Sevilla 1848: la ciudad que recibió a los duques de Montpensier
Cuando el 12 de mayo de 1848 Antonio de Orleans, duque de Montpensier, y su esposa, la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, cruzaron las puertas de Sevilla, no encontraron una ciudad en su mejor momento. Tampoco hallaron una urbe dormida o anclada en el pasado. Lo que pisaron fue un escenario de contrastes extremos: una capital que combinaba la grandeza monumental de su pasado imperial con la miseria material de sus calles, pero que también bullía con los primeros síntomas de una industrialización tímida pero prometedora.
Para entender el impacto que los duques tuvieron en la cultura y las fiestas sevillanas, es obligado detenerse en ese escenario previo. ¿Qué Sevilla recibió a los Montpensier? ¿Cómo era su tejido político, su entramado social, su pulso económico y su vida cultural?
España vivía en 1848 bajo el reinado de Isabel II, una monarquía liberal asentada sobre el frágil equilibrio entre moderados y progresistas. Pero la verdadera sacudida llegaba desde fuera: Europa ardía en la llamada "Primavera de los Pueblos", una oleada revolucionaria que había derrocado precisamente a la familia del duque, los Orleans, del trono francés. Luis Felipe I, padre de Antonio de Orleans, había caído en febrero de ese mismo año.
Así que los duques no llegaron a Sevilla como turistas románticos, sino como exiliados políticos. Y su llegada, lejos de pasar desapercibida, levantó todas las alarmas. El mismo día de su entrada, el 13 de mayo de 1848, estalló un alzamiento militar en Sevilla que pretendía, según algunas fuentes, incluso secuestrarles. Los sublevados, vinculados a sectores progresistas y republicanos, veían con recelo la presencia de un príncipe francés conspirador y cuñado de la reina.
El gobierno de Madrid, presidido por el general Narváez, ordenó un rápido despliegue de fuerzas para sofocar la revuelta y proteger a los duques. Pero el mensaje era claro: Sevilla era una ciudad políticamente volátil, donde el descontento contra el moderantismo isabelino se mezclaba con la desconfianza hacia aquellos aristócratas recién llegados.
A pesar de ese ambiente enrarecido, los Montpensier decidieron quedarse. Y lo hicieron con una estrategia que Sánchez Núñez califica como "inteligente": abrazar las costumbres locales, mostrarse en la vida cotidiana y convertirse en los mecenas más generosos que la ciudad había conocido. Pero eso aún tardaría unos años en fraguar.
La sociedad sevillana de mediados del siglo XIX era un crisol de contrastes. Por un lado, una reducida élite aristocrática y burguesa –terratenientes, comerciantes enriquecidos, altos funcionarios– que controlaba el poder económico y social. Por otro, una inmensa masa de jornaleros, artesanos y trabajadores precarios que malvivían al día.
El drama de la desamortización
Para entender esa fractura social, hay que retroceder una década. La Desamortización de Mendizábal (1835-1837) había supuesto un golpe brutal para el tejido social sevillano. Decenas de conventos y monasterios fueron expropiados y, con ellos, desapareció la principal red benéfica de la ciudad: hospitales de caridad, escuelas gratuitas, asilos para huérfanos y ancianos. Las órdenes religiosas que los gestionaban fueron expulsadas, y miles de pobres se quedaron sin el único sostén que conocían.
El resultado fue una pobreza estructural que impactaba a cerca de la mitad de la población. El mendigo era una figura cotidiana en las calles, y la caridad privada (la de las hermandades y las casas nobiliarias) apenas podía tapar el agujero.
Las condiciones de vida: una ciudad insalubre
Si la pobreza era visible, la insalubridad lo era aún más. Sevilla carecía de un sistema de alcantarillado moderno. Las aguas residuales corrían por cunetas a cielo abierto o se filtraban en pozos ciegos. Las letrinas eran inexistentes en la mayoría de las viviendas populares; se usaban orinales que se vaciaban desde los balcones, con la consiguiente contaminación de calles y patios.
Las epidemias eran recurrentes. El cólera, la fiebre amarilla y el tifus azotaban la ciudad cada pocos años. De hecho, los médicos europeos consideraban a Sevilla un "punto negro" sanitario, comparable a las ciudades más insalubres del Imperio Británico en la India.
En este contexto, un dato que Sánchez Núñez destaca como revelador: el primer inodoro de la ciudad lo instaló el duque de Montpensier en el Palacio de San Telmo en 1849. Un gesto que era, al mismo tiempo, un símbolo de lujo cortesano y una crítica silenciosa al atraso de la urbe.
El Caballero Metabólico



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