El Palacio de Buenavista, residencia de la Duquesa de Alba, no era un salón, sino un escenario. Un lugar donde la etiqueta se doblaba ante el capricho de su dueña, y donde el aire, cargado de perfume de patchouli y aceite de naranjo, olía a desafío. Había sido una invitación —más bien una orden velada— del propio Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, la que había llevado allí al Marqués de Valmediano, D. Andrés Avelino. Un movimiento audaz. Godoy, el favorito todopoderoso, entrando en la guarida de su más feroz y popular detractora. Y llevando de la mano, virtualmente, a un alto miembro del partido fernandino, quizás para exhibirlo, quizás para probarlo.
La Duquesa los recibió en su gabinete privado, un espacio abarrotado de caprichos: cuadros de Goya (esbozos de su rostro, escenas de majas), trajes de gitana colgados como trofeos, y un mono vestido de terciopelo que correteaba por los cortinajes. Ella, Cayetana, estaba recostada en una otomana con desenfado viril, vestida con un robe à la créole que más parecía un disfraz que una indumentaria de recibir.
—«¡Príncipe! ¡Qué honor ver vuestra sombra proyectarse en mis modestas paredes! —exclamó sin levantarse, alargando una mano para que Godoy la besara, un gesto que ejecutó con una sonrisa tensa—. Y traéis de la mano al gran Marqués de Valmediano. La lealtad personificada. O eso dicen. Siéntense, no sean marmóreos.»
Godoy, vestido con una opulencia que rayaba en lo ostentoso (bordados de plata, la llave de gentilhombre brillando como un sol menor), ocupó un sillón con la seguridad de quien aún cree que todos los sitios le pertenecen. El Marqués, en contraste, con su severo uniforme de Coronel de Caballería, lo hizo con una precisión militar, midiendo la distancia entre él y el favorito como si fuera un campo de minas.
—«Excelencia —comenzó Godoy, ignorando la ironía de la Alba—, he querido venir personalmente a disipar ciertos… ecos desagradables que llegan a oídos de la Reina. Rumores sobre fiestas en ciertas posesiones vuestras en La Moncloa, donde se corean consignas poco respetuosas.»
D. Andrés Avelino sintió el golpe. La Alba estaba llevando la conversación al terreno más peligroso: el secreto del diente real y la discreción de su mujer. Era una amenaza velada, un recordatorio de que ella podía usar ese conocimiento como arma.
—«Mi esposa —respondió el Marqués, con una voz serena que contrastaba con el fragor emocional de la estancia— cumple con sus deberes dondequiera que la Providencia y el Servicio la sitúen. Como lo hacemos todos los que anteponemos la estabilidad del Reino a cualquier… pasión personal.»
Godoy captó la indirecta hacia la Alba, pero también la ambigüedad de la frase, que podía leerse como una crítica a su propio gobierno pasional. Intervino, intentando retomar el control.
—«La estabilidad, Marqués, es lo que yo garantizo. Con la fuerza de la ley y el amor del Pueblo.» Dio un sorbo a la copa de jerez que un criado le ofreció.
—«¡El amor! —estalló la Alba, incorporándose de golpe—. ¡No me habléis del amor del pueblo, Manuel! El pueblo me adora a mí porque me ve, me siente, me toca en las verbenas. A vos os teme. Y a vuestro real amigo, el Rey, lo ignora. Y al Príncipe de Asturias… —hizo una pausa dramática, mirando fijamente al Marqués— …a él lo espera. Como espera el mar la marea. Es algo natural, inevitable.»
Un silencio cargado de electricidad política llenó la habitación. El mono chilló desde una cornisa. La Alba había nombrado lo innombrable: el futuro, Fernando, el deseo de cambio. Y había colocado al Marqués, públicamente, como parte de esa «marea».
El Marqués de Valmediano comprendió entonces el verdadero motivo de su presencia allí. Era un peón en un duelo personal entre Godoy y la Alba. Pero también era un mensaje. Godoy le estaba diciendo: «Te tengo aquí, en la corte de mi enemiga, y ella misma te señala como traidor. Cuidado». Y la Alba le decía: «Tu futuro está con Fernando, no con este advenedizo. Pero tu presente es vulnerable, y yo lo sé».
—«Los diques —dijo el Marqués, poniendo su taza intacta sobre la mesa— se construyen con materiales sólidos: lealtad, tradición, servicio. No con barro movedizo de favores y rumores. Perdonadme, Excelencia, Príncipe. Mis obligaciones como Regidor Perpetuo de Toledo me reclaman. Allí, las piedras son viejas y saben callar. No como los salones de Madrid, donde hasta los silencios gritan.»
Se levantó e hizo una inclinación perfecta, impecable. No había rechazado a Godoy, no había abrazado a la Alba, pero había afirmado su propio terreno: el de la ley, la tradición y la ciudad eterna. Una fortaleza moral desde la que ambos, favorito y duquesa, parecían frívolos jugadores.
Al salir del Palacio de Buenavista, D. Andrés Avelino respiró el aire frío de la calle. Sabía que había caminado sobre un alambre. La Alba, con su odio temerario a Godoy y a la Reina, era un volcán que podía arrastrarlo. Y Godoy, al arrastrarlo allí, lo había marcado. Pero en su retirada ordenada, había dejado claro que él no era un instrumento de ninguno de los dos. Era, o aspiraba a ser, algo más peligroso para ambos: un hombre de principios en un mundo de pasiones. Y en esa Corte, la principal de todas las pasiones era la supervivencia.

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