lunes, 12 de enero de 2026

EL TELÓN DE ACERO

Madrid, Mayo de 1814

Un estruendo de campanas y vítores ensordecedores anunció la entrada del Rey Deseado en Madrid el 13 de mayo. El pueblo, exhausto y hambriento de símbolos, se volcó a las calles para aclamar a Fernando VII como a un libertador. Creían estar recibiendo al héroe de su epopeya. No sabían que ya traía, doblado entre sus ropas, el acta de defunción de sus esperanzas.

Días antes, el 4 de mayo, en el Palacio del Real de Valencia, Fernando VII había firmado el Decreto. No fue una proclamación triunfal, sino un documento seco, legalista, titulado «Declaración sobre la vuelta a Madrid». Sus palabras, distribuidas por correos velozes, fueron un mazazo de hielo: «Declaro que mi real ánimo es no sólo no jurar ni acceder a dicha Constitución ni a decreto alguno de las Cortes, sino el declarar aquélla Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo...»

La Constitución de 1812, «La Pepa», el fruto de Cádiz, era borrada con un trazo de pluma. Seis años de guerra, de sacrificio, de debate y de una nueva idea de España eran declarados un paréntesis ilegítimo, una ficción que debía ser extirpada «de en medio del tiempo».

En Madrid, la euforia popular se transformó en confusión, y luego en un mudo estupor. La noticia corrió de boca en boca, apagando las sonrisas. Paralelamente, en la sombra, una maquinaria perfectamente engrasada se puso en marchar. En la madrugada del 10 de mayo, tropas de absoluta confianza real, dirigidas por el general Francisco de Eguía, rodearon las casas de los principales diputados liberales. Agustín de Argüelles, el Conde de Toreno, Muñoz Torrero y decenas más fueron arrestados sin resistencia y conducidos a prisiones secretas. Fue una purga silenciosa y metódica. No hubo juicio. La voluntad del Rey era la ley.

El Marqués de Valmediano no durmió esa noche. No por remordimiento, sino por una vigilancia triunfal. Desde una ventana de su palacio madrileño, observó cómo los alguaciles realizaban su trabajo. Un leve gesto de satisfacción contrajo sus labios. El orden, el verdadero orden, se restablecía. Al día siguiente, vistió su uniforme de gala y acudió al Palacio Real. Se le vio entre la comitiva de grandes que escoltaban al Rey, un hombre restituido en su centro natural del universo. Asistió, con solemnidad, a la misa de acción de gracia. Todo había vuelto a su sitio. O eso creía.

Al regresar a su casa, la encontró extrañamente silenciosa. Doña Joaquina lo esperaba en el salón principal, no para recibirlo, sino como una estatua. No llevaba luto, pero en su rostro había un peso de derrota infinita.

—«Han arrestado a Argüelles —dijo ella, sin preámbulos, su voz un hilo tenso—. Y a otros. De noche, como a ladrones.»

El Marqués dejó con cuidado su sombrero y sus guantes.
—«Son perturbadores del orden público. Conspiraron contra la legítima autoridad del Rey. La justicia real actúa.»
—«¿Justicia? —la voz de Joaquina tembló, no de miedo, sino de una ira glacial—. Es la venganza. La venganza de los que perdieron en Cádiz. Y tú... tú firmaste su sentencia.»

Él la miró, por primera vez en años, directamente, sin la máscara del político o del conspirador.
—«Yo firmé un manifiesto para salvar a España del caos que ellos querían imponer. He sido constante, Joaquina. Siempre he servido al Rey.»
—«¿A qué Rey? —estalló ella, y en sus ojos brillaron lágrimas de furia— «¿Al Rey por el que conspiraste en Aranjuez, o al que ahora encarcela a los que lucharon por este país mientras tú debatías artículos? ¿Serviste a un hombre o a una idea? Porque esa idea... esa de la Nación, de la gente que vi morir y curar en Bailén y en Cádiz... esa idea también era España. Y la has traicionado. O siempre estuviste del otro lado.»

El Marqués palideció. No esperaba esta confrontación, este juicio desde el tribunal de su propio hogar.
—«No puedes hablar así. Eres mi esposa. Tu lugar está aquí, a mi lado, en el orden que hemos restaurado.»
—«Mi lugar —replicó ella, levantándose con una dignidad que la hacía parecer más alta— ya no está a tu lado. Mi lugar fue un hospital, donde el único orden era el de la compasión. Mi lugar fue una calle donde la gente se mataba por algo que creía mayor que un rey. Tú has restaurado tu mundo, Andrés. Pero no es el mío. Ya no lo es.»

No hubo gritos, ni portazos. Sólo el silencio glacial de una brecha que se volvía abismo. A partir de ese día, compartieron techo como dos fantasmas extraños. El Marqués se hundió en los asuntos de la corte restaurada, buscando en los rituales vacíos del absolutismo el significado que su vida había perdido. Doña Joaquina se recluyó en sus estancias, viviendo en el exilio interior de quien ha visto nacer y morir un sueño, y sabe que el hombre con quien lo compartió fue, al final, su verdugo.

El país que ayudaron a crear era una paradoja caminante: una nación que había derrotado al mayor ejército del mundo para entregarse voluntariamente a la tiranía de un mediocre. El telón de la guerra heroica había caído. Ahora se alzaba, con un chirrido de goznes oxidados, el telón de acero de la reacción.


EL CLAVO ARDIENDO - GACETILLA FINAL: «FIN DE LA FUNCIÓN»

(Este pliego, impreso en una sola hoja y sin firma, apareció clavado al amanecer del 11 de mayo de 1814 en la Puerta del Sol, en la verja del Palacio Real y en la cárcel de la Corte. Nadie vio quién lo puso.)

¡ATENCIÓN, PÚBLICO!

Señoras y señores, el telón cae.

La función ha terminado. O, al menos, este acto. Repasemos el reparto:

  • El Rey Actor ha vuelto a su trono. Su papel: el Déspota Agraviado. Lo ejecuta con convicción mediocre.

  • Los Nobles Cómplices (vuestros Valmedianos e Infantados) han vuelto a sus palacios. Su papel: los Cortesanos que Cambian de Chaqueta. Lo ejecutan con elegancia cobarde.

  • Los Ideólogos (Argüelles y compañía) han sido llevados al foso. Su papel: los Ilusos. Lo ejecutaron con pasión genuina.

  • El Pueblo —sí, ese que silbáis desde el palco— ha pagado la entrada con seis años de sangre. Su recompensa: volver a su sitio. La oscuridad.

La obra que habéis visto no se llamaba «Libertad». Se llamaba «El Espejismo». Creísteis que luchabais por un país nuevo, pero sólo estabais limpiando el escenario para que volviera a actuar la vieja compañía. Habéis cambiado la bayoneta francesa por la pluma del decreto real. Ambas os desangran con igual eficacia.

¿Ha sido en vano? Quizá. La semilla que brotó en Cádiz está ahora bajo una losa de mármol real. Pero las semillas, a veces, germinan en la oscuridad, y su crecimiento es lento, tenaz, y puede resquebrajar hasta la losa más pesada.

Esta monja, Sor Imprudencia de los Infames Escándalos, el espíritu de un tiempo de caos y esperanza, se despide. O se ausenta.

Mi imprenta se silencia. Mi tintero se seca. Mis palabras se las lleva el mismo viento que dispersa las cenizas de vuestras ilusiones.

Pero recordad esto: cuando la mentira se vuelve oficial y el miedo se viste de ley, siempre, en algún lugar, un clavo arde en la oscuridad, esperando la mano que lo clave en la madera podrida del poder.

Hasta que ese día llegue… ¡QUE OS DEN MORCILLA!

(Fin.)

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