viernes, 12 de septiembre de 2025

EL ENGAÑO DE BAYONA Y EL GRITO DE MADRID

 

Madrid y Bayona, Abril-Mayo de 1808

Un silencio incómodo, cargado de culpa y presagio, se había instalado entre el Marqués de Valmediano y Doña Joaquina. Tras el motín, él se afanaba en la corte del nuevo Rey Fernando VII, eufórico, creyendo haber salvado a España. Ella lo observaba desde la distancia de su propio terror, viendo en cada gesto triunfante una negación de la catástrofe que ambos habían presenciado. La jaula se había roto, pero ahora flotaban en el vacío.

La orden real llegó como un honor: Fernando VII, acompañado por una selecta comitiva de sus más fieles —entre ellos, el Marqués—, viajaría a Bayona para un encuentro de «camaradería y alianza» con el Emperador Napoleón. Era el reconocimiento internacional que tanto ansiaban. El Marqués partió con el pecho henchido de orgullo. Doña Joaquina se quedó en Madrid, con un nudo de angustia en la garganta. La advertencia de Sor Imprudencia resonaba en sus oídos: "al derribar al favorito, le hemos abierto la puerta principal al lobo".

Las primeras noticias fueron confusas, luego inquietantes. En Bayona, Napoleón no recibió a Fernando como a un igual, sino como a un pupilo díscolo. Los días pasaban en fastuosos banquetes donde el Emperador, con sonrisa de zorro, elogiaba la sabiduría del «nuevo Rey de España», mientras sus tropas completaban el cerco silencioso a la península. Luego, llegó la noticia bomba: Carlos IV y María Luisa habían llegado también a Bayona, reclamados por Napoleón para «mediar» en la disputa familiar. Era una trampa perfecta.

En Madrid, mientras tanto, la presencia francesa se hizo asfixiante. El Gran Duque de Berg, Joaquín Murat, cuñado de Napoleón, entraba en la capital al mando de 20.000 hombres con la excusa de protegerla. Sus tropas, con sus extraños uniformes, ocuparon los cuarteles, los puestos de guardia y los puntos altos de la ciudad. El ambiente era de ocupación disfrazada.

La mañana del 2 de mayo, el horror estalló. Desde su casa cercana a la Puerta del Sol, Doña Joaquina oyó los primeros gritos. No eran gritos de turba dirigida, sino un rugido visceral de rabia y pánico. El pueblo de Madrid, viendo cómo los franceses intentaban llevarse en un carruaje cerrado a los últimos miembros de la familia real —el infante Francisco de Paula—, se lanzó a la calle sin plan, sin jefes, sin más arma que la furia. Fue un levantamiento orgánico y desesperado.

Joaquina, impulsada por un terror que la transcendía, salió a la puerta. Lo que vio la marcó para siempre: una mujer, Manuela Malasaña, blandiendo unas tijeras frente a un dragón; un anciano levantando un adoquín; un grupo de vecinos atacando con navajas a un pelotón de Mamelucos (mercenarios egipcios al servicio de Francia) en la Puerta del Sol. La sangre teñía el empedrado. El estruendo de la artillería francesa, desplegada en la Montaña del Príncipe Pío para barrer la ciudad, retumbaba como el fin del mundo. Ella corrió, ayudó a arrastrar a un herido a un portal, vio la vida escaparse de sus ojos. No había rey, ni nobles, ni estrategia. Sólo un pueblo abandonado a su suerte, decidido a morir matando.

La represión fue metódica y brutal. Murat declaró la ley marcial. Al anochecer, mientras los combates amainaban, comenzaron las detenciones masivas. Cualquier hombre con manchas de pólvora, sangre o simplemente en la calle equivocada, era arrastrado. Los conducían a los campos de la Moncloa y, sobre todo, a la Montaña del Príncipe Pío. Allí, bajo la luz de las antorchas que iluminaban macabramente la ciudad, los pelotones de fusilamiento trabajaron toda la noche. Los ¡Viva España! y ¡Muera Napoleón! de los condenados se mezclaban con las descargas secas. Madrid olía a pólvora, sangre y miedo.

Al día siguiente, mientras la ciudad se lamía las heridas en un silencio fúnebre, llegó el correo de Bayona. La noticia cayó como un hachazo: en una farsa de presiones, amenazas y engaños, Napoleón había forzado a Fernando VII a devolver la corona a su padre, Carlos IV, quien inmediatamente la cedió al Emperador. Este, a su vez, la entregó a su hermano, José BonaparteEspadaña ya no tenía rey. Habían sido robados.

Esa misma tarde, el Marqués de Valmediano cruzó la puerta de su casa. No llegaba triunfante, sino como un espectro. Su rostro, cetrino, era un mapa de la derrota y la humillación. Traía consigo el polvo del camino y el peso de una verdad insoportable: los conspiradores de Aranjuez, los "salvadores de la patria", habían sido unos ingenuos útiles. Napoleón los había usado para desestabilizar el país y luego los había barrido del tablero con un gesto.

Doña Joaquina lo recibió en el salón oscuro, sin lámparas encendidas. No hubo palabras. Él no pudo sostener su mirada. En el silencio, resonaban aún los ecos de los fusiles en la Montaña del Príncipe Pío y el vacío atronador dejado por un trono desaparecido. El sueño fernandino había muerto. Lo único real ahora era el rugido del pueblo, al que ellos habían despreciado, y las botas de los ocupantes en las calles.


EL CLAVO ARDIENDO, NÚMERO XVII: «EL REY QUE FUIMOS A BUSCAR Y EL PAÍS QUE NOS ROBARON»

¡Oh, nación de crédulos y majaderos! ¡Habéis ido a buscar un rey a la guarida del lobo, y el lobo, con modales exquisitos, os ha devorado el rebaño entero! Sor Imprudencia, entre lágrimas de risa negra, os relata el saqueo.

ACTO ÚNICO: LA COMEDIA DE BAYONA. Imaginaos la escena: nuestro amado Fernando el Deseado llega a Bayona esperando medallas y tratados. Lo recibe el Dueño de Europa con un abrazo de oso. «¡Cuánto he deseado conocer al héroe de Aranjuez!», le dice. Y nuestro héroe, henchido, sonríe. Luego llegan papá y mamá (Carlos y María Luisa), convocados por separado, lloriqueando y acusándose. Napoleón hace de juez de paz. Les ofrece una villa en Francia, una pensión dorada… y la corona de España. La discusión no es si cedérsela, sino a cuál de los dos se la quita primero. En pocos días, el trono de los Austrias y los Borbones pasa a ser un juguete de familia Bonaparte. Y nuestros grandes, vuestros Valmedianos, allí presentes, firmando como testigos del despojo. ¡Notarios de la propia ruina! Buscabais un aliado y os disteis un amo. Sois no sólo víctimas, sino cómplices estafados.

ACTO SEGUNDO: EL GRITO QUE SÍ FUE VERDAD. Mientras en Bayona regalaban el país, en Madrid lo defendían con las uñas. El 2 de Mayo no fue un motín. Fue un parto. El pueblo, ese al que vuestras tertulias desprecian, parió en sangre y barro algo que vosotros habéis perdido: dignidad. Sin generales, sin banderas, sin esperanza de vencer, se lanzaron a la boca del cañón. Murat, el carnicero, los fusiló en la montaña. Pero el sonido de esos fusiles no es un final. Es un eco que recorrerá España entera. Habéis perdido al rey, pero el pueblo, en su agonía, ha encontrado la nación.

MORALEJA DE LA MONJA: Habéis confiado en príncipes y emperadores, y os han traicionado. Habéis despreciado al pueblo, y os ha dado una lección de honor. Ahora estáis solos, sin rey, con un intruso en el trono y un ejército en casa. La farsa ha terminado. La guerra acaba de empezar. Y esta vez, no será por un favorito o por un príncipe. Será por algo que ni Napoleón entiende: por el puro, terrible y sagrado instinto de no ser un esclavo.

Recoged vuestro miedo, nobles insensatos. El pueblo lleva la delantera.

Desde el scriptorium que ya no satiriza, sino que crónica el nacimiento de una fiera,
Sor Imprudencia de los Infames Escándalos.
(El próximo número… desde donde sea. Porque Madrid ya no es seguro. Y la monja debe ver cómo se extiende el incendio.)

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