lunes, 2 de noviembre de 2026

La breve agonía de una reina: muerte y entierro de Mercedes de Orleans

«Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte»



Era la única reina que había ido al altar en ferrocarril. El 23 de enero de 1878, en el palacio de Aranjuez, Mercedes de Orleans bajó vestida de novia por la ancha escalera al pie de la cual la esperaba el vagón de tren que la llevaría, junto a Alfonso XII, hasta Madrid para su enlace. El pueblo aplaudió su paso por la basílica de Atocha, donde la joven princesa, del brazo de su padre, se encaminó hacia el altar. Parecía el comienzo de un cuento de hadas. Apenas cinco meses después, aquella misma muchacha que había entrado en Madrid entre vítores y flores yacía en un lecho de muerte en el Palacio Real.

El primer parte de la enfermedad



El 18 de junio de 1878, la Gaceta publicó el primer parte de la enfermedad de la reina. El rey telegrafió a los Montpensier —padres de Mercedes—, que acudieron desde Normandía. Ese mismo día, víspera de San Juan, la joven reina cumplía dieciocho años mientras sus síntomas se agravaban. Se llamó a diversos médicos, entre ellos Federico Rubio, quien confirmó el diagnóstico de «infección ginecológica». La enfermedad avanzaba implacable.

En la madrugada del 24 de junio, cuando el reloj marcaba las horas más silenciosas de la noche, el cardenal Moreno, auxiliado por el cardenal Benavides y asistido por capellanes de honor, administró a la reina desfallecida el Santo Sacramento de la Extremaunción. El rey permanecía de pie en la cabecera del lecho; los padres de la reina y las infantas se hallaban de rodillas al pie, sollozando tristemente. El grabador Alejandro Ferrant inmortalizó aquella escena de dolor y devoción, que la Ilustración Española y Americana publicaría días después.

Mientras tanto, en otra parte del palacio, el pueblo de Madrid aguardaba noticias. En los salones de la Mayordomía mayor estaban expuestos los últimos partes facultativos y libros abiertos para las firmas. «Era un espectáculo conmovedor —escribió la prensa— el que ofrecía el pueblo en aquellos salones, aun en las altas horas de la madrugada». Junto a la firma de un grande de España se veía la de un menestral honrado; al lado de la de un rico banquero, la de un obrero. «¡Y era que la Reina de España reinaba a la vez sobre el trono y en el corazón de los españoles!».

«Ya no existe»



La agonía de Mercedes duró más de doce horas. Fue al mediodía del 26 de junio cuando expiró en el Palacio Real de Madrid. Solo dos días después de haber cumplido dieciocho años, la reina consorte de España había muerto.

La Gaceta del 26 de junio de 1878 recogió el dolor de la nación con palabras que aún hoy estremecen: «Ya lo oís, señores Diputados: nuestra bondadosa Reina, nuestra cándida y malograda Reina Mercedes, ya no existe. Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte. Tan general es el dolor como inesperado ha sido el infortunio; a todos alcanza».

La capilla ardiente



El 27 de junio, el cadáver de la reina fue trasladado al salón de Columnas del Palacio Real, convertido en capilla ardiente. Levantado por los gentileshombres Grandes de España y recibido por los gentileshombres de la Real Casa, el féretro fue depositado sobre una cama imperial de la época de Felipe V, primorosamente bordada de seda y oro.

El cadáver vestía un hábito de la Merced y en las manos sostenía una cruz de ámbar. Descansaba en una preciosa caja de raíz de olivo, forrada de tisú de oro y con galones de capitán general. A su alrededor, cuatro Monteros de Espinosa velaban en los ángulos del ataúd, junto a alabarderos y miembros de la Hermandad Real. A la derecha, sobre un rico almohadón, se veía una corona real. «Una fuerte barandilla servía de separación —relataba la crónica— entre la capilla ardiente y el lugar destinado al numeroso público que accedía a contemplar por última vez a su amada Reina».

Por primera vez, la muerte de una reina española fue documentada con una profusión gráfica sin precedentes. La Ilustración Española y Americana publicó grabados del cadáver expuesto, retratos post mortem y escenas del velatorio. El pintor Nin Tudó, especialista en retratos mortuorios, suavizó los estragos de la enfermedad e idealizó la imagen de la reina difunta. Félix Bodillo, por el contrario, ofreció un crudo primer plano de Mercedes, hinchada y deformada, lejos de cualquier idealismo. Era la mirada despiadada de la realidad.

El último viaje



El 28 de junio, el féretro emprendió su último viaje. Salió del Palacio Real por el Arco de la Armería y siguió por la calle de Bailén y el paseo de San Vicente hasta la Estación del Ferrocarril del Norte. La comitiva fúnebre era majestuosa: un piquete de caballería, artillería rodada, clarines y timbales, caballos de respeto conducidos por palafreneros, el estandarte de la Hermandad Real y la cruz de la Real Capilla. El féretro fue depositado en una estufa negra tirada por ocho soberbios caballos negros con penachos y paramentos de luto.

«Un pueblo inmenso se apiñaba en compactas filas —escribió el periodista Eusebio Martínez de Velasco— calculándose en 150.000 personas las que acudieron en aquel triste día a dirigir un adiós postrero a la prematuramente malograda Reina». La procesión avanzaba con una lentitud casi irreal: «El desfile era tan pausado y grave, que ni crujían las cureñas, ni se oían las pisadas de la tropa, ni sonaban las herraduras de los caballos». «Los golpes apagados y melancólicos del timbal y las desternilladas y sordas notas de los clarines parecían sonidos misteriosos y lejanos». «Y todos caminaban muy despacio —concluía la crónica— como si temiesen despertar a su señora».

El tren fúnebre partió hacia El Escorial. Mercedes de Orleans, que había llegado a su boda en ferrocarril, viajaba ahora también en tren camino de su sepultura.

El reposo en El Escorial



A las once y media de la mañana del 28 de junio, el féretro se detuvo ante la puerta del grandioso monasterio de El Escorial. El cardenal arzobispo de Toledo y el Cabildo eclesiástico esperaban para recibir el cadáver real. Mientras el prelado elevaba al cielo las plegarias rituales, los guardias alabarderos y la fuerza militar realizaron las descargas de ordenanza en honor de la que había sido reina de España.

El cortejo entró en la espaciosa iglesia, y bajo el crucero, sobre un túmulo cubierto con el paño de Reinas, fue depositado el féretro entre numerosos blandones colocados en seis magníficos hacheros de bronce. Se cantó el Oficio de difuntos y una misa de Réquiem, oficiada de pontifical por el arzobispo de Toledo. Luego, cerrado el féretro, fue conducido a la capilla de San Juan Evangelista y guardado en un sencillo sepulcro de mármol blanco.

No descansaría, sin embargo, en el Panteón de Reyes. Las normas eran inflexibles: solo las reinas que habían dado a luz a un heredero real tenían derecho a ser enterradas allí. Mercedes, que había reinado apenas cinco meses y muerto a los dieciocho años sin dejar descendencia, fue sepultada en una capilla lateral. No fue hasta el año 2000 cuando sus restos fueron trasladados a la Catedral de la Almudena.

Un adiós que unió a una nación



La muerte de Mercedes de Orleans fue algo más que una tragedia personal. Fue el momento en que una monarquía tambaleante encontró, en el dolor compartido, un modo de acercarse a su pueblo. La prensa ilustrada, con sus grabados y sus crónicas, humanizó a la familia real y la hizo cercana. El periodista Martínez de Velasco lamentó lo austero del acompañamiento fúnebre comparado con el de reinas anteriores, pero quizá fue esa misma sencillez la que hizo que el pueblo sintiera como propia aquella muerte.

«Ayer celebramos sus bodas; hoy lloramos su muerte». La frase, publicada en la Gaceta el mismo día del fallecimiento, resume la brevedad de un reinado que duró apenas cinco meses y la intensidad de un duelo que conmovió a toda España. Mercedes de Orleans fue reina durante un suspiro, pero su muerte —documentada como nunca antes se había hecho con una reina española— marcó el inicio de una nueva forma de entender la monarquía: más humana, más cercana, más vulnerable.

Una reina que llegó en tren para casarse y partió en tren para ser enterrada. Una muchacha de dieciocho años que fue novia, reina y difunta en el espacio de unos pocos meses. Y un pueblo entero que, al llorar su muerte, encontró también la manera de abrazar a su rey.


El Caballero Metabólico

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