Cádiz, 1810-1812
Cádiz no era una ciudad; era un milagro geográfico y un experimento social. Sentada en su tira de arena, rodeada por el mar y las tropas del Mariscal Soult, que asediaban la Isla de León, la Tacita de Plata se convirtió en el último órgano vital de una España en coma. Hacia ella habían fluido, como glóbulos blancos hacia una herida, diputados de provincias ocupadas, intelectuales perseguidos, comerciantes arruinados y un pueblo llano que traía consigo el eco de la guerra. Entre esa marea llegaron, exhaustos y separados por un abismo de experiencias, el Marqués de Valmediano y Doña Joaquina.
Él llegó como procurador en las Cortes Generales y Extraordinarias, nombrado por la Junta de Toledo. Lo que encontró lo desconcertó. Las sesiones no se celebraban en un regio salón, sino en un teatro insular, la Real Isla de León, y luego en el oratorio de San Felipe Neri, en Cádiz. El hemiciclo no estaba tapizado de terciopelo, sino de un hervidero de voces imposibles: curas rurales, abogados jóvenes, militares de medio pelo, comerciantes indianos. Hombres que hablaban sin el permiso de un Grande, que mencionaban la soberanía nacional como quien cita el Evangelio.
El Marqués, al principio, se sintió un idealista. Había luchado contra el despotismo de Godoy; aquí estaba la semilla de un gobierno justo. Pero pronto, el idealismo se agrió. Cuando un diputado por Extremadura propuso abolir los señoríos jurisdiccionales, él sintió un escalofrío. Cuando otro, un liberal exaltado, argumentó que la soberanía residía «esencialmente en la Nación», negando su origen divino en el Rey, él vio el fantasma del caos. Su lealtad, que había saltado de Fernando a la Junta, ahora se atrincheraba en la defensa del orden antiguo, del Rey legítimo (aunque estuviera cautivo) y de la religión única como únicos diques contra el torrente revolucionario.
Sus debates con Agustín de Argüelles, «el Divino», o con el fogoso Muñoz Torrero, eran acalorados. Defendía el veto real absoluto, la confesionalidad católica sin ambages, la composición de un Senado hereditario para la nobleza. Cada concesión al liberalismo la sentía como una traición más a lo que él creía haber defendido en Aranjuez: no una nación de ciudadanos, sino un reino con su Rey y sus estamentos. La Constitución, ese documento que iba naciendo artículo a artículo, le parecía a veces un acta de defunción de su mundo.
Mientras, en el mismo puerto libre, Doña Joaquina vivía una revolución distinta. No trabajaba en un hospital de campaña, sino en un dispensario para mujeres y niños pobres de Cádiz, abarrotado de refugiadas. Allí no se debatía la soberanía; se sufría la escasez, se temía la fiebre amarilla. Pero en las calles, en los corrillos, escuchaba una música nueva: artesanos que leían periódicos, mujeres que discutían de impuestos, mercaderes americanos que hablaban de libre comercio. Un día, una joven, hija de un comerciante, le dijo con descaro: «Señora, ¿de qué sirve un rey que no nos defiende? La patria la debemos hacer nosotras». Joaquina se quedó sin aliento. Esas ideas, en el Madrid de 1808, habrían sido herejía. En Cádiz de 1811, eran moneda común.
Veía a su marido cada vez más abstraído, más amargo, volviendo a casa cargado de papeles y de un desprecio feroz por sus colegas «jacobinos». Ella, en cambio, sentía una curiosidad dolorosa. Aquel nuevo mundo, tan caótico y vibrante, le producía vértigo, pero también una extraña compasión. Quizá, pensaba, después de tanta sangre, merecían al menos intentar definir sus propias leyes.
El sitio era una paradoja constante. Desde las murallas se veían las hogueras del campamento francés. Los cañonazos de José I (que reinaba en un Madrid lejano y vacío) llegaban como un trueno sordo, a veces interrumpiendo los debates. Pero dentro, la vida hervía: teatros, tertulias, imprentas que vomitaban centenares de periódicos. Era una burbuja de libertad asediada, donde se diseñaba el futuro entre el rumor de las olas y el de los proyectiles.
El 19 de marzo de 1812, día de San José, se proclamó la Constitución Política de la Monarquía Española, «La Pepa». En la Plaza de San Antonio, una multitud enfervorizada vitoreó. El Marqués de Valmediano estuvo allí, en el balcón, con gesto solemne pero corazón dividido. Había votado en contra de decenas de artículos. Para él, aquel texto consagraba un despotismo de la mayoría, una monstruosidad legal que habría que corregir cuando el Rey volviera.
Doña Joaquina observaba desde la multitud. Vio la alegría en los rostros, la esperanza. Y sintió, por primera vez, una tristeza clara. No por la Constitución, sino por la grieta insalvable que ahora veía entre aquel pueblo esperanzado y el hombre amargado del balcón, su marido. Eran ya dos extraños unidos por un juramento antiguo y un secreto que los ahogaba.
EL CLAVO ARDIENDO, NÚMERO ÚLTIMO DESDE CÁDIZ: «DE CÓMO CONSTRUIMOS UN ARCA MIENTRAS EL DILUVIO NOS LLEGA A LA CINTURA»
¡Salud, constituyentes y ciudadanos! La monja impresa, ahora en más periódicos que santos hay en el calendario, sigue aquí. No en un convento, sino en la tribuna de la prensa libre, ese nuevo púlpito desde donde veo cómo intentáis domar el Leviatán con actas y discursos.
I. EL TEATRO DE LAS PALABRAS (O LA ÓPERA EN SAN FELIPE NERI). Cada día es una función. Entra en escena el diputado por América pidiendo representación. Le sigue el cura rural arengando sobre la Inquisición. Luego el señor Marqués de Valmediano (sí, ese de la mirada de hielo) levantándose para, con voz de ultratumba, defender los derechos históricos de la Corona como si el Dos de Mayo no hubiera quemado esa peluca. ¡Y lo aplauden! Debatís si el rey es necesario. Mañana, quizá, si lo es Dios. Sois unos arquitectos delirantes que discuten el color del papel pintado mientras el huracán arranca el techo. Fuera, los cañones de José I (el otro rey, el que tiene los bayonetas) no debaten. Hacen preguntas más concretas.
II. LA OTRA CÁDIZ (LA QUE NO ESTÁ EN EL HEMICICLO). Mientras vosotros giráis alrededor de la palabra Soberanía como moscas alrededor de un farol, la ciudad respira. Las mujeres de Cádiz, esas que vosotros no dejáis votar, sostienen la vida. Llevan la casa, el hospital, el mercado. Y hablan. Hablan de la guerra, de los precios, de si esta Pepa les dará pan o sólo más discursos. Han aprendido a vivir sin rey, y me temo que la lección no se olvida fácilmente. Habéis creado un monstruo más temible que un regimiento francés: un pueblo que piensa.
III. EPÍLOGO: EL DOCUMENTO Y LA REALIDAD. Así que habéis parido vuestra Constitución. Un parto largo, doloroso y, para algunos de vosotros, contra natura. La habéis llamado «la Pepa» con confianza familiar. Es bella, llena de buenas intenciones, como un joven idealista. Pero tiene un problema: ignora el invierno. Ignora que allá fuera, más allá del mar que os protege, Napoleón no se rinde, Fernando sigue en su jaula de oro en Valençay, y los que luchan no lo hacen por un artículo, sino por un odio visceral y una tierra. Habéis escrito un sueño para un país que aún duerme en pesadilla.
Quizá sea el último sueño, o quizá la primera semilla. El tiempo, y los cañones, lo dirán.
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