lunes, 1 de junio de 2026

Las Lemuralia


¡Ah, las Lemuralia! Esa deliciosa tradición romana donde el paterfamilias, ese pilar de la seriedad doméstica, esa guía, esa atalaya, se convierte en un héroe nocturno de comedia involuntaria. Permítanme criaturitas mías, desglosar este rito para ahuyentar lemures con el tono irónico que se merece:


Acto 1: El pobrecito paterfamilias.
Imaginen al señor de la casa, ese hombre respetable que dicta leyes en el forum y exige silencio en el triclinium. Medianoche. En lo más profundo del sueño, cuando hasta los ratones están fritos. ¿Su deber sagrado? Levantarse como alma que lleva el diablo (o más bien, como alma que huye de ellas). Descalzo, para mayor penitencia (y para no despertar a la señora con sus sandalias). De espaldas, porque avanzar como los dioses mandan es demasiado mundano para los espíritus. Y a oscuras, naturalmente, porque ¿qué mejor forma de demostrar valor que tropezando con el impluvium? ¡Pobrecito mártir del mos maiorum! ¡Qué sacrificio... interrumpir su ronquido imperial para deambular como sonámbulo reverente!

Acto 2: El rito de las habas negras.
Y ahora, el clímax absurdo. Nuestro héroe, ya con los pies entomíos y el ánimo por los suelos, debe convertirse en improvisado agricultor espectral. ¿Su herramienta? ¡Habas negras! Porque las blancas, claro, son para el puls, no para exorcismos. Ahí va él, revoleando habichuelas por los rincones como si sembrara el inframundo en el atrium. "¡Tómenlas, avariciosos muertos! ¡Un hace para el camino!". "Negro me pone a mí esta pamplina", debe pensar mientras las habas rebotan en las ánforas etruscas de la abuela Tulia. Pero no basta con el lanzamiento de legumbres, ¡oh no! Para rematar la farsa, agarra el cacharro de bronce más ruidoso que encuentra – una olla, un batidor, quizás la tapa del baño de pies – y se pone a ceporrearlo como si quisiera despertar a todo el vicus. "¡Manes exite paterni!" ("¡Salid, fantasmas de mis padres, si me queréis, jirse!") grita, mientras hace un estrépito que seguro ahuyenta... a todo vecino vivo en tres manzanas. Ironía suprema: para espantar a los muertos, despierta a los vivos. ¿Tú te cree?

Acto 3: Ten valor de mirar atrás.
El acto final: la gran pantomima del coraje. Nueve veces ha tirado habas, nueve veces ha aporreado el bronce como un heraldo sordo. Ahora, el momento cumbre: "Ten valor de mirar atrás". ¡Qué épica orden! ¿Qué peligrosas sombras aguardan? ¿El espectro de Tío Lucio, aún quejándose del vino aguado? ¿La larva de la tía Minervita que criticaba su matrimonio? Nuestro paterfamilias, conteniendo un bostezo y frotándose los ojos, se gira con una lentitud estudiada... solo para comprobar lo obvio: ni fantasmas, ni bichos vivientes, ni Júpiter que lo fundó. Solo las malditas habas negras esparcidas por el suelo como excrementos de algún pájaro infernal. "Ea, lo que faltaba ahora era caerme...", suspira aliviado (o irritado). Misión cumplida. Por ahora. Porque, ¡ay!, en dos noches... otra vez esta pegaura. Con lo tranquilo que estaba el pobre en su catre, soñando quizás con termas calientes y silencio eterno... que, irónicamente, es lo que los lémures parecen negarle.

En resumen: una trilogía nocturna donde la dignidad paterna se sacrifica en el altar del ritual más pintoresco. Roma, siempre tan práctica... y tan dada a poner a sus ciudadanos más serios a bailar descalzos con habas en la oscuridad. Macte virtute! (¡Bien hecho, valiente!... o eso dicen).

El Caballero Metabólico

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