sábado, 28 de marzo de 2026

Cayetana de Alba: la duquesa del pueblo

Eso, o una petarda con 43 títulos y un sentido del humor involuntario. 

Cuando una persona muere, suele ocurrir un fenómeno curioso: la transformación automática en una versión edulcorada de sí misma. Los defectos se disuelven, las contradicciones se planchan y el finado emerge envuelto en oropel como una figura casi intachable, lista para ser colocada en el altar de los recuerdos amables, o en el mueble-bar de la abuela.

Con Cayetana Fitz-James Stuart, XVIII duquesa de Alba, esto se multiplica por diez. Y ahora, con la exposición de 2026 en el Palacio de Dueñas, comisariada por su hija Eugenia Martínez de Irujo, la operación de exaltación alcanza su clímax.

Pero vayamos por partes, que la señora los merece. Y miren qué apellido más sevillano y más del pueblo, oiga: Fitz-James Stuart. Tan castizo como una tortilla de patatas con caviar.


La exaltación de la duquesa


La exposición "Cayetana. Grande de España" promete ser un despliegue de 200 piezas que incluyen desde vestidos de alta costura hasta cartas personales, pasando por fotografías de Richard Avedon y obras de Goya. Todo ello en el marco incomparable de Dueñas, ese palacio que la duquesa abrió al público previo pago de la entrada y con subvenciones por ser Bien de Interés Cultural.

O sea, lo que viene siendo una generosidad medida, calculada y perfectamente rentabilizada. Pero eso no se dice en los folletos.

La cosa va de "reivindicar su legado", "mostrar sus mil caras" y "recordar a la mujer pionera". Pionera, sí. Pero habría que matizar en qué.

Los dones que le otorgan (y los que de verdad tuvo)



En estos días previos al centenario, proliferan los artículos que destacan sus virtudes: mecenas, coleccionista, embajadora de la cultura española, puente entre la tradición y la modernidad.

Vamos a desgranar un poco esa retahíla.

La "pionera" que se casó con un plebeyo



En 1978, Cayetana contrajo matrimonio con Jesús Aguirre, intelectual, ex-sacerdote y, horror de horrores, plebeyo. Fue un escándalo mayúsculo. La prensa del corazón, entonces en pañales democráticos, vivió su primera gran exclusiva. La duquesa desafiaba a su casta.

¿Modernidad? Sí, pero modernidad de andar por casa. O de andar por palacio y con tacones. No era una lucha por la igualdad de clases, era una transgresión permitida precisamente porque ella estaba tan arriba que nada podía mancharla. Se casó con un plebeyo, sí, pero manteniendo todos sus títulos, todas sus propiedades y toda su posición. El desclasamiento era puramente decorativo.

La "mecenas" que coleccionaba lo que ya tenía y lo que no sabía



Cayetana amaba el arte. Y tuvo la inmensa suerte de nacer rodeada de una de las colecciones privadas más importantes del mundo. A partir de ahí, añadió piezas de Picasso, Renoir o Chagall. Pero ojo: comprar arte cuando se tienen millones no es mecenazgo, es decoración de lujo.

¿Podemos mencionar también los tres cuadros perdidos que su difunto primer marido había dejado olvidados en Liria? Y es que claro, con tanta obra de arte en casa, a cualquiera se le olvida que tiene un Sorolla que no es suyo.

El verdadero mérito, si acaso, fue mantener unido ese patrimonio, crear la Fundación Casa de Alba y abrir los palacios al público. Una decisión inteligente que, de paso, garantiza la supervivencia económica de la saga. Pero que nadie confunda estrategia de gestión patrimonial con filantropía. (No nos olvidemos tampoco de la venta de la Madonna de la granada de Fra Angelico al Museo del Prado).

La "embajadora de la cultura española"


Aquí entramos en el terreno resbaladizo de los tópicos. Porque la duquesa reivindicaba el flamenco y la tauromaquia. Lo hacía con pasión, con autenticidad, con un amor genuino que nadie puede discutirle.

El problema es que eso, proyectado al exterior, se convierte en la España de postal: la de los volantes, los toros y las duquesas castizas. Una imagen que vende mucho, que gusta en el extranjero, pero que reduce la complejidad cultural del país a unos cuantos clichés fácilmente digeribles.

Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿es necesario reivindicar siempre lo español a través de los mismos símbolos? ¿No hay otras formas de contar este país que no pasen por el folclorismo más elemental? Si Spanish is diferent, vamos a demostrarlo de una vez, que no salimos de lo mismo, “miarma”.


El elefante (o el toro) en la habitación



Porque claro, está la cuestión de la tauromaquia. Y aquí la cosa se pone fea para cualquiera que intente defenderla desde parámetros actuales.

Cayetana era taurina, ganadera y amante de los toros. También era amante de los caballos y de sus perros. Esta convivencia entre el amor por los animales y el disfrute de su muerte en la plaza es, sencillamente, una contradicción insalvable para la sensibilidad contemporánea.

El argumento de que sin tauromaquia el toro de lidia desaparecería es tan falaz como decir que sin peleas de gallos la raza se extinguiría. No es protección, es producción. Se cría al animal con un destino prefijado: la muerte violenta en un espectáculo.

Pero en los años de de la juventud de la duquesa, esto no se cuestionaba. Ella era hija de su tiempo y de su clase. Otra cosa es que hoy, en 2026, se pretenda vender esa faceta como parte de un legado cultural incuestionable sin asumir el debate ético que lleva décadas sobre la mesa.


Madre e hija: la original y la copia



Y aquí llegamos al punto que más jugo da: la comparación entre Cayetana y Eugenia.

La hija, comisaria de la exposición, es la gran beneficiaria de esta operación de memoria. Y uno entiende que una hija quiera honrar a su madre. Sería preocupante lo contrario. Pero la pregunta surge sola: ¿qué oficio tiene Eugenia más allá de ser la hija de?

Entre ambas, me quedo con la madre. Con todas sus contradicciones, con su petardeo supino, con sus vestidos de estampados imposibles y sus declaraciones ocurrentes, Cayetana era auténtica. Era un personaje, sí, pero se lo había currado durante décadas. Se había ganado a pulso ser la duquesa pop, la abuela de España, la señora que se paseaba por Sevilla durante Semana Santa y feria. (Más tópicos...)

Eugenia, en cambio, es la gestora de un legado que no ha construido. La conservadora de una marca que otros crearon. Posando para las revistas, manteniendo las formas, administrando el recuerdo. No se le conoce otra cosa porque no necesita conocérsele. Su papel en el mundo es precisamente ese: ser la hija de, la continuadora de, la guardiana de la llama.

La madre fue la original. La hija es la copia. (Lo que pides, lo que te llega). Y por muy bien que haga su trabajo de conservación, por muy bonita que quede la exposición, por muchos Avedons y Goyas que cuelgue en las paredes de Dueñas, siempre será eso: la heredera de un personaje que no necesitó comisariar nada para existir.


El claroscuro final



¿Fue Cayetana una mujer relevante? Depende de lo que entendamos por relevancia.

Si relevante es tener 43 títulos nobiliarios, la colección de arte privada más importante de España y una biografía que incluye amistad con Jackie Kennedy, Grace Kelly y Andy Warhol, entonces sí, fue relevantísima.

Si relevante es abrir los palacios, restaurar el patrimonio y garantizar su supervivencia, también.

Pero si relevante es haber aportado algo sustancial al pensamiento, a la cultura entendida en sentido amplio, a la transformación social del país, entonces la cosa cambia. Porque la duquesa fue muchas cosas, pero no fue una intelectual, ni una activista, ni siquiera una mecenas en el sentido clásico. Fue una señora bien, con un desparpajo natural y un sentido del humor que la hicieron caer simpática. Una petarda, sí, pero nada más.

El problema no es ella. El problema es el relato que se construye a su alrededor cada vez que hay una efeméride. Ese empeño en convertirla en un icono de modernidad y ruptura cuando lo suyo era, simplemente, vivir como le daba la "ducal" gana dentro de los márgenes absurdamente amplios que le proporcionaba su cuna.

Yo no soy mitómano. Creo que las personas hay que valorarlas por lo que fueron, no por lo que el marketing póstumo quiere que hayan sido. Y lo que fue Cayetana es exactamente eso: una mujer que tuvo la inmensa suerte de nacer con 43 títulos y decidió vivirlos con libertad, sin cuestionarse nada, sin salirse del carril de lo que realmente importaba (la conservación de su casa, su nombre y su posición), pero poco más, no nos flipemos.

Ni duquesa del pueblo, ni adelantada a su tiempo, ni embajadora de ninguna España que no sea la de los tópicos. Simplemente, Cayetana. La duquesa. La petarda. La que se vestía como una maruja venida a más o una duquesa venida a menos.


Que la exposición sea un éxito, que Dueñas se llene de visitantes y que la marca Alba siga cotizando al alza. Pero no nos vendan la moto de que fue una revolucionaria. Fue una aristócrata con gracia que alegraba las revistas de peluquería. Y con eso, siendo como era, seguramente le bastaba.


Pedrete Trigos

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