Verano de 1808 - De Madrid a Bailén
Tras el horror del Dos de Mayo y el vacío de Bayona, España no se rindió; se descompuso para luego recomponerse de forma monstruosa y sublime. Con el rey cautivo y el invasor en casa, la idea misma de gobierno central se evaporó. En su lugar, brotó algo antiguo y nuevo a la vez: el instinto de la tierra.
En cada ciudad, en cada provincia, hombres de ley, clérigos, nobles y comerciantes se reunieron en Juntas. No por orden de nadie, sino porque alguien tenía que hacerlo. La de Sevilla se declaró «Suprema». La de Asturias envió embajadores a Inglaterra. La de Valencia ajustició a franceses. Un caos de soberanías, un torrente de proclamas contradictorias que, milagrosamente, gritaban lo mismo: Guerra.
Don Andrés Avelino, Marqués de Valmediano, se encontró, no en un campo de batalla, sino en una sala de juntas en Toledo. Había sido nombrado representante por su linaje y su pasado fernandino. Allí, entre mapas polvorientos y montañas de papel sellado, intentaba dar orden al caos. Discutían sobre impuestos para un ejército que no existía, sobre jurisdicciones con provincias que ya no obedecían, sobre el envío de una petición de ayuda a… ¿a quién? El Rey estaba prisionero. El vacío de poder era tan real como los franceses a las puertas. Él, que había conspirado para cambiar un rey, ahora ansiaba la simple claridad de un mando único. Cada noche, la frustración le quemaba el pecho. Había intercambiado el intrigante salón de Palacio por un laberinto burocrático donde la patria se perdía en trámites.
Mientras su marido se consumía en la teoría de la guerra, Doña Joaquina se sumergió en su práctica más visceral. Con Madrid ocupado, se refugió en casa de unos parientes en Andújar, cerca de donde se rumoraba que se formaría un gran ejército español para cortar el avance francés hacia el sur. Allí, no hubo tiempo para el luto o el reproche conyugal. La avalancha de heridos comenzó antes incluso de la batalla, con escaramuzas y enfermedades. Un convento desconsagrado se convirtió en su mundo.
Aprendió a distinguir el olor de la pólvora incrustada en la carne del de la gangrena dulzona. Sus manos, antes diestras sólo en el bordado o servir chocolate, vendaban, sujetaban miembros durante las amputaciones, limpiaban suciedad y sangre. Una noche, una partida de guerrilleros —hombres harapientos de mirada fiera, liderados por un labriego llamado Juan Martín "El Empecinado"— trajo a un joven francés con una pica atravesada. «Es prisionero», dijeron. Joaquina ordenó que lo atendieran igual. El jefe guerrillero la miró con desconfianza. «Aquí los únicos buenos franceses son los muertos», masculló. Ella no respondió. Su reino ahora eran las cuatro paredes del hospital, y su ley, la compasión elemental.
Luego llegó Bailén. El milagro. El 19 de julio de 1808, bajo un sol de justicia, un ejército español mal pertrechado, al mando del general Castafios, obligó a rendirse a un cuerpo de élite francés al mando del general Dupont. Fue la primera derrota en campo abierto del invencible ejército napoleónico. La noticia corrió como un reguero de pólvora en sentido inverso, incendiando de esperanza el país.
Al hospital de Andújar llegó la cosecha de aquella victoria: cientos de heridos, pero también rostros sucios que sonreían, que repetían «¡Los hemos vencido!». Joaquina trabajó durante cuarenta horas seguidas. En un momento de calma, salió al patio. Vio a un grupo de soldados cantando, con los uniformes rotos y los ojos brillantes de un fervor casi religioso. Por primera vez desde Aranjuez, sintió un calor extraño, una emoción colectiva que la arrastraba. Quizá, después de todo, algo podía salvars
La euforia fue un paréntesis brevísimo. A los días, llegaron los heridos de otra escaramuza, derrotada. Y con ellos, las noticias: las Juntas seguían discutiendo; los generales, compitiendo; los ingleses, prometiendo ayuda que nunca llegaba. Y los franceses, humillados en Bailén, no se retiraban. Se reagrupaban, con una furia más fría. Peor aún: los guerrilleros que antes admiraba, ahora traían no sólo prisioneros, sino botines siniestros —orejas cortadas, objetos personales robados— y hablaban de emboscadas donde no se hacía distinción entre soldados y civiles franceses. La guerra noble se teñía de una vendetta salvaje que repugnaba su sentido del orden.
Un oficial joven, con la fiebre alta, le agarró la mano durante un cambio de vendas. «Señora… ¿para qué ganamos una batalla si después cada uno tira por su lado?», murmuró, delirante. Joaquina no supo responder. Miró sus manos, surcadas de cicatrices y sangre seca, y sintió que aquel calor de Bailén se apagaba, dejando sólo el frío metálico de la realidad: habían ganado un round, pero la pelea era a muerte, y el monstruo de dos cabezas —la desunión propia y el poderío ajeno— amenazaba con devorarlos.
El control, una vez más, se escurría entre los dedos de todos.
EL CLAVO ARDIENDO, NÚMERO ESPECIAL DESDE CÁDIZ: «DE LA GLORIA FRAGMENTADA Y LA BESTIA QUE DESPERTAMOS»
¡Saludos, patriotas de salón y héroes de despacho! La que suscribe, desterrada de Madrid por la gentuza de Murat, os escribe ahora desde el último rincón de España donde se puede respirar sin permiso francés: Cádiz. Y desde aquí, con el olor a sal y pólvora, contemplo el espectáculo de vuestra… ¿liberación?
I. EL SUEÑO DE LAS JUNTAS SOBERANAS (O LA TORRE DE BABEL PATRIÓTICA). Habéis creado no una, sino veinte Españas. Cada Junta Provincial se cree el centro del universo. La de Sevilla manda a la de Granada, la de Valencia desconfía de la de Aragón, y todas juntas miran con recelo a la Junta Central que intenta, pobrecilla, mandar algo. Os peleáis por los caudales, por los rangos, por quién tiene el título más bonito. Sois unos niños jugando a los soldados mientras la casa arde. Sois la prueba viviente de que derrocar a un rey es fácil, pero construir algo que no sea un corral de gallinas peleonas, es el verdadero milagro. Y de momento, el Espíritu Santo anda ocupado en otras latitudes.
II. BAILÉN: EL ESPEJISMO. ¡Celebrad, sí! ¡Bailad en torno al ídolo de Bailén! Una victoria gloriosa, sin duda. Pero, ¿sabéis qué hace un gigante cuando lo hieren? No se desploma. Se cabrea. Y Napoleón, nuestro gigante particular, ya está bajando los Pirineos con una sonrisa torva y 250.000 veteranos de Austerlitz. Habéis matado a una mosca y creéis haber cazado al león. Disfrutad la fiesta. Será breve.
III. LA GUERRA QUE NADIE QUERÍA VER (LA DE LAS SOMBRAS). Y luego está eso. Lo que vosotros, señores de las Juntas, llamáis con incomodidad «guerrillas». Yo lo veo y os lo digo claro: no es un ejército. Es un estallido de rabia telúrica. Son hombres que ya no luchan por un rey o una Constitución (esas son vuestras pamplinas). Luchan porque han visto su granja arder, a su hermana violada, y han decidido que su ley es la navaja y el arcabuz. El Empecinado, el Cura Merino, la Partida de los Tiradores de Cuenca… son demonios que vosotros, con vuestra ineptitud, habéis soltado del infierno. Matan franceses con saña, pero también saquean, ajustician sin juicio y no reconocen vuestra autoridad. Soñabais con un pueblo dócil que os aclamara; habéis creado una fiera salvaje que quizá, un día, os vuelva también a vosotros la mirada.
EPÍLOGO DE LA MONJA DESENGÑADA: Así que aquí estáis. Con un país roto en jirones de papel sellado, con una victoria que huele a trampa, y con una guerra en la sombra que se os escapa de las manos. Habéis cambiado el yugo de un rey por el látigo de mil amos: vuestra propia ambición, la incompetencia, y la fiera que ahora ruge con hambre.
Quizá era esto la libertad. Si es así, Dios nos asista.
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