lunes, 3 de agosto de 2026

El imperio de la virtud y el comercio de la carne. Progreso, moral victoriana y el sórdido subsuelo de la hipocresía

 Hay una imagen que persiste en el imaginario colectivo sobre la Inglaterra victoriana: la de una sociedad erguida, orgullosa de su progreso, devota de su Dios y firmemente asentada sobre los pilares de la moral y las buenas costumbres. Es la época del ferrocarril, de la industria textil, de los viajes a África, de la expansión imparable del Imperio. Es también la época de Dickens, de Carlyle, de la novela por entregas que educaba a las masas recién alfabetizadas. Es, en fin, la era del homo ludens, del deporte, del juego de salón, del croquet y del rugby, donde hasta el ocio se convertía en una manifestación de la grandeza británica.

Pero, como ocurre con todas las fachadas bien construidas, bastaba con mirar un poco más allá del zócalo para descubrir que el edificio se sostenía, en buena medida, sobre cimientos de barro y silencio. Porque la Inglaterra victoriana, tan devota de la virtud, era también la tierra de la doble moral sexual, del adulterio consentido y de una prostitución tan masiva que las calles de Londres se poblaban de mujeres cuyo único delito era haber nacido pobres. Y en medio de todo ello, el caso de Jack el Destripador vino a recordar, con una violencia grotesca, que la ciudad que se jactaba de ser el faro del mundo tenía un East End donde la vida de las prostitutas valía menos que el brillo de un sombrero de copa.

Los ideales: un retrato de la grandeza (y sus sombras)

Empecemos por lo que los victorianos querían ver de sí mismos. El primer ideal, el más palpable, era el del progreso. Darwin había revolucionado la biología; Stuart Mill y los librecambistas de Manchester habían puesto la economía al servicio del mercado; el ferrocarril tejía el país; la industria textil del norte convertía a Inglaterra en el taller del mundo. Todo era movimiento, expansión, confianza en el futuro.

Pero aquel progreso tenía un precio: la miseria de los obreros, los barrios insalubres, el trabajo infantil, el hacinamiento, la tuberculosis. El progreso era real, pero no era para todos. Y esa contradicción, tan evidente, era cuidadosamente enmascarada por un discurso moral que atribuía la pobreza a la falta de virtud y no a la estructura de un sistema que acumulaba riquezas en unas pocas manos.

El segundo ideal era el espíritu didáctico y moralista. La literatura victoriana —pensemos en Dickens— se concebía como una herramienta de educación para las masas. El escritor era un educador, un guía moral que enseñaba a los nuevos lectores proletarios y de clase media los valores del esfuerzo, la familia y la caridad. Las novelas por entregas, los melodramas, todo contribuía a forjar una conciencia colectiva que, sin embargo, rara vez cuestionaba el orden establecido. La educación era un instrumento de domesticación tanto como de emancipación.

El espíritu de descubrimiento y aventura era otro pilar. Livingstone y Stanley, los exploradores de África, apasionaban al público. Pero aquella fascinación por lo exótico era también la justificación ideológica del colonialismo. El "corazón de África" que se exploraba era el mismo que se expoliaba y se sometía, pero eso no se contaba en las veladas familiares.

Y luego estaba el sentido práctico, el utilitarismo, esa búsqueda del fulfilment y el accomplishment que todavía hoy asociamos al carácter británico. El éxito, el esfuerzo, la autorrealización personal y colectiva: todo parecía apuntar a una sociedad que sabía lo que quería y cómo conseguirlo.

Por último, y quizá el más sorprendente de todos: el juego. La era victoriana inventó o popularizó el deporte moderno, el juego de salón, el ocio organizado. El homo ludens victoriano no solo trabajaba, también jugaba: rugby, tenis, cricket, fútbol, croquet, backgammon. Y en aquellos juegos, como en todo lo demás, se reflejaba la obsesión por las reglas, por el orden, por la competición controlada.

Hasta aquí, un retrato impecable. Pero detrás de cada uno de estos ideales se escondía una sombra: el progreso que convivía con la miseria; la educación que adoctrinaba; la aventura que justificaba la explotación; el utilitarismo que medía a las personas por su productividad; y el juego que, en sus versiones más oscuras, se convertía en adicción, en apuestas, en la búsqueda de placeres prohibidos que la moral oficial condenaba en público pero toleraba en privado.

La doble moral sexual:

Cuando la reina alargaba los manteles

Ningún aspecto de la era victoriana revela mejor la hipocresía del sistema que su política sexual. La historia de la reina Victoria mandando alargar los manteles de palacio para que cubrieran las patas de las mesas, porque decía que podían incitar a los hombres al recordar las piernas de una mujer, es una anécdota que resume a la perfección la paranoia moral de la época. Todo lo que pudiera sugerir el cuerpo, el deseo, la carne, debía ser ocultado. La sexualidad femenina, en particular, era un tabú absoluto.

Pero mientras la corte y las clases altas se escandalizaban por la forma de una pata de mesa, en los barrios bajos de Londres la prostitución florecía como un negocio tan lucrativo como silenciado. Se calcula que solo en la capital había unas 2.000 prostitutas en los barrios pobres —y esa cifra, probablemente, se queda corta, porque la prostitución era mucho más extensa y variada de lo que los censos oficiales reconocían.

Aquellas mujeres, muchas de ellas inmigrantes llegadas a la ciudad en busca de una vida mejor, poblaban los bares y las calles de Whitechapel, en el East End, un barrio de miseria y hacinamiento que era el reverso oscuro de la ciudad victoriana. También se las encontraba cerca de teatros y establecimientos de ocio masculino, desde burdeles hasta locales de espectáculos eróticos en los que a menudo participaban menores de edad. La prostitución homosexual, aunque aún más clandestina, existía y era objeto de una represión feroz cuando salía a la luz.

Pero la doble moral no se limitaba a la prostitución. El adulterio, la infidelidad masculina, era tolerado con una indulgencia que contrastaba brutalmente con el castigo que aguardaba a la mujer adúltera. Los caballeros de levita que acudían a los burdeles o mantenían amantes en la sombra eran los mismos que firmaban artículos sobre la virtud doméstica en las revistas de la época. Y las enfermedades sexuales, como la sífilis o la tuberculosis, se extendían sin que nadie quisiera hablar de ellas, porque hablar de ello habría sido reconocer que aquel mundo de pureza no era más que un decorado.

Jack el Destripador: el cadáver en el salón

El verano de 1888, sin embargo, se encargó de romper el silencio. La irrupción de Jack el Destripador, el asesino que sembró el pánico en Whitechapel y en toda Inglaterra, no fue solo una serie de crímenes atroces. Fue la revelación de lo que todos sabían pero nadie quería ver: que las prostitutas, esas mujeres invisibles a los ojos de la sociedad respetable, eran carne de cañón para la violencia y el olvido.

El asesino nunca fue encontrado. Pero lo que realmente estremeció a los victorianos no fue tanto la identidad del criminal como el hecho de que, a pesar de todos los avances de la policía y de la ciencia, un solo hombre pudiera sembrar el terror en el corazón del Imperio. La histeria colectiva reveló algo incómodo: que la ciudad que se jactaba de su civilización era incapaz de proteger a las mujeres más vulnerables de su propio seno. Y que el código moral que tanto pregonaba no servía de nada cuando se trataba de salvar la vida de una prostituta.

El asesinato de prostitutas, por otro lado, no era una rareza; los acuchillamientos y los suicidios de mujeres que se rajaban la garganta eran moneda corriente. Pero el modus operandi del Destripador —la brutalidad, la saña, el ensañamiento— obligó a la sociedad a mirar de frente aquello que había preferido ignorar. La prensa, siempre ávida de sensacionalismo, se cebó en los crímenes, pero también contribuyó a mantener el mito de que el asesino era un monstruo, un ser excepcional, cuando en realidad era el producto lógico de una sociedad que había convertido a las mujeres en objetos de deseo y desecho, según las conveniencias del momento.

El precio del progreso

La era victoriana fue, sin duda, una de las épocas más transformadoras de la historia. Pero su grandeza se construyó sobre la negación sistemática de una parte de su humanidad. Progreso, moral, aventura, juego: todo ello era cierto, pero todo ello tenía un precio. Y ese precio lo pagaron, como siempre, los más débiles: las mujeres, los pobres, los inmigrantes, los que no tenían voz en el Parlamento ni asiento en el club.

La doble moral sexual no fue un accidente, sino un mecanismo de funcionamiento. Permitió a la sociedad victoriana conciliar su ideal de pureza con la necesidad de mantener un negocio tan antiguo como la humanidad, y con la conveniencia de mantener a las mujeres —las "decentes" y las "caídas"— en su sitio. Las enfermedades, la violencia, la muerte prematura: eran el coste de mantener la ficción.

Hoy, desde nuestra atalaya, podemos mirar aquella época con cierta condescendencia. Pero sería un error. Porque la doble moral no es un invento victoriano; es una tendencia humana que, en cada época, encuentra su propia forma de manifestarse. Lo que los victorianos hicieron fue elevarla a la categoría de arte, de sistema, de ideología. Y el legado de aquella hipocresía —la que separaba el discurso de la práctica, la virtud del deseo— sigue pesando sobre nosotros, aunque ya no nos pongamos sombrero de copa para ir a misa.

La lección, quizás, es que el progreso no es solo cuestión de ferrocarriles y fábricas. También lo es de saber mirar hacia los bordes, hacia los barrios bajos, hacia las vidas que el discurso oficial prefiere no nombrar. Porque el verdadero progreso, el que merece ese nombre, no es el que construye imperios, sino el que aprende a no olvidar a quienes sostienen sus cimientos.

Pedrete Trigos

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