domingo, 8 de marzo de 2026

Rituales de paso en la España del cambio de siglo.

Hubo un tiempo, no tan remoto, en que la vida de las gentes de esta península se medía por el compás de tres grandes umbrales: la entrada al mundo, la alianza ante la comunidad y el tránsito hacia lo desconocido. Nacer, casarse, morir. No eran meros accidentes biológicos ni asuntos privados que se despacharan en la intimidad de una clínica o ante la sobriedad de un notario. Eran acontecimientos totales, dramas sagrados que se representaban a cielo abierto, en las alcobas y en las plazas, bajo la mirada atenta de los vecinos y la mirada aún más temible de los muertos y los santos. 



Este espacio que ahora comienza no nace de la nostalgia, ni pretende vestir de postal un pasado que fue, ante todo, duro, sucio y doloroso. Nace de la curiosidad por aquello que fuimos, por los mecanismos que nuestros bisabuelos y tatarabuelos tejieron para dotar de sentido al misterio, para conjurar el miedo y para sujetar, con hebras de tradición, el frágil hilo de la existencia. Y nace, sobre todo, del deseo de hacerlo con los pies firmemente asentados en el documento, en el testimonio, en la palabra escrita de quienes, hace más de un siglo, tuvieron la ocurrencia de preguntar y la paciencia de anotar. 

Porque esta serie de artículos, que irá desgranando los ritos de paso en la España del cambio del siglo XIX al XX, descansa sobre una base sólida y fascinante: la Información promovida por la Sección de Ciencias Morales y Políticas del Ateneo de Madrid durante el curso de 1901 a 1902. Una ambiciosa encuesta nacional, concebida por un grupo de intelectuales encabezados por Rafael Salillas y Julio Puyol, que se propuso algo tan sencillo en su enunciado como titánico en su ejecución: conocer, de una vez y con método, las costumbres populares de los tres momentos cardinales de la vida. 

Para ello, confeccionaron un cuestionario minucioso, casi obsesivo, y lo hicieron llegar a corresponsales diseminados por toda la geografía española. Fueron casi doscientos informantes —médicos rurales que asistían partos en pajares, farmacéuticos que conocían los secretos de los brebajes, párrocos que bendecían uniones y amortajaban difuntos, maestros que escribían lo que veían— quienes respondieron con la pluma y con la memoria. Sus cuadernos de notas, sus observaciones sobre el terreno llegaron a Madrid. Allí, sobre unas 17.000 fichas de cartulina, se fueron volcando sus palabras, ordenando por provincias y por preguntas, configurando un retrato coral, poliédrico y de un realismo sobrecogedor de la España de la Restauración. 

Hoy, gracias a la labor del Museo Nacional de Antropología, que custodia ese tesoro desde 1922, y a su reciente digitalización, podemos asomarnos a ese material sin necesidad de guantes blancos ni de horas de archivo polvoriento. Podemos leer, con su ortografía vacilante y su estilo a veces conmovedor, a veces brutalmente directo, lo que esos informantes anónimos quisieron legarnos. Y eso es, exactamente, lo que pretendo hacer en las próximas entregas. 

No encontrarán aquí un ensayo académico al uso, con sus aparatos de notas aplastantes y sus jergas de especialistas. Tampoco hallarán una colección de estampas costumbristas edulcoradas por el sentimentalismo. Lo que leerán será el resultado de un ejercicio de traducción: tomar la voz de aquellos médicos, párrocos y labradores que contestaron a la Encuesta del Ateneo y devolverla a la luz en un lenguaje que, sin perder un ápice de rigor, resulte comprensible y vibrante para el curioso de hoy. 

Hablaremos de las mujeres que parían en sus camas, rodeadas de vecinas y de santos "especialistas" en partos difíciles, mientras el médico, si llegaba, se quedaba en la cocina. Indagaremos en el universo simbólico que protegía al recién nacido del mal de ojo —el azabache, el coral, los dientes de ajo— y en la angustiosa carrera para bautizarle antes de que expirase, abriéndole así las puertas del cielo, o al menos, de un digno limbo. Nos adentraremos en las complejas estrategias del noviazgo, donde el amor romántico era un invitado ocasional y la tierra, el ganado y el honor familiar los verdaderos protagonistas. Recuperaremos el peso del ajuar, esas sábanas bordadas con iniciales que la novia tejía durante años como prueba pública de su virtud y su destreza. Y nos asomaremos, por último, al ceremonial de la buena muerte, al luto reglado, a los banquetes funerarios que escandalizaban a los párrocos y a las almas en pena que aún rondaban los caminos reclamando misas. 

Será, en suma, un viaje a un país que ya no existe, pero cuyos ecos resuenan todavía en muchas de nuestras costumbres y, sobre todo, en nuestras maneras de enfrentar lo sagrado y lo desconocido. Un viaje, eso sí, que haremos sin red, guiados únicamente por la brújula del documento y con la firme voluntad de no traicionar a aquellos que, con sus respuestas, nos permitieron asomarnos a su mundo. Comenzamos. 

El Caballero Metabólico 


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