miércoles, 18 de marzo de 2026

Epílogo: el hilo que nos sostiene

 

Hemos recorrido juntos un largo camino. Comenzamos en el instante sellado del nacimiento, cuando el recién llegado era recibido no solo por sus padres, sino por todo un universo simbólico de santos, amuletos y conjuros que velaban por su frágil existencia. Viajamos después por los vericuetos del noviazgo y el matrimonio, por esas complejas negociaciones donde el amor, si aparecía, lo hacía siempre escoltado por la economía, el honor y la vigilancia comunitaria. Nos detuvimos en el traje de la novia, en esa piel de ceremonia que durante siglos contó, sin palabras, la historia de la mujer que lo vestía, de su familia, de su pueblo. Y hemos terminado en el umbral de la muerte, en ese último tránsito que nuestros bisabuelos afrontaban con un repertorio de gestos tan rico y codificado como el de la bienvenida al mundo. 



Ha sido, en el fondo, un viaje al país de los nuestros. Un país que ya no existe, pero cuyas huellas aún pueden rastrearse en las costumbres que perviven, en las palabras que usamos sin saber su origen, en esos gestos automáticos que repetimos porque alguien, hace mucho, nos los enseñó. 

Porque de eso se trataba, al fin y al cabo: de enseñar. De transmitir. De pasar el testigo de una generación a la siguiente para que el hilo no se rompiera. Mis recuerdos de Estepa, los de mi padre haciendo ataúdes y metiéndose dentro para que sus compañeros le "enterraran" en broma, los de mi madre contando lo de las cerezas maceradas en anís y las vecinas que se emborrachaban sin probar una copa, los de mi abuela Nati aprendiendo a curar quebraduras porque no iba a permitir que nadie volviera a pinchar a su niño... todos esos recuerdos son fragmentos de ese hilo. Trozos de memoria que, cosidos unos con otros, tejen el gran tapiz de lo que fuimos. 

Lo que más me conmueve, al mirar atrás, es la dignidad con que aquellas gentes afrontaban lo inevitable. No tenían nuestros recursos, ni nuestra medicina, ni nuestras certezas. La muerte rondaba constante: en el parto, en la infancia, en las epidemias, en los accidentes. La supervivencia de un recién nacido no estaba garantizada, y la de su madre tampoco. El amor podía frustrarse por una mala cosecha o por una enemistad entre familias. La vejez, para quien llegaba, era un territorio minado de pérdidas y duelos. 

Y sin embargo, no se hundían. Porque tenían algo que nosotros hemos perdido en buena medida: tenían ritos. Tenían un guion. Sabían lo que había que hacer cuando alguien nacía, cuando alguien se casaba, cuando alguien moría. Esos guiones no eliminaban el dolor —sería absurdo pensarlo—, pero lo encauzaban. Daban a cada persona un papel que representar, unos gestos que ejecutar, unas palabras que decir. Y en esa representación colectiva, el dolor se volvía un poco más soportable porque se compartía. 

Piensen en el velatorio. Nosotros, hoy, lo reducimos a unas horas en una sala fría, con los familiares mirando el teléfono y los amigos pasando a cumplir el trámite. Ellos, en cambio, pasaban la noche entera en la cocina, con el féretro en medio, rezando, comiendo, bebiendo, contando chismes, riendo a veces. Y en ese raro mestizaje de duelo y convivencia, el muerto seguía siendo uno más, presente en la conversación, evocado en los recuerdos, integrado en la comunidad hasta el último momento. 

O piensen en el ajuar. Esas niñas que aprendían a bordar antes que a leer, que dedicaban años a preparar sus sábanas, sus manteles, sus camisas. No era solo una cuestión práctica: era una forma de proyectarse hacia el futuro, de tejer con sus propias manos el nido que habitarían. Cada puntada era una promesa, cada inicial bordada, una firma en el contrato de la vida. 

O piensen en los santos. En esa geografía sagrada que cubría la península, con especialistas para cada trance: santa Águeda para los problemas de lactancia, san Ramón Nonato para los partos difíciles, la Virgen de no sé qué para encontrar novio, san Antonio para recuperar lo perdido. No era superstición barata, como a veces se dice desde la ignorancia. Era una manera de nombrar lo innombrable, de ponerle rostro al misterio, de sentirse acompañado en la intemperie. 

Claro que había sombras. La dureza del código moral, la mirada despiadada del "qué dirán", el peso del luto que enterraba en vida a las viudas, la doble moral que castigaba a la mujer y absolvía al hombre. No se trata de idealizar aquel mundo. Era duro, injusto, a menudo cruel. Pero también era un mundo donde la comunidad funcionaba como una red de contención, donde nadie se sentía solo —quizá por primera y última vez— en los momentos cruciales. 

Hoy hemos ganado muchas cosas. Libertad individual, autonomía, capacidad de decidir sobre nuestras vidas sin que el pueblo entero nos vigile. La medicina nos ha librado de la mortalidad infantil y de las epidemias que diezmaban a nuestros antepasados. Podemos casarnos por amor —o no casarnos— sin que nuestra familia nos condicione. Podemos morir en un hospital, sedados, sin dolor, sin que nadie tenga que velarnos en la cocina. 

Pero algo hemos perdido también. Hemos perdido la costumbre de compartir el dolor. Hemos privatizado la muerte, la hemos encerrado en tanatorios y nichos. Hemos desritualizado el amor, reduciéndolo a veces a un contrato emocional que puede rescindirse sin más. Hemos olvidado que la vida, para ser plenamente humana, necesita ser celebrada y llorada en común. 

Por eso me parece importante este ejercicio de memoria. No por nostalgia, que es un lujo inútil, sino por lo que nos enseña sobre nosotros mismos. Sobre nuestra capacidad para crear sentido allí donde solo hay caos. Sobre nuestra necesidad de rodear los momentos cruciales de un lenguaje compartido. Sobre esa resiliencia que permitía a mis abuelos y bisabuelos levantarse cada mañana sabiendo que la muerte acechaba, y sin embargo seguir plantando patatas, criando hijos, cosiendo ajuares, guardando cerezas en anís. 

Mis padres ya no están. Mi abuela Nati tampoco. Pero cuando escribo estas líneas, cuando evoco sus voces y sus gestos, me doy cuenta de que siguen aquí. En la memoria, que es una forma de presencia. En las historias que cuento. En este hilo que, al pasarlo a mis hijos, mantengo tenso para que no se rompa. 

Porque al final, de eso trata este ciclo. De nacer, sí. De casarse, también. De morir, desde luego. Pero, sobre todo, de pasar el testigo. De contar a los que vienen cómo vivían los que se fueron. De tender un puente entre aquella España de 1900, que olía a carbón y a tierra mojada, y esta nuestra, que huele a pantallas y a prisa. De recordar que, por mucho que cambiemos, seguimos siendo esos animales necesitados de ritos que conjuran el miedo y celebran la vida. 

Las cucarachas, decía al principio, nacen, crecen, se reproducen y mueren. Nosotros necesitamos algo más. Necesitamos mitos. Necesitamos ritos. Necesitamos creer que no somos solo materia que pasa. Y durante siglos, nuestros mayores supieron darse ese consuelo. Ahora nos toca a nosotros decidir qué hacemos con esa herencia. Si la guardamos en un baúl como una reliquia polvorienta, o si la sacamos de vez en cuando, la miramos con respeto, y aprendemos de ella lo que aún puede enseñarnos. 

Yo, por mi parte, he elegido contarla. Porque las historias, cuando se cuentan, no mueren del todo. Siguen vivas en quien las escucha. Y quién sabe: tal vez alguno de los que me leen encuentre en ellas un eco de sus propias memorias, una pista para entender de dónde viene, un hilo que le sostenga en sus propios trances. 

O tal vez no. Tal vez solo sea un rato de lectura, un viaje a un país extinto, un rato de asombro ante lo distintos que eran y lo iguales que somos. También eso vale. 

Cerramos aquí el ciclo. Que la tierra les sea leve a los que se fueron. Y a los que quedamos, que sepamos honrar su memoria con la misma dignidad con que ellos vivieron sus vidas. 

Fin. 

El Caballero Metabólico 

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