Imaginemos por un momento el París de 1797. Hace apenas tres años, la guillotina en la Plaza de la Revolución ha dejado de segar vidas a un ritmo frenético. El Terror ha terminado, pero su eco atronador resuena en cada familia, en cada salón, en el alma misma de la ciudad. Es en este paisaje de trauma colectivo donde surge, como un hongo extraño después de la tormenta, uno de los fenómenos sociales más contradictorios y fascinantes de la historia: los Bals des Victimes, los Bailes de las Víctimas.
Un ritual de supervivencia
Al cruzar el umbral de uno de estos salones, el contraste era desgarrador. La música, alegre y vibrante, llenaba el aire. Se bailaba el vals, esa danza importada de Alemania que, por su íntimo contacto físico, era un escándalo de libertad tras la rigidez moral del Terror. Las parejas giraban, pero sus gestos estaban cargados de un código nuevo.
Los asistentes, jóvenes en su mayoría, habían transformado su duelo en una estética revolucionaria. Eran los Incroyables y las Merveilleuses. Ellos llevaban el cabello cortado à la Titus, desordenado y corto, imitando el corte que recibían los condenados antes de la ejecución. Sus cuellos iban envueltos en enormes corbatas, y ellas se vestían con ligeros vestidos à la grecque de muselina blanca, un blanco níveo que era tanto moda neoclásica como posible color de luto. El saludo entre ellos no era una reverencia, sino un movimiento brusco y seco de la cabeza hacia adelante y hacia atrás, una mímica escalofriante y compartida del golpe de la cuchilla.
¿Era esto una celebración cínica? La historiografía más rigurosa lo interpreta más bien como una catarsis colectiva. No se bailaba por los muertos, sino a pesar de la muerte. Era un intento desesperado y neurótico de reafirmar la vida, la juventud y la belleza en un mundo que había mostrado su rostro más absurdo y cruel. En esos salones, el luto privado se hacía público y se compartía. El trauma, en lugar de esconderse, se llevaba como un emblema, casi como un desafío.
La creación de un mito
La vida de estos bailes fue breve, quizá apenas dos o tres temporadas entre 1796 y 1798. Pero su leyenda sería larga. Autores románticos como Alexandre Dumas o Jules Janin, ávidos de drama e imágenes potentes, tomaron el núcleo histórico y lo vistieron con elementos góticos. En sus relatos, los bailes se trasladaron a capillas desacralizadas, se añadieron cintas rojas al cuello como símbolo explícito de la guillotina, y la atmósfera se volvió de una decadencia morbosa y deliberada.
Así, los Bals des Victimes adquirieron una doble naturaleza: fueron un hecho social real y, al mismo tiempo, se convirtieron en el mito histórico perfecto para representar la locura y el desenfreno del Directorio. Esta leyenda fue útil tanto para los moralistas que veían en ella la podredumbre de la República, como para los nostálgicos del Antiguo Régimen que la usaban como prueba de la degradación revolucionaria.
El eco de un grito ahogado
Hoy, más de dos siglos después, los Bals des Victimes nos hablan de los mecanismos íntimos con los que una sociedad intenta curarse. Nos muestran cómo el dolor, cuando es demasiado vasto para el llanto individual, puede buscar salida en el ritual colectivo, incluso en uno tan paradójico como un baile.
No fueron una fiesta de la muerte, sino un torpe y afectado baile por la vida, protagonizado por una generación de jóvenes que tuvo que aprender a bailar sobre las cenizas de su mundo. Su historia, despojada de los adornos góticos, nos recuerda que a veces la resiliencia adopta formas extrañas, y que la elegancia más estudiada puede ser, en el fondo, la coraza más frágil contra el horror.
Para saber más: La información se basa en el análisis de fuentes primarias como memorias de la época (duquesa de Tourzel), prensa del Directorio (Le Miroir) y la correspondencia de diplomáticos, contrastada con la historiografía moderna que separa el hecho del mito literario.
Pedrete Trigos

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