miércoles, 12 de febrero de 2025

La Taza de Chocolate Amargo: Reina, Princesa y Damas en el Salón de Porcelana

 El Salón de Porcelana del Palacio Real de Madrid brillaba con una luz fría, reflejada en miles de rostros chinescos de la fabricación del Buen Retiro. Era una belleza glacial, apropiada para la escena que allí se desarrollaba. En el centro, como dos planetas en órbita de colisión, se hallaban Su Majestad la Reina María Luisa y Su Alteza Real la Princesa de Asturias, María Antonia de Nápoles, “Totó” para la familia y los pocos que se atrevían a la confianza.



La Reina, vestida con un robe à la turque de color amarillo pálido (un guiño a Godoy que todos comprendían), golpeaba el suelo con el tacón de su zapato de raso. La Princesa, joven, de rostro ovalado y melancólico, llevaba un vestido de corte más simple, casi austero, en azul de Francia. Entre ambas, sobre una mesa de laca, humeaban tres tazas de chocolate espeso, sin que nadie las tocara.

—«Insisto, Alteza —decía la Reina, con una voz que pretendía ser mesurada pero que chirriaba como una bisagra oxidada—, ese loro debe ir a las caballerizas o a la cocina. Es un animal soez, chillón, y su pluma suelta… provoca los estornudos de vuestro esposo, mi muy amado hijo el Príncipe. Su salud es delicada, ¡y vos la ponéis en riesgo por un capricho de pajarera!»

Totó mantenía las manos entrelazadas, los nudillos blancos. Su acento napolitano teñía el castellano de una musicalidad que a la Reina le sonaba a desafío.
—«Majestad, Carlo… el loro, no es soez. Es el único ser en este Palacio que me saluda con alegría genuina por las mañanas. El Príncipe, mi señor, nunca ha mostrado incomodidad. Al contrario, se ríe de sus gracias.»

—«¡El Príncipe ríe por cortesía, no por gusto! —replicó María Luisa, alzando la voz—. Vos no le entendéis. No entendéis sus necesidades más… íntimas. Os empeñáis en rodearlo de aires italianos, de costumbres extrañas, de secretillos con embajadores que no son de mi agrado.»

Ahí estaba el verdadero meollo. El conflicto no era por un ave, sino por la influencia. Totó, hija de María Carolina de Austria, archienemiga de María Luisa, era vista como una espía de los intereses napolitanos y austríacos en el corazón de la sucesión española. Y la Reina, devota de Godoy, temía que la princesa alejara a Fernando de su órbita.

Fue entonces cuando Doña Joaquina Josefa, que había permanecido en un discreto segundo plano junto a otras damas, sintió que el peso del deber la empujaba hacia adelante. Un rápido y angustiado intercambio de miradas con la Princesa, a quien profesaba un cariño genuino, la decidió. Con la gravedad silenciosa que la caracterizaba, se acercó a la mesa y, con movimientos deliberadamente lentos, comenzó a servir el chocolate en las tazas.

—«El chocolate, Majestad, Alteza —dijo con voz clara pero suave, interrumpiendo el tenso silencio—, se amarga si se deja enfriar. Y el humor, también. Permitidme.»

Su acción, tan doméstica, tan ajena a la disputa, tuvo el efecto de un momentáneo alto el fuego. Ambas mujeres la miraron. Doña Joaquina ofreció la primera taza a la Reina, con una reverencia perfecta.
—«Para Vos, Majestad. Con la canela que os agrada, y sin espuma, como lo preferís.»

María Luisa, sorprendida, aceptó la taza casi por inercia. Doña Joaquina sirvió entonces para la Princesa.
—«Para Vos, Alteza. Más espeso, al estilo de Nápoles, ¿verdad? Con un punto de vainilla.»

Totó asintió, un brillo de gratitud asomando a sus ojos. Doña Joaquina no tomó una para sí. Su papel no era beber, sino mediar.

—«El loro de Su Alteza —prosiguió Doña Joaquina, sin mirar a nadie, arreglando la bandeja— es, en efecto, un animal de plumas. Y las plumas, como las lenguas, pueden ser molestas si no se las educa. Quizás… no deba estar en las estancias privadas de Su Alteza el Príncipe, si vuestra solicitud maternal así lo dicta, Majestad. Pero desterrarlo a las caballerizas… sería como desterrar un soneto a un establo. Un desperdicio de inocente alegría. Tal vez… la galería alta, donde la luz es buena y los gritos se pierden en la altura, podría ser un justo término medio.»

Había hablado sin tomar partido, reconociendo la autoridad de la Reina (“vuestra solicitud maternal”, “vuestra solicitud”), pero defendiendo la dignidad y el pequeño consuelo de la Princesa (“soneto”, “inocente alegría”). Ofrecía una solución práctica que salvaba las apariencias: el loro se iría, pero a un lugar digno.

La Reina bebió un sorbo de chocolate, pensativa. Veía en Doña Joaquina a la dama discreta, a la esposa de un fernandino, sí, pero también a una mujer que no se había dejado arrastrar por el partido de su nuera. La prudencia tenía valor.

—«Doña Joaquina siempre con la medida justa —concedió María Luisa, no sin cierto desdén—. La galería alta… bien. Pero que su jaula se limpie a diario. Y que no le enseñen a decir… inconveniencias.»

Totó respiró aliviada. Era una derrota, pero no una humillación.
—«Gracias, Majestad. Y a vos, Doña Joaquina, por vuestra… sabia gestión.»

Doña Joaquina hizo otra reverencia, esta vez inclinándose ante ambas.
—«Mi único deseo es servir y ver la armonía en esta Casa Real, que es la de todos nosotros. El chocolate ya está en su punto. ¿Os place que retire la bandeja?»

Con su discreción, había logrado lo imposible: apaciguar un conflicto sin que ninguna de las dos partes perdiera la cara por completo. Pero al retirarse, sintió la mirada de la Reina clavada en su espalda, una mirada que ahora contenía una nueva evaluación. Y la mirada de la Princesa, llena de un agradecimiento que podía ser tan peligroso como el odio. En la Corte, hasta un loro podía ser la mecha de un conflicto, y hasta una dama discreta podía, por un instante, sostener el equilibrio del Reino sobre el filo de una taza de chocolate amargo.

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