martes, 26 de mayo de 2026

Cuando el poder estrangula la libertad

 Hoy se cumplen 195 años de la ejecución de Mariana Pineda en Granada. No murió en un campo de batalla ni empuñando un arma: murió estrangulada por garrote vil, condenada por bordar una bandera. Su delito: defender la libertad, la igualdad y la ley frente al absolutismo de Fernando VII.



Mariana era una mujer adelantada a su tiempo. Viuda y con dos hijos, su casa en Granada se convirtió en un centro de reunión de liberales y masones que conspiraban contra la tiranía real. Cuando en 1831 fue detenida, hallaron en su poder una bandera carmesí con la leyenda bordada: «Igualdad, Libertad, Ley». Eso bastó para condenarla a muerte. Ni su condición de mujer ni las súplicas de su familia conmovieron al fiscal, que exigió su ejecución como escarmiento.

La noche del 26 de mayo, ante una multitud obligada a presenciar el suplicio, Mariana caminó hacia el patíbulo con serenidad. Según las crónicas, rechazó el perdón si implicaba delatar a sus compañeros. Sus últimas palabras fueron para sus hijos: «Tened fe en Dios, que nunca me ha faltado».

Hoy, casi dos siglos después, su figura sigue siendo incómoda para algunos poderes. Porque la libertad —esa palabra que ella bordó— sigue dando miedo. Tanto miedo que, en lugar de garrotes, ahora se usan otros métodos: criminalización de la protesta, vigilancia masiva, acoso judicial a quienes cuestionan el orden establecido. La forma cambia, pero la esencia permanece: quien desafía al poder se expone a ser estrangulado simbólica o físicamente.

Por eso son necesarias figuras como Mariana Pineda. No como mármol frío en una placa, sino como memoria viva que nos recuerda que la libertad no es un regalo, sino una conquista diaria. 

El poder siempre temerá a quienes osan bordar sus sueños de igualdad y ley en una bandera. Pero mientras existan quienes recuerden a Mariana, el garrote no habrá tenido la última palabra.

El Caballero Metabólico

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