viernes, 12 de diciembre de 2025

LA VICTORIA AMARGA Y EL REY QUE REGRESA

1813-1814: De Cádiz a Valencia

Un viento gélido, cargado de ceniza y esperanza renacida, comenzó a soplar desde el este de Europa. Las noticias, al principio rumores y luego confirmaciones triunfales, atravesaron los Pirineos: el Gran Ejército de Napoleón había sido aniquilado en las estepas rusas. En España, el Duque de Wellington, al mando de los ejércitos aliados anglo-hispano-portugueses, avanzaba implacable. La batalla de Los Arapiles (julio de 1812) quebró el dominio francés, y la de Vitoria (junio de 1813) lo hizo añicos. José Bonaparte huyó de Madrid por última vez, llevándose un cargamento de botín y el desprecio de un pueblo que nunca lo había aceptado.

En Cádiz, la euforia constitucional se transformó en una ansiedad expectante. La guerra se ganaba, pero ¿qué país emergería de las ruinas? El Marqués de Valmediano, cada vez más aislado en unas Cortes donde los liberales celebraban la victoria como propia, sentía una amargura profunda. Cada victoria de Wellington, cada retirada francesa, era para sus colegas una validación de la Pepa. Para él, era sólo el preludio necesario para el regreso del Rey legítimo, el único orden verdadero. La Constitución, con su parlamento y sus ciudadanos, le parecía un ente parasitario que había crecido en la ausencia del soberano.

Fue en ese clima donde encontró su último bando. Un grupo de sesenta y nueve diputados, la mayoría nobles y clérigos desencantados como él, comenzó a reunirse en secreto. Redactaron un documento que titularon, con orientalismo deliberado, «Manifiesto de los Persas», en referencia a una costumbre persa de permitir varios días de desgobierno tras la muerte de un rey. Era una declaración de guerra a la modernidad.

En prosa florida y llena de reverencias, el manifiesto argumentaba que la soberanía no residía en la nación, sino exclusivamente en el Rey por derecho divino. Pintaba las Cortes de Cádiz como una asamblea ilegítima, producto de la invasión, y a la Constitución como un experimento impío y peligroso. Su petición final era clara y tremenda: que Fernando VII, a su regreso, derogara la Constitución de 1812 y restaurara el absolutismo del Antiguo Régimen, con todas sus instituciones, privilegios y la Inquisición incluida. El Marqués firmó con mano firme. Era el acto lógico final del hombre que había conspirado en Aranjuez: primero para cambiar de rey, ahora para borrar seis años de historia.

Doña Joaquina, entretanto, sentía cómo la marea de la guerra cambiaba. Los hospitales de Cádiz empezaron a recibir menos heridos españoles y más prisioneros franceses demacrados. La euforia en la calle era palpable, pero a ella le producía un desasosiego extraño. Había visto demasiada sangre, demasiada muerte, como para celebrar con ligereza. Una tarde, buscando un documento sobre rentas en el escritorio de su marido (él estaba en una de sus largas «reuniones»), su mirada cayó sobre un pliego de papel satinado, medio oculto. Reconoció la letra de su marido. Lo leyó.

Cada palabra del Manifiesto fue como un clavo en su alma. No por su contenido político —que apenas entendía en su complejidad—, sino por lo que revelaba del hombre que lo firmaba. Allí se tachaba de ilegítimo y peligroso todo lo que Cádiz había construido con sudor y esperanza. Se pedía el retorno a un mundo que, para ella, ya no existía, un mundo que había muerto entre los fusilamientos del Dos de Mayo y las salas de hospital. Se traicionaba no a un texto, sino a la lucha de millones. Y su Andrés, su esposo, era parte de esa traición.

El conflicto la desgarró. Por un lado, la lealtad al Rey, el norte que había guiado toda su vida y por el que su marido había arriesgado todo. Por otro, la lealtad a esa patria tangible que había visto sufrir, luchar y, en Cádiz, intentar reinventarse. ¿Defender la legitimidad de un fantasma o la esperanza viva, aunque caótica, de un pueblo? No tuvo respuesta. Guardó el documento en su sitio, y un silencio más profundo y frío se instaló entre ellos.

En diciembre de 1813, Napoleón, acorralado, firmó el Tratado de Valençay, devolviendo la corona a Fernando VII a cambio de la paz. La noticia sacudió España. En marzo de 1814, el Rey, «el Deseado», cruzó la frontera por Gerona. El Marqués de Valmediano partió de inmediato hacia Valencia, donde el monarca haría su primera entrada solemne. Era su momento. Iba a presentarse ante su Rey, no como el conspirador de Aranjuez ni como el diputado díscolo de Cádiz, sino como el leal servidor que le había allanado el camino de vuelta al trono absoluto.

Doña Joaquina se quedó atrás. No quiso acompañarle. Desde el muelle de Cádiz, viendo partir el barco que llevaba a su marido, sintió que algo se quebraba para siempre. No era sólo la distancia física. Era la certeza de que él iba a recibir a un rey, mientras ella, y la España que había aprendido a conocer en la calle y el hospital, se quedaban atrás, a la espera de una traición que ya olía en el aire.


EL CLAVO ARDIENDO, NÚMERO PÓSTUMO: «DEL REGRESO DEL ÍDOLO Y LA MUERTE DEL SUEÑO»

(Este pliego, impreso de forma clandestina en una imprenta móvil que sigue al séquito real, fue distribuido en Valencia a principios de abril de 1814).

¡ATENCIÓN, ESPAÑOLES! LA MONJA RESUCITA... PARA CANTAR UN RÉQUIEM.

Habéis cambiado las cadenas del invasor por las del ídolo. Habéis intercambiado un sueño difícil por una pesadilla familiar. Fernando VII, el «Deseado», ha vuelto. Y su primer deseo ha sido mirar atrás, hacia el sepulcro de lo que fuisteis sin él.

I. EL VIAJE DEL FANTASMA REAL. Observad la comedia: entra por Gerona como un príncipe de opereta, escoltado no por sus ejércitos, sino por los viejos fantasmas de la corte de Godoy. Lo reciben alabarderos polvorientos y curas con cirios. En cada pueblo, el mismo guión: vítores pagados, arcos triunfales de cartón piedra, y una muchedumbre que vitrea no a un hombre, sino a la idea tranquilizadora del Padre que vuelve a castigar a los niños malos (es decir, a los que pensaron). Y entre la comitiva, ved a vuestros Marqueses de Valmediano, sonriendo como beatos, presentando su Manifiesto de los Persas como si fuera la llave del reino. Sois unos enterradores que le ofrecen al resucitado su propia mortaja.

II. LA TRAICIÓN FIRMADA (Y BESADA). Ellos le susurran al oído: «Majestad, la Constitución es un virus, las Cortes una usurpación. Vos sois España». Y él, que ha pasado seis años jugando al mus en Valençay mientras vosotros moríais, asiente. Ha firmado el Tratado de Valençay con el ogro, y ahora firmará el Decreto de Valencia con vosotros. Es el mismo gesto: la firma que borra. Borrará Bailén, borrará Cádiz, borrará la sangre del Dos de Mayo y los debates de San Felipe Neri. Intentará borrar seis años de vuestra vida. Y muchos de vosotros, cansados, le dejaréis hacer.

III. EPÍLOGO: ¿QUÉ SE LLEVÓ EL REY? No se llevó sólo el poder absoluto. Se llevó algo más precioso: vuestra mayoría de edad. Os devuelve a la infancia política, al «callad y obedeced». Habéis ganado la guerra más heroica para perder la paz más mezquina. Habéis derrotado al ejército más poderoso de la tierra para entregaros al dueño más ingrato.

Así pues, celebrad. Cantad el Te Deum. Pero que vuestro canto suene a responso. Por lo que enterráis no es un enemigo, sino la mejor parte de vosotros mismos.

Esta es la última gacetilla. La imprenta se rompe. La monja se disuelve en el humo de los cirios reales. Hasta que el clavo arda de nuevo… si es que alguien tiene ya valor para golpearlo.

Sor Imprudencia de los Infames Escándalos.
(Desaparecida)

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