagrera la que completó la transformación, la que me permitió cruzar el umbral y acceder a la intimidad. Si Díaz Plaja me mostró a la estadista, Sagrera, a través del tesoro de las cartas personales de la propia Eugenia, me presentó a la mujer. Leer aquellas misivas fue un privilegio extraordinario, como escuchar una confidencia a través del tiempo. La voz que surgía era directa, fresca, irónica a veces, melancólica otras. En sus líneas, la emperatriz desaparecía para dar paso a Eugenia: la joven que confesaba su timidez en los salones parisinos («tengo mucho miedo de echarme a llorar»), la mujer que reflexionaba con agudeza sobre su soledad de extranjera, la mente lúcida que diseccionaba con pasión los libros que devoraba.

Este doble viaje —de la leyenda al rigor y del rigor a la intimidad— definió para siempre mi manera de acercarme al pasado.


Orígenes y ascenso

María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero nació en Granada, donde el rumor de los cipreses y la herencia de los palacios moriscos parecían presagiar un destino extraordinario. Hija de un noble español de espíritu romántico y de la pragmática escocesa Manuela Kirkpatrick, recibió de su madre una lección fundamental: "Una mujer sin educación es un jardín sin flores". Esta máxima guiaría su vida. Huérfana de padre tempranamente, Eugenia aprendió el arte de la resiliencia y cultivó una ambición alimentada por los libros que devoraba en la penumbra de la biblioteca familiar, incluso aquellos considerados "poco recomendables" para una joven de su época.

París la recibió como una exótica belleza española, pero fue su inteligencia y carácter los que conquistaron al futuro Napoleón III. La corte francesa, habituada a emperatrices decorativas, subestimó a la recién llegada. Eugenia, sin embargo, traía consigo una visión propia del poder y del papel de la mujer. Entre sedas imperiales y decretos de Estado, reinventó códigos: introdujo la mantilla andaluza en las Tullerías y, de manera más trascendental, asumió la Regencia del Imperio durante las ausencias de su esposo. Firmaba decretos, recibía embajadores y ejercía una autoridad que desafiaba los prejuicios de su tiempo. "Francia no necesita un hombre, necesita líderes", afirmó ante sus ministros.

La pionera silenciosa de la educación femenina

Pero el sello indeleble de Eugenia fue su apoyo firme y discreto a la educación femenina. Convencida de que la instrucción era la verdadera llave de la libertad, fundó escuelas para niñas en París y Madrid, rechazando la idea de que su formación debía limitarse a las labores domésticas. "La educación de la mujer no es un capricho, es una necesidad social. Solo así podremos dejar de ser marionetas en manos de los hombres", escribió en 1867. Mientras la élite veía la cultura como adorno, ella la defendía como pilar fundamental para la familia y la nación. Financió talleres donde hijas de obreros aprendían a leer y coser, y apoyó decisivamente la profesionalización de la enfermería.

Su apoyo se extendió a intelectuales como George Sand, aunque siempre desde la sombra para evitar escándalos. Consciente de los límites impuestos por su posición única, Eugenia privilegió la acción silenciosa sobre el discurso público. Sabía que su poder era una excepción, no un modelo accesible.


Las paradojas de una reformista

Sin embargo, su figura está intrínsecamente tejida de paradojas. Mientras defendía con vehemencia la educación y autonomía femeninas, se opuso al sufragio universal para mujeres, temiendo que la democracia pudiera desestabilizar los cimientos de la familia y la sociedad que conocía. Esta contradicción quedó plasmada en su respuesta a una joven sufragista británica en el exilio: "Yo goberné un imperio sin necesidad de papeletas. Pero ustedes tendrán que incendiar el mundo para que las vean". Fue una mujer que desafió las reglas sin pretender romperlas del todo.

Como señala la historiadora Isabel Burdiel, fue esencialmente “una reformista dentro del corsé del patriarcado”. Nunca cuestionó abiertamente el orden social del siglo XIX, pero empleó su privilegio excepcional con astucia para abrir grietas en un sistema profundamente conservador.

La mujer de carne y hueso

Detrás de la imagen oficial de emperatriz, más allá de los salones de las Tullerías y las intrigas palaciegas, latía una mujer de carne y hueso: con sueños, fragilidades y una profunda sensibilidad humana. Un gesto temprano reveló su esencia. Cuando París le ofreció 600,000 francos para joyas con motivo de su boda, su respuesta sorprendió a la corte: "Sería mejor emplear este dinero para fundar una institución educativa". Así nació la Casa Eugene Napoleón, una residencia para jóvenes mujeres sin recursos. La emperatriz supervisaba personalmente la ventilación, los fregaderos, los estudios y el bienestar cotidiano de las residentes.

En una carta juvenil, ya reveladora, confesaba:

"Hoy estoy triste y tengo que ir con mamá a casa de la princesa Matilde, donde no conozco absolutamente a nadie. Tengo mucho miedo de echarme a llorar (...) Nadie, absolutamente nadie me ha dirigido la palabra [...] ser soltera y ser extranjera; pero me era igual, mi cuerpo estaba allí, pero mi imaginación estaba muy lejos..."

Estas palabras muestran a una Eugenia consciente de su diferencia, luchando contra la melancolía con orgullo y una fuerza interior que la sostenía.

En sus últimos años, ya nonagenaria, celebró su cumpleaños rodeada de música y recuerdos en el Palacio de Liria (Madrid). No se quejó del calor sofocante, solo sintió el peso del tiempo: "Vienen a conocerme los hijos y los nietos de los que me rodeaban y me ven como se contempla a una momia en un museo". Poco antes de morir, fue operada de cataratas con éxito y leyó una página del Quijote —despidiéndose de la vida con la misma pasión intelectual que siempre la definió.


La estratega de la imagen

El Segundo Imperio Francés fue, ante todo, un proyecto de espectáculo. En este teatro del poder, a Eugenia le asignaron inicialmente un papel decorativo. Pero ella, con la perspicacia que le otorgaba sentirse siempre una observadora externa, reescribió el guion. Comprendió antes que nadie que, en la era de la prensa ilustrada y la fotografía emergente, la apariencia era el nuevo lenguaje de la política.

Su alianza con Charles Frederick Worth fue la piedra angular de esta estrategia. Juntos no crearon solo vestidos; instituyeron un sistema. Cuando popularizó la crinolina o desplazó el volumen hacia atrás con el polisón, no seguía un capricho: estaba esculpiendo la silueta de un régimen. Al lucir la mantilla de encaje de blonda sobre los vestidos más exquisitos de Worth, realizó un acto de alta diplomacia cultural. Su imagen se convirtió en un puente consciente entre el Palacio de las Tullerías y el Palacio de los Austrias.

Recepción en España: entre el olvido y el estereotipo

En su país natal, la memoria de Eugenia de Montijo ha navegado entre la indiferencia y la caricatura. La sombra del "afrancesamiento" tras la Guerra de la Independencia (1808-1814) hizo que lo francés quedara asociado a la invasión. Para un nacionalismo español en construcción, era más fácil ver en ella a una traidora que ascendió en la corte del antiguo enemigo.

La cultura popular la rescató solo para folklorizarla. La célebre copla "Eugenia de Montijo, qué pena, pena, que te vayas de España para ser reina..." reduce su épica a un romance nostálgico, enterrando a la estadista bajo el velo de la mujer sentimental. Su legado no encaja bien en los marcos históricos tradicionales: para la izquierda era una emperatriz reaccionaria; para la derecha, una extranjera de dudoso patriotismo; para el relato feminista más estricto, una reformista ambigua.



Legado: una lección de complejidad

Eugenia de Montijo murió en 1920, a los 94 años, rodeada de los ecos de un mundo desaparecido. En sus memorias dejó una frase que encapsula su esencia: "Fui amada por lo que representé, odiada por lo que me atreví a ser".

No fue el brillo de las sedas ni el rumor de los salones lo que hizo grande a Eugenia de Montijo. Su grandeza radicó en la fuerza de una mirada visionaria: la que descubrió que la verdadera revolución no anidaba en los vestidos, sino en las páginas de los libros; no en los salones del poder, sino en las aulas donde las jóvenes aprendían a pensar, soñar y ser libres.

¿Qué define entonces su relevancia histórica? Eugenia fue, ante todo, una figura de transición. No derribó el sistema patriarcal y monárquico, pero abrió en él grietas decisivas por donde se filtró la luz del cambio. Su vida demuestra cómo, incluso desde dentro de las estructuras más rígidas, se pueden sembrar semillas de transformación. No fue revolucionaria en las barricadas, pero tampoco una cómplice pasiva. Supo navegar con astucia y pragmatismo entre la tradición y la modernidad.

Por eso, cada vez que escucho la copla, sonrío pensando en la mujer real que descubrí entre archivos y páginas biográficas. Porque la historia, cuando se cuenta con rigor y pasión, revela una fascinación que siempre supera a la leyenda. Invito al lector a emprender este mismo viaje: a dejar atrás la emperatriz de postal y descubrir, con mirada crítica y curiosa, a la mujer de carne y hueso que, entre luces y sombras, supo escribir con su vida un capítulo tan singular como revelador de una época en tremenda convulsión. La historia, vista así, deja de ser un museo y se convierte en una conversación.

Pedrete Trigos

lunes, 20 de abril de 2026

Manual de supervivencia filosófica para el romano que solo quiere llegar vivo a la cena

 

(O cómo ser epicúreo, estoico, cínico y pirrónico antes del segundo plato de garum)



Prólogo: el romano, ese animal filosófico por accidente.



Querido lector, imagínese la escena. Es un romano cualquiera del siglo I d.C. No es ni rico ni pobre, ni patricio ni esclavo, sino ese raro espécimen que los historiadores llaman "ciudadano medio". Se levanta al alba, se lava en las termas, echa un puñado de sal al fuego doméstico para apaciguar a los lares (por si acaso), y sale a la calle dispuesto a sobrevivir otro día en esta jaula de locos que es el Imperio.

Pero he aquí el problema: en Roma, las filosofías pululan como moscas en una carnicería. Y todas, absolutamente todas, pretenden decirle cómo vivir. El estoico le sermonea sobre el deber. El epicúreo le ofrece jardines y vino. El cínico le dice que tire la toga a la basura. El pirrónico le sugiere que, directamente, no dé por seguro nada. Y el romano, pobre hombre, solo quiere llegar a la noche sin que le apuñalen en el subura y con suficiente hambre para disfrutar de las lentejas.

Así que, amigo mío, permítame ofrecerle un desglose irónico de las filosofías que asolaron Roma. Porque si algo bueno tiene este imperio, es que hasta sus pensadores más sesudos eran, en el fondo, unos hipócritas encantadores.


I. Estoicismo: sonríe mientras el mundo arde.



Fundado por Zenón de Citio (un chipriota con cara de pocos amigos) y popularizado en Roma por Séneca (el cordobés que aguantó a Nerón), Epicteto (un esclavo que hablaba como un emperador) y Marco Aurelio (un emperador que escribía como un esclavo).

La doctrina en dos frases:

  1. No puedes controlar lo que pasa, pero sí cómo reaccionas.

  2. La virtud es el único bien. El resto (dinero, salud, fama, que tu esposa no te engañe con el centurión de la esquina) son "indiferentes preferibles".

En la práctica:
El estoico es ese tipo que, cuando su casa se incendia, se queda mirando las llamas y dice: "Qué interesante. El fuego es un fenómeno natural. Esto me dará la oportunidad de practicar la templanza mientras duermo bajo un puente". Luego, por dentro, está llorando como una magdalena, pero como es estoico, ni se le nota.

El problema romano:
En Roma, el estoicismo era la filosofía oficial del "aguanta, que luego cobras". Los senadores estoicos soportaban a emperadores como Calígula o Nerón con una sonrisa forzada, mientras escribían tratados sobre la serenidad y, en secreto, conspiraban para matarlos. Marco Aurelio, el más famoso de todos, pasó catorce años guerreando contra los bárbaros y escribiendo sus Meditaciones en la tienda de campaña. El título original, por cierto, debería haber sido: Para mí solito, que nadie me entiende, y encima tengo diarrea por el agua del Danubio.

Ironía suprema:
Los estoicos predicaban el desapego, pero todos, absolutamente todos, codiciaban cargos políticos. Porque ser indiferente a la riqueza está muy bien... pero mejor ser indiferente desde una villa en la colina Pinciana, ¿no?


II. Epicureísmo: disfruta, pero sin pasarte, que luego duele.




Fundado por Epicuro (un griego barbudo que entendió que la mejor forma de ser feliz era no juntarse con nadie) y llevado a Roma por Lucrecio (un poeta que escribió un poema épico para decir que la épica es una tontería) y Horacio (un epicúreo de botica que predicaba el carpe diem mientras se guardaba el vino para la vejez).

La doctrina en dos frases:

  1. El placer es el bien supremo, pero no cualquier placer: el placer tranquilo, el que no va seguido de resaca, arrepentimiento o una carta de un padre enfadado.

  2. No temas a los dioses (no les importas), no temas a la muerte (cuando llegue, tú ya no estarás), lo bueno es fácil de conseguir (un trozo de pan y un poco de agua), y lo malo es fácil de soportar (un dolor de muelas pasa).

En la práctica:
El epicúreo es ese amigo que te invita a su jardín, te da queso y vino aguado, y te dice: "Disfruta, pero con moderación. Que luego la fiesta de los Lupercales te deja mal cuerpo". Es el aguafiestas oficial de Roma. Mientras los demás se emborrachan en las Saturnales, él está en casa leyendo a Homero y diciendo: "Qué feliz soy, no tengo que aguantar a nadie".

El problema romano:
El epicureísmo llegó a Roma y los patricios se lo llevaron a su terreno. "Si el placer es el bien —pensaron—, pues entonces yo me voy a atiborrar de faisanes rellenos de huevos de flamenco mientras me limpian los pies tres esclavas rubias". Eso no era epicureísmo, era glotonería con nombre griego. Epicuro, desde su jardín de Atenas, debió revolverse en la tumba (si es que no le dio igual, claro).

Ironía suprema:
El principal defensor del epicureísmo en Roma fue Lucrecio, que escribió De rerum natura, un poema magnífico que explica cómo funciona el universo sin dioses. Y ¿cómo murió? Pues según la tradición, enloqueció por un filtro de amor y se suicidó. O sea, el hombre que predicaba la serenidad emocional acabó víctima de su propia medicina... o de una dosis mal medida de philtron. Cosas de la vida.


III. Cinismo: tira la toga y abraza la podredumbre.



Fundado por Antístenes (un discípulo de Sócrates con mala leche) y popularizado por Diógenes de Sinope (el loco del barril que le pidió a Alejandro Magno que se apartara porque le tapaba el sol).

La doctrina en una frase:
La civilización es una mierda. Las convenciones sociales son una mierda. La riqueza es una mierda. La familia es una mierda. El pudor es una mierda. Vuelve a la naturaleza, vive como un perro, y sé feliz comiendo lentejas crudas en la vía pública.

En la práctica:
El cínico es ese tipo que va descalzo, con la toga hecha jirones (porque dice que la ropa es un artificio burgués), y se masturba en el foro mientras mira fijamente a los ojos del cónsul. No tiene casa, no tiene trabajo, no tiene planes. Pero tiene una libertad que ni el emperador puede comprar... y un hedor que ni las termas pueden quitar.

El problema romano:
El cinismo, en su versión original, era radicalmente antipolítico. Y Roma era la política hecha imperio. Así que, ¿qué hicieron los romanos? Pues domesticarlo, como siempre. Aparecieron los "cínicos de salón": filósofos que iban con barba descuidada y bastón, pero que dormían en villas con calefacción por suelo radiante. El cinismo se convirtió en un atuendo, no en una forma de vida. Como esos hipsters modernos que visten como mendigos y pagan 200 euros por la chaqueta rota.

Ironía suprema:
El emperador Juliano (el Apóstata, ya en el siglo IV) escribió un discurso Contra los cínicos ignorantes, donde les decía: "Vale, muy bien lo de vivir como perros, pero ¿por qué os peináis con tanto esmero?" Un cínico que se preocupa por su imagen es como un estoico que llora porque le robaron la cartera: una contradicción andante.


IV. Pirronismo (o escepticismo radical): no sé, no opino, paso.



Fundado por Pirrón de Élide (un griego que, según la leyenda, iba por la vida sin opinar de nada porque "nunca se sabe") y llevado a Roma por Enesidemo y Sexto Empírico (un médico que dudaba de todo, incluso de los medicamentos).

La doctrina en tres palabras:
No lo sé.

Versión larga:
No puedes estar seguro de nada. Ni de que los dioses existen, ni de que no existen. Ni de que el sol saldrá mañana, ni de que no saldrá. Ni de que esto es un texto, ni de que es una alucinación inducida por el hongo del pan. Por lo tanto, lo más sensato es suspender el juicio (epoché) y vivir según las costumbres del lugar sin creerte ninguna.

En la práctica:
El pirrónico es ese amigo insufrible que, cuando le preguntas "¿quieres vino o cerveza?", te responde: "No puedo saber cuál es mejor, porque mis sentidos me engañan. Además, la preferencia por una bebida sobre otra es una convención social sin fundamento objetivo. Así que, en fin... sírveme lo que quieras, total, da igual". Luego bebe, y si le preguntas si le gustó, vuelve a decir: "No lo sé".

El problema romano:
El escepticismo radical era divertido en teoría, pero en la práctica Roma necesitaba legionarios que supieran a quién apuñalar y senadores que supieran qué ley votar. Así que el pirronismo quedó reducido a un pasatiempo de intelectuales ociosos. "Hoy voy a dudar de la existencia de Júpiter —decía el rico—. Pero de la existencia de mis esclavos, no dudo. Esos sí que son reales cuando barren el suelo".

Ironía suprema:
Sexto Empírico, el principal transmisor del pirronismo, era médico. Y dedicó su vida a curar enfermos. Pero si realmente hubiera aplicado su escepticismo radical, habría dicho: "No puedo saber si este brebaje cura o mata, así que... mejor no hagamos nada". Y sin embargo, recetaba. Porque el escepticismo, como las habas negras, es muy bonito en teoría... pero cuando te duele la muela, quieres a alguien que sepa, no a alguien que dude.


V. El romano medio: el ecléctico profesional.



Y aquí llegamos al gran secreto de Roma. El ciudadano medio no era estoico, ni epicúreo, ni cínico, ni pirrónico. Era todo eso a la vez, según el momento del día y el nivel de vino en sangre.

  • Por la mañana, al levantarse: epicúreo. "Voy a disfrutar de este baño caliente, que la vida es breve".

  • Al mediodía, en el foro: estoico. "Aguanto a este edil corrupto sin perder la calma, porque la virtud es su propia recompensa".

  • Por la tarde, al ver a un cínico meándose en una columna: "Estos griegos están locos. Yo no soy así, yo soy un hombre de bien".

  • Por la noche, en la cena: pirrónico. "La verdad, no sé si este vino es bueno o malo. Pero voy a beberlo, total, quizá mañana muera".

Y luego, a medianoche, cuando la familia duerme, el mismo romano se levanta, se pone descalzo, coge un puñado de habas negras y las lanza por la casa para ahuyentar a los lemures. Porque por mucho que filosofe, el miedo a los muertos no lo quita ni Epicuro con todo su jardín.


Conclusión: filosofías para todos los gustos

(y para ninguna necesidad real)



Así que ya sabe, querido amigo. Si en la Roma antigua le preguntaban por su escuela filosófica, lo mejor era responder con una sonrisa críptica: "Soy romano. Mi filosofía es llegar al final del día con el estómago lleno, la bolsa más o menos intacta y la conciencia tranquila... o al menos, adormecida con suficiente vino".

Y si alguien le insistía, siempre podía echar mano de la máxima que recoge el poeta Terencio: "Soy humano, nada de lo humano me es ajeno" . Traducción: "Hoy soy estoico, mañana epicúreo, y pasado, si hay fiesta, hasta me hago cibeles. Pero no me encasilles, que para eso está el lodo del Tíber, que es muchas cosas a la vez".

Porque al final, amigo mío, la única filosofía verdaderamente romana era esta: "Cree en lo que te toque, pero no dejes que te quite el sueño... ni la cena" .

Valete et ridete (Cuidaos y reíd).


El Caballero Metabólico