Hay una imagen que se repite en los lienzos del Museo del Prado y en los inventarios de El Escorial: pequeños rostros pálidos, enmarcados por gorgueras rígidas y brocados demasiado pesados para sus cuerpos frágiles. Miran al espectador con seriedad de adultos, sin rastro de la risa infantil. Son los infantes de la Casa de Austria. Al verlos, una siente una mezcla de ternura infinita y de presentimiento. Porque, en la mayoría de los casos, esos niños ya estaban muertos cuando el pincel los inmortalizó, o morirían pocos meses después.
La corte de Felipe II fue un hervidero de poder, el centro del imperio donde "nunca se ponía el sol". Pero detrás de los tapices flamencos y las columnas de jaspe del Alcázar de Madrid, se escondía una guardería fantasma. Felipe II tuvo ocho hijos reconocidos. Solo uno, el futuro Felipe III, alcanzó la edad adulta. El resto fueron velas que se encendieron con gran pompa y se apagaron en un suspiro, víctimas de disentería, viruela o la simple fragilidad de una endogamia que debilitaba los huesos y los pulmones.
Uno tras otro, los infantes fueron cayendo. Carlos Lorenzo, que apenas llegó a los dos años; Fernando, el heredero que aprendió portugués para conquistar un reino y murió de disentería con solo seis; Diego Félix, a quien su padre prometió un elefante traído de la India, y que la viruela se llevó a los siete. Y la pequeña María, que nació cuando su madre, Ana de Austria, ya agonizaba por culpa de los partos continuos, y que la siguió a la tumba tres años después.
Pero, ¿qué sintieron los que se quedaron? Porque la historia suele hablar del dolor del rey, del estoico Felipe II llorando a solas en su cuarto, o de las misas multitudinarias que encargaba por el alma de sus hijos. Sin embargo, me pregunto siempre por las hermanas mayores: Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela.
Ellas tenían apenas 9 y 8 años cuando vieron morir al primer hermanito. Eran adolescentes cuando el féretro del príncipe Fernando cruzó los patios del Alcázar. Y eran ya unas jóvenes de 16 y 15 años cuando Diego Félix, el niño del caballito de juguete pintado por Sánchez Coello, se apagó lentamente entre fiebres. Ellas, que también habían perdido a su madre biológica (Isabel de Valois) siendo apenas unas bebés, habían encontrado un refugio en su madrastra, Ana de Austria. Pero Ana murió en 1580, extenuada por los embarazos, dejando a esas dos muchachas al frente de una corte devastada.
¿Qué verían sus ojos? Verían cómo su padre abrazaba el cadáver de un hijo en privado, pero mantenía la mirada de acero en público. Verían cómo las nodrizas se llevaban la ropita recién bordada para guardarla en arcones que no se volverían a abrir. Verían la inutilidad del poder humano frente a la mano fría de la naturaleza. Esa "ternura infinita" que nosotros sentimos al ver sus retratos pálidos, ellas la sintieron en carne viva cada vez que cogían en brazos a un recién nacido, sabiendo que era un préstamo, no una posesión.
La tragedia de la infancia robada marcó para siempre a Isabel Clara Eugenia y a Catalina Micaela. No eran tontas: sabían que su destino era casarse y parir, igual que su madrastra. El miedo a la cama de parto y a la fiebre puerperal debió ser una sombra constante en sus sueños. Cuando Catalina Micaela fue enviada a Saboya para ser duquesa, parió diez hijos. Sobrevivió a varios partos, pero el último la mató a los 30 años. La historia se repetía. Isabel Clara Eugenia, por su parte, se casó tarde y, aunque gobernó con talento los Países Bajos, su vientre no dio herederos. Quizá, en el fondo, su cuerpo y su mente dijeron "basta" después de haber visto demasiados ataúdes blancos.
Al pasear hoy por el Panteón de Infantes de El Escorial, uno se encuentra con pequeñas urnas de mármol. Allí descansan juntos Fernando, Carlos Lorenzo, Diego Félix y María. La luz casi no entra. La penumbra es perpetua. Pero al salir, y al volver a mirar esos retratos, entiendo que no son solo piezas de museo. Son espejos de una época brutal, donde la esperanza de una dinastía se medía en respiraciones frágiles. Y, sobre todo, son un recordatorio de que, bajo las coronas doradas, siempre hubo padres que lloraron, hermanas que consolaron, madres que se desangraron, y una humanidad doliente que el protocolo de la corte nunca pudo disfrazar del todo.
La Historia nos habla de imperios y batallas. Pero a veces, las historias más profundas están escritas en la palidez de un infante que no llegó a besar a su madre.
Pedrete Trigos



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