Era costumbre en aquella Corte, enferma de ocio y fiebre de cotilleo, que las noticias más jugosas no vinieran por bando real, sino en hojas sueltas que, como hojas muertas en otoño, aparecían pegadas de madrugada en los pilares de la Plaza Mayor, en los muros de Palacio o incluso en la misma puerta del Príncipe de la Paz. Se titulaban «El Clavo Ardiendo», y firmaba con insolente descaro una tal Sor Imprudencia de los Infames Escándalos. Nadie sabía su identidad, pero toda la Villa, desde el aguador hasta el Grande de España, suspiraba por el nuevo número.
No era gaceta, ni memorial, ni gaceta de gobierno. Era el espejo mordaz que devolvía a la Corona su propia imagen, deformada por la carcajada y el dardo envenenado. La monja imaginaria, desde su convento de papel, había jurado voto de escándalo perpetuo.
La tarde en que circuló el número titulado «De dentaduras reales y sonrisas falsas» fue de particular zozobra en los salones de la Reina. En él se describía, con lujo de pérfidos detalles, el accidente del turrón y la pérdida del canino regio, elevando el suceso a parábola del Reino: «Pues así como un diente, minado por dulzura nociva, abandona su puesto dejando un vacío doloroso, así los pilares de la Nación, corroídos por adulaciones y mal gobierno, amenazan con desprenderse, dejando a la Real Hacienda más hueca que la sonrisa de un edecán ante un favorito». Doña Joaquina Josefa, la dama de confianza, palideció al leerlo. No nombraba fuentes, pero la precisión del relato sólo podía nacer de una traición íntima. Sus ojos, al cruzarse con los de la Soberana, fueron dos puntas de hielo cargadas de recíproca sospecha.
Pero el ingenio de Sor Imprudencia no se agotaba en un solo chisme. En el número «El Minué de los Tres», se burlaba del triunvirato más comentado: «Se baila en la Corte un minué singular donde la Dama (de rostro fatigado y joyas prestadas) es llevada con brusquedad por el Caballero de la Guitarra y la Espada, mientras el Marido Real, desde su trono, marca el compás con una sonrisa de cera, más atento al mecanismo del reloj que a la coreografía de su propio honor. ¡Viva el baile, y que no pare la música, aunque la orquesta toque desafinada!». La alusión a la Reina, Godoy y el Rey era tan transparente que hasta los criados más torpes la comprendían.
El marqués de Valmediano, don Andrés Avelino, halló un ejemplar sobre su escritorio, traído por una mano desconocida. Lo leyó con atención de estratega. Allí, en el pasquín «De lealtades partidas y consortes desconsolados», se hablaba de él: «Hay en esta Corte un Águila bicéfala: con una mira al Sol naciente del Príncipe de Asturias, con fervor de antiguo partidario; con la otra observa, desde la rama donde anida, los movimientos de la Leona y su Músico Predilecto. Su consorte, gris paloma mensajera, vuela entre ambos cielos llevando en el pico no ramas de olivo, sino secretos que pesan más que plomo. ¡Dichosa águila, que puede volar en dos direcciones sin romperse!». No se nombraba, pero la descripción de su dilema conyugal y política era de una precisión que le heló la sangre. Alguien muy cerca, alguien que conocía el peso del silencio de su mujer, escribía aquellas líneas.
La persecución del autor fue feroz y fútil. El Conde de Santa Clara, Alcalde de Casa y Corte, enrojecido de ira, prometió arrasar conventos y registrerías. Pero «El Clavo Ardiendo» respondió al día siguiente con el número «Del Zorro y la Perdiz»: «Corre por la Villa un Zorro de charol y espadín, oliendo el rastro de una tinta que se le escapa entre los dedos. Busca una Perdiz que no vuela, sino que escribe; que no anida en tejados, sino en la imaginación de todos. ¡Cuidado, señor Zorro, no te claven el ardid!». La ciudad entera soltó una carcajada. El poder, que podía encarcelar a un hombre, se mostraba impotente ante un fantasma de pluma y burla.
Así, semana tras semana, Sor Imprudencia fue desgranando los granos del rosario escandaloso de la Corte. Desfilaban por sus páginas el favorito vanidoso, la reina intrigante, el rey ausente, los nobles divididos entre fernandinos y godoyistas, las damas que vendían influencias y los embajadores que compraban secretos. Cada número era un latigazo que dejaba una marca roja en el orgullo de los poderosos y un regocijo mal disimulado en el pueblo.
Hasta que, tan súbitamente como empezó, «El Clavo Ardiendo» dejó de publicarse. No hubo despedida, ni explicación. Sólo silencio. Unos dijeron que la Santa Inquisición, más sutil que el Alcalde, había dado con la imprenta clandestina. Otros, que el autor, rico ya de gloria y tal vez de chantajes, había huido a Francia. Los más románticos aseguraban que Sor Imprudencia era, en realidad, un desengañado secretario de Estado, o una dama de honor vengativa, o quizás un joven poeta fracasado.
Pero su obra perduró. Había demostrado que en una monarquía absoluta, donde la palabra estaba encadenada, la sátira podía ser el arma más libre y temible. Había convertido los murmullos de antesala en proclamas públicas, y había hecho reír al pueblo con los trapos sucios de sus gobernantes. «El Clavo Ardiendo» fue, en definitiva, el fuego fatuo que brilló sobre el pantano de la Corte de Carlos IV, iluminando por un instante, con luz cruda y burlona, la podredumbre sobre la que bailaban, sonrientes y desdentados, los amos del Reino. Y aunque la monja de tinta desapareció, quedó la sospecha de que, en algún scriptorium secreto de Madrid, Sor Imprudencia sonreía, afilando ya la pluma para un nuevo siglo de infames escándalos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario