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miércoles, 12 de agosto de 2026

De la superstición a la ciencia: Cómo la humanidad dejó de temer a los eclipses y cometas


Cuando nuestros antepasados levantaban la vista al cielo y veían cómo la Luna devoraba al Sol o una estrella peluda surcaba la oscuridad, no sentían asombro científico. Sentían terror. En la mayoría de las culturas antiguas, tanto los eclipses como los cometas se interpretaban como mensajes divinos, y casi siempre eran de mal agüero. Se veían como una ruptura del orden natural establecido por los dioses, una advertencia terrible que anunciaba desgracias inevitables.

Hoy, cuando sabemos exactamente cuándo ocurrirá el próximo eclipse y podemos explicar la naturaleza de los cometas, resulta difícil imaginar el pavor que estas visiones celestes provocaban en nuestros ancestros. Pero la historia de cómo la humanidad pasó del miedo al conocimiento es una de las narrativas más fascinantes de nuestra evolución intelectual.



Los primeros astrónomos: El miedo en Mesopotamia

Los mesopotámicos fueron los primeros astrónomos sistemáticos de la historia. Registraban meticulosamente cada movimiento celeste, pero su motivación no era la ciencia pura, sino la adivinación. Para ellos, el cielo era un espejo donde los dioses escribían el destino de los hombres.

Un eclipse lunar era especialmente aterrador: lo interpretaban como un ataque directo al rey. Creían que la Luna era asaltada por demonios y que la oscuridad que la cubría era el presagio de la muerte del monarca. Para proteger al soberano, idearon un macabro truco: nombraban a un "rey sustituto", generalmente un prisionero o un pobre desgraciado, que ocupaba el trono durante el eclipse. Cuando el fenómeno terminaba, ejecutaban al sustituto, convencidos de que el mal augurio recaería sobre él y no sobre el verdadero rey. El monarca legítimo, mientras tanto, se escondía para "engañar" a los demonios.

Esta práctica revela hasta qué punto el miedo podía moldear las instituciones políticas de una civilización entera.


Grecia y Roma: Presagios para Imperios

En Grecia y Roma, los eclipses solares eran vistos como terribles presagios para los ejércitos y las ciudades. Se cuenta que Pericles, antes de una batalla naval, tapó su manto con una tela para que sus soldados no vieran un eclipse, porque sabía que el terror los paralizaría. No se trataba de superstición personal, sino de un cálculo político: un ejército aterrorizado es un ejército derrotado.

Los cometas, por su parte, eran considerados "estrellas de cabello" (de ahí viene la palabra "cometa", del griego kometes, "cabelludo") y anunciaban la muerte de emperadores o grandes plagas. El famoso cometa que apareció tras el asesinato de Julio César fue interpretado como el alma del dictador ascendiendo al cielo, pero también como un presagio de los tiempos turbulentos que seguirían.


La excepción que confirma la regla

Pero ojo: no siempre fueron malos. Hubo excepciones famosas que demuestran que la interpretación de estos fenómenos dependía tanto del observador como del evento mismo.

El cometa Halley, por ejemplo, apareció en 1066, justo antes de la Batalla de Hastings. Para el rey Haroldo de Inglaterra era un mal presagio, pero para Guillermo el Conquistador era un buen augurio, una señal divina que bendecía su invasión. El mismo cometa, dos visiones opuestas. La historia, como sabemos, le dio la razón a Guillermo.


La Edad Media: Dios, el diablo y los fenómenos celestes

La Edad Media europea es, sin duda, un período fascinante para explorar estas creencias, ya que la visión de los fenómenos celestes se tiñó de una intensa religiosidad y una profunda interpretación simbólica. Cada eclipse o cometa era visto como un mensaje directo de Dios, una advertencia o un castigo.

El eclipse que "mató" a un Rey (1133)

Uno de los ejemplos más célebres y dramáticos ocurrió el 2 de agosto de 1133, cuando un eclipse solar total fue visible en Escocia y otras partes de Europa. El cronista Guillermo de Malmesbury, uno de los historiadores más importantes del siglo XII, registró el evento y lo consideró un presagio de desgracia para el rey Enrique I de Inglaterra.

La historia popular cuenta que el rey partió de Inglaterra hacia Normandía justo el día después del eclipse. Aunque no murió hasta 1135, su fallecimiento se asoció directamente con este evento celestial. El eclipse pasó a la historia como "El Eclipse del Rey Enrique", y su muerte desencadenó una guerra civil por el trono, reforzando la creencia de que los eclipses eran funestos para los monarcas.

El cometa que anunció la peste negra (1337)

Los cometas no solo anunciaban la muerte de reyes, sino también desastres a gran escala. En 1337 apareció un cometa brillante en el cielo europeo. Los astrólogos y cronistas de la época lo interpretaron como el inicio de una reacción en cadena de catástrofes divinas.

Lo más escalofriante es que, en los años siguientes, ocurrieron exactamente las calamidades que se temían: invasiones de langostas entre 1338 y 1341, inundaciones extraordinarias entre 1342 y 1343, terremotos en 1348 y, finalmente, la llegada de la Peste Negra entre 1347 y 1352. Cada epidemia y plaga se conectaba con la aparición de un cometa, reforzando la creencia de que el cielo advertía a la humanidad de sus pecados.

La excomunión del cometa Halley (1456)

Un caso que roza lo surrealista ocurrió en 1456, cuando el cometa Halley apareció en el cielo en un momento de máxima tensión para la cristiandad. Apenas tres años antes, en 1453, Constantinopla había caído en manos del Imperio Otomano. El Papa Calixto III asoció la aparición del cometa con un terrible mal augurio: un castigo divino o, peor aún, una señal de apoyo divino a los otomanos, que en ese momento asediaban Belgrado.

Para contrarrestar este "peligro celestial", el Papa supuestamente excomulgó al cometa, considerándolo un "emisario del diablo", y ordenó el rezo del Ángelus para pedir protección divina.

Un apunte histórico: aunque esta historia es muy famosa, los historiadores dudan de su veracidad. No hay documentos de la época que mencionen una excomunión formal, y la historia aparece por primera vez años después. Sin embargo, el hecho de que se creyera y se contara durante siglos ya nos dice mucho sobre el ambiente de la época y la credulidad con que se recibían estas historias.


Supersticiones y sabiduría en la vida cotidiana

El miedo calaba hondo en el pueblo llano. Se creía que los "vapores" de un eclipse podían envenenar el agua o pudrir las cosechas. Las mujeres embarazadas se protegían con amuletos o cintas rojas para evitar que el mal les hiciera daño a ellas o a sus bebés. Los cometas, por su parte, presagiaban "guerras, pestilencia, hambruna y la muerte de príncipes", como resumió un autor de la época.

Pero no todo era oscurantismo. Mientras el pueblo temblaba, las élites cultas, como la corte del rey Alfonso X el Sabio en Castilla, promovían la observación astronómica y el saber heredado de los griegos y andalusíes. Incluso obispos como Thietmar de Merseburg aconsejaban a los cristianos que los eclipses no eran causados por maleficios, sino que seguían un orden natural. La Edad Media fue una época de contrastes, donde el miedo a lo desconocido y la búsqueda de significado divino convivían con los primeros destellos de la ciencia moderna.


Renacimiento:

La lenta separación de la astronomía y la astrología

El Renacimiento fue el germen del cambio. Astrónomos como Johannes Kepler comenzaron a separar progresivamente la astronomía de la astrología. Aunque la astrología seguía siendo relevante, se empezó a entender que los eclipses no eran mensajes divinos, sino fenómenos naturales regidos por leyes matemáticas.

Esto no significó el fin del miedo. Figuras como el rey Felipe II de España muestran esta dualidad: por un lado, el rey católico financió y organizó misiones científicas a Nueva España para la observación de un eclipse lunar en 1577, demostrando un interés genuino por la ciencia. Por otro, su reinado estuvo marcado por una profunda religiosidad, y es probable que cualquier anomalía celeste se interpretara también como una señal de la voluntad divina.


El siglo XVII: El miedo persiste, la ciencia avanza

A pesar de los avances, el temor popular a los eclipses continuó siendo la norma durante gran parte del siglo XVII. El eclipse total de sol del 12 de agosto de 1654 es un ejemplo perfecto de esta tensión. Fue uno de los eclipses más observados de la historia y, además, dio lugar al mapa de un eclipse más antiguo que se conoce, creado por el profesor Erhard Weigel. Esto demuestra que, en los círculos académicos, ya se trataba el fenómeno con rigor científico, incluso mientras la población en general probablemente lo vivía con pavor.


El punto de inflexión: El eclipse de Halley en 1715

El momento que marca un antes y un después es, sin duda, el eclipse solar del 3 de mayo de 1715 en Inglaterra. El astrónomo Edmond Halley (el mismo del cometa) ya lo había predicho con precisión y orquestó lo que podríamos llamar el primer gran experimento científico participativo.

Halley publicó un mapa con la trayectoria del eclipse y lo distribuyó para neutralizar la superstición popular, que veía en estos eventos un augurio de catástrofe, algo especialmente peligroso en un momento de inestabilidad política con el rey Jorge I. En su panfleto, pidió a los "curiosos" de Inglaterra que observaran el cielo y anotaran sus observaciones. Gracias a los datos recopilados, pudo corregir sus cálculos en unas 40 millas y mejorar su predicción para el siguiente eclipse.

Este evento simboliza el triunfo de la razón. Como ha señalado el astrónomo Rafael Bachiller, "con el eclipse de 1715 se sustituyó, de una vez por todas, el miedo por el conocimiento".


La ciencia al servicio del conocimiento

A partir de entonces, los eclipses se consolidaron como "laboratorios naturales". El siglo XIX es un claro ejemplo de esta nueva era. Una publicación de 1870 ya definía los eclipses como "fenómenos astronómicos de suma importancia para las investigaciones científicas".

Su valor científico ha sido incalculable:

  • Permiten estudiar la corona solar y la cromosfera, invisibles en condiciones normales.

  • Gracias a un eclipse, en 1868, se descubrió el helio en el Sol antes de encontrarlo en la Tierra.

  • El famoso eclipse de 1919 proporcionó la prueba definitiva que confirmó la Teoría de la Relatividad General de Einstein.


Conclusión: Del pavor al asombro

El Renacimiento y la Edad Moderna son el puente entre el miedo ancestral y la comprensión científica. Fue un proceso gradual donde la ciencia, impulsada por figuras como Halley, fue desterrando a la superstición, aunque el miedo popular tardara un tiempo en desaparecer por completo.

Hoy en día, un eclipse ya no es un presagio de muerte o un castigo divino. Es un evento que nos permite maravillarnos y, sobre todo, aprender. Cuando veamos el eclipse de hoy, recordemos que estamos contemplando el mismo fenómeno que aterrorizó a reyes y emperadores, pero con la diferencia fundamental de que ahora entendemos lo que está ocurriendo. Y ese conocimiento, ese paso del miedo al asombro, es quizás el mayor logro de nuestra civilización.


Pedrete Trigos


Fuentes y lecturas recomendadas:

  • Guillermo de Malmesbury, Historia de los reyes de Inglaterra

  • Johannes Kepler, Astronomia Nova

  • Rafael Bachiller, artículos sobre historia de la astronomía

  • Documentación histórica sobre los eclipses de 1133, 1654 y 1715

lunes, 1 de junio de 2026

Las Lemuralia


¡Ah, las Lemuralia! Esa deliciosa tradición romana donde el paterfamilias, ese pilar de la seriedad doméstica, esa guía, esa atalaya, se convierte en un héroe nocturno de comedia involuntaria. Permítanme criaturitas mías, desglosar este rito para ahuyentar lemures con el tono irónico que se merece:


Acto 1: El pobrecito paterfamilias.
Imaginen al señor de la casa, ese hombre respetable que dicta leyes en el forum y exige silencio en el triclinium. Medianoche. En lo más profundo del sueño, cuando hasta los ratones están fritos. ¿Su deber sagrado? Levantarse como alma que lleva el diablo (o más bien, como alma que huye de ellas). Descalzo, para mayor penitencia (y para no despertar a la señora con sus sandalias). De espaldas, porque avanzar como los dioses mandan es demasiado mundano para los espíritus. Y a oscuras, naturalmente, porque ¿qué mejor forma de demostrar valor que tropezando con el impluvium? ¡Pobrecito mártir del mos maiorum! ¡Qué sacrificio... interrumpir su ronquido imperial para deambular como sonámbulo reverente!

Acto 2: El rito de las habas negras.
Y ahora, el clímax absurdo. Nuestro héroe, ya con los pies entomíos y el ánimo por los suelos, debe convertirse en improvisado agricultor espectral. ¿Su herramienta? ¡Habas negras! Porque las blancas, claro, son para el puls, no para exorcismos. Ahí va él, revoleando habichuelas por los rincones como si sembrara el inframundo en el atrium. "¡Tómenlas, avariciosos muertos! ¡Un hace para el camino!". "Negro me pone a mí esta pamplina", debe pensar mientras las habas rebotan en las ánforas etruscas de la abuela Tulia. Pero no basta con el lanzamiento de legumbres, ¡oh no! Para rematar la farsa, agarra el cacharro de bronce más ruidoso que encuentra – una olla, un batidor, quizás la tapa del baño de pies – y se pone a ceporrearlo como si quisiera despertar a todo el vicus. "¡Manes exite paterni!" ("¡Salid, fantasmas de mis padres, si me queréis, jirse!") grita, mientras hace un estrépito que seguro ahuyenta... a todo vecino vivo en tres manzanas. Ironía suprema: para espantar a los muertos, despierta a los vivos. ¿Tú te cree?

Acto 3: Ten valor de mirar atrás.
El acto final: la gran pantomima del coraje. Nueve veces ha tirado habas, nueve veces ha aporreado el bronce como un heraldo sordo. Ahora, el momento cumbre: "Ten valor de mirar atrás". ¡Qué épica orden! ¿Qué peligrosas sombras aguardan? ¿El espectro de Tío Lucio, aún quejándose del vino aguado? ¿La larva de la tía Minervita que criticaba su matrimonio? Nuestro paterfamilias, conteniendo un bostezo y frotándose los ojos, se gira con una lentitud estudiada... solo para comprobar lo obvio: ni fantasmas, ni bichos vivientes, ni Júpiter que lo fundó. Solo las malditas habas negras esparcidas por el suelo como excrementos de algún pájaro infernal. "Ea, lo que faltaba ahora era caerme...", suspira aliviado (o irritado). Misión cumplida. Por ahora. Porque, ¡ay!, en dos noches... otra vez esta pegaura. Con lo tranquilo que estaba el pobre en su catre, soñando quizás con termas calientes y silencio eterno... que, irónicamente, es lo que los lémures parecen negarle.

En resumen: una trilogía nocturna donde la dignidad paterna se sacrifica en el altar del ritual más pintoresco. Roma, siempre tan práctica... y tan dada a poner a sus ciudadanos más serios a bailar descalzos con habas en la oscuridad. Macte virtute! (¡Bien hecho, valiente!... o eso dicen).

El Caballero Metabólico

lunes, 20 de abril de 2026

Manual de supervivencia filosófica para el romano que solo quiere llegar vivo a la cena

 

(O cómo ser epicúreo, estoico, cínico y pirrónico antes del segundo plato de garum)



Prólogo: el romano, ese animal filosófico por accidente.



Querido lector, imagínese la escena. Es un romano cualquiera del siglo I d.C. No es ni rico ni pobre, ni patricio ni esclavo, sino ese raro espécimen que los historiadores llaman "ciudadano medio". Se levanta al alba, se lava en las termas, echa un puñado de sal al fuego doméstico para apaciguar a los lares (por si acaso), y sale a la calle dispuesto a sobrevivir otro día en esta jaula de locos que es el Imperio.

Pero he aquí el problema: en Roma, las filosofías pululan como moscas en una carnicería. Y todas, absolutamente todas, pretenden decirle cómo vivir. El estoico le sermonea sobre el deber. El epicúreo le ofrece jardines y vino. El cínico le dice que tire la toga a la basura. El pirrónico le sugiere que, directamente, no dé por seguro nada. Y el romano, pobre hombre, solo quiere llegar a la noche sin que le apuñalen en el subura y con suficiente hambre para disfrutar de las lentejas.

Así que, amigo mío, permítame ofrecerle un desglose irónico de las filosofías que asolaron Roma. Porque si algo bueno tiene este imperio, es que hasta sus pensadores más sesudos eran, en el fondo, unos hipócritas encantadores.


I. Estoicismo: sonríe mientras el mundo arde.



Fundado por Zenón de Citio (un chipriota con cara de pocos amigos) y popularizado en Roma por Séneca (el cordobés que aguantó a Nerón), Epicteto (un esclavo que hablaba como un emperador) y Marco Aurelio (un emperador que escribía como un esclavo).

La doctrina en dos frases:

  1. No puedes controlar lo que pasa, pero sí cómo reaccionas.

  2. La virtud es el único bien. El resto (dinero, salud, fama, que tu esposa no te engañe con el centurión de la esquina) son "indiferentes preferibles".

En la práctica:
El estoico es ese tipo que, cuando su casa se incendia, se queda mirando las llamas y dice: "Qué interesante. El fuego es un fenómeno natural. Esto me dará la oportunidad de practicar la templanza mientras duermo bajo un puente". Luego, por dentro, está llorando como una magdalena, pero como es estoico, ni se le nota.

El problema romano:
En Roma, el estoicismo era la filosofía oficial del "aguanta, que luego cobras". Los senadores estoicos soportaban a emperadores como Calígula o Nerón con una sonrisa forzada, mientras escribían tratados sobre la serenidad y, en secreto, conspiraban para matarlos. Marco Aurelio, el más famoso de todos, pasó catorce años guerreando contra los bárbaros y escribiendo sus Meditaciones en la tienda de campaña. El título original, por cierto, debería haber sido: Para mí solito, que nadie me entiende, y encima tengo diarrea por el agua del Danubio.

Ironía suprema:
Los estoicos predicaban el desapego, pero todos, absolutamente todos, codiciaban cargos políticos. Porque ser indiferente a la riqueza está muy bien... pero mejor ser indiferente desde una villa en la colina Pinciana, ¿no?


II. Epicureísmo: disfruta, pero sin pasarte, que luego duele.




Fundado por Epicuro (un griego barbudo que entendió que la mejor forma de ser feliz era no juntarse con nadie) y llevado a Roma por Lucrecio (un poeta que escribió un poema épico para decir que la épica es una tontería) y Horacio (un epicúreo de botica que predicaba el carpe diem mientras se guardaba el vino para la vejez).

La doctrina en dos frases:

  1. El placer es el bien supremo, pero no cualquier placer: el placer tranquilo, el que no va seguido de resaca, arrepentimiento o una carta de un padre enfadado.

  2. No temas a los dioses (no les importas), no temas a la muerte (cuando llegue, tú ya no estarás), lo bueno es fácil de conseguir (un trozo de pan y un poco de agua), y lo malo es fácil de soportar (un dolor de muelas pasa).

En la práctica:
El epicúreo es ese amigo que te invita a su jardín, te da queso y vino aguado, y te dice: "Disfruta, pero con moderación. Que luego la fiesta de los Lupercales te deja mal cuerpo". Es el aguafiestas oficial de Roma. Mientras los demás se emborrachan en las Saturnales, él está en casa leyendo a Homero y diciendo: "Qué feliz soy, no tengo que aguantar a nadie".

El problema romano:
El epicureísmo llegó a Roma y los patricios se lo llevaron a su terreno. "Si el placer es el bien —pensaron—, pues entonces yo me voy a atiborrar de faisanes rellenos de huevos de flamenco mientras me limpian los pies tres esclavas rubias". Eso no era epicureísmo, era glotonería con nombre griego. Epicuro, desde su jardín de Atenas, debió revolverse en la tumba (si es que no le dio igual, claro).

Ironía suprema:
El principal defensor del epicureísmo en Roma fue Lucrecio, que escribió De rerum natura, un poema magnífico que explica cómo funciona el universo sin dioses. Y ¿cómo murió? Pues según la tradición, enloqueció por un filtro de amor y se suicidó. O sea, el hombre que predicaba la serenidad emocional acabó víctima de su propia medicina... o de una dosis mal medida de philtron. Cosas de la vida.


III. Cinismo: tira la toga y abraza la podredumbre.



Fundado por Antístenes (un discípulo de Sócrates con mala leche) y popularizado por Diógenes de Sinope (el loco del barril que le pidió a Alejandro Magno que se apartara porque le tapaba el sol).

La doctrina en una frase:
La civilización es una mierda. Las convenciones sociales son una mierda. La riqueza es una mierda. La familia es una mierda. El pudor es una mierda. Vuelve a la naturaleza, vive como un perro, y sé feliz comiendo lentejas crudas en la vía pública.

En la práctica:
El cínico es ese tipo que va descalzo, con la toga hecha jirones (porque dice que la ropa es un artificio burgués), y se masturba en el foro mientras mira fijamente a los ojos del cónsul. No tiene casa, no tiene trabajo, no tiene planes. Pero tiene una libertad que ni el emperador puede comprar... y un hedor que ni las termas pueden quitar.

El problema romano:
El cinismo, en su versión original, era radicalmente antipolítico. Y Roma era la política hecha imperio. Así que, ¿qué hicieron los romanos? Pues domesticarlo, como siempre. Aparecieron los "cínicos de salón": filósofos que iban con barba descuidada y bastón, pero que dormían en villas con calefacción por suelo radiante. El cinismo se convirtió en un atuendo, no en una forma de vida. Como esos hipsters modernos que visten como mendigos y pagan 200 euros por la chaqueta rota.

Ironía suprema:
El emperador Juliano (el Apóstata, ya en el siglo IV) escribió un discurso Contra los cínicos ignorantes, donde les decía: "Vale, muy bien lo de vivir como perros, pero ¿por qué os peináis con tanto esmero?" Un cínico que se preocupa por su imagen es como un estoico que llora porque le robaron la cartera: una contradicción andante.


IV. Pirronismo (o escepticismo radical): no sé, no opino, paso.



Fundado por Pirrón de Élide (un griego que, según la leyenda, iba por la vida sin opinar de nada porque "nunca se sabe") y llevado a Roma por Enesidemo y Sexto Empírico (un médico que dudaba de todo, incluso de los medicamentos).

La doctrina en tres palabras:
No lo sé.

Versión larga:
No puedes estar seguro de nada. Ni de que los dioses existen, ni de que no existen. Ni de que el sol saldrá mañana, ni de que no saldrá. Ni de que esto es un texto, ni de que es una alucinación inducida por el hongo del pan. Por lo tanto, lo más sensato es suspender el juicio (epoché) y vivir según las costumbres del lugar sin creerte ninguna.

En la práctica:
El pirrónico es ese amigo insufrible que, cuando le preguntas "¿quieres vino o cerveza?", te responde: "No puedo saber cuál es mejor, porque mis sentidos me engañan. Además, la preferencia por una bebida sobre otra es una convención social sin fundamento objetivo. Así que, en fin... sírveme lo que quieras, total, da igual". Luego bebe, y si le preguntas si le gustó, vuelve a decir: "No lo sé".

El problema romano:
El escepticismo radical era divertido en teoría, pero en la práctica Roma necesitaba legionarios que supieran a quién apuñalar y senadores que supieran qué ley votar. Así que el pirronismo quedó reducido a un pasatiempo de intelectuales ociosos. "Hoy voy a dudar de la existencia de Júpiter —decía el rico—. Pero de la existencia de mis esclavos, no dudo. Esos sí que son reales cuando barren el suelo".

Ironía suprema:
Sexto Empírico, el principal transmisor del pirronismo, era médico. Y dedicó su vida a curar enfermos. Pero si realmente hubiera aplicado su escepticismo radical, habría dicho: "No puedo saber si este brebaje cura o mata, así que... mejor no hagamos nada". Y sin embargo, recetaba. Porque el escepticismo, como las habas negras, es muy bonito en teoría... pero cuando te duele la muela, quieres a alguien que sepa, no a alguien que dude.


V. El romano medio: el ecléctico profesional.



Y aquí llegamos al gran secreto de Roma. El ciudadano medio no era estoico, ni epicúreo, ni cínico, ni pirrónico. Era todo eso a la vez, según el momento del día y el nivel de vino en sangre.

  • Por la mañana, al levantarse: epicúreo. "Voy a disfrutar de este baño caliente, que la vida es breve".

  • Al mediodía, en el foro: estoico. "Aguanto a este edil corrupto sin perder la calma, porque la virtud es su propia recompensa".

  • Por la tarde, al ver a un cínico meándose en una columna: "Estos griegos están locos. Yo no soy así, yo soy un hombre de bien".

  • Por la noche, en la cena: pirrónico. "La verdad, no sé si este vino es bueno o malo. Pero voy a beberlo, total, quizá mañana muera".

Y luego, a medianoche, cuando la familia duerme, el mismo romano se levanta, se pone descalzo, coge un puñado de habas negras y las lanza por la casa para ahuyentar a los lemures. Porque por mucho que filosofe, el miedo a los muertos no lo quita ni Epicuro con todo su jardín.


Conclusión: filosofías para todos los gustos

(y para ninguna necesidad real)



Así que ya sabe, querido amigo. Si en la Roma antigua le preguntaban por su escuela filosófica, lo mejor era responder con una sonrisa críptica: "Soy romano. Mi filosofía es llegar al final del día con el estómago lleno, la bolsa más o menos intacta y la conciencia tranquila... o al menos, adormecida con suficiente vino".

Y si alguien le insistía, siempre podía echar mano de la máxima que recoge el poeta Terencio: "Soy humano, nada de lo humano me es ajeno" . Traducción: "Hoy soy estoico, mañana epicúreo, y pasado, si hay fiesta, hasta me hago cibeles. Pero no me encasilles, que para eso está el lodo del Tíber, que es muchas cosas a la vez".

Porque al final, amigo mío, la única filosofía verdaderamente romana era esta: "Cree en lo que te toque, pero no dejes que te quite el sueño... ni la cena" .

Valete et ridete (Cuidaos y reíd).


El Caballero Metabólico