martes, 12 de enero de 2021

Crónica de un Desvelo Real: El Marqués de Valmediano en la Corte del Deseado

Hallábase la Corte de S.M. el Rey D. Fernando VII, el siempre anhelado y restituido Monarca, sumida en una de aquellas densas nieblas de incertidumbre que tan a menudo empañaron los cristales de su Real Gabinete. Corrían los días de la Década Ominosa, y el aire de Palacio, cargado de susurros y recelos, olía a azahar marchito y a intriga recién pulida. En tan delicado frágil, la figura del Excmo. Sr. D. Andrés Avelino Arteaga-Lazcano y Palafox, Marqués de Valmediano, Grande de España de primera clase, adquiría el relieve de una columna firme en una sala movediza.



No era para menos, pues su posición era de exquisita y estratégica delicadeza. Por sangre y por alianza, sus raíces se hundían en el mismo corazón del partido fernandino, aquel que había ansiado el regreso del Rey desde las sombras de Bayona. Su cuñado, el Excmo. Sr. D. José Miguel de Carvajal-Vargas, Duque de San Carlos y Gentilhombre de Cámara con ejercicio, era, junto al poderosísimo Duque del Infantado, uno de los dos pilares sobre los que el Trono apoyaba su más íntima confianza. El Duque de San Carlos, hombre de semblante afable pero de puño de hierro en la sombra, manejaba los hilos de la diplomacia y la casa real con tino de maestro relojero. El Duque del Infantado, por su parte, encarnaba la fuerza tradicional de la grandeza, el bastión inquebrantable del orden antiguo.

Nuestro Marqués de Valmediano, atalaya privilegiada entre estos dos colosos por el vínculo familiar y la propia fidelidad probada, no era mero espectador. Su apostura, serena y grave; su mirada, penetrante como la de un halcón que desdeña la turbulencia de la tierra para fijarse en el sol del deber; su porte, donde la elegancia del Coronel de Caballería se fundía con la gravedad del Senador por derecho propio, le granjeaban una autoridad natural. Se le veía cruzar los salones de Palacio, el rumor sedoso de su casaca de Gran Cruz de Carlos III rozando los mármoles, no con prisa de arribista, sino con la parsimonia del que sabe que su lugar está ya asignado por la Providencia y el servicio.

Una tarde, en los aposentos privados del Duque de San Carlos, donde el olor a cera de abeja y tabaco turco envolvía los graves asuntos del Reino, se urdía un delicado asunto de Estado. El Rey, N.S.F., cuya salud empezaba a ser tan quebradiza como la paz del Reino, recelaba de ciertas maniobras en los confines más liberales de la Corte. Se requería una misión de tacto exquisito, una palabra sembrada en el oído adecuado que desactivase una conjura incipiente. El Duque de San Carlos, posando sus ojos fatigados en su cuñado, encontró en él al instrumento perfecto.

—«Valmediano —murmuró el Duque, jugando con un selló de lacre—. Vuestra condición de Caballerizo Mayor Honorario de la Reina Nuestra Señora os da acceso a estancias donde mi presencia sería… demasiado elocuente. Sois, además, Regidor Perpetuo de Toledo. Vuestra palabra lleva el peso de la Historia, no el olor febril de estos salones.»

El Marqués, haciendo una leve inclinación, aceptó el encargo sin una sola pregunta. No era un mercenario de la intriga, sino un soldado de la Corona. Su lealtad, acendrada en los días en que ambos, él y su cuñado, militaban en el partido fernandino esperando el retorno del Deseado, era moneda de oro que no admitía réplica.

La crónica calla, por discreción, los pormenres de aquella gestión. Basta decir que el Marqués de Valmediano, usando del crédito de su antigua familia, de la respetabilidad de sus muchos títulos —de Ariza, de Armunia, de Estepa— y de la fina red de obligaciones que tejía su parentesco con San Carlos e Infantado, logró aquietar los ánimos. No con la bravata del militar, sino con la persuasión del estadista, recordando a los inquietos que la lealtad a Fernando VII era el único dique contra el torrente de la anarquía.

A la mañana siguiente, en la ceremonia de besamanos, S.M. el Rey, al pasar ante él, detuvo por un instante su mirada, gacha y llorosa por el hábito. No hubo palabra, pero un casi imperceptible asentimiento, un fulgor de reconocimiento en aquellos ojos tan tristes, fue para el Marqués galardón mayor que todas las condecoraciones. El Duque de San Carlos, desde el otro extremo de la estancia, cruzó una mirada de complicidad con su cuñado. La pieza, en el gran tablero de la Corte, había sido movida con maestría.

Así, D. Andrés Avelino, desde su posición de familiar confidente y grande leal, sirvió de puente y de muro, de espada envainada y de palabra ponderada. No fue el que gritó en las plazas «¡Vivan las caenas!», sino el que, en el silencio dorado de los palacios, ayudó a forjarlas con el acero templado de la lealtad y el oro fino de la prudencia, asegurando que el Trono de su Rey, en días de zozobra, no vacilara. Su figura permanece, en la memoria de aquella Corte, como la de un hombre que supo servir en la penumbra, siendo su mayor blasón no el ruido de sus hazañas, sino el profundo y respetuoso silencio que seguía a sus discretas y eficaces gestiones.

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