Gacetilla aparecida, no en un pilar público, sino en el interior de los cubrelevas de la capilla del Real Sitio de Aranjuez, el 20 de marzo de 1807. Un lugar simbólico, donde el destino del Reino solía torcerse.
¡SALUD, REBAÑO DE OVEJAS ASUSTADIZAS!
La que suscribe, vuestra hermana en el vicio de la verdad, regresa de un silencio breve pero productivo. Y he aquí lo que mis oídos de confesionario público han recogido: un rumor tan grave que hace parecer la pérdida de un diente real una mera anécdota de tocador. Se respira en la Corte un olor nuevo, más fétido que el de la intriga vieja: el olor a pólvora y a traición continental. Y todos vosotros, gallitos de salón, jugáis a la guerra mientras el águila corsa planea sobre los Pirineos.
I. DEL PRÍNCIPE SIN PAZ Y LA CARTA FATÍDICA.
Nuestro amado Príncipe de la Paz, ese Midas de barro que todo lo que toca lo convierte en escándalo, se pasea por los corredores de Oriente con un tic nervioso en el ojo. Dicen que ha recibido una misiva de Bayona. No de cualquier subalterno, sino del mismísimo Gran Corso, Emperador de los Franceses. Y el contenido, filtrado por un lacayo cuyo oído vale más que el de un espía veneciano, no habla de alianzas, sino de exigencias. Se murmura que España debe elegir: ser un satélite leal o un obstáculo barrido. Y el Valido, que hace diez años se creía el árbitro de Europa, hoy tiembla pensando en qué parte de esa disyuntiva lo dejará él… vivo.
Pero he aquí el detalle jugoso: la Reina Nuestra Señora no lo sabe aún. O finge no saberlo. Diosoy guarda el secreto como un avaro su último doblón, temiendo que su Protectora, al ver la magnitud del desastre, busque otro favorito más… negociable. ¡Oh, qué melodrama! El amante que teme a su amada. El poder que se resquebraja por miedo a perder el favor, que es su único cimiento.
II. DEL LORO MUERTO Y LA ACUSACIÓN QUE SURCA LOS AIRES.
Recordaréis, lectores, al pobre loro napolitano, exiliado a la Galería de los Espejos por orden Real y mediación Marquesal. Pues bien, ha cantado su última canción. Esta mañana amaneció patas arriba en su jaula dorada, un espectáculo deplorable para la princesa Totó, quien rompió en un llanto que no era sólo por el animal.
Y aquí, el genio maligno de la Corte hizo de las suyas. No ha sido un accidente. Junto al cadáver del ave, apareció un pequeño lazo de seda… amarillo. El color del favorito. El mensaje es tan tosco como letal: Godoy (o sus agentes) quieren amedrentar a la Princesa. O alguien muy inteligente quiere que todos crean que fue Godoy, para atizar el odio fernandino hasta el punto de ignición.
La princesa Totó, entre lágrimas, no ha acusado a nadie. Pero su mirada, dicen, ha perdido la melancolía para ganar un brillo de acero frío. Y su suegra, la Reina, en lugar de consolarla, ha soltado un «¡al menos ahora habrá silencio!» que ha helado la sangre de las damas presentes. Doña Joaquina, la mediadora de chocolate, intentó apaciguar, pero esta vez sus palabras cayeron en un pozo de hiel. Su herramienta, la discreción, es inútil ante un crimen simbólico.
III. DEL BAILE DE LOS CONSPIRADORES Y LA MONJA QUE LOS VIGILA.
Mientras, en otros salones, se baila una giga más peligrosa. El Marqués de Valmediano ha sido visto entrando y saliendo con frecuencia de la Casa del Duque del Infantado, el gran magnate fernandino. No van a tomar chocolate. Se trazan planes. ¿Planes para qué? Para el «día después». Para cuando el trono tiemble. Y nuestro Marqués, el hombre del abismo, parece haber elegido su lado: ha dejado de caminar sobre la cuerda floja y ha bajado al campo de batalla. Su esposa, Doña Joaquina, lo mira con un terror silencioso. Ella, atada a la Reina, es ahora la esposa de un hombre que podría ser declarado rebelde.
Y en el palacio de Buenavista, la Duquesa del Fuego arde de excitación. El loro muerto, la carta secreta, la conspiración fernandina… es la mezcla perfecta para su naturaleza incendiaria. Se comenta que ha dicho, brindando con jerez: «Al fin huele a pólvora de verdad, y no a polvos de arroz rancio». ¿Estará loca? Sin duda. ¿Peligrosa? Más que un regimiento.
IV. EPÍLOGO: LA TORMENTA PERFECTA.
Así están las aguas, náufragos ilustres. Una Reina que quizás ya no controla a su valido. Un Valido que oculta una amenaza que podría hundir la nave. Una Princesa que llora a un pájaro y guarda un rencor que podría cambiar una dinastía. Un Marqués que ha dejado la prudencia por la conjura. Y una Duquesa que echa leña al fuego, esperando que todo arda.
El aire está cargado. Basta una chispa. Quizás la publique un pasquín. Quizás la dé una confidencia en el confesionario equivocado. O quizás la provoque un hombre enfundado en un uniforme extranjero.
Rezad, si os place. O haceos a la idea. El invierno de vuestras frivolidades ha terminado. Llega la tempestad. Y esta humilde monja estará aquí, con su pluma, para narrar vuestra gloriosa… o patética… caída.
Con la caridad cristiana de quien señala el precipicio justo antes de que os despeñéis,
Sor Imprudencia de los Infames Escándalos,
Desde la Torre de Marfil de la Sátira Implacable.

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