viernes, 21 de agosto de 2026

El sueño fallido del duque: Cuando Montpensier quiso vivir en la Alhambra y terminó en San Telmo

 

Antonio de Orleans, duque de Montpensier, llegó a España en 1848 con una ambición desmedida: ser rey. Pero antes de conspirar por el trono, tuvo que encontrar un hogar para su familia. Su periplo por las residencias andaluzas es una fascinante historia de sueños frustrados, desaires políticos y un destino final que marcaría para siempre la historia de Sevilla.

El sueño granadino: El Palacio de Carlos V

Cuando los duques de Montpensier desembarcaron en España, su primer impulso fue buscar una residencia que estuviera a la altura de su rango. Y su mirada se posó, casi de inmediato, en el lugar más emblemático de la arquitectura renacentista española: el Palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada.

No era una ocurrencia menor. El duque, culto y conocedor del arte, sabía que aquel palacio inacabado era una joya arquitectónica. Pero también había un cálculo político: instalarse en Granada, en el corazón simbólico del antiguo reino nazarí, era una declaración de intenciones. Montpensier, yerno de Fernando VII y cuñado de Isabel II, quería tener una presencia regia en la antigua capital del reino.

Sin embargo, el Gobierno de Madrid no compartía su entusiasmo. La operación fue descartada de plano. "No obtuvieron el placet del Gobierno", señalan las fuentes. El Palacio de Carlos V, monumento nacional, no podía convertirse en residencia particular de un príncipe francés, por muy emparentado que estuviera con la Corona española. Y el Generalife, con sus jardines y su historia, tampoco fue una opción viable. Todas las gestiones resultaron infructuosas.

Montpensier, que nunca se rindió ante un obstáculo, tuvo que buscar alternativas.



El Alcázar de Sevilla y el desaire de la comodidad

Tras el fracaso granadino, la mirada del duque se dirigió a la capital andaluza. Sevilla ofrecía un escenario cortesano y una cercanía a la Corte que a Montpensier le interesaba.

La primera opción fue el Real Alcázar de Sevilla. El conjunto palaciego, con su fusión de arte mudéjar, gótico y renacentista, tenía el empaque necesario para albergar a una familia real. Pero había un problema: era incómodo. Así de claro lo señala el texto.

Para una familia acostumbrada a las comodidades del Palacio de las Tullerías en París, las estancias del Alcázar resultaban frías, laberínticas y poco adaptables a la vida moderna. A pesar de que allí nació su primera hija, la infanta María Isabel, en 1848, el duque pronto buscó una alternativa.

Mientras se decidía el destino definitivo, los duques se instalaron de forma temporal en el Palacio Arzobispal de Sevilla, a la espera de que se acondicionara el Alcázar. Pero aquella solución provisional se alargó más de lo previsto, y Montpensier, impaciente, comenzó a buscar otro lugar.

El hallazgo: El Colegio de Mareantes de San Telmo

Fue entonces cuando apareció en su horizonte el antiguo Colegio de Mareantes de San Telmo. Un edificio con historia, situado junto al Guadalquivir, que había sido Instituto de Segunda Enseñanza y, en siglos anteriores, seminario de pilotos.

Montpensier, con su olfato para los negocios, vio en San Telmo un potencial inmenso. El edificio era amplio, tenía vistas al río y, lo más importante, era transformable. No había que someterse a las limitaciones de un monumento histórico como el Alcázar; aquí podía crear un palacio a su medida.

El duque no escatimó en gastos. Adquirió el inmueble y emprendió una ambiciosa reforma dirigida por su arquitecto de cabecera, Balbino Marrón y Ranera, el más importante arquitecto sevillano del siglo XIX. Se invirtieron más de un millón de reales en la remodelación. La crujía que mira al río se convirtió en salón de fiestas, se construyó una majestuosa escalera, y se añadió el torreón de Levante. Los jardines, diseñados por el jardinero francés André Lecolant, se convirtieron en un oasis botánico con especies de todo el mundo.

San Telmo se convirtió, desde 1849, en el verdadero hogar de los Montpensier en Andalucía. Y no solo eso: con el tiempo, sería el origen del Parque de María Luisa, que la duquesa viuda donaría a Sevilla en 1893.

Un destino escrito en el Guadalquivir

La historia de las residencias andaluzas de Montpensier es la historia de un hombre que siempre quiso más de lo que podía alcanzar. Soñó con la Alhambra, pero se conformó con el Alcázar; y al final, encontró en San Telmo el escenario perfecto para sus aspiraciones.

Quizá, si el Gobierno le hubiera permitido comprar el Palacio de Carlos V, la historia de Granada y de la Alhambra habría sido muy distinta. Pero Montpensier, que nunca logró ser rey de España, sí logró algo quizá más perdurable: dejar su huella en Sevilla.

Hoy, el Palacio de San Telmo es la sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía. Y los jardines que él mandó plantar son el pulmón verde de la ciudad. El duque, que no pudo reinar, encontró en su fracaso residencial un legado inmortal.

Pedrete Trigos

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