Cuando pensamos en la Ilustración, la mente viaja a los brillantes salones de París, donde mujeres como Madame Geoffrin tejían redes de ideas entre philosophes y nobles. Era una institución poderosa, un motor de la opinión pública que aceleraría hacia la Revolución. Pero, ¿qué ocurría al sur de los Pirineos? La historia de los salones ilustrados españoles es más discreta, un susurro elegante frente al debate francés, pero no por ello menos fascinante. Su estudio nos habla no de una institución consolidada, sino de los límites y las astucias con las que las mujeres de élite navegaron un mundo que las declaraba “perpetuas menores de edad”.
El contraste con Francia es el primer dato ineludible. Mientras en París el salón era un eje cultural reconocido, en España nos encontramos con ecos, referencias y tertulias cuya frecuencia e influencia concreta son más difíciles de rastrear. Esto no significa que fueran un mito, sino que florecieron en un suelo menos abonado. La sociedad española, más tradicional y con una esfera pública menos desarrollada, no ofrecía el mismo caldo de cultivo. El foco de la Ilustración patriótica se posó, en gran medida, en figuras individuales excepcionales antes que en una red colectiva.
Pensemos en Josefa Amar y Borbón, una erudita que defendió con lucidez la educación femenina desde la Real Sociedad Económica Aragonesa, o en María Isidra de Guzmán, “La Doctora de Alcalá”, quien obtuvo un doctorado por gracia real. Ambas fueron faros, pero su luz, como señala la historiografía, difícilmente traspasó los círculos eruditos. Su excepcionalidad confirma la regla: el camino fue más solitario que colectivo.
Para entender por qué, debemos mirar el paisaje general de la alfabetización, un mapa de profundas desigualdades. En un siglo donde el analfabetismo era la norma, la brecha entre géneros era abismal. Estudios basados en firmas notariales revelan que, en las ciudades, quizás la mitad de los hombres sabía firmar, frente a solo un 20% de las mujeres. En el campo, la cifra femenina se acercaba a cero. Incluso dentro de la élite, la educación de una mujer noble solía limitarse a la religión, las labores domésticas y, en el mejor de los casos, a la lectura. Encontrar a una marquesa incapaz de firmar no era una rareza. Así, cualquier espacio de discusión ilustrada y femenino era, por fuerza, un fenómeno minoritario y extraordinario.
Dentro de estos estrechos márgenes, sin embargo, la mujer de élite ejerció una influencia tangible, actuando como puente esencial entre el ámbito privado y las nuevas ideas. Su poder no se ejercía desde la tribuna, sino desde la discreta eficacia de la sociabilidad y el mecenazgo.
Estos espacios funcionaban con una etiqueta deliberada. La anfitriona, con tacto y elegancia, dirigía la conversación, proponía lecturas y velaba por la armonía. Eran laboratorios donde se filtraban las ideas de la Encyclopédie, se debatía de política con cautela y se ensayaba una nueva sociabilidad que premiaba el ingenio y la cultura.
Los salones españoles no tuvieron la resonancia histórica de los parisinos. Su luz fue más tenue, y parte del interés que despiertan hoy proviene de nuestro deseo de rescatar las voces femeninas del pasado. Sin embargo, su valor es inmenso. Nos muestran cómo, en los intersticios de una sociedad jerárquica, un grupo reducido de mujeres utilizó su ingenio, su cultura y su posición para crear islas de modernidad. No transformaron la sociedad de golpe, pero prepararon el terreno, cuidaron las semillas del debate y demostraron que la ilustración, también en España, tuvo rostro de mujer y se cultivó, a menudo, en la intimidad acogedora de un salón.
Pedrete Trigos



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