lunes, 24 de agosto de 2026

San Telmo: De colegio de Bécquer a palacio ducal, seminario y sede de la Junta

 

El Palacio de San Telmo es mucho más que un edificio. Es un testigo de la historia de Sevilla, un lugar donde los sueños de un príncipe francés, los versos de un poeta andaluz, la fe de una comunidad religiosa y la política de una comunidad autónoma se entrelazan en una sola piedra.

Bécquer y el Colegio de Mareantes: Un encuentro fugaz

Antes de que los duques de Montpensier pusieran sus ojos en el edificio, San Telmo tenía otra vida. En 1846, un joven de diecisiete años llamado Gustavo Adolfo Bécquer cruzó sus puertas. Había ingresado en el Colegio de Náutica de San Telmo, también conocido como Real Colegio de Humanidades.

Era un internado peculiar: acogía a huérfanos de familias nobles venidas a menos, y Bécquer pudo estudiar allí gracias a una subvención del Gobierno. Fue en aquellas aulas donde conoció a su gran amigo, el también escritor Narciso Campillo, con quien compartiría inquietudes literarias y amistad para siempre.

Pero el destino de Bécquer en San Telmo fue breve. El 7 de julio de 1847, una Real Orden de la reina Isabel II clausuró el centro. El joven poeta, que soñaba con una carrera literaria, tuvo que abandonar sus estudios. Aquel cierre le afectó profundamente.

El edificio quedó vacío. Y durante dos años, San Telmo esperó su nuevo destino. No sabía entonces que aquel silencio era el preludio de una de las transformaciones más ambiciosas del siglo XIX en Sevilla.

El sueño del duque: De instituto a palacio real

En 1849, el duque de Montpensier, que había visto frustrados sus intentos de establecerse en la Alhambra de Granada y que consideraba incómodo el Alcázar, puso sus ojos en el viejo colegio de mareantes.

Antonio de Orleans no era un hombre que se conformara con lo que encontraba. San Telmo era un edificio histórico, pero el duque lo veía como un lienzo en blanco. Compró la propiedad y emprendió la mayor reforma que Sevilla había visto en décadas.

La operación fue ambiciosa. No se limitó al antiguo colegio: amplió la finca incorporando la huerta de la Viuda de Checa, la escuela de pilotaje de San Diego y el terreno de "La Isabela". Todo el conjunto se convertiría en un palacio digno de un príncipe que aspiraba a ser rey.

La gran transformación:

Un millón de reales y los mejores artistas

La reforma fue colosal. Montpensier invirtió más de un millón de reales en convertir el viejo instituto en un palacio de ensueño. El encargado del proyecto fue el arquitecto vasco Balbino Marrón y Ranera, el más importante arquitecto sevillano del siglo XIX, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría.

Las obras fueron radicales:

  • La crujía que mira al río se convirtió en un majestuoso salón de fiestas.

  • Se construyó una gran escalera a la derecha de la entrada.

  • Se levantó el torreón del ala de Levante, que aún hoy domina el paisaje.

  • La vieja tapia que cerraba el conjunto fue sustituida por una elegante verja de hierro forjado, que permitía admirar los jardines desde el exterior.

Pero el lujo no estaba solo en la arquitectura. La decoración interior corrió a cargo de los mejores artistas del momento: Cabral Bejarano, Gabriel de Astorga, Juan Bautista Vivali, Víctor Grandin y Enrique Bugnot. Cada salón era una obra de arte.

Y los jardines, diseñados por el jardinero francés André Lecolant, se convirtieron en un paraíso botánico con influencias francesas e inglesas. Aquellos jardines, que Montpensier tanto cuidó, serían el núcleo del futuro Parque de María Luisa, donado por la duquesa viuda a la ciudad en 1893.

San Telmo ya no era un colegio. Era la corte del duque en Andalucía.

Un nuevo destino: Seminario Diocesano

Tras la muerte del duque en 1890, la infanta María Luisa Fernanda legó el palacio al Arzobispado de Sevilla en 1897 para que fuera usado como seminario. En 1901, San Telmo abría sus puertas como Seminario Diocesano.

Durante décadas, el palacio fue un centro de formación sacerdotal. Pero el edificio, que ya tenía siglos de historia, se enfrentó a uno de sus momentos más críticos.

El incendio de 1952: La noche que San Telmo ardió

El 6 de julio de 1952, un domingo, el palacio se convirtió en un infierno. El fuego se declaró poco después de las nueve de la mañana en el ala izquierda del edificio, y durante más de tres horas los bomberos lucharon por contener las llamas.

La tragedia personal se evitó porque los seminaristas estaban de vacaciones. Pero el patrimonio estaba en peligro. La bóveda que cubría la escalera principal fue la parte más dañada, y el edificio amenazaba con derrumbarse.

Sin embargo, hubo un gesto heroico: una cadena humana formada por seminaristas y vecinos logró poner a salvo la valiosa biblioteca, que contenía unos 25.000 volúmenes. Gracias a ellos, gran parte de ese tesoro bibliográfico se salvó.

La amenaza del hotel y el rescate de la Junta

A finales de la década de 1980, San Telmo vivió su mayor amenaza. El Arzobispado, propietario del edificio, mantuvo negociaciones con una inmobiliaria de Madrid que quería convertir el palacio en un hotel de lujo.

El peligro era real. Si la operación se cerraba, San Telmo dejaría de ser un edificio público y se convertiría en un negocio privado. Su historia, su arte, su memoria, quedarían al servicio de los turistas.

Pero la política intervino. El 19 de septiembre de 1989, el arzobispo Carlos Amigo y el presidente de la Junta de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, firmaron un acuerdo histórico. La Junta se comprometió a:

  • Construir un nuevo seminario y otros edificios para la Iglesia.

  • Pagar una compensación económica que, sumando todas las contraprestaciones, ascendió a más de 27,28 millones de euros.

San Telmo era, por fin, de todos los andaluces. Pero el peligro no había terminado.

La reforma más agresiva: ¿Demoler el interior?

Para convertir San Telmo en la sede de la Presidencia de la Junta con motivo de la Expo 92, la propuesta inicial de restauración era tan radical que estremece a cualquier amante del patrimonio: "demolición y recomposición interior de todo el edificio", excepto la crujía principal, el patio central y la capilla.

Es decir, se planteaba vaciar el edificio por dentro y reconstruirlo. Una intervención que, de haberse llevado a cabo, habría desfigurado por completo el palacio que Montpensier había construido.

Afortunadamente, el proyecto se moderó. Pero aquella fase fue una de las más lesivas para el patrimonio del palacio, y un recordatorio de que, a veces, la mayor amenaza para un edificio histórico no es el abandono, sino la intervención mal entendida.

Un edificio que sobrevive a su historia

Hoy, el Palacio de San Telmo es la sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía. Pero es también mucho más: es el colegio donde estudió Bécquer, el palacio donde soñó un duque, el seminario donde se formaron sacerdotes, el escenario de un incendio y la joya que estuvo a punto de convertirse en un hotel.

San Telmo ha sobrevivido a la historia, a los incendios, a los especuladores y a las reformas agresivas. Y en sus muros, en sus jardines, en sus salones, todavía resuena el eco de todos los que lo habitaron.

Quizá, algún día, cuando paseemos por el Parque de María Luisa o admiremos la fachada de San Telmo, recordemos que detrás de esa piedra hay una historia que merece ser contada.

Pedrete Trigos

viernes, 21 de agosto de 2026

El sueño fallido del duque: Cuando Montpensier quiso vivir en la Alhambra y terminó en San Telmo

 

Antonio de Orleans, duque de Montpensier, llegó a España en 1848 con una ambición desmedida: ser rey. Pero antes de conspirar por el trono, tuvo que encontrar un hogar para su familia. Su periplo por las residencias andaluzas es una fascinante historia de sueños frustrados, desaires políticos y un destino final que marcaría para siempre la historia de Sevilla.

El sueño granadino: El Palacio de Carlos V

Cuando los duques de Montpensier desembarcaron en España, su primer impulso fue buscar una residencia que estuviera a la altura de su rango. Y su mirada se posó, casi de inmediato, en el lugar más emblemático de la arquitectura renacentista española: el Palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada.

No era una ocurrencia menor. El duque, culto y conocedor del arte, sabía que aquel palacio inacabado era una joya arquitectónica. Pero también había un cálculo político: instalarse en Granada, en el corazón simbólico del antiguo reino nazarí, era una declaración de intenciones. Montpensier, yerno de Fernando VII y cuñado de Isabel II, quería tener una presencia regia en la antigua capital del reino.

Sin embargo, el Gobierno de Madrid no compartía su entusiasmo. La operación fue descartada de plano. "No obtuvieron el placet del Gobierno", señalan las fuentes. El Palacio de Carlos V, monumento nacional, no podía convertirse en residencia particular de un príncipe francés, por muy emparentado que estuviera con la Corona española. Y el Generalife, con sus jardines y su historia, tampoco fue una opción viable. Todas las gestiones resultaron infructuosas.

Montpensier, que nunca se rindió ante un obstáculo, tuvo que buscar alternativas.



El Alcázar de Sevilla y el desaire de la comodidad

Tras el fracaso granadino, la mirada del duque se dirigió a la capital andaluza. Sevilla ofrecía un escenario cortesano y una cercanía a la Corte que a Montpensier le interesaba.

La primera opción fue el Real Alcázar de Sevilla. El conjunto palaciego, con su fusión de arte mudéjar, gótico y renacentista, tenía el empaque necesario para albergar a una familia real. Pero había un problema: era incómodo. Así de claro lo señala el texto.

Para una familia acostumbrada a las comodidades del Palacio de las Tullerías en París, las estancias del Alcázar resultaban frías, laberínticas y poco adaptables a la vida moderna. A pesar de que allí nació su primera hija, la infanta María Isabel, en 1848, el duque pronto buscó una alternativa.

Mientras se decidía el destino definitivo, los duques se instalaron de forma temporal en el Palacio Arzobispal de Sevilla, a la espera de que se acondicionara el Alcázar. Pero aquella solución provisional se alargó más de lo previsto, y Montpensier, impaciente, comenzó a buscar otro lugar.

El hallazgo: El Colegio de Mareantes de San Telmo

Fue entonces cuando apareció en su horizonte el antiguo Colegio de Mareantes de San Telmo. Un edificio con historia, situado junto al Guadalquivir, que había sido Instituto de Segunda Enseñanza y, en siglos anteriores, seminario de pilotos.

Montpensier, con su olfato para los negocios, vio en San Telmo un potencial inmenso. El edificio era amplio, tenía vistas al río y, lo más importante, era transformable. No había que someterse a las limitaciones de un monumento histórico como el Alcázar; aquí podía crear un palacio a su medida.

El duque no escatimó en gastos. Adquirió el inmueble y emprendió una ambiciosa reforma dirigida por su arquitecto de cabecera, Balbino Marrón y Ranera, el más importante arquitecto sevillano del siglo XIX. Se invirtieron más de un millón de reales en la remodelación. La crujía que mira al río se convirtió en salón de fiestas, se construyó una majestuosa escalera, y se añadió el torreón de Levante. Los jardines, diseñados por el jardinero francés André Lecolant, se convirtieron en un oasis botánico con especies de todo el mundo.

San Telmo se convirtió, desde 1849, en el verdadero hogar de los Montpensier en Andalucía. Y no solo eso: con el tiempo, sería el origen del Parque de María Luisa, que la duquesa viuda donaría a Sevilla en 1893.

Un destino escrito en el Guadalquivir

La historia de las residencias andaluzas de Montpensier es la historia de un hombre que siempre quiso más de lo que podía alcanzar. Soñó con la Alhambra, pero se conformó con el Alcázar; y al final, encontró en San Telmo el escenario perfecto para sus aspiraciones.

Quizá, si el Gobierno le hubiera permitido comprar el Palacio de Carlos V, la historia de Granada y de la Alhambra habría sido muy distinta. Pero Montpensier, que nunca logró ser rey de España, sí logró algo quizá más perdurable: dejar su huella en Sevilla.

Hoy, el Palacio de San Telmo es la sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía. Y los jardines que él mandó plantar son el pulmón verde de la ciudad. El duque, que no pudo reinar, encontró en su fracaso residencial un legado inmortal.

Pedrete Trigos