viernes, 12 de enero de 2024

Velada en el Palacio de la Duquesa de Osuna: Libros, Sombras y Cuchillos de Seda

 El salón de la Duquesa de Osuna, Doña María Josefa de la Soledad Alonso-Pimentel, era un refugio de la inteligencia en una Corte dominada por la frivolidad y la intriga grosera. Aquí, entre estanterías de caoba repletas de volúmenes encuadernados en piel y bajo la mirada serena de bustos grecorromanos, se cultivaba una tertulia más sutil. El aire olía a papel viejo, a cera de abejas y a una ambición distinta: la del mecenazgo y la influencia a través de las ideas.



Esta noche, sin embargo, la tensión palpitaba bajo la superficie de la conversación culta. Sentada como una reina en su pequeño imperio de buen gusto, la Duquesa de Osuna recibía a su invitada, Doña Joaquina Josefa de Carvajal, Marquesa de Valmediano. La Osuna, erguida y de una elegancia contenida, movía su abanico con parsimonia de metrónomo.

—«Vuestra visita, querida Joaquina, es un bálsamo —comenzó la Osuna, con una voz clara y medida—. En estos salones donde algunos sólo ven la sombra de un favorito, yo prefiero buscar la luz de la razón y la sensibilidad. Mi nueva adquisición, la edición príncipe de los Caprichos de Goya, es un ejercicio de crítica social tan fino como audaz. Lástima que su autor deba tantos favores a… ciertas protectoras menos delicadas.»

El dardo, envuelto en seda, iba dirigido a la ausente Duquesa de Alba, gran protectora de Goya y némesis social de la Osuna. Doña Joaquina, consciente de estar en un campo minado, tomó su chocolate con parsimonia.

—«El arte, Excelencia, siempre trasciende a sus mecenas —respondió con cautela—. Como la lealtad, que debe ser al bien del Reino antes que a las personas… por muy elevadas que estén.»

Fue en ese preciso instante cuando un rumor de risas estridentes y perfumes embriagadores anunció la irrupción de lo imprevisto. Las enormes puertas del salón se abrieron y apareció, como un torbellino de volantes de encaje negro y rubíes incandescentes, Cayetana, Duquesa de Alba. Iba acompañada de un pequeño séquito de petimetres y una de sus damas de compañía, cuya expresión denotaba un pánico apenas disimulado. Había llegado sin anunciarse, un acto de suprema insolencia o de calculada provocación.

—«¡María Josefa! ¡Qué nido de lechuzas más serio tienes aquí! —exclamó la Alba, con esa voz chillona que tanto imitaban sus enemigos—. Por un momento he pensado que había entrado en la biblioteca de los frailes del Escorial. ¡Aireemos esto!»

La Osuna no se inmutó. Sólo un delgadísimo arqueamiento de una ceja delató su irritación.

—«Cayetana. Qué… sorpresa. No sabía que tu interés por las letras se extendiera más allá de los libelos que circulan por la Cuesta de la Vega. ¿Vienes en busca de cultura, o solo a espantarla?»

La Alba ignoró el sarcasmo y recorrió el salón con una mirada de propietaria. Sus ojos, brillantes y desafiantes, se posaron en Doña Joaquina.

—«Ah, la discreta Marquesa de Valmediano. La esposa del fernandino más correcto. ¿Cómo está vuestro señor marido? ¿Aún jugando al ajedrez con el Duque de San Carlos mientras el Reino se desangra? Me han dicho que la Reina Nuestra Señora valora mucho vuestra… hermetismo.»

Doña Joaquina sintió que el chocolate se le helaba en la boca. La Alba, enemiga declarada de la Reina María Luisa, había sido protagonista de mil desaires: desde hacer esperar a un enviado real en su antecámara hasta lucir en público una cinta amarilla (color de Godoy) atada a la pata de su perro faldero. Ahora, su mención de la Reina y del "hermetismo" de Joaquina era un ataque directo, una insinuación de que guardaba secretos.

—«Mi señor marido sirve a Su Majestad el Rey y al Príncipe de Asturias con la lealtad que es seña de su casa —replicó Joaquina con frialdad—. Y yo sirvo donde mi obligación me llama, con la discreción que es virtud, no vicio.»

—«¡Discreción! —estalló en una carcajada la Alba, arrancando un libro al azar de un estante y hojeándolo sin verlo—. Una palabra muy útil para tapar agujeros. Como el que dejó el turrón de Alicante en la boca de… bah, no importa. Dicen que las damas más calladas son las que más saben. O las que más temen.»

El salón se sumió en un silencio gélido. La Osuna cerró su abanico con un chasquido seco.

—«Cayetana, este no es el patio del Príncipe. Aquí no se cazan secretos a gritos. Si tienes algo que decir, dilo. Si no, te agradecería que devolvieses ese volumen de Montengón a su lugar. Las manchas de carmín en sus páginas son tan vulgares como las insinuaciones sin prueba.»

La confrontación era palpable. Dos mundos chocaban: la cultura serena y estratégica de la Osuna contra la pasión bulliciosa y desafiante de la Alba. Y en medio, Doña Joaquina, atrapada entre su deber de dama de la Reina (odiada por la Alba) y su presencia en el salón de la Osuna (rival de la Alba).

La Alba arrojó el libro sobre una butaca, sin dignarse a colocarlo.
—«María Josefa, siempre la lección de maestra. Quizás por eso tu salón huele a naftalina y no a vida. Tú coleccionas libros; yo colecciono… almas. Y admiradores. Y a veces, hasta verdades que a otros les escuecen. Venid, que este aire de superioridad me ahoga.»

Y con la misma brusquedad con que llegó, la Duquesa de Alba se marchó, dejando tras de sí un rastro de perfume agresivo y de malestar. El silencio que dejó era más elocuente que sus gritos.

La Duquesa de Osuna respiró hondo, enderezando un pliegue inexistente de su vestido.
—«Perdonad el espectáculo, querida Joaquina. Algunos confunden el abolengo con una licencia para la barbarie. Su odio hacia la Reina la envenena, y ese veneno lo quiere verter en todos los pozos. Guardaos de ella. No es una rival; es una fuerza de la naturaleza… destructiva.»

Doña Joaquina asintió, aún pálida. En esa velada había visto el reflejo de la guerra fría de la Corte: la Osuna, desde su atalaya de erudición, despreciando la grosería godoyista y el populismo de la Alba. La Alba, usando su popularidad y su odio personal como armas. Y ella, Joaquina, en el centro, recordando que en aquel mundo, incluso una conversación sobre libros podía ser un campo de batalla donde se libraban, con palabras de seda y miradas de acero, las guerras que decidirían el destino de España.

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