lunes, 14 de septiembre de 2026

Las huellas del duque de Montpensier en el patrimonio religioso andaluz

 

Más allá de sus palacios y residencias, Antonio de Orleans desplegó en Andalucía una intensa actividad como mecenas y restaurador de monumentos históricos. Su impronta se dejó sentir en tres enclaves de profundo significado: la capilla de Bonanza en Sanlúcar, el monasterio de La Rábida en Huelva y la ermita de Valme en Dos Hermanas. Tres lugares muy distintos unidos por la mano de un duque que, aunque no logró ceñir la corona de España, supo dejar una huella imborrable en su patrimonio.



Bonanza: El puerto de los viajes fluviales

El puerto de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda, fue para el duque de Montpensier mucho más que un simple embarcadero. Desde su residencia estival en la ciudad, Antonio de Orleans convirtió este punto estratégico en la puerta de sus desplazamientos por el Guadalquivir.

El duque acondicionó el puerto de Bonanza para facilitar sus viajes fluviales, que le permitían desplazarse cómodamente entre Sanlúcar y Sevilla. En este contexto, mandó construir una capilla que atendiera las necesidades espirituales de quienes transitaban por el puerto y de los trabajadores de la zona.

Bonanza adquirió, sin embargo, un protagonismo inesperado en la vida de los Montpensier. En julio de 1868, la familia ducal fue desterrada de España por orden de la reina Isabel II, acusada de conspirar contra la Corona. Fue precisamente desde el puerto de Bonanza donde embarcaron en el buque "Villa de Madrid" con destino a Portugal. El periplo no fue sencillo: el rey portugués no les permitió desembarcar hasta el 3 de agosto, y no pudieron regresar a España hasta junio de 1869.

El puerto de Bonanza, testigo de la salida forzada de los duques, se convirtió así en el escenario de uno de los episodios más dramáticos de su biografía.



La Rábida: El monasterio que el duque salvó de la desaparición

El monasterio de Santa María de La Rábida, en Palos de la Frontera, ocupa un lugar central en la historia del descubrimiento de América. Pero a mediados del siglo XIX, el edificio se encontraba en un estado de grave deterioro.

En 1836, en cumplimiento de la Ley de Desamortización, el convento fue sacado a subasta, aunque la puja quedó desierta. A partir de entonces, el recinto sufrió saqueos y actos vandálicos que vaciaron su interior. En 1851, el ministro Fermín Arteta llegó a ordenar el derribo del edificio colombino, una orden que pudo ser paralizada por el gobernador de Huelva, Mariano Alonso y Castillo.

Fue en este contexto de amenaza inminente cuando el duque de Montpensier entró en escena. Antonio de Orleans, consciente del valor histórico del monasterio, se convirtió en uno de sus principales valedores. En 1858 realizó dos viajes a La Rábida. El primero, los días 9, 10 y 11 de marzo, lo hizo acompañado de su esposa Luisa Fernanda y de su madre, la reina Amelia de Borbón-Dos Sicilias, viuda del rey Luis Felipe de Orleans. La comitiva se hospedó en Moguer, lo que supuso un importante despliegue logístico para la ciudad. El segundo viaje lo realizó el duque en solitario el 5 de junio para volver a comprobar el estado del monasterio.

El interés mostrado por el duque influyó decisivamente para que el Gobierno declarara La Rábida Monumento Nacional en 1860. Además, el propio Antonio de Orleans colaboró financieramente en la recuperación del convento, una ayuda que resultó fundamental no solo para evitar su desaparición, sino también para que fuese recuperando su aspecto original.



Valme: La ermita rescatada por un duque y una escritora

La ermita de Nuestra Señora de Valme, situada en el Cortijo de Cuarto, en el término municipal de Dos Hermanas, había sido fundada en el siglo XIII por Fernando III tras la conquista de Sevilla. Pero en el siglo XIX, el edificio se encontraba en estado de abandono.

El impulso definitivo para su recuperación partió de una escritora: Cecilia Böhl de Faber, conocida como Fernán Caballero. En su novela La familia de Alvareda, publicada en 1849, la autora narró la historia de la Virgen de Valme y denunció el estado de abandono de la ermita. La lectura de estas páginas movilizó al duque de Montpensier, quien, a instancias de Fernán Caballero, decidió acometer la restauración del santuario.

El duque mandó restaurar y reedificar por completo la ermita. El proyecto fue encargado al arquitecto Balbino Marrón, el mismo que había trabajado en el Palacio de San Telmo y en el de Sanlúcar. Las obras se iniciaron en junio de 1859.

Pero la restauración no se limitó al edificio. El duque y su esposa restauraron también el pendón de San Fernando, la enseña que el rey santo había ofrecido a la Virgen tras la conquista de Sevilla. Luisa Fernanda supervisó personalmente la restauración del pendón, que fue pasado a un paño de damasco carmesí y fijado a un asta reforzada con vástagos de hierro y abrazaderas de plata.

La ermita restaurada fue inaugurada con gran solemnidad el 9 de octubre de 1859. La Virgen de Valme fue trasladada en procesión desde Dos Hermanas hasta el Cortijo de Cuarto, en una ceremonia presidida por los duques de Montpensier, a la que asistieron el cardenal arzobispo de Sevilla, el capitán general, el gobernador civil y otras muchas autoridades. En la puerta de la ermita se colocó una lápida conmemorativa que recordaba la restauración.



Un legado que perdura

La actividad restauradora del duque de Montpensier en estos tres enclaves religiosos revela una faceta menos conocida de su personalidad. Más allá de sus ambiciones políticas y de sus palacios, Antonio de Orleans supo reconocer el valor del patrimonio histórico y artístico de Andalucía y contribuyó decisivamente a su conservación.

En Bonanza, su huella quedó vinculada al puerto y a la capilla que mandó construir, así como al dramático episodio de su exilio. En La Rábida, su intervención fue clave para salvar el monasterio de la desaparición y lograr su declaración como Monumento Nacional. En Valme, su mecenazgo, impulsado por la pluma de Fernán Caballero, rescató del abandono una ermita medieval y recuperó una tradición devocional que perdura hasta nuestros días.

El duque, que nunca llegó a ser rey de España, dejó en estos tres lugares un legado que trasciende sus fracasos políticos. Un legado de piedra, de historia y de memoria que sigue en pie, recordándonos que, a veces, la verdadera grandeza no está en el trono, sino en las huellas que se dejan en el camino.

Pedrete Trigos

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