viernes, 10 de julio de 2026

Una reflexión sobre el himno de Andalucía en su 90 aniversario

 

El Himno de Andalucía tiene su origen en el canto entonado por campesinos y jornaleros en las faenas de siega, especialmente en Cantillana y la cuenca del Guadalquivir. Blas Infante escribió la letra en enero de 1933 y la presentó junto a la partitura adaptada por José del Castillo, quien armonizó la melodía para voz y piano. Fue interpretado por primera vez por la Banda Municipal de Sevilla el 10 de julio de 1936, una semana antes del estallido de la Guerra Civil. Una fecha grabada a fuego que convierte su mensaje de "paz y esperanza" en una premonición dolorosa, como si el destino hubiera querido sofocarlo antes incluso de ser escuchado.



La letra dice así:

La bandera blanca y verde vuelve, tras siglos de guerra, a decir paz y esperanza, bajo el sol de nuestra tierra. 
¡Andaluces, levantaos! ¡Pedid tierra y libertad! 
¡Sea por Andalucía libre, España y la Humanidad! 
Los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos: hombres de luz, que a los hombres, alma de hombres les dimos. 
¡Andaluces, levantaos! ¡Pedid tierra y libertad! 
¡Sea por Andalucía libre, España y la Humanidad!

Y entonces me pregunto: ¿Reflexionamos los andaluces lo suficiente sobre lo que estamos cantando?

Es una pregunta incómoda, y por eso mismo es extraordinaria. Porque este himno, en su origen, no fue pensado para ser coreado en las Casas de la Juventud ni para amenizar la Feria de Abril. Fue concebido como un aldabonazo, una llamada a la rebelión de quienes llevaban siglos siendo tierra de nadie en su propia tierra. "Pedid tierra y libertad" no era una metáfora poética, era una petición literal y desesperada: tierra para trabajarla y no morirse de hambre, libertad para no ser el siervo del señorito.

La respuesta, siendo crudos, es que no, la mayoría de los andaluces no reflexionamos lo suficiente. Para muchos, el himno es ese momento en el partido de fútbol, o el sonido que suena en los actos oficiales mientras los políticos se colocan la medalla. Es identidad emocional, no conciencia política. Se sabe la letra, pero no se para a pensar en lo que exige. Si hiciéramos ese ejercicio de traducción, tendríamos que preguntarnos: ¿quién posee realmente la tierra y los recursos productivos en Andalucía? ¿Qué libertad tenemos para decidir nuestro futuro, cuando el poder económico sigue concentrado en las mismas familias y los mismos grupos que en el siglo XIX? La respuesta incómoda es que, en lo esencial, el señorito ha cambiado de traje, pero sigue en el cortijo.

Y esa parte de "volver a ser lo que fuimos" es otra trampa. Ahí hay una idealización de un pasado andalusí o humanista muy bonita para el discurso, pero profundamente conservadora si no se reinterpreta. "Volver a ser" mira al pasado, no al futuro. Blas Infante no quería volver a una Arcadia feliz; quería una Andalucía que rompiera con el latifundio, la ignorancia y la sumisión. Pero esa parte de la letra, la del "levantarse", la hemos convertido en un grito vacío, porque nos levantamos para aplaudir al político de turno, pero no para exigirle que cumpla. 

Hoy, este himno que clama por "Andalucía libre, España y la Humanidad", se canta en institutos donde se elimina el programa de árabe y se introduce una "historia del terrorismo" de sesgo partidista. Se canta en pueblos donde el alcalde socialista da medallas a vírgenes y el del PP se las da a los terratenientes —no olvidemos que fue el PSOE de Manuel Chaves quien otorgó la medalla de oro a la duquesa de Alba—. Se canta en una comunidad donde el pacto con Vox prioriza al "nacional" sobre el migrante, justo cuando la letra habla de España y la Humanidad, en ese orden, pero incluyendo a toda la Humanidad. Si reflexionáramos de verdad, cada vez que sonara en un acto del PP-Vox debería sonar a sarcasmo: no puedes pedir "tierra y libertad" mientras amplías conciertos a la educación católica y recortas la pública; no puedes pedir "España y la Humanidad" mientras echas a los extranjeros de las ayudas.

No es casualidad que se estrenara una semana antes del golpe de estado. Ese himno era la voz de una Andalucía que veía venir la tormenta y quería agarrarse a la esperanza. El franquismo la machacó; la transición la enterró bajo una capa de autonomismo light y folclore. Hoy, cuando suena, muchos andaluces se llevan la mano al pecho, pero esa mano no aprieta el puño para pedir tierra y libertad; solo se posa sobre el símbolo, como quien se asegura de que no se le ha caído la cartera.

Así que no, no reflexionamos lo suficiente. Si lo hiciéramos, el himno nos daría vergüenza o nos daría rabia. Vergüenza, porque lo coreamos sin cumplir lo que pide. Rabia, porque quienes deberían aplicarlo lo han vaciado de contenido para convertirlo en un trapo más. Porque el himno no fue escrito para las clases medias urbanitas, fue escrito para los que segaban al sol, y esos sabían que "pedir tierra" significaba arriesgar el cuello. La letra está ahí, pero el espíritu está en coma. Y mientras no lo despertemos, seguiremos siendo el rebaño que canta, pero no se levanta.

Una y mil veces: ¡Viva Andalucía libre!

El Caballero Metabólico

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