Hay historias que parecen tejidas con el hilo de la devoción y la tragedia. Una de ellas es la que une a los duques de Montpensier con el Santuario de Nuestra Señora de Regla en Chipiona. No fue un capricho aristocrático, ni una estrategia política. Fue una historia de fe, de amor filial y de una pérdida que marcó para siempre a la familia ducal. En aquel rincón de la costa gaditana, donde el mar besa los acantilados, los duques encontraron un consuelo espiritual que les llevó a bautizar a su cuarta hija con el nombre de la virgen y a enterrarla en su santuario.
Un santuario abandonado y una visita providencial
En 1851, los duques de Montpensier viajaron a Chipiona. No era una visita de placer, sino un viaje cargado de simbolismo. Allí, junto al mar, se alzaba el Santuario de Nuestra Señora de Regla, una ermita medieval que había sido parte de un antiguo convento agustino fundado en 1399. Pero el edificio, que había sido testigo de siglos de devoción, se encontraba en un estado de abandono y ruina.
Sin embargo, para el duque Antonio de Orleans, aquella ermita derruida no era un simple montón de piedras. Era un lugar sagrado, un centro de espiritualidad que merecía ser restaurado. Y así lo hizo. Promovió su restauración y, desde entonces, la Virgen de Regla ocupó un lugar especial en el corazón de los duques.
Aquella visita fue el inicio de una profunda devoción que marcaría la vida de la familia ducal. La Virgen de Regla, patrona de Chipiona, se convirtió en su protectora, en su refugio espiritual.
El nacimiento de María de Regla: Un nombre con historia
En 1856, en el Palacio de San Telmo de Sevilla, nació la cuarta hija de los duques. Fue una niña que llegó al mundo en el seno de una familia que había hecho de la Virgen de Regla su devoción particular. Y por eso, sus padres decidieron bautizarla con un nombre que era, al mismo tiempo, un homenaje y una promesa: María de Regla.
No era un nombre común en la realeza. Era un nombre con historia, con significado, con fe. La niña, que nació en el bullicio de la corte sevillana, fue bautizada en la capilla del Palacio de San Telmo, llevando consigo el peso de una devoción que la acompañaría toda su vida.
Pero su vida, desgraciadamente, fue muy breve.
La muerte de una infanta
Cinco años después, en 1861, la pequeña María de Regla falleció en el palacio de los duques en Sanlúcar de Barrameda. La causa oficial fue "calenturas gástricas biliosas", una enfermedad que, en aquella época, segaba la vida de muchos niños sin que la medicina pudiera hacer nada por ellos.
Fue un golpe devastador para los duques. Antonio de Orleans, el hombre que había soñado con ser rey, que había conspirado y luchado por el poder, se encontró con la impotencia más absoluta: no podía hacer nada para salvar a su hija. La pequeña infanta, que llevaba el nombre de la virgen a la que tanto rezaban, se les escapaba entre los dedos.
Un entierro junto al mar: La sepultura en Chipiona
Por expreso deseo de sus padres y con la aprobación de la reina Isabel II, la infanta María de Regla fue enterrada en el Santuario de Regla en Chipiona, aquel lugar que los duques habían restaurado años atrás y que tanto significaba para ellos. Allí, junto al mar, la pequeña infanta descansaría para siempre, bajo la protección de la virgen que le había dado su nombre.
Aún hoy se conserva su lápida mortuoria en el santuario, un testimonio mudo de aquella pérdida que marcó a la familia ducal.
Pero no fue su destino final. En 1865, sus restos fueron trasladados a la Capilla de los Reyes de la Catedral de Sevilla, y más tarde, descansarían en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, junto a sus padres y sus hermanos.
La antigua ermita y el santuario actual
El santuario donde fue enterrada la infanta era un edificio medieval, parte del antiguo convento agustino. Pero a finales del siglo XIX, aquella ermita se encontraba en un estado de ruina total. En 1904, se aprobó su demolición para construir el actual santuario, de estilo neogótico, que se terminó en pocos años.
El nuevo santuario se levantó en el mismo lugar que la antigua ermita, junto al mar, en el suroeste de Chipiona. Allí, donde el océano se encuentra con la tierra, la Virgen de Regla sigue siendo venerada por miles de fieles.
Y la lápida de la infanta María de Regla, que fue enterrada en aquella ermita medieval, se conserva hoy en el santuario neogótico que la sustituyó. Es un recuerdo, un testimonio, una historia que el tiempo no ha podido borrar.
Una devoción que trasciende el tiempo
La historia de la infanta María de Regla es una historia de fe, de amor y de pérdida. Es la historia de una niña que vivió solo cinco años pero que dejó una huella imborrable en la memoria de sus padres. Es la historia de un santuario que, gracias a la devoción de un duque francés, renació de sus cenizas.
Hoy, cuando los fieles se acercan al Santuario de Regla en Chipiona, quizá no sepan que, bajo sus piedras, bajo el altar, bajo la mirada de la virgen, descansa el recuerdo de una pequeña infanta que llevó su nombre. Una infanta que, como tantas otras historias de los Montpensier, merece ser recordada.
Pedrete Trigos



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