La muerte de la Princesa de Asturias, María Antonia "Totó" de Nápoles, en mayo de 1806, no fue solo una tragedia personal. Fue el golpe que rompió el último dique de contención en el ánimo del partido fernandino. Sin su figura unificadora, la esperanza de una sucesión pacífica y legitimada se desvaneció, y la desesperación se tornó en determinación revolucionaria.
En una sala con las ventanas herméticamente cerradas de la madrileña casa del Duque del Infantado, cabeza visible de la alta nobleza fernandina, se reunió aquel crepúsculo un conciliábulo de hombres pálidos de ira. Entre ellos, con el rostro convertido en una máscara de grave resolución, estaba D. Andrés Avelino, Marqués de Valmediano. Ya no era el hombre del equilibrio imposible; era un conspirador.
—«Totó se nos ha ido —comenzó el Duque del Infantado, su voz un susurro cargado de hierro—. Con ella, se fue la última posibilidad de que este advenedizo caiga por su propio peso. Napoleón juega con nosotros como gato con ratón, y Godoy, lejos de defender el reino, sueña con huir a Andalucía o embarcar a los Reyes hacia América, como hicieron los portugueses».
El plan que se urdió esa noche era audaz y cínico: aprovechar el profundo descontento popular contra Godoy —a quien culpaban de la crisis económica, las derrotas militares y la humillante sumisión a Francia— para organizar un motín que pareciera espontáneo. El objetivo final no era solo linchar al favorito, sino aterrar al Rey Carlos IV hasta el punto de forzar su abdicación en favor de Fernando, presentándose este como el salvador que apacigua al pueblo.
—«Fernando debe mantenerse en un segundo plano, ignorante de los detalles —sentenció el Infantado—. Pero cuando la turba rodee el palacio de Godoy y este tenga que esconderse como una rata, entonces... entonces nuestro Príncipe aparecerá como la única solución. Y su padre, temiendo por su vida, entregará la corona».
Mientras los grandes de España sellaban con un apretón de manos el destino del reino, en el piso de arriba, Doña Joaquina Josefa había llegado a visitar a la duquesa. Una jaqueca de la anfitriona la dejó sola en un gabinete contiguo a la biblioteca cuyo ventanuco de ventilación, abierto por un descuido de un criado, dejó pasar, nítidas y terribles, las voces de la conspiración.
Escuchó el nombre de su marido. Escuchó las palabras "motín", "abdicación forzada", "tumulto". El frío se apoderó de su alma. No eran rumores de pasillo; era una traición planificada contra el Rey al que ella servía. Y su Andrés, su esposo, estaba en el centro. Atrapada entre su juramento a la Reina y el horror de ver a su marido convertirse en un traidor, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Un solo susurro suyo a la Reina o a Godoy lo enviaría todo al cadalso. Su discreción, antes un escudo, era ahora una condena.
El Motín de Aranjuez (marzo de 1808) no fue un estallido espontáneo, sino el resultado de una conspiración urdida por la aristocracia fernandina, que reclutó y dirigió al pueblo para sus fines. El Marqués de Valmediano ha cruzado el Rubicón de la lealtad, y Doña Joaquina carga con un secreto que puede destruirlos a todos.
El camino hacia la invasión francesa queda despejado. Napoleón, que observa la "discordia de la familia real" con cálculo frío, solo espera a que los españoles derriben a su propio gobierno para actuar. La conspiración que has narrado es, sin saberlo, el primer acto de la tragedia nacional.

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