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lunes, 5 de octubre de 2026

Fernán Caballero y los Montpensier

 

Literatura, mecenazgo y estrategia política en la Sevilla romántica

Cuando hablamos de la vinculación de los duques de Montpensier con Sevilla, solemos pensar en su palacio de San Telmo, en sus colecciones artísticas o en su mecenazgo monumental. Pero hay una figura que actuó como puente entre la corte ducal y el alma popular andaluza: Cecilia Böhl de Faber, más conocida por su seudónimo, Fernán Caballero. Su historia no es solo la de una amistad literaria, sino la de una mediación cultural y política que el duque de Montpensier supo aprovechar para granjearse el favor popular.

Una escritora entre dos mundos

Cecilia Francisca Josefa Böhl de Faber y Ruiz de Larrea nació en Morges (Suiza) el 24 de diciembre de 1796. Hija del hispanista alemán Juan Nicolás Böhl de Faber y de la escritora gaditana Frasquita Larrea, creció en un ambiente intelectual privilegiado. Su vida estuvo marcada por tres matrimonios y por una profunda conexión con Andalucía, donde fijó su residencia en Dos Hermanas durante su segundo matrimonio.

Fue a partir del éxito de su novela La gaviota (1849) cuando su carrera literaria despegó. Pero fue su amistad con los duques de Montpensier lo que le abriría las puertas de una protección que iba mucho más allá del mero favor cortesano. Fernán Caballero trabó amistad con el duque de Montpensier y obtuvo también el favor de la reina Isabel II.

La casa del Patio de Banderas

Fruto de esa protección, los duques de Montpensier y la reina Isabel II le facilitaron una vivienda en el Patio de las Banderas del Real Alcázar de Sevilla. Allí residió durante varios años, hasta que la Revolución de 1868 la obligó a abandonarla. No era un detalle menor: vivir en el Alcázar, el corazón simbólico de la ciudad, la situaba en el epicentro del poder y la cultura sevillana. La casa le fue concedida de por vida, aunque la perdió con la caída de Isabel II y solo la recuperó tras la Restauración.

La novela que despertó una devoción

Pero si hay un episodio que ejemplifica a la perfección la influencia de Fernán Caballero sobre los Montpensier, ese es el de la ermita de Nuestra Señora de Valme.

En 1856 se publicó La familia de Alvareda, una novela de costumbres populares que comienza precisamente con una poética descripción de las ruinas de la capilla de Valme. En sus páginas, la escritora relataba el estado ruinoso en que se encontraban tanto la ermita como el histórico pendón que el rey San Fernando había prometido depositar en ella tras la conquista de Sevilla.

El duque de Montpensier, que ya había mostrado su interés por las tradiciones religiosas andaluzas —asistiendo a la romería del Rocío desde 1851 y siendo hermano mayor honorario de varias cofradías—, no dudó en actuar. Espoleado por los escritos de Fernán Caballero, impulsó la recuperación historicista de la vieja ermita de Cuarto, reducida a un montón de ruinas a mediados del siglo XIX. La restauración, que corrió a expensas de los duques, culminó con la solemne consagración de la ermita el 9 de octubre de 1859.

No fue un gesto aislado. Montpensier participó activamente en la restauración, llegando incluso a hacer llevar el pendón a la ermita. La operación fue un éxito de proyección pública: el duque, un francés en tierra andaluza, se granjeaba así las simpatías populares vinculando su nombre a una de las devociones más arraigadas de la comarca. Y todo ello gracias a la pluma de su amiga escritora.

Una mediadora cultural

La relación entre Fernán Caballero y los Montpensier no se limitó a la protección económica ni al episodio de Valme. La escritora ejerció como mediadora entre la alta cultura y el campesinado, entre la corte ducal y las tradiciones populares andaluzas. Su obra, de marcado carácter costumbrista, defendía las virtudes tradicionales, la monarquía y el catolicismo, valores que encajaban a la perfección con la estrategia de los Montpensier de arraigarse en Sevilla.

Su correspondencia con el hispanista francés Antoine de Latour —preceptor del duque de Montpensier— es un testimonio extraordinario de esa red de influencias. A través de sus cartas, se vislumbra a una mujer que no solo escribía sobre Andalucía, sino que la interpretaba y la traducía para una élite que buscaba en lo popular un argumento de legitimidad.

Legado de una alianza literaria y política

Fernán Caballero falleció en Sevilla el 7 de abril de 1877, a los 80 años, rodeada de admiración y reconocimiento. Su vinculación con los Montpensier fue mucho más que una amistad: fue una alianza estratégica en la que la literatura se puso al servicio del mecenazgo y la política.

La escritora encontró en los duques protección económica y acceso a la corte; los duques encontraron en ella una pluma capaz de conectar con las raíces populares andaluzas y de proyectar una imagen de mecenas comprometido con las tradiciones. La restauración de la ermita de Valme no fue un capricho aristocrático, sino una operación de marketing político del siglo XIX, cocinada a fuego lento entre las páginas de una novela y la ambición de un duque.

Pedrete Trigos


Para ampliar información:

  • Cecilia Böhl de Faber adoptó el seudónimo de Fernán Caballero tomándolo del nombre de un pueblo de la provincia de Ciudad Real.

  • La familia de Alvareda fue una narración comenzada en 1822 y redactada originalmente en alemán.

  • Además de la ermita de Valme, Montpensier financió las restauraciones del castillo de Hernán Cortés en Castilleja de la Cuesta, el convento de La Rábida en Huelva y el de Nuestra Señora de Regla en Chipiona.

  • Fernán Caballero publicó en 1862 El Alcázar de Sevilla, un testimonio de primera mano de su experiencia en el monumento.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Joaquín Domínguez Bécquer y la afición de Mercedes por la pintura

 

Cuando pensamos en María de las Mercedes de Orleans, la Reina de los pocos meses, suele venirnos a la cabeza la imagen de la joven esposa de Alfonso XII, aquella cuyo temprano fallecimiento conmocionó a España. Sin embargo, hay una faceta de su vida que ha permanecido prácticamente inédita: su pasión por la pintura. Una afición que, lejos de ser casual, hunde sus raíces en su infancia sevillana y en la influencia de uno de los grandes artistas del costumbrismo romántico: Joaquín Domínguez Bécquer.

Acuarela realizada por la reina Mercedes

Un artista en la corte de los Montpensier

Joaquín Domínguez Bécquer (Sevilla, 1817-1879) fue uno de los más importantes representantes del costumbrismo en la pintura sevillana del siglo XIX. Miembro de una saga familiar de artistas —era primo del también pintor José Domínguez Bécquer y tío del poeta Gustavo Adolfo Bécquer—, Joaquín se formó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y en el taller de su primo.

Su prestigio como pintor le abrió las puertas de la alta sociedad. En 1845 fue nombrado director de las obras de restauración de los Reales Alcázares de Sevilla, y cinco años después, pintor de cámara honorario de la reina Isabel II. Pero fue su vinculación con los duques de Montpensier lo que le uniría de manera decisiva a la infancia de Mercedes.

Acuarela realizada por la reina Mercedes

El preceptor de dibujo de los hijos de los duques

Los duques de Montpensier —Antonio de Orleans e Isabel de Borbón, hija de Fernando VII— residían en el palacio de San Telmo de Sevilla. Allí, Joaquín Domínguez Bécquer ejerció como preceptor artístico de sus hijos. Fue nombrado, en palabras de la época, "preceptor de dibujo de los sobrinos de la reina, los hijos de los duques de Montpensier".

Este encargo no era un mero favor: demostraba la confianza que la familia ducal depositaba en el talento del pintor. Joaquín no solo enseñó dibujo a los vástagos de los Montpensier, sino que realizó para ellos numerosos encargos pictóricos, algunos de los cuales se conservan hoy en el Museo de San Telmo de San Sebastián. Entre estos se cuentan retratos de la propia duquesa de Montpensier y vistas de la ciudad que vieron crecer a los niños.

Acuarela realizada por la reina Mercedes

Mercedes, entre pinceles y lienzos

María de las Mercedes de Orleans nació en Madrid en 1860, pero creció en Sevilla, en el palacio de San Telmo. Allí, rodeada de naranjos y jazmines, también respiró el ambiente artístico que Joaquín Domínguez Bécquer impregnaba en las estancias ducales.

Y la semilla prendió. Mercedes mostró desde joven talento y afición por el dibujo y la pintura. No fue una mera espectadora: manejaba los pinceles con soltura. Así lo atestiguan las propias obras que se conservan de su mano. El Archivo General de Palacio custodia algunas de sus creaciones, y en 2023, Patrimonio Nacional desveló al público cuatro de sus pinturas que "nunca habían visto la luz". La institución destacó que "la que fuera esposa de Alfonso XII tenía una habilidad especial por traducir sus sentimientos y emociones a través del papel", describiéndola como "toda una artista".

Acuarela realizada por la reina Mercedes

La huella de un maestro

Es difícil no establecer una conexión entre la afición artística de Mercedes y las enseñanzas de Joaquín Domínguez Bécquer. El pintor no solo fue su profesor de dibujo, sino que compartió con ella y sus hermanos el amor por el arte en sus años formativos. Ejerció como preceptor de dibujo de los hijos del duque, y Mercedes, hija de los duques, fue sin duda una de sus alumnas.

Esta faceta de la Reina —la de joven con inquietudes artísticas, formada en el taller de uno de los grandes pintores sevillanos— humaniza su figura más allá del icono romántico de la reina de los cinco meses. Muestra a una mujer educada en el amor por la belleza, que encontró en la pintura una vía para expresar sus sentimientos. Una herencia que, sin duda, le llegó en parte de la mano de aquel Bécquer que, entre pinceles y lienzos, la acompañó en su infancia sevillana.

Pedrete Trigos

Abanico pintado por la reina Mercedes


Para ampliar información:

  • Joaquín Domínguez Bécquer fue nombrado académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla en 1847.

  • Entre sus obras más conocidas se encuentran "El baile de gitanos" (Palacio Real de Madrid) y "La Plaza de San Francisco durante el desfile de la cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Pasión" (Museo de San Telmo, San Sebastián).

  • El Archivo General de Palacio custodia varias creaciones pictóricas de María de las Mercedes de Orleans.

lunes, 21 de septiembre de 2026

La estatua que sufrió más exilios que su dueña

 

Los vaivenes del monumento a Luisa Fernanda

Hay historias que parecen sacadas de una novela de enredos. La de la estatua de la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, la duquesa de Montpensier, es una de ellas. Una escultura que nació para honrar a quien regaló a Sevilla sus jardines privados, y que acabó recorriendo la ciudad y cruzando provincias como si no encontrara su lugar en el mundo. Un vaivén de casi un siglo que tiene poco que envidiar a las peripecias de cualquier obra de arte perseguida.

Una donación que merecía un monumento

El 23 de mayo de 1893, Luisa Fernanda, ya viuda de Antonio de Orleans, donó a la ciudad de Sevilla aproximadamente la mitad de los jardines de su Palacio de San Telmo. No fue un gesto menor: aquellos terrenos, que hoy conocemos como el Parque de María Luisa, eran el corazón de su residencia sevillana, el lugar donde había vivido con su familia y donde había visto crecer a sus hijos, incluida la malograda reina Mercedes.

El Ayuntamiento, en un gesto de agradecimiento, decidió que lo menos que podía hacer era erigir una estatua en su honor. Y para ello, como no podía ser de otra manera, encargó la obra al más afamado escultor sevillano del momento: Antonio Susillo.

El proyecto que nunca vio la luz

El 23 de marzo de 1893, Susillo recibió el encargo. El 17 de diciembre de ese mismo año presentó su proyecto. Pero la historia, caprichosa, decidió torcerse. El 20 de marzo de 1894, la Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría rechazó el proyecto. No se sabe con certeza si fue por cuestiones estéticas, por rivalidades académicas o por el simple y eterno pulso entre creadores e instituciones. Lo cierto es que el proyecto de Susillo quedó en nada.

Y para rematar la mala fortuna, el escultor falleció de forma inesperada poco después. Sevilla se quedó sin su estatua y sin su escultor más brillante. Un doble golpe.

1929: la estatua que sí llegó

Hubo que esperar 36 años. En 1929, con la ciudad volcada en la Exposición Iberoamericana, el Ayuntamiento retomó la idea. Esta vez el encargo recayó en Enrique Pérez Comendador, que realizó una estatua en piedra que fue inaugurada el 16 de agosto de 1929 por el propio rey Alfonso XIII.

La obra representaba a la infanta con un vestido de época y una flor en la mano izquierda, que muchos interpretaron como un símbolo de su hija María de las Mercedes, la reina que apenas reinó cinco meses. La estatua se colocó en la Avenida Rodríguez Caso, dentro del parque.

Parecía que, por fin, la historia había encontrado su final feliz. Pero no.

Los vaivenes de una estatua viajera

Lo que vino después fue una sucesión de traslados que haría las delicias de cualquier coleccionista de obras de arte errantes:

  • 1965: La estatua cambió de ubicación dentro del propio parque, trasladándose junto al Estanque de los Lotos. Un pequeño paseo, pero el primero de una larga serie.

  • 1972: Llegó el gran viaje. La estatua de piedra fue retirada y almacenada en el Convento de Santa Clara. En su lugar, el Ayuntamiento colocó una copia en bronce que es la que hoy podemos ver en el parque. La original, la de verdad, emprendió camino hacia Sanlúcar de Barrameda.

¿Y por qué Sanlúcar? Porque allí, en el Palacio de Orleans-Borbón, los duques de Montpensier tenían su residencia de verano. Era un gesto poético: devolver a la infanta a la ciudad que tanto amó junto a su esposo. La estatua se instaló en la Plaza de los Cisnes.

  • 2008: Ni siquiera Sanlúcar fue su destino final. La estatua de piedra se trasladó de nuevo, esta vez a los jardines de entrada al Ayuntamiento de Sanlúcar, en el antiguo Palacio Orleans-Borbón. Allí reposa hoy.

Una copia para Sevilla, el original para la historia

El resultado de todo este periplo es que Sevilla se quedó con una copia en bronce, mientras que la original de piedra, la que esculpió Pérez Comendador, descansa en Sanlúcar. Una especie de trueque involuntario: la ciudad que recibió los jardines se quedó con la réplica, y la ciudad que fue residencia veraniega de los duques conserva el original.

Y el parque, 21 años esperando

Pero la historia de la estatua no es el único capítulo de esta novela. El parque en sí mismo tiene su propia peripecia temporal. Luisa Fernanda donó los terrenos en 1893, pero el parque no se abrió al público hasta el 18 de abril de 1914.

21 años de espera. La ciudad, que había recibido un regalo extraordinario, lo mantuvo cerrado, en un estado prácticamente salvaje, durante más de dos décadas. No fue hasta que Sevilla fue designada sede de la Exposición Iberoamericana de 1929 cuando se emprendió su transformación definitiva. El paisajista francés Jean Claude Nicolas Forestier rediseñó los jardines entre 1911 y 1914, dándoles la estructura que hoy admiramos. Pero incluso ese rediseño, que comenzó en 1911, no impidió que el parque permaneciera cerrado hasta 1914.

La paradoja de un homenaje viajero

Es curioso: el parque que lleva su nombre es uno de los espacios más queridos de Sevilla. La copia de su estatua recibe cada día la visita de miles de personas. Pero la infanta, la mujer que hizo posible todo esto, vio cómo su imagen original emprendía los mismos exilios que ella misma tuvo en vida. De Sevilla a Sanlúcar, de una glorieta a otra, de la plaza a los jardines del Ayuntamiento.

Casi un siglo de vaivenes para una estatua que, en realidad, solo quería recordar a quien regaló a Sevilla su pulmón verde. Una historia de desidia municipal, de proyectos fallidos, de traslados inexplicables y, al final, de una copia que sustituye a un original que ya no está.

La próxima vez que paseen por el Parque de María Luisa y vean la estatua de bronce, recuerden: no es la de verdad. La original, la que esculpió Pérez Comendador, está a dos horas de carretera, en Sanlúcar, mirando al Guadalquivir desde el Ayuntamiento.

Y piensen también en esos 21 años en los que Sevilla tuvo un regalo inmenso y lo mantuvo cerrado. Porque a veces, la historia de un lugar no se cuenta solo en lo que tiene, sino en lo que tardó en valorarlo.


Pedrete Trigos