sábado, 27 de julio de 2013

El padre de familia.

    En una sociedad como la victoriana, fuertemente patriarcal, la importancia del padre de familia era extraordinaria. Era el guardián de los valores morales, éticos y religiosos en los que se asentaba el grupo y el encargado de transmitirlos. Muy conservadores, los hombres victorianos consagraron el papel dominante del varón y el destino subsidiario de la mujer en la sociedad mediante el establecimiento de unas normas educativas, religiosas y de conducta rígidamente inmovilistas.


     El papel del hombre en la vida victoriana era el de rector de la vida social en todos sus aspectos. Era quien trabajaba, por tanto, el autor del bienestar de la familia, y por ello se le debía agradecimiento; esposo amantísimo, cuidaba de su esposa, a la que trataba como a una niña, pues entre sus funciones, la principal era la de defenderla de los peligros de la vida. Con sus padres era respetuoso, y cuidaba de que nada les faltara en su vejez, o en caso de necesidad. Pero el aspecto más importante de su labor se desarrollaba en el medio familiar, en lo que se relacionaba con la educación de sus hijos. Los victorianos entendían que el padre era el encargado de conducir a su familia por el buen camino según unas normas morales entonces muy arraigadas que concedían una alta prioridad a lo espiritual frente a lo material. No se cedía ante ciertos comportamientos, como la bebida o el juego, en lo que la sociedad era muy intolerante; por el contrario, del padre de familia se esperaba que cumpliera a la perfección con sus obligaciones.

    En realidad, y aunque el padre de familia sentaba las líneas maestras de la educación de sus hijos, las niñas solían quedar bajo el control materno, pues no en vano se destinaban a ejercer en la vida las mismas funciones que sus progenitoras. Pero los chicos era otra cosa. El padre decidía en qué colegio cursaban sus estudios y hasta qué carrera o profesión iban a elegir en la vida, pues lo habitual era que un chico victoriano siguiera en este campo los pasos de su padre. Cuando llegaba el momento, sólo la experiencia de la vida del padre podía acertar en la elección del esposo, sobre todo en lo que se refería a sus inexpertas hijas.

    El padre de familia victoriano conducía su casa con honestidad, procurando ofrecer  una imagen de honestidad y solvencia. En efecto, en aquella época, y al igual que el deshonor en el trabajo conllevaba el rechazo en el mundo mercantil, una conducta socialmente inaceptable podía traer consigo el ostracismo y el desprecio de los demás miembros de la clase.

El director espiritual.


     En la sociedad victoriana, el papel del padre se ampliaba al de director espiritual, pues se aplicaba muy especialmente a la vigilancia de la educación religiosa de sus hijos e hijas. Después de la cena, la familia reunida solía leer los breviarios o algunos pasajes de la Biblia, y en la casa se comentaban y valoraban los diferentes aspectos de la vida de la comunidad. Era costumbre de la época que los niños redactaran un diario íntimo en el que recogían sus sentimientos y dudas; luego lo sometían a la opinión de sus mayores. El padre y la madre enseñaban a los hijos a rezar, y disponían que los hermanos mayores ayudaran a sus hermanos en esta materia en cosas de menor importancia.

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