lunes, 12 de mayo de 2025

El Clavo Ardiendo, Número Extraordinario: «De fiebres, susurros y tronos que quedan vacíos»

 Dos gacetillas, separadas por los años, pero unidas por el mismo hilo de tragedia e intriga. Recopiladas aquí para la posteridad.




NÚMERO I: «LA ÚLTIMA RISOTADA DE LA ALBA» (Agosto de 1802)

Se apagó una estrella, y con ella, medio cielo. Cayó como un rayo de verano, en su propio Palacio de Buenavista, la Excma. Sra. Dña. Cayetana de Silva, XIII Duquesa de Alba. Unas fiebres, dicen los galenos. Unas fiebres, repiten los cortesanos con la boca pequeña y la mirada elocuente.

¿Qué vio esta monja en los días que siguieron? Un silencio sepulcral en los salones de sus enemigos, más aterrador que cualquier gritería. La Reina Nuestra Señora canceló sus audiencias por… ¿dolor de cabeza? O tal vez para celebrar sin testigos el fin de su némesis más incómoda, aquella que ataba cintas amarillas a las patas de sus perros. El Príncipe de la Paz mandó una corona de flores tan grande que parecía una losa. La hipocresía, cuando es monumental, se acerca a lo sublime.

Pero el verdadero espectáculo fue en las calles. El pueblo, su verdadero pueblo, lloró a la que llamaban «la única Grande que nos miraba a los ojos». Hubo flores en la puerta de Buenavista, y canciones, y un rumor que creció como la mala hierba: «No fue fiebre, fue veneno». ¿De dónde salió este rumor? Quizás de una pluma fantasma que lo escribió en un pasquín desaparecido. Quizás del corazón herido de un pintor sordo que perdió a su musa y su faro.

Y en medio, los suyos, desarbolados. El partido anti-godoyista perdió su estandarte más brillante y popular. ¿Quién llenará ese vacío? ¿La culta Osuna? Jamás. La Osuna tenía salón; la Alba tenía pueblo. Esa lección, el poder no la olvidará.

Conclusión de la Monja: Murió la mujer, nació el mito. Y un mito es más peligroso que una duquesa, porque es inmune al veneno y a los decretos reales. Su sombra, desde ahora, será la consejera de todos los que odien a Godoy.


NÚMERO II: «EL SUSPIRO FINAL DE LA ESPERANZA» (Mayo de 1806)

Si la muerte de la Alba fue un terremoto social, la de Su Alteza Real la Princesa de Asturias, María Antonia de Nápoles, «Totó», ha sido un hundimiento lento y frío en el fango de la desesperanza. Murió en El Pardo, lejos del bullicio, consumida por una tisis que se llevó primero sus colores, luego sus fuerzas, y al final, su aliento.

Esta vez, el llanto no fue del pueblo, sino del partido. Del Príncipe Fernando, que perdió a su única aliada íntima, a la esposa que era su puente con Viena y su escudo contra las insidias de su madre. Se le veía más hundido que afligido, como un náufrago al que le arrebatan el último madero.

La Reina y Godoy vistieron un luto correcto, pero en sus ojos no había dolor, sino cálculo. Con la princesa austriaca muerta, el camino para una nueva alianza –quizás una nueva esposa para Fernando más dócil a sus designios– parecía despejado. Fue en el velatorio donde ocurrió la escena más reveladora: Doña Joaquina Josefa, la dama que sirvió chocolate y mediación, se desmayó. No fue por el calor. Fue por el peso de un futuro que se derrumbaba. Con Totó, perdía a la princesa a quien servía con afecto genuino y la última razón noble para su agotador juego de equilibrios. Su marido, el Marqués de Valmediano, la sostuvo en silencio, pero su mirada no era de consuelo, sino de alerta de guerra. La pieza clave en el tablero sucesorio había caído. La guerra civil palaciega entraba en una nueva fase, más sucia y más definitiva.

Conclusión de la Monja: Con Totó se fue la última inocencia. Lo que queda no es una lucha por principios, sino por la pura supervivencia del más fuerte o el más astuto. El trono del futuro está vacío, y alrededor de ese vacío, los lobos empiezan a enseñar los dientes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario