miércoles, 12 de enero de 2022

Crónica de un Diente Real y el Fiel Silencio de una Dama

Hallábase la Corte de S.M. el Rey D. Carlos IV sumida en ese torbellino de apariencias bajo el cual hervían los rencores más profundos. En el corazón de aquel laberinto dorado, el Real Alcázar de Madrid, la Excma. Sra. Dña. Joaquina Josefa de Carvajal y Manrique de Lara, dama de la Reina Nuestra Señora Doña María Luisa de Parma, cumplía sus funciones con esa gravedad silenciosa que era tanto un escudo como una condena. Esposa del Excmo. Sr. D. Andrés Avelino Arteaga-Lazcano, ferviente fernandino, su posición era de una delicadeza extrema: servir con lealtad a una Soberana cuyo favorito, el Príncipe de la Paz D. Manuel Godoy, era el blanco del odio de su propio hijo, el Príncipe de Asturias D. Fernando, y de todos sus partidarios, entre los que se contaba, de la manera más conspicua, su propio esposo.



Una tarde, en los aposentos privados de la Reina, tras una de aquellas opíparas meriendas que tanto gustaban a la Real Señora, sobrevino el incidente que habría de teñir de mayor dramatismo la ya tensa vida palaciega. Doña María Luisa, cuya dentadura —como bien refieren las memorias de la época— había pagado tributo a sus múltiples alumbramientos y a los ardores de su temperamento, mordió con denuedo un tourón de Alicante de particular dureza. Un crujido seco, seguido de un leve grito ahogado, anunció la desgracia. Un canino, ya minado y traicionero, había cedido, dejando en la boca de la Soberana un vacío doloroso y, sobre su pañuelo de Holanda, una pequeña y pálida reliquia de su real persona.

El pavor se apoderó de la estancia. La pérdida de un diente, para cualquier dama, era una desventura; para una Reina, un asunto de Estado que podía mermar su ya quebrantado prestigio. Godoy, alertado al instante, acudió con rostro consternado, urdiendo ya cómo transformar aquella desdicha física en una intriga política. Los ojos de la Reina, nublados por el dolor y la humillación, buscaron a su dama más discreta.

—«Joaquina —susurró la Soberana, con voz alterada—. Este… accidente no debe trascender. Que ni los murciélagos de la Corte susurren esta nueva. Vuestro silencio, y el de vuestro marido, han de ser de granito.»

He aquí el nudo gordiano de la existencia de Doña Joaquina. La orden era clara: su deber como dama la obligaba a guardar el secreto de su Señora. Pero su condición de esposa la colocaba ante un abismo: su marido, D. Andrés Avelino, Coronel de Caballería y hombre de la más estricta confianza del Príncipe Fernando, vería en esta debilidad física de la Reina un símbolo poderosísimo, una grieta en el muro del poder godoyista que su partido podría explotar. Informarle era traicionar el juramento a su Reina; callar, podría ser visto como una deslealtad conyugal y política.

La dama, palideciendo bajo sus polvos de arroz, hizo una profunda reverencia.
—«Majestad, mi silencio le pertenece. Ni los mármoles de este Palacio son más herméticos que mi voluntad.»

Aquel día, Doña Joaquina regresó a su domicilio con el peso de un secreto real entre los pliegues de su vestido. En la privacidad de su salón, su esposo, el Marqués de Valmediano, la aguardaba. Había en su rostro una curiosidad contenida; los rumores de un incidente en la Cámara Real ya empezaban a circular como un zumbido sordo.

—«Se comenta —dijo él, midiendo las palabras con la precisión de un diplomático— que la Reina Nuestra Señora ha sufrido una indisposición. Un aire frío, quizás. Vuestra presencia allí debe haberos dado luz sobre su naturaleza.»

Doña Joaquina lo miró, y en sus ojos brilló el conflicto de un alma dividida entre dos lealtades supremas. Tomó asiento, jugueteando con el abanico.
—«Andrés —respondió, con una serenidad que le costaba sangre mantener—. En Palacio, los aires fríos son los más comunes y los menos interesantes. La Reina está alterada, sí, pero por los mismos vientos de intriga que siempre soplan. Nada hay que reportar que vuestro juicio, ya tan agudo, no pueda deducir por sí mismo.»

El Marqués comprendió. En la elusión cortés de su esposa, en su negativa a nombrar lo innombrable, había un mensaje tan claro como una confesión. Supo que había ocurrido algo grave, y supo también que su mujer, atada por su honor como dama, no podría ser su informante. Era una línea que ni el amor conyugal podía cruzar. En lugar de irritarse, una sombra de respeto, teñida de amargura, cruzó su semblante.

—«Basta —concedió, con un tono más suave—. Vuestra discreción os honra, Joaquina. Y a mí me basta saber que, en ese teatro de sombras, vuestra lealtad es una moneda que no se gasta en chismes de pasillo.»

La dama bajó la vista, aliviada y desgarrada. El secreto del diente real no salió de sus labios. Pero aquella noche, el lecho conyugal, ancho y frío como un campo de batalla, estuvo dividido por un muro invisible de silencios políticos y deberes enfrentados. Doña Joaquina había servido a su Reina con el sacrificio de la confianza conyugal, y D. Andrés había comprendido que, en la guerra sorda por el futuro de España, hasta los matrimonios más sólidos podían convertirse en trincheras de una sola persona. La pieza dental, oculta y minúscula, se había convertido en la prueba más pesada de que, en la Corte, hasta las intimidades del cuerpo de un Rey o una Reina eran territorios de conquista y pactos de silencio. 

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